24.9.14

Michel Foucault, El Anti-edipo, Introducción a la Vida No-Fascista

EL ANTI EDIPO
INTRODUCCIÓN A LA VIDA NO-FASCISTA
Michel Foucault

Durante los años 1945-1965 (estoy pensando en Europa) existía una forma correcta de pensar, un estilo de discurso político, una determinada ética del intelectual. Había que codearse con Marx, no dejar uno vagar sus sueños muy lejos de Freud y tratar los sistemas de signos el significante— con el mayor de los respetos. Tales eran las tres condiciones que hacían aceptable esa singular ocupación que es la de escribir y enunciar una parte de verdad acerca de sí mismo y de su época.
Luego vinieron cinco años breves, apasionados, cinco años de júbilo y de enigma. A las puertas de nuestro mundo, Vietnam, por supuesto, y el primer gran golpe asestado a los poderes constituidos. Pero aquí, al interior de nuestros muros, ¿qué era exactamente lo que sucedía? ¿Una amalgama de política revolucionaria y antirrepresiva? ¿Una guerra librada en dos frentes: la explotación social y la represión psíquica? ¿Un ascenso de la libido modulado por el conflicto de clases? Posiblemente. Comoquiera que sea, ha sido por medio de esta interpretación familiar y dualista como han pretendido explicarse los acontecimientos de aquellos años. El sueño que, entre la Primera Guerra Mundial y el advenimiento del fascismo, subyugó con sus encantos las fracciones más utópicas de Europa —la Alemania de Wilheim Reich y la Francia de los surrealistas— retornó para abrasar la realidad misma: Marx y Freud esclarecidos por una misma incandescencia.
¿Pero realmente fue eso lo que pasó? ¿En verdad se trató de una vuelta al proyecto utópico de los años treinta, esta vez, a escala de la práctica histórica? ¿O bien hubo un movimiento hacia luchas políticas que no se conformaban ya con el modelo prescripto por la tradición marxista? ¿Hacia una experiencia y una tecnología del deseo que ya no eran freudianas? Se enarbolaron, por cierto, los viejos estandartes, pero el combate se desplazó y ganó nuevas zonas.
El Anti Edipo muestra, en primer lugar, la extensión del terreno ocupado. Pero no hace sólo eso sino mucho más. No se disipa en la denigración de los viejos ídolos, aun cuando se divierte mucho con Freud. Sobre todo, nos incita seguir más adelante.
Sería un error leer el Anti Edipo como la nueva referencia teórica (ustedes saben, esa famosa teoría que nos han anunciado tan a menudo: la que ha de englobarlo todo, la que ha de ser absolutamente totalizadora y tranquilizadora, aquella, nos aseguran, que tanto necesitamos en esta época de dispersión y especialización de donde ha desaparecido la esperanza). No hay que buscar una filosofía en esta extraordinaria profusión de nociones nuevas y de conceptos-sorpresa: el Anti Edipo no es un Hegel de pacotilla. La mejor manera, creo, de leer el Anti Edipo es abordándolo como un arte, en el sentido en que se habla de arte erótico por ejemplo. Al apoyarse en las nociones aparentemente abstractas de multiplicidades, de flujos, de dispositivos y de acoplamientos, el análisis de la relación del deseo con la realidad y con la máquina capitalista aporta respuestas a preguntas concretas. A preguntas que no se preocupan tanto por el porqué de las cosas sino por el cómo. ¿Cómo se introduce el deseo en el pensamiento, en el discurso, en la acción? ¿Cómo puede y debe desplegar sus fuerzas el deseo en la esfera de lo político a intensificarse en el proceso de inversión del orden establecido? Ars erotica, ars theoretica, ars politica.
De allí provienen los tres adversarios contra los que se enfrenta el Anti Edipo. Tres adversarios que no poseen la misma fuerza, que representan diversos grados de amenaza, y que este libro combate con medios diferentes.
1) Los ascetas políticos, los militantes sombríos, los terroristas de la teoría, los que querrían preservar el orden puro de la política y del discurso político. Los burócratas de la revolución y los funcionarios de la Verdad.
2) Los técnicos del deseo, lamentables: los psicoanalistas y los semiólogos que registran cada signo y cada síntoma, y que quisieran reducir la organización múltiple del deseo a la ley binaria de la estructura y la falta.
3) Por último, el enemigo mayor, el adversario estratégico (mientras que la oposición del Anti Edipo a sus otros enemigos constituye más bien un compromiso táctico): el fascismo. Y no sólo el fascismo histórico de Hitler y Mussolini —quienes tan bien supieron movilizar y utilizar el deseo de las masas— sino también el fascismo que se halla dentro de todos nosotros, que acosa nuestras mentes y nuestras conductas cotidianas, el fascismo que nos hace amar el poder, desear aquello mismo que nos domina y explota.
Yo diría que el Anti Edipo (con perdón de sus autores) es un libro de ética, el primer libro de ética que se haya escrito en Francia desde hace largo tiempo (tal vez ésta sea la razón por la que su éxito no se haya limitado a un público lector en particular: ser anti-Edipo se ha vuelto un estilo de vida, un modo de pensar y de vivir). ¿Cómo se hace para no convertirse en fascista aún cuando (especialmente cuando) uno cree ser un militante revolucionario? ¿Cómo librar del fascismo nuestro discurso y nuestros actos, nuestro corazón y nuestros placeres? ¿Cómo expulsar el fascismo incrustado en nuestro comportamiento? Los moralistas cristianos buscaban las huellas de la carne asentadas en los repliegues del alma. Deleuze y Guattari, por su parte, están al acecho de las más íntimas huellas del fascismo en el cuerpo.
En un modesto homenaje a San Francisco de Sales, podría decirse que el Anti Edipo es una Introducción a la vida no fascista.
Este arte de vivir, contrario a todas las formas de fascismo, estén éstas instaladas o bien cercanas al ser, se acompaña de cierto número de principios esenciales, que resumiría de la manera siguiente si debiera hacer de esta gran obra un manual o una guía para la vida cotidiana:
—Liberad la acción política de toda forma de paranoia unitaria y totalizadora.
—Haced que la acción, el pensamiento y los deseos crezcan por proliferación, yuxtaposición y disyunción, no por subdivisión o jerarquización piramidal.
—Libráos de las viejas categorías de lo Negativo (la ley, el límite la castración, la falta la laguna) que el pensamiento occidental ha sostenido como sagradas durante tan largo tiempo en tanto forma de poder y modo de acceso a la realidad. Preferid lo positivo y lo múltiple, la diferencia a la uniformidad los flujos a las unidades, los ordenamientos múltiples a los sistemas. Considerad que lo productivo no es sedentario sino nómada.
—No imaginéis que haya que estar triste para ser un militante, aun cuando lo que se combata sea abominable. Es el lazo entre el deseo y la realidad (y no su fuga bajo las formas de la representación) lo que posee fuerza revolucionaria.
—No utilicéis el pensamiento para dar a la práctica política valor de Verdad; ni la acción política para desacreditar un pensamiento como si éste no fuera más que especulación pura. Utilizad la práctica política como un intensificador del pensamiento, y el análisis como multiplicador de las formas y los ámbitos de intervención de la acción política.
—No exijáis de la política el restablecimiento de los derechos del individuo tales como los define la filosofía. El individuo es producto del poder. Lo que hay que hacer es desindividualizar por medio de la multiplicación, el desplazamiento, el ordenamiento en combinaciones diferentes. El grupo no ha de ser un lazo orgánico que una individuos jerarquizados sino un constante generador de desindividualización.
—No os enamoréis del poder.
Podría llegar a decirse que Deleuze y Guattari tan poco aman el poder que han buscado neutralizar los efectos de poder ligados a su propio discurso. De allí los juegos y las trampas desperdigados por todo el libro, que hacen de su traducción un verdadero desafío. Mas no son éstas las familiares trampas de la retórica, que buscan seducir al lector sin ser él consciente de la manipulación, y que terminan sumándolo contra su voluntad a la causa de los autores. Las trampas del Anti Edipo son las trampas del humor: esas tantas invitaciones a dejarse expulsar, a despedirse del texto con un portazo. El libro hace pensar que no es otra cosa más que humor y juego allí donde no obstante tiene lugar algo esencial, algo de la mayor seriedad: el asedio a todas las formas de fascismo, desde aquellas formas (colosales) que nos rodean y aplastan hasta las formas menudas que conforman la amarga tiranía de nuestra vida cotidiana.


(Traducido del francés por Claudia Oxman).

23.9.14

Proposición (ingl. proposition; franc. proposition; alem. Satz; ital. proposizione). Aristóteles aplica a la P. dos términos diferentes: λόγος άποφαντχός o simplemente άπόφανσις  (De Interpretatione, 16 b 26 ss.) y πρότασις (Analytica Priora, 24 a 16 ss.). En el primer texto se define el λόγος como una voz significante por convención, pero divisible en partes a su vez significantes (denominadas ‘términos’: el nombre y el  verbo) que unen (o dividen) tales partes, atribuyendo una a la otra o negando tal atribución, pero se observa que no todos los λόγοι son de tal naturaleza que competa a ella el ser verdaderos o falsos (por ejemplo, las plegarias son λόγοι, pero no compete a ella el ser verdaderas o falsas), y que los que lo son, resultan tales en función del modo mediante el cual dividen o unen los términos. El λόγος que puede ser verdadero o falso es, por lo tanto, el λ. άποφαντχός, o simplemente άπόφανσις (de donde el latín enuntiatio), que se define de esta manera: “el α. es una voz significante que afirma según los tiempo del verbo”. El otro término (πρότασις) del cual resulta el latín propositio, aparece ya en los De interpretatione y en los Topica, para designar uno de los ángulos del problema (elección entre dos P. contradictorias). Sólo en los Analytica Priora, llega a designar, ya sea en las premisas del silogismo o la P. en el sentido de άπόφανσις, siendo definida como “λόγος que afirma o niega algo de alguna cosa”. Y a esta definición seguía una clasificación de las πρότασις que, si bien no idéntica, es similar a la de las άπόφανσις en el De Interpretatione (allá: afirmativas, negativas, o en torno a universales predicados universalmente, en torno a universales predicados no universalmente, en torno a individuos; aquí: afirmativas, negativas, universales, particulares, indefinidas). Es por lo tanto, evidente que πρότασις ha sustituido a άπόφανσις. Este último término, tanto el término estoico que es su sinónimo, άξίωμα (Crisipo, en Diógenes Laercio, VII, 66, lo define como “lo negado o afirmado por sí mismo, tal como sucede en ‘es de día’ y ‘Dione pasea’“), cede frente a πρότασις, y así en el latín de los lógicos medievales el término propositio se impone frente a la menos afortunada expresión enunciato, y se lo define (Pedro Hispano, Summ. Logic., 1.07) como “oratium vero vel falsum significans indicando, ut ‘homo currit’“, donde oratio traduce el aristotélico λόγος, y se introduce la función indicativa para diferenciar la propositio de otros tipos de oratio perfecta, tales como la imperativa, la desiderativa, la condicional, etc.
En la Edad Moderna, la fuerza de la tradición medieval conserva durante mucho tiempo el término propositio (también el alternativo enunciato que, por ejemplo, se encuentra a menudo en las Regulae cartesianas), que prefieren constantemente los matemáticos y los lógicos de la matemática (como Pascal, en Art de persuader, y Leibniz); pero el gradual prevalecer de concepciones y puntos de vista intelectuales, que concentran el interés, más que en la forma de los enunciados, en los actos mentales, hace que en la literatura lógica llegue a difundirse triunfalmente el término juicio (véase) en tanto que se conserva el vocablo P. como sinónimo del precedente, o bien (ya en la Logique de Port Royal y luego constantemente en la lógica francesa, alemana e italiana de los siglos XVII y XVIII) de lo define técnicamente como la expresión verbal del juicio, “juicio expresado con palabras” (así, por ejemplo, Arnauld, Log., II, 3; Wolff, Log., § 42; Genovesi, Ars logico-critica, II, 14; Hamilton, Lectures on logic, I, pp. 226 ss.; etc). En este sentido, el término P. fue conservado por los gramáticos para indicar la oratio perfecta en general, o sea la frase completa y con significado cumplido (que expresa, por lo tanto, un “pensamiento” o “juicio”). En cambio, en el sentido lógico original, el término P. (alem. Satz; ingl. proposition) se conserva vivo en la tradición matemática (no en Italia, sin embargo, donde se prefirió en general el vocablo teorema) y de esta volvió a la lógica formal pura (matemática) contemporánea, aunque definido en forma diferente.
La dirección antipsicologista y antiverbalista adoptada por los reformadores de la lógica formal pura contemporánea (Bolzano, y más tarde sobre todo Husserl, Frege y Russell) ha hecho que el término “P. en sí” (Satz an sich) quedara aislado, o también simplemente “P.” en sentido lógico-puro, para indicar el contenido lógico de un juicio prescindiendo de los actos psicológicos del juzgar y de la variedad de formas lingüísticas mediante las cuales tal pensamiento (pensado) puede ser expresado. Esta nueva acepción del término se ha mantenido también en la elaboración de la lógica formal realizada por autores, tales como, en primera línea, R. Carnap, A. Church y toda la pléyade de los nuevos lógicos contemporáneos, poco dependientes (o solamente en origen dependientes, pero luego emancipados) de la dirección de pensamiento encabezada por Husserl y Frege. Así, pues, el hecho de encontrarse el interés de los nuevos lógicos en el lenguaje y en el análisis del lenguaje ha tenido como resultado la tendencia a distinguir (olvidando toda la referencia mentalista) entre el enunciado (alem. Aussage; ingl. sentence) y la proposición. En tanto que en los comienzos de este movimiento (Russell) se volvió a la definición tradicional de “P.” como “lo que puede ser verdadero o falso” (acepción todavía frecuentemente usada por neopositivistas y pragmatistas), la escuela que derivó de Carnap (cf. Intr. to Semantics [1942], 1959, p. 235) usa “enunciado” para denotar un símbolo verbal compuesto que obedece a determinadas reglas morfológico-sintácticas; “P.”, en cambio, denota el contenido significativo común a un conjunto de enunciados declarativos (denominados statements en inglés) en la misma o también en diferentes lenguas, que resultan sinónimos, o sea que tienen el mismo significado, significan la misma cosa.     GP



Diccionario de Filosofía de Nicola Abbagnano, F.C.E.
Problema (gr. πρόβλημα; lat. problema; ingl. problema; franc. problème; alem. Problem; ital. problema) En general, toda situación que incluya la posibilidad de una alternativa. El P. no tiene necesariamente carácter subjetivo; no es reductible a la duda, aun cuando la duda sea, en cierto sentido, un problema. Es más bien el carácter propio de una situación que no tiene un único significado o que incluye, de cualquier manera, alternativas de cualquier especie. Un P. es una declaración de una situación de este género.
Tal es el sentido de la definición aristotélica: “P. es un procedimiento dialéctico que tiende a la elección o al rechazo, o también a la verdad y al conocimiento” (Top., I, 11, 104 b). En esta definición las palabras “elección” o “rechazo” indican las alternativas que se presentan a los problemas de orden práctico, mientras que “verdad” y “conocimiento” designan las alternativas teóricas. Aristóteles ejemplifica su definición diciendo que un P. del primer género es si el placer es o no un bien, y un P. del segundo género es si el mundo es o no eterno (Ibid., 104 b 8). Ya que, donde hay P., hay también silogismos contrarios, los P. pueden nacer, según Aristóteles, sólo donde falta un discurso concluyente: en otras palabras, el P. pertenece al dominio de la dialéctica, o sea al de los discursos probables, no al de la ciencia. De todos modos, el P. conserva, para Aristóteles, el carácter de indeterminación que le es conferido por la alternativa. En el uso matemático del término, este carácter ha ido atenuándose. La lógica medieval descuidó el análisis y la definición de esta noción y cuando la misma comenzó a atraer de nuevo la atención de los lógicos (siglo XVII), el significado que le atribuyeron está deducido de las matemáticas. Así Jungius dice que “el P. o la proposición problemática es una proposición principal que enuncia que algo puede ser hecho, demostrado o encontrado” (Logica Hamburgensis, 1638, IV, 11, 7). Leibniz anotaba que “por P. los matemáticos entienden las cuestiones que dejan en blanco una parte de la proposición” (Nouv. Ess., IV, II, 7). Y precisamente apelando al uso matemático, Wolff definió al P. como “una proposición práctica demostrativa”, entendiendo por “proposición práctica” la proposición “por la cual se afirma que algo puede o debe ser hecho” y excluyendo explícitamente el significado aristotélico del término (Log., § 276, 266). No muy diferente de esta es la definición de Kant: “P. son proposiciones demostrables que necesitan pruebas o son tales como para expresar una acción cuyo modo de realización no es inmediatamente cierto” (Logik, § 38).
También en el pensamiento moderno la noción de P. ha sido y es una de las más olvidadas. Los filósofos, aun hablando continuamente de P. y considerando como su tarea la resolución de un determinado número de P. y, especialmente, de los que ellos mismos definen como “máximos”, no se han cuidado demasiado de analizar la correspondiente noción. La mayoría de las veces el P. ha sido considerado como una condición o situación subjetiva y confundido con la duda. El mismo Mach lo definió en este sentido, como “el desacuerdo entre los pensamientos y los hechos o el desacuerdo de los pensamientos entre sí” (Erkenntmiss und irrtum [Conocimiento y error], cap. XV; trad. franc., pp. 252-253). Sólo recientemente se ha reconocido en la Lógica (1939) de Dewey, el carácter de indeterminación objetiva que define al P.; Dewey vio en el P. la “propiedad lógica primaria”. El P. es la situación que constituye el punto de partida de cualquier investigación, es decir, la situación indeterminada. “La situación no resuelta o indeterminada podría llamarse situación problemática se hace problemática en el proceso mismo de ser sometida a investigación. La situación indeterminada viene a existir por causas existenciales, lo mismo que ocurre, por ejemplo, en el desequilibrio orgánico del hambre. Nada hay de intelectual o cognoscitivo en la existencia de tales situaciones, aunque ellas son las condiciones necesarias de las operaciones cognoscitivas o investigación… El resultado primero de la intervención de la investigación es que se estima que la situación es problemática” (Logic, cap. VI; trad. esp.: Lógica, México, 1950, F.C.E., pp. 125 ss.). La enunciación del P. permite la anticipación de una solución posible que el la idea y la idea exige el desarrollo de las relaciones inherentes a su significado, lo que constituye el razonamiento. En fin, la solución efectiva es la determinación de la situación inicial, esto es, el logro de una situación unificada en sus relaciones y distinciones constitutivas. Un análisis análogo a éste en su estructura fundamental es el formulado por G. Boas, que define el P. como “la conciencia de una investigación de la norma” (The Inquiring Mind, 1959, p. 56). Al análisis de Dewey se le agrega, sin embargo, una determinación fundamental, o sea el reconocimiento del hecho de que un P. no es eliminado o destruido por su solución. Un “P. resuelto” no es un P. que no habrá de presentarse más como tal, sino que es un P. que continuará presentándose con probabilidades de solución. El descubrimiento de una medicina que cura una enfermedad es la solución de un P.; pero con ella el P. no se elimina, ya que la enfermedad continuará presentándose y lo que la solución permite es, por lo tanto, la posibilidad, dentro de determinado límites garantizados, de resolver el P. todas las veces que se presente. Precisamente a partir de este carácter del P. se habla de la problematicidad de los campos en los que el P. se presenta. Y en este sentido, el problema no sólo es diferente a la duda que, una vez resulta eliminada y sustituida por la creencia, sino también al interrogante el cual, una vez encontrada su respuesta, pierde su significado.



Diccionario de Filosofía de Nicola Abbagnano, F.C.E.

Jacobo Muñoz Veiga, La filosofía del límite. Debate con Eugenio Trías

La filosofía del límite. Debate con Eugenio Trías 1
Dr. Jacobo Muñoz Veiga. Universidad Complutense de Madrid




Como toda filosofía digna de ese nombre, la Filosofía del Límite es un mapa del Mundo, uno de los muchos mapas –o recreaciones– posibles de una realidad máximamente compleja, literalmente inagotable en su dinamicidad constitutiva, de la que nadie podrá procurar nunca el mapa total. Es, por decirlo ahora con palabras del propio Eugenio Trías, la propuesta activa y creadora, siempre en construcción, siempre en proceso de revisión, siempre in itinere, de “una síntesis capaz de trazar, en forma de idea filosófica, el boceto vivo de lo que existe”.

El punzón con el que Trías ha burilado ese boceto se confunde con la vieja y venerable idea de límite. Una idea de singular peso ontosemántico que inviscerada en el cuerpo material de sus desarrollos positivos modula y diferencia las filosofías de los grandes, de Platón a Wittgenstein y de Kant a Heidegger, y que Trías ha “recreado” en un sentido original y –como su propio mapa revela– fructífero. Si una impenetrable frontera de-limita, en efecto, en Platón el diamantino reino de la ciencia genuina o episteme frente al de mera creencia o doxa, construido sobre arenas movedizas, una línea no menos férrea se alza, separando entre sí nítidamente ambos ámbitos, en el primer Wittgenstein, entre lo que puede decirse y lo que sólo puede mostrarse, entre los significativo y el sinsentido.

Y no otro designio late bajo la decisión kantiana de averiguar, mediante la autocrítica de la razón, hasta donde alcanza el saber y dónde comienza, cruzando el límite, la creencia, o bajo el abrasador deslinde heideggeriano –frente a la metafísica clásica– entre el mero habérselas conceptualmente con el ente y el habérselas con el ser. E igual ocurre, por acabar sin acabar del todo, con el “criterio empirista del significado” de la primera época del Círculo de Viena, o con la “línea de demarcación” tan característica del racionalismo crítico de inspiración popperiana. Con la particularidad, sin embargo, de que en todos estos casos la idea de límite cumple una función crítico-negativa, ejercida desde el designio, tan básico como clásico, aunque sumamente potenciado en la modernidad, de diferenciar siempre, de enjuiciar, de remover, y “dar” (y pedir) “razón”, de discernir y demarcar, de no aceptar, en fin, aserto alguno sin una previa indagación de sus condiciones de validez y de sentido. O lo que es igual, de llevar la razón a la conciencia de sus límites. O de mantener el pensamiento, como quería Zaratustra, “dentro de los límites de lo pensable”, coincidentes para él con los de la propia “voluntad creadora”.

Tras su explícita recreación –o repetición creadora– por Trías a lo largo de las últimas décadas, el límite deja de ser muro para ofrecerse como puerta. Asume, pues, una función positiva, como corresponde al filosofar “afirmativo” por el que el autor de Los límites del mundo se decanta: un filosofar “capaz de tensar el pensamiento hasta el orden sumamente abstracto de las ideas ontológicas, con el fin de procurar una visión, lo más ajustada posible, del movimiento mismo de la vida y del devenir, de lo radicalmente singular y concreto”. Ahora bien, ¿puede ser esa visión, una vez objetivada, otra cosa que un mapa del Mundo en cuanto espacio/tiempo de ese movimiento? ¿Acaso no es precisamente ese mapa el que permite la expresión de lo singular y concreto en un plano ideal y universal? ¿No es ese mapa la obra a la que fatalmente debe aspirar todo “filósofo-intérprete” decidido a colocarse ante el texto del mundo en una actitud “activa y productiva”, pero también” radicalmente receptiva”?

La propuesta ontológica de Eugenio Trías encuentra, como bien es sabido, una formulación decisiva en Los límites del mundo, en cuyo frontispicio queda enérgicamente inscrita la doble tarea asumida: “enunciar y decir lo que el ser es” y “decir qué es la verdad”. En principio algo ya hecho, al menos en lo que afecta al ser, en Filosofía del futuro, donde el ser era determinado, y a la vez iluminado en su componente trágico, como “devenir o suceder”: “singular sensible en devenir derivado de un fundamento en falta y referido a un fin sin fin”. Y, por otra parte, también podría sugerir continuidad la presencia viva en Los límites del mundo, en forma de “proposición filosófica”, del “principio de variación” en cuanto principio que rige “la unión sintética inmediata y sensible del singular y lo universal propiciada por la recreación” expuesto en Filosofía del futuro. Y, sin embargo, nada de todo ello debería velar o invitar a pasar por alto la genuina ruptura onoepistemológica, por así decirlo, que se abre en Filosofía del futuro, la más decididamente “materialista” o “inmanentista”, para ser más precisos, de las obras de Trías, y Los límites del mundo.

El mapa del Mundo que surge de entre las páginas de Filosofía del futuro es el mapa de un universo cultural. [...] Se diría, en principio, que el mapa que ahora ofrece nuestro cartógrafo consta de cuatro continentes, identificables cada uno de ellos con la experiencia de un orden de sucesos (físicos, morales, éticos, estéticos e históricos) que el sujeto hace del mundo, y de la que saca unas consecuencias. Y, sin embargo, el mapa va mucho más allá. Tan lejos como para sustantivar en algún sentido, con la ayuda de la idea, debidamente positivada, de límite, y bajo el hechizo de esa sombra de este mapa que es lo nouménico kantiano, esos órdenes de experiencias en “mundos” entre los que se da una “verdadera discontinuidad”. Y que aumentarán luego en número. Y va también tan lejos como para asumir la posibilidad efectiva, garantizada por unos “vestigios visibles” dentro del cerco de lo que se puede comprender y decir, o lo que es igual, del “propio mundo”, un mundo cuyo límite –el límite del mundo– es lo que define, precisamente, aquello que cabe conocer y decir, “de un salto”. De un acceso allende los límites del conocer y del decir a un “allí ninguno” en el que “subsiste, inmarcesible, silencioso, metafísico, lo que rebasa los límites del mundo, lo que desborda el cerco y el confín: el otro mundo”. Un acceso que resulta, por cierto, posible, que nos es posible, por nuestra condición de seres fronterizos, de límites, nosotros mismos, del mundo, “con un pie implantado dentro y otro fuera” y que pone en marcha una experiencia específica. Una experiencia al hilo de la que se cruza el cerco y se accede a lo trascendente: la experiencia del hecho moral bajo la forma del sentimiento de culpa y del propio sentimiento del deber. La experiencia, en fin, que nuestro cartógrafo asume como experiencia llamada a fundamentar la posibilidad de apertura a un “campo objetivo de expresión” que determina como “segundo mundo” o “·mundo ético”. Estaríamos, pues, ante un mapa de los mundos que comprende el Mundo... y su más allá. Un mapa de un vasto y plural territorio de-limitado, pero abierto por eso mismo a lo que queda del otro lado. Un mundo cuyo ser pasará a ser, en consecuencia, el “ser del límite”, siendo un límite del mapa –su puerta y su muro a un tiempo– lo que conferirá activamente un sentido a ese ser, oficiando de razón del mismo. De “razón fronteriza”, por tanto, como fronterizo es el sujeto que en él tiene su morada. Y más allá de ese límite, el misterio.


Dr. Jacobo Muñoz Veiga
Universidad Complutense de Madrid
Miembro del Consejo Editorial de Revista Observaciones Filosóficas.











1La filosofía del límite. Debate con Eugenio Trías (Biblioteca Nueva), volumen coordinado por Jacobo Muñoz y Francisco J. Martín.
Jacobo Muñoz Veiga, nacido en Valencia y doctor en Filosofía por la Universidad de Barcelona, es catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid. Entre sus publicaciones destacan Lecturas de filosofía contemporánea (1984), Inventario provisional. Materiales para una ontología del presente (1995) y Figuras del desasosiego moderno. Encrucijadas filosóficas de nuestro tiempo (2002), así como un Compendio de epistemología (2000), del que es coeditor junto con Julián Velarde. Ha desarrollado asimismo una extensa tarea como editor y traductor de pensadores contemporáneos (Lukács, Heidegger, Husserl, Wittgenstein, etc.) Entre algunas de sus aportaciones se encuentra la traducción y edición crítica para Alianza Editorial del Tractatus Logico-Philosophicus de Wittgenstein y La Correspondencia entre Adorno y Benjamín para Editorial Trotta.



Sergio Pitol, Prueba de Iniciación

Imagine usted a un joven de dieciocho años que de pronto decide convertirse en escritor y consume buena parte de sus noches en pergeñar artículos literarios. Su gusto, tendrá que comprenderlo, es involuntariamente ecuménico.  Escribe sobre Eugene O’Neill y su teatro, sobre su novela recién leída de Rebindranath Tagore, Juventud en la India, sobre un viaje a México relatado por Paul Morand. Sus intereses son tan variados como es amplia su ignorancia. Debe dar por sentado que los juicios expresados no brillan por su originalidad y que la prosa es poco menos que plana. Con toda seguridad ninguna de sus páginas rebasa el nivel de un esforzado trabajo escolar. Alguien, tal vez un compañero de la Facultad de Derecho asombrado por esos dones, le sugiere llevar el artículo al suplemento cultural (bastante chafa, por cierto) de un importante diario donde trabaja un amigo de su padre, y él acoge la sugerencia con regocijo. Ya en la redacción, su amigo asumió de modo natural el papel de abogado y vocero suyo; hizo una hiperbólica defensa de sus escritos, de su afición por la lectura y de otras cualidades personales que no venían al caso. Si aceptan el escrito, piensa el autor, habrá ya dado el primer paso en el camino que conduce a las estrellas.
Pasaron varios meses sin que ninguno de esos artículos apareciera en el suplemento. Curado por tan gélida recepción, el literato en embrión desiste de sus faenas nocturnas. Todavía no está maduro para la literatura: una sana conclusión. Pero un domingo sale a comprar los periódicos en la ciudad de provincia donde vive su familia; acostumbra pasar allí todas sus vacaciones. De camino a casa se le ocurre detenerse en un café y hojear uno de los diarios que lleva bajo el brazo. Desde la primera página del suplemento cultural le salta a la vista el título de uno de sus artículos, aquél donde comentaba el teatro de O’Neill. El sentimiento de exultación que algunos autores dicen experimentar al tener ante sus ojos el primer texto publicado y ver su nombre bajo el título a él decididamente le resulta vedado. Sucede todo lo contrario. De momento se queda paralizado, después, paulatinamente, lo va invadiendo una sensación de vergüenza que termina en náusea. La sola idea de presentarse en su casa con ese periódico le resulta imposible. Sabe de golpe que se ha convertido en un animal inmundo, y en ese instante tiene las pruebas que lo confirman. Teme llegar a casa. No se siente capaz de soportar ningún comentario; el más discreto elogio, cualquier señal de asombro o de regocijo ante esas facultades desconocidas por su familia, lo condicionarán sin remedio a la locura, al menos eso cree mientras vacuamente contempla el periódico. Por fin se decide a cortar la página, a doblarla en varios pliegues y guardarla en un bolsillo interior de su chaqueta. El resto del suplemento queda sobre la mesa. Al llegar al lugar temido deja los periódicos en la sala, se escurre a su habitación y allí permanece encerrado la tarde entera. Vuelve a leer el artículo sin captar su sentido. “Sin entender palotada”, se le ocurre decirse. Pero es vez la expresión no tiene la virtud de relajarlo, como es habitual. Sólo en algunas antiguas tradiciones españolas ha tropezado con esas palabras. Leer que Nastasia Filipovna le implora llena de desesperación y fatiga a su príncipe expresarse con mayor claridad o si no dejarla en paz porque de las vehementes y elevadas parrafadas con que la abruma no entiende palotada, o a Emma Bovary repetir en una de sus desgarradas meditaciones  finales  que ha acabado por no entender palotada de la vida, no sólo lograba romper el pathos buscado por sus autores sino que convertiría en situaciones francamente risibles las que habían sido escritas para conmoverlo. Si logra captar los títulos dispersos en el artículo es por estar escritos en letra diferente, en negritas: El gran Dios Brown, El luto le sienta a Electra, El deseo bajo los olmos, El emperador Jones, El mono velludo, Anna Christie, unos cuantos más. Esos dramas que tanto le han impresionado le parecen tan huecos y ridículos como su propia prosa. Nada le habría gustado más que desaparecer del mundo, pedirle dinero a su hermano con urgencia, inventar una historia escalofriante para conmoverlo, llegar a Veracruz, subirse en el primer barco que zarpara y perderse en el mundo sin dejar tras él la menos huella. O, de plano, morirse. Ni siquiera con su abuela, su habitual confidente, se atreve a desahogarse.
La tarde transcurrió espesamente, como una pesadilla. Pero para su sorpresa, nadie se enteró del crimen. Nadie pasó por la casa ni llamó para felicitarlo. Esa apatía de su medio hacia la literatura lo dejó perplejo y desencantado. Durante los siguientes domingos fueron apareciendo los otros artículos entregados. Estaba ya en México; los comentarios de sus amigos lo dejaron impávido. Igual le daba que fuesen o no leídos, que gustaran o no, aunque tal vez eso no era cierto del todo. De cualquier manera no volvió a incurrir en el vicio de la escritura durante mucho tiempo.
Con los años ha llegado a pensar en que habría preferido ser descubierto ese domingo en que su culpa se hizo pública. Y no sólo eso, sino también ser escarnecido y condenado; todo habría resultado ser más fácil, más claro. Su relación con el mundo podría haberse despojado de muchas telarañas. Ahora, pasados más de cuarenta años de ese incidente, se conforma sólo con registrar el hecho. Trata de examinar las circunstancias, de elaborar algunas conjeturas. ¿Por qué se tiñó de horror aquel rito de iniciación? ¿Se trataría, acaso, de un desgarramiento tardío del cordón umbilical, de una separación sangrienta del cuerpo que formaba con los suyos? Llega a la conclusión de que ese ejercicio se le está convirtiendo en un ocioso juego de acertijos, que seguirlo lo internaría en un laberinto de estupores. Se perdería en marismas sin tocar tierra firme.
Tal vez se debe a esa experiencia el hecho de que durante largo tiempo no pudiera escribir en casa, como si hacerlo fuese una actividad vitanda. Escribir en el mismo espacio donde uno vive, equivalió durante casi toda su vida a cometer un acto obsceno en un lugar sagrado. Pero eso es anecdótico. Lo que da por seguro es que esa inmersión en la inmundicia que caracterizó su confrontación, a fines de la adolescencia, con la palabra, impresa la suya, ha condicionado la forma más personal, más secreta, más ajena a la voluntad, de su escritura, y ha hecho de ese ejercicio un gozoso juego de escondrijos, una aproximación al arte de la fuga.
Xalapa, diciembre de 1994



En El arte de la fuga, “Prueba de iniciación”
—Sergio Pitol


22.9.14

RAE Lengua, Cultura y Sociedad

lengua.
(Del lat. lingua).
1. f. Órgano muscular situado en la cavidad de la boca de los vertebrados y que sirve para gustación, para deglutir y para modular los sonidos que les son propios.
2. f. Sistema de comunicación verbal y casi siempre escrito, propio de una comunidad humana.
3. f. Sistema lingüístico cuyos hablantes reconocen modelos de buena expresión. La lengua de Cervantes es oficial en 21 naciones
4. f. Sistema lingüístico considerado en su estructura.
5. f. Vocabulario y gramática propios y característicos de una época, de un escritor o de un grupo social. La lengua de GóngoraLa lengua gauchesca
6. f. Badajo de la campana.
7. f. lengüeta ( fiel de la balanza).
8. f. Cada una de las provincias o territorios en que tenía dividida su jurisdicción la Orden de San Juan. La lengua de Castilla, la de Aragón, la de Navarra
9. f. Zool. Tira dorsal de la larda de una ballena.
10. f. desus. intérprete ( de lenguas). Era u. t. c. m.
11. f. ant. Facultad de hablar.
12. f. ant. espía ( persona que observa y escucha lo que pasa para comunicarlo).
~ aglutinante.
1. f. Ling. Idioma en que predomina la aglutinación.
~ aislante, o ~ analítica.
1. f. Ling. Aquella cuyos elementos léxicos y gramaticales son palabras aisladas unas de otras, como en el caso del chino y del vietnamita.
~ azul.
1. f. Veter. Epizootia contagiosa del ganado ovino, que a veces ataca también al bovino, producida por un virus específico y caracterizada por cianosis de la lengua, ulceraciones en la boca y cojera.
~ bífida.
~ canina.
1. f. cinoglosa.
~ cerval, o ~ cervina.
1. f. Helecho de la familia de las Polipodiáceas, con frondas pecioladas, enteras, de tres a cuatro decímetros de longitud, lanceoladas, y con un escote obtuso en la base; cápsulas seminales en líneas oblicuas al nervio medio de la hoja, y raíces muy fibrosas. Se cría en lugares sombríos, y el cocimiento de las frondas, que es amargo y mucilaginoso, se ha empleado como pectoral.
~ de buey.
1. f. Planta anual de la familia de las Borragináceas, muy vellosa, con tallo erguido, de seis a ocho decímetros de altura, hojas lanceoladas, enteras, las inferiores con pecíolo, sentadas las superiores, y todas erizadas de pelos rígidos, flores en panojas de corola azul y forma de embudo, y fruto seco con cuatro semillas rugosas. Abunda en los sembrados, y sus flores forman parte de las cordiales.
~ de ciervo.
~ de escorpión.
~ de estropajo.
1. com. coloq. Persona balbuciente, o que habla y pronuncia mal, de manera que apenas se entiende lo que dice.
~ de fuego.
1. f. Cada una de las llamas en forma de lengua que bajaron sobre las cabezas de los apóstoles el día de Pentecostés.
2. f. Cada una de las llamas que se levantan en una hoguera o en un incendio.
~ de gato.
1. f. Planta chilena, de la familia de las Rubiáceas, de hojas aovadas y pedúnculos axilares, con una, dos o tres flores envueltas por cuatro brácteas. Sus raíces, muy semejantes a las de la rubia, se usan, como las de esta, en tintorería.
2. (Por su forma). f. Bizcocho o chocolatina duros, alargados y delgados.
~ de hacha.
1. f. coloq. lengua serpentina.
~ del agua.
1. f. Parte del agua del mar, de un río, etc., que lame el borde de la costa o de la ribera.
2. f. Línea horizontal adonde llega el agua en un cuerpo que está metido o nadando en ella.
~ de oc.
1. f. La que antiguamente se hablaba en el mediodía de Francia y cultivaron los trovadores.
~ de oíl.
1. f. Francés antiguo, o sea lengua hablada antiguamente en Francia al norte del Loira.
~ de perro.
1. f. cinoglosa.
~ de sierpe.
2. f. Mil. Obra exterior que se suele hacer delante de los ángulos salientes del camino cubierto.
~ de tierra.
1. f. Pedazo de tierra largo y estrecho que entra en el mar, en un río, etc.
~ de trapo.
1. f. lengua de los niños cuando todavía no hablan bien.
2. f. coloq. lengua de estropajo.
3. f. Cuba y Ur. Persona deslenguada, lenguaraz.
~ de vaca.
1. f. Cuba. Planta de la familia de las Liliáceas, originaria de África, de hojas alargadas, planas y carnosas, de color verde intenso o moradas y flores blancas. Su fruto es una baya de color rojo.
~ de víbora.
1. f. Diente fósil de tiburón. Es casi plano, de forma triangular y con dentecillos agudos en su contorno.
~ flexiva.
1. f. Ling. Idioma en que predomina la flexión.
~ franca.
1. f. La que es mezcla de dos o más, y con la cual se entienden los naturales de pueblos distintos.
~ madre.
1. f. Aquella de que han nacido o se han derivado otras. El latín es lengua madre respecto de la nuestra
~ materna.
1. f. La que se habla en un país, respecto de los naturales de él.
~ monosilábica.
1. f. Ling. Aquella cuyas palabras constan generalmente de una sola sílaba.
~ muerta.
1. f. La que antiguamente se habló y no se habla ya como propia y natural de un país o nación.
~ natural, o ~ popular.
~ sabia.
1. f. Cada una de las antiguas que ha producido una literatura importante.
~ santa.
1. f. hebreo ( lengua hablada por los hebreos).
~ serpentina.
1. f. Persona mordaz, murmuradora y maldiciente.
~ sintética.
1. f. Ling. lengua flexiva.
~ tonal.
1. f. Ling. La que posee tonos.
~ viperina.
~ viva.
1. f. La que actualmente se habla en un país o nación.
~s hermanas.
1. f. pl. Las que se derivan de una misma lengua madre; p. ej., el español y el italiano, que se derivan del latín.
mala ~.
1. f. Persona murmuradora o maldiciente.
media ~.
1. com. coloq. Persona que pronuncia imperfectamente por impedimento de la lengua. Empezó a contar una noticia aquel media lengua
2. f. coloq. Pronunciación imperfecta. Empezó a contarlo con su media lengua
malas ~s.
1. f. pl. coloq. El común de los murmuradores y de los calumniadores de las vidas y acciones ajenas. Así lo dicen malas lenguas
aflojar la ~.
1. loc. verb. coloq. Cuba y Ven. írsele la lengua.
andar en ~s.
1. loc. verb. coloq. Ser con frecuencia objeto de conversaciones, o de habladurías y murmuración.
atar la ~.
1. loc. verb. Impedir que se diga algo.
buscar la ~ a alguien.
1. loc. verb. coloq. Incitarle a disputas; provocarle a reñir.
calentársele a alguien la ~.
1. loc. verb. coloq. calentársele la boca.
con la ~ afuera.
1. loc. adv. Con gran anhelo o cansancio.
con la ~ de un palmo.
1. loc. adv. coloq. con la lengua afuera.
darle a la ~.
1. loc. verb. coloq. Hablar mucho.
darse la ~ dos o más personas.
1. loc. verb. Cuba. congeniar.
de ~ en ~.
1. loc. adv. De unos en otros; de boca en boca.
destrabar alguien la ~.
1. loc. verb. Quitar el impedimento que tenía para hablar.
echar alguien la ~ al aire.
1. loc. verb. coloq. irse de la lengua.
echar la ~, o echar la ~ de un palmo, por algo.
1. locs. verbs. coloqs. Desearlo con ansia, trabajar y fatigarse por alcanzarlo.
escapársele a alguien la ~.
1. loc. verb. Escapársele palabras que no quería decir.
hablar con ~ de plata.
1. loc. verb. Pretender o solicitar algo por medio de dinero, dádivas o regalos.
hacerse ~s de alguien o de algo.
1. loc. verb. coloq. Alabarlo encarecidamente.
irse de la ~.
1. loc. verb. coloq. Decir inconsideradamente lo que no quería o no debía manifestar.
írsele a alguien la ~.
1. loc. verb. coloq. escapársele la lengua.
largo de ~.
1. loc. adj. Que habla con desvergüenza o con imprudencia.
ligero de ~.
1. loc. adj. Que sin consideración ni miramiento dice cuanto se le ocurre o se le viene a la boca.
meterse alguien la ~ en el culo.
1. loc. verb. vulg. malson. Tener que dejar de hablar.
2. loc. verb. vulg. malson. callarse ( abstenerse de manifestar lo que se siente).
morderse alguien la ~.
1. loc. verb. Contenerse en hablar, callando con alguna violencia lo que quisiera decir.
parecer que alguien ha comido ~.
1. loc. verb. coloq. Hablar mucho.
pegársele a alguien la ~ al paladar.
1. loc. verb. coloq. No poder hablar por turbación o pasión de ánimo.
poner ~, o ~s, en alguien.
1. locs. verbs. Hablar mal de él.
sacar la ~ a alguien.
1. loc. verb. coloq. Burlarse de él. Todos le están sacando la lengua
ser alguien ~ sucia.
1. loc. verb. coloq. Arg. Decir palabras groseras.
suelto de ~.
1. loc. adj. ligero de lengua.
tener alguien algo en la ~.
1. loc. verb. coloq. Estar a punto de decirlo.
2. loc. verb. coloq. Querer acordarse de ello, sin poder hacerlo.
tener alguien la ~ gorda.
1. loc. verb. coloq. Estar borracho.
tener alguien la ~ sucia.
1. loc. verb. coloq. Cuba, Ur. y Ven. Decir palabras groseras.
tener alguien mala ~.
1. loc. verb. Ser jurador, blasfemo, murmurador o maldiciente.
tener alguien mucha ~.
1. loc. verb. coloq. Ser demasiado hablador.
tener que sujetarse, o tragarse, alguien la ~.
1. locs. verbs. coloqs. Cuba. morderse la lengua.
tirar de la ~ a alguien.
1. loc. verb. coloq. Provocarle a que hable acerca de algo que convendría callar.
tomar ~, o ~s.
1. locs. verbs. Informarse, tomar o adquirir noticias.
trabarse la ~.
1. loc. verb. Verse impedido el libre uso de ella por un accidente o enfermedad, o entorpecido por la dificultad de pronunciación de ciertas palabras o combinaciones de palabras.
traer en ~s a alguien.
1. loc. verb. traer en bocas.
trastrabarse la ~.
1. loc. verb. trabarse la lengua.
venírsele a alguien a la ~ algo.
1. loc. verb. coloq. Ocurrírsele.
 V.
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-cultura.
(Del lat. cultūra).
1. elem. compos. Significa 'cultivo, crianza'.
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cultura.
(Del lat. cultūra).
1. f. cultivo.
2. f. Conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico.
3. f. Conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc.
4. f. ant. Culto religioso.
~ física.
1. f. Conjunto de conocimientos sobre gimnasia y deportes, y práctica de ellos, encaminados al pleno desarrollo de las facultades corporales.
~ popular.
1. f. Conjunto de las manifestaciones en que se expresa la vida tradicional de un pueblo.
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sociedad.
(Del lat. sociĕtas, -ātis).
1. f. Reunión mayor o menor de personas, familias, pueblos o naciones.
2. f. Agrupación natural o pactada de personas, que constituyen unidad distinta de cada uno de sus individuos, con el fin de cumplir, mediante la mutua cooperación, todos o alguno de los fines de la vida.
3. f. Agrupación natural de algunos animales. Las abejas viven en sociedad
4. f. Com. Agrupación de comerciantes, hombres de negocios o accionistas de alguna compañía.
~ civil.
1. f. Ámbito no público, sociedad de los ciudadanos y sus relaciones y actividades privadas.
~ comanditaria, o ~ en comandita.
1. f. Com. Aquella en que hay dos clases de socios, unos con derechos y obligaciones como en la sociedad colectiva, y otros, llamados comanditarios, que tienen limitados a cierta cuantía su interés y su responsabilidad en los negocios comunes.
2. f. Práctica laboral que asocia varios trabajadores manuales de una empresa, dirigidos por uno que elige el empresario o ellos entre sí, para una obra o trabajo determinado, distribuyendo entre ellos lo que cobran en la forma que convengan.
~ comanditaria por acciones.
1. f. Com. Aquella en que el capital de los socios no colectivos está dividido y representado por acciones.
~ conyugal.
1. f. La constituida por el marido y la mujer durante el matrimonio, por ministerio de la ley, salvo pacto en contrario.
~ cooperativa.
1. f. La que se constituye entre productores, vendedores o consumidores, para la utilidad común de los socios.
~ de gananciales.
1. f. Der. Régimen económico en virtud del cual se consideran comunes a ambos cónyuges los bienes adquiridos durante el matrimonio.
~ de responsabilidad limitada.
1. f. La formada por reducido número de socios con derechos en proporción a las aportaciones de capital y en que solo se responde de las deudas por la cuantía del capital social.
~ regular colectiva.
1. f. Com. La que se ordena bajo pactos comunes a los socios, con el nombre de todos o algunos de ellos, y participando todos proporcionalmente de los mismos derechos y obligaciones, con responsabilidad indefinida.
buena ~.
1. f. Conjunto de personas generalmente adineradas que se distinguen por preocupaciones, costumbres y comportamientos que se juzgan elegantes y refinados.
presentar en ~.
1. loc. verb. Celebrar una fiesta, normalmente un baile, para incorporar simbólicamente a reuniones de la buena sociedad a una muchacha o grupo de muchachas que antes no participaban en ellas a causa de su poca edad. U. t. con el verbo c. prnl.
 V.
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DESINTOXICACIÓN INTEGRAL: EQUILIBRIO Y TRANSFORMACIÓN

«Estoy tratando de establecer o encontrar el equilibrio entre mi conciencia y voluntad. Deseo someterme a un proceso de desintoxicación físi...