La filosofía del límite. Debate con Eugenio
Trías 1
Dr. Jacobo Muñoz Veiga. Universidad Complutense
de Madrid
Como toda
filosofía digna de ese nombre, la
Filosofía del Límite es un mapa del Mundo, uno de los muchos
mapas –o recreaciones– posibles de una realidad máximamente compleja,
literalmente inagotable en su dinamicidad constitutiva, de la que nadie podrá
procurar nunca el mapa total. Es, por decirlo ahora con palabras del propio
Eugenio Trías, la propuesta activa y creadora, siempre en construcción, siempre
en proceso de revisión, siempre in itinere, de “una síntesis capaz de
trazar, en forma de idea filosófica, el boceto vivo de lo que existe”.
El punzón con el
que Trías ha burilado ese boceto se confunde con la vieja y venerable idea de
límite. Una idea de singular peso ontosemántico que inviscerada en el cuerpo
material de sus desarrollos positivos modula y diferencia las filosofías de los
grandes, de Platón a Wittgenstein y de Kant a Heidegger, y que Trías ha
“recreado” en un sentido original y –como su propio mapa revela– fructífero. Si
una impenetrable frontera de-limita, en efecto, en Platón el diamantino reino
de la ciencia genuina o episteme frente al de mera creencia o doxa, construido
sobre arenas movedizas, una línea no menos férrea se alza, separando entre sí
nítidamente ambos ámbitos, en el primer Wittgenstein, entre lo que puede
decirse y lo que sólo puede mostrarse, entre los significativo y el sinsentido.
Y no otro
designio late bajo la decisión kantiana de averiguar, mediante la autocrítica
de la razón, hasta donde alcanza el saber y dónde comienza, cruzando el límite,
la creencia, o bajo el abrasador deslinde heideggeriano –frente a la metafísica
clásica– entre el mero habérselas conceptualmente con el ente y el habérselas
con el ser. E igual ocurre, por acabar sin acabar del todo, con el “criterio
empirista del significado” de la primera época del Círculo de Viena, o con la
“línea de demarcación” tan característica del racionalismo crítico de
inspiración popperiana. Con la particularidad, sin embargo, de que en todos
estos casos la idea de límite cumple una función crítico-negativa, ejercida
desde el designio, tan básico como clásico, aunque sumamente potenciado en la
modernidad, de diferenciar siempre, de enjuiciar, de remover, y “dar” (y pedir)
“razón”, de discernir y demarcar, de no aceptar, en fin, aserto alguno sin una
previa indagación de sus condiciones de validez y de sentido. O lo que es
igual, de llevar la razón a la conciencia de sus límites. O de mantener el
pensamiento, como quería Zaratustra, “dentro de los límites de lo pensable”,
coincidentes para él con los de la propia “voluntad creadora”.
Tras su
explícita recreación –o repetición creadora– por Trías a lo largo de las
últimas décadas, el límite deja de ser muro para ofrecerse como puerta. Asume,
pues, una función positiva, como corresponde al filosofar “afirmativo” por el
que el autor de Los límites del mundo se decanta: un filosofar “capaz de tensar
el pensamiento hasta el orden sumamente abstracto de las ideas ontológicas, con
el fin de procurar una visión, lo más ajustada posible, del movimiento mismo de
la vida y del devenir, de lo radicalmente singular y concreto”. Ahora bien,
¿puede ser esa visión, una vez objetivada, otra cosa que un mapa del Mundo en
cuanto espacio/tiempo de ese movimiento? ¿Acaso no es precisamente ese mapa el
que permite la expresión de lo singular y concreto en un plano ideal y
universal? ¿No es ese mapa la obra a la que fatalmente debe aspirar todo
“filósofo-intérprete” decidido a colocarse ante el texto del mundo en una
actitud “activa y productiva”, pero también” radicalmente receptiva”?
La propuesta
ontológica de Eugenio Trías encuentra, como bien es sabido, una formulación
decisiva en Los límites del mundo, en cuyo frontispicio queda enérgicamente
inscrita la doble tarea asumida: “enunciar y decir lo que el ser es” y “decir
qué es la verdad”. En principio algo ya hecho, al menos en lo que afecta al
ser, en Filosofía del futuro, donde el ser era determinado, y a la vez
iluminado en su componente trágico, como “devenir o suceder”: “singular
sensible en devenir derivado de un fundamento en falta y referido a un fin sin
fin”. Y, por otra parte, también podría sugerir continuidad la presencia viva
en Los límites del mundo, en forma de “proposición filosófica”, del “principio
de variación” en cuanto principio que rige “la unión sintética inmediata y
sensible del singular y lo universal propiciada por la recreación” expuesto en
Filosofía del futuro. Y, sin embargo, nada de todo ello debería velar o invitar
a pasar por alto la genuina ruptura onoepistemológica, por así decirlo, que se
abre en Filosofía del futuro, la más decididamente “materialista” o “inmanentista”,
para ser más precisos, de las obras de Trías, y Los límites del mundo.
El mapa del
Mundo que surge de entre las páginas de Filosofía del futuro es el mapa de un
universo cultural. [...] Se diría, en principio, que el mapa que ahora ofrece
nuestro cartógrafo consta de cuatro continentes, identificables cada uno de
ellos con la experiencia de un orden de sucesos (físicos, morales, éticos,
estéticos e históricos) que el sujeto hace del mundo, y de la que saca unas
consecuencias. Y, sin embargo, el mapa va mucho más allá. Tan lejos como para
sustantivar en algún sentido, con la ayuda de la idea, debidamente positivada,
de límite, y bajo el hechizo de esa sombra de este mapa que es lo nouménico
kantiano, esos órdenes de experiencias en “mundos” entre los que se da una
“verdadera discontinuidad”. Y que aumentarán luego en número. Y va también tan
lejos como para asumir la posibilidad efectiva, garantizada por unos “vestigios
visibles” dentro del cerco de lo que se puede comprender y decir, o lo que es
igual, del “propio mundo”, un mundo cuyo límite –el límite del mundo– es lo que
define, precisamente, aquello que cabe conocer y decir, “de un salto”. De un
acceso allende los límites del conocer y del decir a un “allí ninguno” en el
que “subsiste, inmarcesible, silencioso, metafísico, lo que rebasa los límites
del mundo, lo que desborda el cerco y el confín: el otro mundo”. Un acceso que
resulta, por cierto, posible, que nos es posible, por nuestra condición de
seres fronterizos, de límites, nosotros mismos, del mundo, “con un pie
implantado dentro y otro fuera” y que pone en marcha una experiencia
específica. Una experiencia al hilo de la que se cruza el cerco y se accede a
lo trascendente: la experiencia del hecho moral bajo la forma del sentimiento
de culpa y del propio sentimiento del deber. La experiencia, en fin, que
nuestro cartógrafo asume como experiencia llamada a fundamentar la posibilidad
de apertura a un “campo objetivo de expresión” que determina como “segundo
mundo” o “·mundo
ético”. Estaríamos, pues, ante un mapa de los mundos que comprende el Mundo...
y su más allá. Un mapa de un vasto y plural territorio de-limitado, pero
abierto por eso mismo a lo que queda del otro lado. Un mundo cuyo ser pasará a
ser, en consecuencia, el “ser del límite”, siendo un límite del mapa –su puerta
y su muro a un tiempo– lo que conferirá activamente un sentido a ese ser,
oficiando de razón del mismo. De “razón fronteriza”, por tanto, como fronterizo
es el sujeto que en él tiene su morada. Y más allá de ese límite, el misterio.
Dr. Jacobo Muñoz
Veiga
Universidad
Complutense de Madrid
Miembro del
Consejo Editorial de Revista Observaciones Filosóficas.
1La
filosofía del límite. Debate con Eugenio Trías (Biblioteca Nueva), volumen
coordinado por Jacobo Muñoz y Francisco J. Martín.
Jacobo Muñoz
Veiga, nacido en Valencia y doctor en Filosofía por la Universidad de
Barcelona, es catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense
de Madrid. Entre sus publicaciones destacan Lecturas de filosofía contemporánea
(1984), Inventario provisional. Materiales para una ontología del presente
(1995) y Figuras del desasosiego moderno. Encrucijadas filosóficas de nuestro tiempo
(2002), así como un Compendio de epistemología (2000), del que es coeditor
junto con Julián Velarde. Ha desarrollado asimismo una extensa tarea como
editor y traductor de pensadores contemporáneos (Lukács, Heidegger, Husserl,
Wittgenstein, etc.) Entre algunas de sus aportaciones se encuentra la
traducción y edición crítica para Alianza Editorial del Tractatus
Logico-Philosophicus de Wittgenstein y La Correspondencia
entre Adorno y Benjamín para Editorial Trotta.
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