4.7.11

ARMAR LAS NAVES
Josué Morales Caballero
(1953-1994)


MIRA

Aquellos que se miran desde siempre
están destinados a perderse.
Ojos para verte pide el alma
porque todos los cantos callan
si las puertas de tu reino ceden
al tangente roce de la brisa
frente al mar que te mira
desde siempre.



LITORAL
Hora de los convencimientos
J. M. C.

1

Quiebra la noche al hierro en letanía
y en la calles lo vapores de mercurio dudan,
cartesianos luego temblorosos,
porque el neón tampoco sabe
que maligno numen inventó
la temible caricia del frío,
su cuaternaria edad
de geológica memoria,
matriz de los hielos eternos;
frío de silencioso taladro,
de broca adiamantada
—ladrido del tiempo
que la sombra encubre—,
para que quiebre la noche
el gesto de la piedra,
para que crujan los sueños
de las torres
y los bronces giman a duelo,
humillados en la altura
plétora de navajas
que el grito multiplica
sin alterar la paz del cielo
ni la sonrisa de los diablos;
este frío endemoniado
no deja lugar al canto
ni al lado
ni alado acento
para rotular la cláusula del alama,
ave, Rocío, que escuchas a Beethoven.



2

Y qué que exista que al quebrarse
no imite a la pasión y a otros incendios,
ya cenizas posos del insomnio,
ardores en caída
de las que acaban al fondo
del frío rasante,
señor de las quejumbres;
y qué que dure durará
los días del diamante,
por decirlo así,
sin mencionarte,
sino apenas sobornando
la complicidad de los cerrojos
que pulen tu ausencia
más allá de las distancias
donde la luz de la luna
se hace llanto
en el océano de la noche,
deletreando sílabas de hierro
cuando escuchas
la sinfonía de los silencios astrales
en su cuarto movimiento
mientras el frío me quiebra
en astronómicos dolores
a las dos cincuentaiséis
del nuevo día,
litoral de naves en sigilo,
infinitivo del verbo
que me conjugó hasta el tiempo
que perduré para siempre
en los andenes de la noche.



3

Cuánta noche quedará para soñarte.



4

Rumbos del quebranto bajo el frío,
tiritando tu nombre
a destajo, me caminan ruidos
y trituraciones del pergamino
que atesora un arameo elocuente,
angular y severo,
de nítidos sulfatos milenarios,
en el reposo del ánfora rotunda,
sorda ya junto a la roca
que esculpió el cincel del agua,
gota a gota,
lágrimas pacientes de los siglos
en la garganta de la gruta
que mira al mar
desde la memoria de la tierra,
desde las ebulliciones del magma,
testigo de telúricas alquimias
en los tiempo de lava sublevada;
antes de todo,
en la víspera de tu nombre,
consejera del sol,
hermana menos del horizonte,
rostro que rotura
las lamas de los vivos
hasta enfermarlos de alegría,
fraternos,
como la noble amnesia
de los niños
en el primer día de luz.



5

Ave, Rocío, litoral de la dicha:
cómo abdicar de tu milagro
sin quebrarse
en la tesitura del hierro,
en la ciega letanía
del extraviado,
en el sótano que ahueca la tristeza.

[Noviembre 17, 1989].



ASTILLERO
PARA ROCÍO
Hoy se anunció el olvido,
tu silencio me acusa.
¿De qué pedir perdón?
Eliobeth Caudillo

1

Otra vez es viernes por la tarde,
cerca del frío y del filo
del agua laboriosa,
en la hora que transforma los umbrales,
hora de atenuado pulso
hora de los convencimientos,
tramo donde la luz cambia de guardia
y el alma comprende toda
la lenta respiración
del firmamento
y escucha los resuellos
de su fuelle sacramental.
No es ésta la hora del desastre,
pero algo de consumación orienta
todas la brújulas
hacia el mar
bullente y desbordado,
con el horizonte en ascuas,
a la espera de ti, atrás de la sinfonía nutriz
que te describe,
criatura predilecta de la lluvia.



2

Ciego trastabillea de yerro en el hierro
el corazón, buscándote
por el suelo de la noche,
por las esquinas del canto,
por los cuatro laberintos del insomnio;
y por lo mismo
edifica su rutina
y eleva galerones sobrehumanos;
erige pórticos como delirios
y cada palmo de los diques
ecos que alojarán la esperanza
del corazón galante enamorado
para encontrarte después de armar las naves.



3

Naves. Se van. Si se van, se van las naves.
Se van.
¿De qué pedir perdón?



4

Hay algo de imperial en tu helenismo;
portas auras de otros tiempos,
hurtados a los baúles de los magos
que sostienen tu palabra insumisa,
algo de parajes olvidados
por mitologías oceánicas,
llovidas durante milenios,
sedimentos secretos de historia
que la locura de los vientos
arrojó a tus manos,
y se quedaron contigo,
más acá de las leyendas
que al nombrarte hienden
las potestades seráficas,
las adversarias de tu reino
donde los sueños levan anclas
y redimen a náufragos ahogados.



5

De talante andrajoso, el deseo de tenerte,
como lo cuentan la Biblia
y otras escrituras sagradas,
desordena las noches,
le inventa gestos a tu rostro
y te desnuda bajo la luz
hasta aturdirse;
y por no arrancarse los ojos,
revienta las esclusas
para anegar el sótano de la pasión,
para negar el ansia y su cauterio
en la soledad de la zozobra,
con el motín a bordo,
sin ti,
hombre decadente al agua,
poema en el papel
yéndose a pique.



6

Sé que se me va la vida
entre las manos
cada vez que te acaricio
y que me gana la miopía si te miro;
cada vez menos seré
la emoción en espiral
si escucho las canciones de antes
de ti, fuente adorable de la angustia;
es entonces cuando quisiera saber
por qué me doy a la tarea
de anularme en tu amor
y abismarme hasta la supresión
más dolorosa del canto,
porque la pasión manda
y tu voluntad amurallada
por blasones reinantes
me acusa en silencio,
mientras ardo junto al ron
y en la brasa del cigarro me consumo.



7

Quedaron atrás las horas mortecinas
del viernes por la tarde;
ya cruzamos el frío
en la víspera del viaje;
la noche comenzó en el patio:
se anunció con el Mesías
de Häendel,
desde el Aleluya
en la hora de los convencimientos;
desde luego que no sabes nada:
lo tuyo es un concierto de gala,
tal vez el último del año,
que sin saberlo nadie
solamente es para ti.



8

No es ésta la hora del desastre
sino el momento en el que te amo más,
el que anuncia a ese otros instante
donde más he de amarte
ciertamente;
porque deshabité recintos
y trazo hasta sangrarme
linderos
y separo en cieno su lecho,
limpio palabra a palabra
la trabazón de la obra negra,
los primeros trabajos
del astillero,
insensatez del corazón que te busca
negando su aguja de marear,
a la intemperie,
hasta que sea únicamente
una antigualla salitrosa
descubierta por un niño
que la mire con tus ojos
y sin saber por qué
la recoja y llore
un viernes por la tarde.

[Noviembre 3, 1989].



PRIMERA PAUSA

Todos hemos ido llegando
a nuestras tumbas a buena hora,
a la hora debida.
Salvador Novo:
Nuevo amor

Junto al tronco astillado por la hachas
crece alba la flor que te desvela
desde hace tres amores,
desde diez mil kilómetros atrás,
más acá de la anacrusa,
justo donde eleva puentes
la luz de la luna,
crece la flor
y aroma tu noche.
Junto al tronco astillado por las hachas
la fuente quiere desbordarse
o agrietar el silencio de la piedra
y desde el agua martiriza
la fiebre insomne de tus ojos.
La flor y la fuente miran
cómo labras
la categórica oración de tu epitafio.

[Octubre 26, 1989].



SAL DEL INSTANTE

La gota de agua se multiplica
en la ola que arremete
las torres del aire,
fluye hasta formar legiones
de invencible fragor
a la carga contra las arenas;
labra que labra líquido cincel,
polvo cristalino, amnesia de la roca,
agua del mar de vocación guerrera,
beligerante y eléctrica,
sociedad que amasa continentes
y mueve las plataformas del hombre
y lo lleva a la deriva
con todo y sueños
y maquinarias e inventos
de alientos galácticos
que quieren surcar océanos estelares,
noches de latín que esperan,
inercias del más rotundo silencio,
molicies que giran
en elipses vagabundas,
atentas al minúsculo portento
de las gotas de agua
que mojarán tus labios
y tus pechos solares
y desnudos,
diciendo con otros astros:
sal del instante.

[Xalapa, noviembre 20, 1989].



NOVEDAD DE LA TARDE
PARA ROCÍO, TRANSPARIENCIA
INAGOTABLE, MITOLOGÍA

Error de los que captan la decadencia
es querer combatirla, mientras que
lo que haría falta es fomentarla.
E. M. Cioran:
Breviario de podredumbre

1

A las cinco treinta de la tarde
abandonas el segundo nivel
porque te sabes reconocida
de todos los que miran
tu rostro sereno y limpio,
desertora de la mitología,
sueño encarnado que huyó
del índice y los rótulos
sin decir adiós a Hera
ni a Palas ni a las Musas
ni a las demás sangres hermanas;
tránsfuga de la estirpe olímpica,
princesa cristalina, propietaria
de las docilidades marinas
y de las furias que son
las marejadas en la luna llena,
dejas a los relojes de la tarde
atónitos, con las manecillas abiertas
apenas lo necesario para dejarte salir
al hervor de la calle,
de señaladas esquinas
que se quiebran a tu paso.



2

La codicia de los dioses extraños
mueve a cantos atonales
y arrastra revueltas melodías,
avergonzadas
como la infidencia de los cajones
que alojan tus papeles,
tonadas del más antiguo salitre,
semejantes al canto de sirenas
que supo jubilar Homero
para que nadie escuchara
los delirios lamentables del mito
ni la risa astrosa que los marinos
oyen en el cielo
después de la tormenta,
sobre los dispersos maderos;
risa que llaga los asombros
de la estructura recién violentada
de sí, de su medida forma,
para la carga y los viajes
de su curva para la ola,
de su gravitar a tercios,
hasta unir puertos y miradas;
risa de derrumbadas codicias seculares.



3

Algo de la tarde acusa a los relojes,
al minuto de la esquina en que adiós
dices con la mano atrás de los cristales;
menos intensa, la luz construye
el túnel gris de la tristeza.

[Xalapa, noviembre 22, 1989].



SEGUNDA PAUSA

PARA ROCÍO

El romanticismo es una calamidad
R. E.

Consta en actas el dictamen
de quienes revisaron la encuesta:
el aire se quiebra sonando cristales
si te gana el enfado
y enrarecen tus labios
líneas adolecentes de intensa
coloración melosa;
adelante agrega:
se sabe que pasea solitaria
y forja cadenas de silencio
o enreda murmullos
y trenza olvidos
que se enamoran del viento;
sigue así:
una noche cruzó flotando
la terraza del parque
y un orate se la regaló
junto con sus sueños;
y termina:
se orienta cuando anochece y camina
hacia donde haya más estrellas,
ama, sobre todas las cosas,
la vigilia.
Esa ensoñación morirá despierta.
La saben soberana de alguna parte.



TIMÓN
PARA ROCÍO EUFRACIO,
LUZ AZUL

Las agujas de marear no siempre
sirven para guiar las naves
y para eso
además
la noche pone las estrellas;
ya que te vas, como la luz azul,
en medio de otros colores,
cuando declinan noviembres,
apilados en éste,
y gotean los techos del alma
sus fatigas náuticas
sobre la brújula estropeada
y la locura del timón corta el aire
a cada bamboleo,
nos mueve el horizonte,
las olas memorizan rabias germinales,
formas de cetáceos que poblaron
sueños de inquietos marineros
y desvelos huérfanos del grito,
sin hallazgo a babor,
con estibores ciegos de noches
en la austral serenidad de la sangre,
apenas conmovida por el frío,
entonces todo entiende que te vas,
furia el timón, motín del tiempo,
crujen las maderas,
la nave que abandonas hace agua.

[Xalapa, noviembre 20, 1989].



QUILLA

PARA ROCÍO EUFRACIO

Olvidar no es saludable.
Ni siquiera contigo.
Contigo que jurabas
no conocerme.
A. I. G.

1

Un día el aria de los vientos
llenará la ciudad con tu nombre,
sonoridad sin paralelo
en la historia del piano,
canción de los altares,
oratorio lunar,
luz de las flores;
y sin declinar, la música
alegrará a los entristecidos
y dará a los que esconden desvelos
dulces fatigas;
y la fecundación del sentimiento
besará las frentes enlutadas
y tu nombre convocará
alianzas del espíritu
y conciliario de concordias;
anulará los destierros
y al entrar en la nave mayor
la intolerancia será ceniza
y llorarán contiguos los amantes
por la ventura de tu nombre,
diadema de la luna,
corona sacramental
que codician los cielos.



2

Tres días en trance de armas
injurian pródigamente
los andamios del ánimo;
trasiegan la cólera del contrito
con sal en los ojos
y le escupen axiomas de vileza
que gruñen al oído y lo taladran
bajo el patrocinio de la soledad,
brasero del insomnio
que patenta
la cuarteadura de la biela;
y son tres días
a la deriva de ala rota,
de garfio en la garganta,
astroso y esquirlado;
tres los días que te bastaron
para que gimieran las válvulas,
para que crujiera la quilla
y el engreimiento de las horas
forjara claustros desdichados,
infiernos pasionales,
insólitos cilicios
que silabean la simetría
terrible de tu ausencia,
silo impiadoso
que me aplasta
en las órbitas del pánico;
tres días encallado
que me multiplican por cero.



3

Un día el aria de los vientos
sabrá contarlo todo
en la inclinación del abandono
y la ciudad alojará
silencios australes
que sabrán a nostalgia
sobre la líquida jornada
de la noche;
tal te confirmará,
soberana,
heredera de los tronos,
que abandonen
la lluvia, la cristalería del firmamento.
Las tristes y totales circunstancias.

[Noviembre 6, 1989].



ÁNCORA
La luz crea templos en el mar.
O. P.

áncora. f. ancla.||fig. Lo que sirve de amparo
en el infortunio.

De todas las formas de dolor,
ésta, en la que no puedo mirarte,
cuelga anclas en el pecho
y colma escudillas de hiel
mientras gana fondo
la quilla del alma;
marino en las sombras,
malherido,
sobre el lecho musgoso,
dársena interior
de la catedral más sumergida,
cementerio de las naves
a duermevela anestesiadas
por los oscuros rumores del coral
que sobrenada la plétora del sueño,
intuición solar de adorno y joya
en la comunión artesana del oro;
arriba, en la floresta
de asombros y milagros,
a mil millas náuticas del dolor,
inquina salitrosa
de los torrentes yugulares,
ausencia tuya,
áncora de hierro.



2

No estoy para perderte
ni tú para saberlo,
Rocío de mi desgracia,
pero la quilla encalla
y calla
su olímpico tesoro de burbujas,
testamento del que ahoga
en su albacea, brazadas abajo,
y que querella
solo y su agonía
en nupcias de neptúnica muerte
mientras danzan flores ciegas
y lunas abisales fulgen
para mayor ebriedad de las tinieblas,
en la conspiración más enconada
contra la rosa de los vientos,
misterio análogo de ti,
la que me deja
roto en el desvelo
de puntuales derrumbes:
qué de insigne tendrá esta memoria
si la dejas inconclusa y sola.



3

Tu ausencia de anclas generosa
cruza la pleamar
como quien sella todos
los misterios sumergidos
en la memoria del coral y de la piedra.

[Xalapa, noviembre 13, 1989].



TERCERA PAUSA

PARA ROCÍO

Sí, seguimos en pie, mas como el polvo
erecto en las estatuas.
Salvador Novo

Ya para cuando entraba
al bar el hombre,
decadente de ser sólo un remedo
que atoró la existencia
en la sospecha de las letras,
el lugar era plétora
de regocijos contenidos,
húmedos en alcohol bastardo,
disueltos sobre mesas resignadas
en la distorsión de la música
del diablo,
coro carcomido de la noche;
el hombre entronizó
la letanía mefítica y sabida
y pronto ganaba su garganta
cristales rebosados,
ardientes de sí,
de tal talante quejumbroso
como el eje de la fragua,
como el pulmón de la gárgola,
como si la amnesia cundiera
y las alturas cayeran
sin el hurtado sustento de sus hijos;
más borracho que antes el hombre
adivinó la desmesura de los ángeles
en esta ebriedad del sábado de gloria:
era una de esas noches en que la casa invita.



FRAGMENTARIO

Bienvenida la que llega, si en las manos
tiene la sal augusta para el hueco
de mis cimientos despojados.
Rubén Bonifaz Nuño

I

De este octubre que termina frío
vienen las noches a reunirse,
maquilladas al capricho de la luna,
y apilan las horas
en una hoguera de pétalos azules,
cuya luz amantísima
todo ilumina,
todo alumbra
y arde en la memoria
y canta tu belleza y la celebra.

Ya la ciudad nocturna estremece
fervores y ternuras acentuadas
por el adiós al mes enlutecido,
en la hidráulica llaga del recuerdo
que apenas tu palabra purifica,
dicha en los parques,
a plena calle,
en los transidos cruceros,
por tu enjoyada voz
de ambarina dulzura,
de mercurio encarnado
por oleajes insomnes.



II

Esta noche de octubre viajas
y la ciudad tartamudea,
sus luces entumecen,
los columpios cesan el canto
porque te vas,
y porque te vas callan los follajes rumorosos,
crujen deshabitadas las calles,
tu ausencia deja ciegas las esquinas
y crispa la piel de las calles
y sueltas al aire,
sueñan las hojas y las flores,
huérfanas de ti,
sobresaltadas en medio del asombro
que clava en el pecho
de la fiesta
la distancia que ganas en silencio.
Admitamos que nos dejas
igual a un cuarto encendido
en la azotea
de un edificio salitroso y sin nombre,
tocado apenas por rumores que suben
de las calles penumbrosas,
de los enrarecidos drenajes,
de arrinconados basureros
de miserias que crucifican
a las buenas conciencias
y dan al murciélago motivo y contento.
Mutilados de ti
crece la insolencia de los zaguanes sellados,
muerde más el cementerio irrefutable,
truenan las cavernas de arena
y la casualidad nos encuentra
recordándote,
recargados en el muro
que agrietas si te vas.



III

En ascenso trajina el corazón
tu ausencia;
cuando te alejas, cuando te vas,
encumbras mis dolores;
si tres cuadras nos separan,
vago en el insomnio;
acaso te sueño desde siempre,
como al ámbito bárbaro
de la infancia atropellada
por el temor a las distancias
y otras bestias ciegas,
mezquinas,
vulgares, ajenas al doble tajo de la espada,
lejos del dolor lustral
que tú causas
por ser brasero del alma,
navaja diamantina,
ropaje lacerante de las manos,
espina del pecho,
derrota terrestre,
señora de mis sueños,
rostro que me vence si lo miro,
torre de mi suicidio altiva,
sótano de mi soledad escarnecida,
ocasión para morir de hinojos
por besar la guirnalda de tu boca,
por ignorar que todo venía en camino,
hasta la mariposa negra del deseo
que me pudre los huesos.



IV


Sábado por la tarde y la palabra
elude nombrarte cuando suena
sobre el patio la lluvia
y su voz vespertina sabe
a cuestas que remonta el llanto,
a queja de flor si alguien la pisa.



V

Quema la codicia de los otros al mirarte;
me aterra que tu adiós se precipite,
que nos gane el abismo
del abandono
antes de darle al canto
imperiales lustres de moneda
acuñada en la fragua del beso
sobre un lecho de ardores condenado
para que tenga valor a toda hora
Mejor sería ir ojivendado
al paredón de madrugada
y oír de tu voz la orden
que me colme de paz.



VI

A partir de ti, secretamente
descubro otras puertas de la noche,
puertas del canto sin sosiego,
recintos de portones empolvados,
de enmohecidos goznes
con cerrojos ciegos de tiempo,
puertas que conducen al abandono de los cuartos
y a cortinas y a telones negros
sobre ventanas cegadas,
pasajes que circundan jardines altivos,
engarzados de flores milagrosas,
y fuentes que se sueñan espejos
y pasillos con espejos
de intolerable viudez.



VII
Si la mosca supiera cuanto
de lo que eres me arrincona
y me asoma al pozo
y cuánto duele estar sin verte,
atenido a la memoria,
infiel y frágil,
la mosca bebería conmigo,
conmigo cantaría “La cucaracha”,
luego invitaría luciérnagas,
mosquitos bohemios,
arañas panteoneras (por si acaso)
y la borrachera
terminaría en la madrugada,
justo al sonar la campana
de la catedral,
cuando los pájaros arrastran
la mañana.
Pero la mosca no sabe,
lo suyo es volar por el cuarto
y ser feliz
en el orden absurdo de cuatro paredes.



VIII


Esta noche las noches se reúnen,
apilarán los días de octubre
que incendiará tu ausencia
bajo el frío y la lluvia;
y los rumores de la ciudad,
de nudillos urgentes, llamando
ciudad la que dejas al garete,
con sus bares del desencuentro
e irremediables esperas adversarias,
sitio del parque soñándote,
manantiales lavados por tus manos,
puerto de arena para encallar el alma
y apostar el corazón a tu mirada.
Hoy que te vas, te llevas todo;
me quedo naufragando.
Algo se quiebra y se subleva.
Regresa.

[Octubre 28, 1989].



CALAFATEAR

PARA ROCÍO EUFRACIO
AHORA QUE ME DEJA

En el aniversario de la Revolución
dirás lo que quieras, ángel travieso,
y mentirás mal que bien a medias
porque no te importa dejar, entre
los recuerdos, instantes de tu verdad
sino apuntes que apenas se aproximan
a los cardinales motivos de tu ser,
ese no ser sino una semejanza con la luz,
una memoria originaria de quién sabe
qué argumento circular del tiempo,
de canciones interminables y enteras,
quejas de dominaciones tristes,
solas en los extremos del arcoíris,
al final de la lluvia en las fuentes
del milagro y su colección de burbujas
para enviar tus mensajes invisibles,
escritos a tintas orientales e insomnes
para los sonámbulos corazones fatigados,
atentos a la palabra que nunca dices,
a la verdad de amordazar sin dar amor
que callas siete puertas atrás, abajo,
donde silban secretos y los tapones
de corcho sellan el garrafón del sueño
y las ánforas de la fábula,
como lo ordenaste por capricho,
travesura de los cielos
que a veces me mira
y no me pertenece.

[Xalapa, noviembre 20, 1989].



CUBIERTA

PARA ROCÍO
QUE SOBRENADA VÓRTICES
CARTESIANOS

Su vieja cubierta hallábase gastada
y arrugada como la pétrea losa
venerada de la catedral de Canterbury,
donde sangró Beckett.
Herman Melville:
Moby Dick

“Los lugares reales jamás figuran
en los mapas”,
lo que hace más natural el extravío
de quien otea sobre cubierta
con la garganta cortada
para el grito
que crispe la sangre gota a gota
hasta la consumación de los ojos
que mirar quieren lugares otros
distintos desde el litoral,
otros de arenales adunados,
bordes cocidos al mar
con la espuma de las olas,
a la vanguardia del viento,
danza que se verá desde cubierta.



2

Nave menor, nave mayor,
juntas avanzan,
acorazados de la esperanza,
sueños del nauta solitario,
armada inasible, navegando
desarmada,
flotación precaria
que transmigra oleajes
en la pleamar de tu nombre;
tilde coralínea, engarzada
al más límpido acento
de la sangre,
las letras que te nombran
ubicua en el tiempo,
sobrenatural criatura,
como la centenaria congoja
de los dioses
en la noche antártica
que el vuelo del albatros
ilumina.



3

Tus pies cristalizan la cubierta
de las naves
y abren los firmamentos,
lagunas infinitas para el canto;
los puentes del día aglomeran
la fascinación de las aves;
las olas remontan su onda
y danzan sobre el eje de la envidia
y mojan tus cabellos perlándote
para ser tu corona unos instantes,
prometida de las alturas inminentes,
niña ondina milagrosa,
musa de la duda cartesiana,
ama de llaves del misterio,
clave de los horizontes que te admiran
ordenando el vaivén de los océanos
mientras apagas sus rumores
y asordinas
la quejumbre arrodillada
del marino que flota insomne
hace siglos
y que recuerda una tarde como ésta,
cuando fumaba solitario
en la cubierta.

[Xalapa, noviembre 22, 1989; 10:47 de la noche].



MUELLE

PARA ROCÍO EUFRACIO
MEDIDA APENAS TOLERABLE DE LO TERRIBLE

Algo se me ha quedado esta mañana
de andar, de cara en cara, preguntando
por el que vive dentro.
Rubén Bonifaz Nuño:
Fuego de pobres

1. AMOR PRIMERO: PLANO INCLINADO

Desaloja las calles este día,
las barniza y reacomoda,
tan amplias que hospedarían un carnaval
o los desfiles de la Revolución
y el Primero de Mayo
juntos, pero no;
los sábados ensanchan,
abocardan corredores olorosos
a humedad matinal,
a cubetadas de agua
de la llave percutora
del cansino pozo
de las paciencias que lavan todo
lo que el hombre apiló en la semana
con el puntual desorden de las horas,
al garete de la quinta pregunta,
hasta el sábado en la sexta,
día de la oración que compaginan
secciones, suplementos, carteleras,
hazañas enlatadas, muerte urbana,
los rostros sonrientes en sociales,
a plena fotosíntesis de tinta,
con selección de color
y suscripciones semestrales;
el sábado oferta la minuta
más pulcra de la semana;
las calles se abren otras,
comedidas ante los pasos de nadie,
solícitas a los rumbos perdidos;
lavan la memoria de la noche,
arrugan sellos de soledades menesterosas,
ocultan insolvencias que mancharon las paredes
y el día obsequioso simula pompas
de imposible boato,
porque a los lugares de la concordia
no acudirá el canto
sino la incolora
melancolía falsificada
a la mitad de la quincena,
interrogando crucigramas
atrás del escritorio;
este sábado de calles
tan limpias
es un plano inclinado
infamante,
que espina todas las escaleras del alma.



2. AMOR SEGUNDO: NO SER. NO NADA

Como queda lejos la meseta del domingo
y de sus simas nos cuidaremos mañana,
qué más da remontar la pendiente,
subordinarse a los sesenta grados
y a golpes de pecho
hender la cicatriz angular,
función tras función,
hasta hallar el exacto logaritmo de la sangre;
a estallar,
qué más da,
esta identidad de los dolores,
este harapiento desamparo,
si la limosna de tu adiós anoche,
aunque te haga generosa y pura,
sólo nos deja
precaria la voz
y tan borrosos
que podemos ser imaginarios.



3. AMOR TERCERO: AUSENCIA DE LOS PIANOS

El recuerdo decreta que tú debes
saber la errancia
del que te sueña y teme,
igual al enjaulado con un tigre,
cada vez que lo abandonas;
desde el fondo de tu pecho,
desde los apagados calderos
de carbones adiamantados
que no reaniman las palabras,
te digo:
desata fragores que son piedras
en aludes deletéreos
y tu desdén
suena como un latín al rojo blanco
que quiebra los sueños encristalados
de la arena
y la desploma desollante
sobre el lecho
donde tu ausencia me escarnece
y de rodillas me deja
frente a una soledad que no conoces.
Tal te manifiesto
y tengo por notario a Häendel
que algo supo de estas cosas.



4. AMOR CUARTO: NO MIRARSE

Por ser un sábado de calles barnizadas
su noche, muelle de los desencuentros,
andén que pulen los recuerdos,
será propicia para que el alcohol
renueve su crédito ampuloso
y prestigie la vocación
unánime de bálsamo y hoguera
que tanto cautiva a sus devotos;
hay que empedrar la noche
de ron en ron
y esperar
a que el círculo se cierre
sin empañar los espejos.



5. QUINTO AMOR: SEIS PALABRAS

Toda espera sabrá labrar su muelle.



6. SEXTO AMOR: O ASÍ ES ESTO

Donde andarás, bendita;
dónde tus dedos alisarán
el boleto el regreso;
cuánto meditarás si el volver
vale la pena;
qué música revive en tu memoria
y te lleva en sus acordes
hasta la tentación inconsútil de la fuga;
cómo logrará la incertidumbre
fracturar el granito
de tu germana voluntad;
cuánto me odiarás por amarte,
por pensar en ti,
por eludir la distancia
y convocarte
sin desapego ni mengua
en la nerviosa circulación de la vigilia,
de los saldos vencidos
sobre los que te quiero más
y me traiciono;
porque me duele no saber dónde
la casualidad me hará perderte,
tal vez ya
este sábado de augurios abismales
se salió con la suya
y otra retornarás,
ajena para siempre,
para inaugurar la soledad de mi muelle,
lo único que sabré darte
porque así es esto.



7. AMOR SÉPTIMO: ARMAR LAS NAVES

Me preguntan los espejos
si esta consumación me hará llorarte,
si este sábado desalojó las calles
para no apenarme,
si alguien bruñe las trompetas
y, alista linimentos
de los que atenúan derrumbes interiores:
nada respondo,
sólo presiento la impaciencia
de los rincones postergados
por el octubre que me diste;
sé que me esperan
y que no harán preguntas
si regreso;
hay sitios que siempre van conmigo,
calles y plazas,
parques y fuentes de agua vieja,
árboles y cuartos,
ventanales abiertos que me llaman,
a los que ya nunca me asomaré
aunque uno vive y se sobrevive
de extrañarlos:
pasa igual con ciertos libros;
en qué lugar estará el que me salve;
esta noche hará muelle en la barra:
quiero interrogar a los recuerdos,
terminar el astillero,
armar las naves,
tocar el barniz fresco de la noche
y amarte donde estés,
tierna niña del Renacimiento,
aunque la llaga diga
que no me necesitas.

[Noviembre 4, 1989].



VÍSPERA DEL VIAJE

Para que te vaya bien lo lejos
que por vivir cubres y procuras,
llévate el manto, toma los abrigos,
enreda en tu cuello la bufanda,
trenza tus cabellos, junta los papeles
más tuyos que de otros;
reza junto a la noche la palabra
y escríbela donde nadie la descubra,
escóndela de todas la miradas;
dile adiós a los espejos del cuarto
menguante de noviembre,
mira el jardín como quien cuenta
árboles que son guardias, que son años,
y entre tanto cuidado
date lugar para pensar
cuánto de lo que te llevas
deja a los demás casi harapientos,
astrosos más allá de la ruina;
ojalá que te vaya bien lo lejos,
que acá sabremos alojar tu ausencia
en los nichos de recuerdos enjoyados;
y desde ahora envolvemos tu voz
en pañuelos azules y blancos
para que te vaya bien lo lejos.

[Xalapa, noviembre 20, 1989].



BITÁCORA

PARA ROCÍO EUFRASIO, SOLEDAD
DEL DOMINGO

Un día dame, vida; un día sólo
de gloria; la medalla pura
de un domingo de fiesta, antes que sea
descarnado, abierto, empobrecido.
Rubén Bonifaz Nuño:
Siete de espadas

1
La soledad que me das amaneció
dominicalmente empobrecida;
ayuna de ti,
bajo la sábana azul
de la memoria,
entró la luz al cuarto,
intrusa, sigilosamente,
hasta bañar las paredes
de la interrogación de la mañana
en la que no estás,
princesa de mi sangre,
y la luz, burlándote,
deletreaba la verdad del día,
acariciando su meseta reposada
y el faro seguidor de su sarcasmo;
hizo brillar la huella de tu ausencia
igual a un templo desolado,
apenas vivo por los altares crepitantes,
apenas ascuas mortecinas que hostiga la ceniza
y cuyo canto se despide con el humo;
domingo para la derrota,
domingo a fuego lento,
horas que licúan
la brújula del canto
y añoran la fiesta de mirarte
milagrosa y pura, semejante
a la víspera de las resurrecciones.



2

Es tu ausencia un hueco
que me abrasa
y que agusanan los celos;
la corona
que entroniza tus bridas
en mis venas
y erige cuarteles coagulados
de lábaros que encallan
en el arbitrio de los vientos;
tu ausencia es acosante filo,
enroque del alma en jaque
de obispos diagonales,
de torres que almena tu silencio,
de corceles que apresuran mi derrota
de ti, Reina,
escapulario degollante,
urdimbre de la araña
ulcerándome con las lijas del fósforo
hasta la gangrena del grito,
epítome que legaliza tu abandono.
No me dejes más en esta hoguera.
No me dejes.
No.



3

La soledad que me das se queda
manuscrita
sobre la bitácora triste del domingo.



4

Tritura la maquinaria del domingo
los botones que florecen
con el Aleluya del sol
y Häendel, su asistente;
la cuerda del domingo amarra
a su mástil tumescente
la trunca convulsión
de la esperanza;
la resina que fluye no es el llanto
sino algo así como el silencio
“de no sé quién que se me muere”.



5

En la bitácora triste del domingo
quiero anotar la cláusula primera:
me adhiero a tus cerrojos
y tributo a tus pies
cada gramo de humildad que tenga
estibo en el olvido
anterior al más rupestre
de todos los mortales;
los alegatos del orgullo,
las malas palabras,
la impaciencia
y la demás tramoya
secundaria
que quiso oscurecernos;
pero reivindico
las anclas que me has dado,
rehabilito mis ansias
y a todas las hormigas del deseo
y te entero
de este amor insoportable,
insolentado y adversario,
que no necesitas
que me deturpa minuciosamente,
sin mesura,
ásperamente hurgando
intersticios subalternos,
ranuras de la decadencia que soy,
del famélico trasgo,
del fantasma,
del espectro balbuceante
que llora su parranda
y se sabe marioneta de tus ojos,
sucursal en clausura,
miseria que queda
manuscrita.

[Noviembre 5, 1989].



CUARTA PAUSA

PARA ROCÍO

Crece el tiempo en silencio:
hojas de hierba, polvo de las tumbas
que agita apenas la palabra.
Salvador Novo

Cada quien se agacha y se va
de lado como le llega el golpe,
a su manera personal de saberse
tocado por luces intermitentes
y sobre el carrusel frenético
del instante anterior a la caída,
donde crece el tiempo en silencio
y trasvasa el corazón orlas de espuma
ascendentes por el sinfín
de ardores vegetales,
metalizados en el vórtice
con líquidas plegarias
de especie políglota
y estirpes de antorcha centenaria,
fundadoras de piedras como cantos
y ciudades amuralladas por sangre
de cada quien y cada uno
de los caídos en las hojas de hierba
hasta mediar el tamaño de la sombra
sobre el polvo de las tumbas,
ya sin estrépito y en la dulce
serena soledad de la derrota,
donde el recuerdo es una brisa
que agita apenas la palabra.



ARMAR LAS NAVES

PARA ROCÍO

1. NAVE MAYOR

Si yo fuera pintor,
me salvaría.
Carlos Pellicier

Tú también eres terrible.
Asonantada cruzas los umbrales;
entras y las paredes animan su pereza,
laxas piedras de siglos,
desentumecidas
por la liturgia pagana
del oscilar inquietante
que paso a paso imprimes,
acariciando con los pies desnudos
las losas de grave acento,
perturbando su sacra memoria
de latines bajo llaves y sellos,
de sigilo y confesión
tras murallas de murmullos,
y que se arrepienten de no ser
el piso de tu reino
y que se cimbran a tu tacto
igual al desmayo de las figuras mudas
que al mirarte aprenden a rezas
en todas las lenguas
para no condenarse
porque lo que tú eres,
porque tu cuerpo presente
cala,
secreto a secreto,
piedra por piedra,
todos los colores,
el oro todo y las galas seculares,
la luz soberana que te envidia
en la nave mayor:
entras, mujer,
letra capitular de mi demencia.

Atrás en el tiempo amé,
debo decirlo, con más pasión
que humildad y ternura;
era entonces el tramo ciego
de los días, contados
como si cada uno fuera el último;
quise cada célula deseada
y diluí las horas adorando
a la mujer de mi vocación desesperada;
cada amor era carbón en el pecho
del inclemente cautín,
de llanto anochecido hasta el dolor del alba,
y cada pensamiento un nudo
unido al rosario negro de la decepción.
Amé la voz y la mirada
hasta la frontera del vértigo;
tuve en las manos el acento azul
de los adioses
y sueño con el rumor de aviones que despegan,
de esos que nunca regresan.
Más acá viví para encontrarte
dueña de la serenidad,
altiva hermana menor de las dominaciones.
Ebrio de la fecunda tristeza,
soy casi el hombre duro
que nunca quise habitar;
mira lo que son las cosas:
enciendo el cirio pascual
sin saber quién de los dos renace
cuando las flores se abren a tu paso,
satinado en rojo,
de princesa destronada.
Ocupa la nave mayor;
me atengo a lo que sea tu voluntad;
rotunda esta vez
será la conmoción del alma
y el vuelo de la dicha
hundirá su tallo cristalino
donde tú y sólo tú
bendigas el sendero de la sangre.

[Xalapa, octubre 5, 1989].



2. NAVE MENOR

¡…Sin voz, sin eco, sin idioma, exacta,
mírala como traza
en muros de cristal amores de agua!
José Gorostiza

I

Cruza el cristal, tangente y luminosa,
la palabra amorosa de las flores,
desde alturas que consagra el aire
que aroma volátil tu cabello
cuando entras al recinto silencioso
de la nave menor que te contempla.

El asombro alínea los vitrales
con las columnas palpitantes,
acaso esbeltas del vigor y exactas
para sostener el giro ronco de la cúpula,
trémula de tensiones y momentos
que abovedan tu presencia irrebatible
por la túnica del tiempo recubierta.

Llegas y el centro se corrige:
nobleza que callada de obedece,
certidumbre inmóvil que conmueve
el canto salido de tus ojos.
cuando elevas el rostro y tu cuello
da helénicas lecciones al intenso
corazón de coral que ahora sangra.



II

Se quiebran los instantes en cristales;
la bóveda rota y las columnas danzan;
morosamente con la luz se mimetizan,
igual a la brisa que habitan tus palabras,
y un capricho del segundo se detiene
y teje con la túnica mil flores;
tú al centro de la dicha
en la nave menor que se desborda.



III

En los sótanos la armonía se limpia
la tristeza de polvos tutelares
y entre los pétalos augustos del canto
trepa igual al acezante impulso
del anhelo que ahoga la fiebre del amante:
te sabe condesa de los sueños,
te sueña señora de los valles
y llama al portón para mirarte.



IV
Mujer: dicen los ciegos taciturnos
que reconcentras los fastos orientales,
que lo temerario es mirarte.
Sé tu nombre y me inclino:
amaré tu serenidad
y atónito de verte
esperaré que despeje el oratorio
su atmósfera severa y penumbrosa.
Ya el cirio abrígase en mi pecho.

[Octubre 4, 1989].





CUADERNOS DEL BALUARTE
Primera edición, octubre 22, 1995.
(Primer aniversario de su fallecimiento).
Xalapa-Enríquez, Veracruz
México
1,000 ejemplares
Instituto Veracruzano de la Cultura
Rafael Arias Hernández
Director General

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