Imagine usted a un joven de dieciocho años que de pronto decide
convertirse en escritor y consume buena parte de sus noches en pergeñar
artículos literarios. Su gusto, tendrá que comprenderlo, es involuntariamente
ecuménico. Escribe sobre Eugene O’Neill y su teatro, sobre su novela
recién leída de Rebindranath Tagore, Juventud
en la India, sobre un viaje a México relatado por Paul Morand. Sus
intereses son tan variados como es amplia su ignorancia. Debe dar por sentado
que los juicios expresados no brillan por su originalidad y que la prosa es
poco menos que plana. Con toda seguridad ninguna de sus páginas rebasa el nivel
de un esforzado trabajo escolar. Alguien, tal vez un compañero de la Facultad
de Derecho asombrado por esos dones, le sugiere llevar el artículo al
suplemento cultural (bastante chafa, por cierto) de un importante diario donde
trabaja un amigo de su padre, y él acoge la sugerencia con regocijo. Ya en la
redacción, su amigo asumió de modo natural el papel de abogado y vocero suyo;
hizo una hiperbólica defensa de sus escritos, de su afición por la lectura y de
otras cualidades personales que no venían al caso. Si aceptan el escrito,
piensa el autor, habrá ya dado el primer paso en el camino que conduce a las
estrellas.
Pasaron varios meses sin que ninguno de esos artículos apareciera
en el suplemento. Curado por tan gélida recepción, el literato en embrión
desiste de sus faenas nocturnas. Todavía no está maduro para la literatura: una
sana conclusión. Pero un domingo sale a comprar los periódicos en la ciudad de
provincia donde vive su familia; acostumbra pasar allí todas sus vacaciones. De
camino a casa se le ocurre detenerse en un café y hojear uno de los diarios que
lleva bajo el brazo. Desde la primera página del suplemento cultural le salta a
la vista el título de uno de sus artículos, aquél donde comentaba el teatro de
O’Neill. El sentimiento de exultación que algunos autores dicen experimentar al
tener ante sus ojos el primer texto publicado y ver su nombre bajo el título a
él decididamente le resulta vedado. Sucede todo lo contrario. De momento se
queda paralizado, después, paulatinamente, lo va invadiendo una sensación de
vergüenza que termina en náusea. La sola idea de presentarse en su casa con ese
periódico le resulta imposible. Sabe de golpe que se ha convertido en un animal
inmundo, y en ese instante tiene las pruebas que lo confirman. Teme llegar a
casa. No se siente capaz de soportar ningún comentario; el más discreto elogio,
cualquier señal de asombro o de regocijo ante esas facultades desconocidas por
su familia, lo condicionarán sin remedio a la locura, al menos eso cree
mientras vacuamente contempla el periódico. Por fin se decide a cortar la
página, a doblarla en varios pliegues y guardarla en un bolsillo interior de su
chaqueta. El resto del suplemento queda sobre la mesa. Al llegar al lugar
temido deja los periódicos en la sala, se escurre a su habitación y allí
permanece encerrado la tarde entera. Vuelve a leer el artículo sin captar su
sentido. “Sin entender palotada”, se le ocurre decirse. Pero es vez la
expresión no tiene la virtud de relajarlo, como es habitual. Sólo en algunas
antiguas tradiciones españolas ha tropezado con esas palabras. Leer que
Nastasia Filipovna le implora llena de desesperación y fatiga a su príncipe expresarse
con mayor claridad o si no dejarla en paz porque de las vehementes y elevadas
parrafadas con que la abruma no entiende palotada, o a Emma Bovary repetir en
una de sus desgarradas meditaciones finales que ha acabado por no
entender palotada de la vida, no sólo lograba romper el pathos buscado por sus
autores sino que convertiría en situaciones francamente risibles las que habían
sido escritas para conmoverlo. Si logra captar los títulos dispersos en el
artículo es por estar escritos en letra diferente, en negritas: El gran Dios Brown, El luto le sienta a Electra, El deseo bajo los olmos, El emperador Jones, El mono velludo, Anna Christie, unos cuantos
más. Esos dramas que tanto le han impresionado le parecen tan huecos y
ridículos como su propia prosa. Nada le habría gustado más que desaparecer del
mundo, pedirle dinero a su hermano con urgencia, inventar una historia
escalofriante para conmoverlo, llegar a Veracruz, subirse en el primer barco
que zarpara y perderse en el mundo sin dejar tras él la menos huella. O, de
plano, morirse. Ni siquiera con su abuela, su habitual confidente, se atreve a
desahogarse.
La tarde transcurrió espesamente, como una pesadilla. Pero para su
sorpresa, nadie se enteró del crimen. Nadie pasó por la casa ni llamó para felicitarlo.
Esa apatía de su medio hacia la literatura lo dejó perplejo y desencantado.
Durante los siguientes domingos fueron apareciendo los otros artículos
entregados. Estaba ya en México; los comentarios de sus amigos lo dejaron
impávido. Igual le daba que fuesen o no leídos, que gustaran o no, aunque tal
vez eso no era cierto del todo. De cualquier manera no volvió a incurrir en el
vicio de la escritura durante mucho tiempo.
Con los años ha llegado a pensar en que habría preferido ser
descubierto ese domingo en que su culpa se hizo pública. Y no sólo eso, sino
también ser escarnecido y condenado; todo habría resultado ser más fácil, más
claro. Su relación con el mundo podría haberse despojado de muchas telarañas.
Ahora, pasados más de cuarenta años de ese incidente, se conforma sólo con
registrar el hecho. Trata de examinar las circunstancias, de elaborar algunas
conjeturas. ¿Por qué se tiñó de horror aquel rito de iniciación? ¿Se trataría,
acaso, de un desgarramiento tardío del cordón umbilical, de una separación
sangrienta del cuerpo que formaba con los suyos? Llega a la conclusión de que
ese ejercicio se le está convirtiendo en un ocioso juego de acertijos, que
seguirlo lo internaría en un laberinto de estupores. Se perdería en marismas
sin tocar tierra firme.
Tal vez se debe a esa experiencia el hecho de que durante largo
tiempo no pudiera escribir en casa, como si hacerlo fuese una actividad
vitanda. Escribir en el mismo espacio donde uno vive, equivalió durante casi
toda su vida a cometer un acto obsceno en un lugar sagrado. Pero eso es
anecdótico. Lo que da por seguro es que esa inmersión en la inmundicia que
caracterizó su confrontación, a fines de la adolescencia, con la palabra,
impresa la suya, ha condicionado la forma más personal, más secreta, más ajena
a la voluntad, de su escritura, y ha hecho de ese ejercicio un gozoso juego de
escondrijos, una aproximación al arte de la fuga.
Xalapa, diciembre de 1994
En El arte de la fuga, “Prueba de iniciación”
—Sergio Pitol
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