15.7.11

Librado Basilio
Poesía original y Traducciones
griegas, latinas e italianas
*
MANANTIAL EN LA ARENA
LIBROS DE CREACIÓN Y RECREACIÓN LITERARIA
1988



Canciones de un amor
adolecente
y otros poemas
[1956]




Canciones de un amor adolecente


DESDE EL CIELO AZUL…

DESDE el cielo azul
reguero de plata;
junto de mi vida
campos de esmeralda.

Llegaba una brisa
ciega hasta mi alma,
y un oro ignorado
se prendía en sus alas.

Todo lo sabía;
todo lo ignoraba:
la rosa divina
aún era savia.




(ENCUENTRO)

NI MÚSICA de voz,
ni aura de esencia:
un preciso color
y una presencia
que despierta y se aferra
al corazón.




(RETRATO)

EN EL VERDE inicial de su mirada
estaba yo inundado.

Oro pluvial, nacido de su frente,
teníame encadenado.

El azahar de su rostro emblanquecía
teñido por el ojo de su labio.

Un óvalo metálico en el pecho
no se sentía envidiado.




(LENGUAJE)

ERAN palabras tiernamente verdes
profundas y calladas.

Aurirrosados hilos e invisibles
se tendían a mi alma.

Desde el nido de luz de tu mirada
me poseía tu lógica
nítidamente vaga.

Al decirte los dardos de mis ojos
—enfermos de esperanza—,
el color de tu esencia
mis sueños coronaba.

Nunca el silencio azul.
Nunca más pura lágrima.
Nuestros ojos mudábanse en suspiros
que son la voz más clara.




Otros poemas


SEÑOR, CON SUS COLORES…

SEÑOR, con sus colores viste mi alma:
su cabello dé luces de alborada
a mi tristeza;
sus labios, ignorantes de artificio,
den su rojo y su miel a mi flaqueza;
las esencias de lirio
que alimentan lo íntimo de su cuerpo
trasladen sus perfumes a mi santuario yerto.
—¿Y su voz?

—Sus sonidos
de imponderable argento
al besar mis oídos
me inunden de su aliento.




EN TUS PUPILAS VERDES…

EN TUS pupilas verdes
voy mirando mis sueños encenderse.

Tus cabellos castaños
son música a mis manos.

Todo mi amor se enciende
en tu rostro de nieve.

El aroma de mayo
perfuma la inocencia de tus labios.

El calor de mi anhelo
se arrulla en la blancura de tu cuello.

Y mi vida depende
de la confianza que tu ser enciende.




El Caracol Marino, I (noviembre de 1954), 8; 63.




SONETO

MI PIEZA en soledad. Una violeta
tu imagen. Deslizóse dulcemente
el sol, testigo de mi fiebre ardiente.
Mi mundo con tus ecos se concreta.

La alegre suavidad de la violeta
en tu rostro se posa dulcemente;
su inocencia fresquísima y ardiente
en toda su figura se concreta.

Envidio su fortuna a la violeta
que en perfume te inunda dulcemente
y en su esencia te tiene fiel, concreta.

También en mi ilusión substancia ardiente,
sedienta de llevarte dulcemente
bien grabada en mi ser cual la violeta.




El Caracol Marino, I (julio de 1954), 4; 31.




ES DE NOCHE. TE ESTOY VIENDO…

ES DE NOCHE. Te estoy viendo…
mirarme tras de tu reja.
Es de noche. Por oírte
todo en mi ser se silencia.
He de soñar esta noche
que te tengo prisionera
en la más dulce prisión
sin rejas y sin cadenas.
Es de noche. Estoy oyendo
el son de tus voces quedas:
—“¡Cómo ha crecido el amor
con mi dolor en tus penas!”
Aunque es de noche, te miro,
te siento tras de tu reja
en la que estoy prisionero,
en la que me quedo en vela.
Ahí estás tú. En la noche
tus ojos forjan estrellas.




El Caracol Marino, I (mayo de 1954), 2; 16.




INCOMPLETA

POR UNA SOLEDAD zozobradora
mis pasos dibujaban
su congoja.
Con ansias de encontrarte
me volvía a todas partes
como brújula loca.
Tu color apresaba
el corazón que nunca se me engaña.

¡Y llegó aquél momento,
fracción de eternidad,
que no de tiempo!
En él encontré la vida,
vida distinta,
de dulzor y fuego.
Comunión no soñada, tan límpida y cercana:
tu mirada
y tu voz
sintiólas desprenderse el corazón.

Ese recuerdo
ha vencido las fauces de los tiempos:
ha echado hondas raíces
en mi alma y mi cuerpo
y ha de darme la vida
hasta después de muerto.

Hasta aquí ésta es mi gloria.
Por momentos me acechan las tinieblas
y en su manto la ocultan y la ahogan…
Pero esta triste historia
se ilumina al fulgor de tu memoria.




Hai-kais


EL VIENTO

CON HOJA perfumada
multiplica frío beso
ágil daga.




El Caracol Marino, I (abril de 1955), 12; 45.




LA LLUVIA

AL GRÁFICO del rayo
la lluvia imprime
papel cuadriculado.




El Caracol Marino, I (abril de 1955), 12; 45.




UN PÁJARO

AL ARQUERO escondido
junto a la flecha el arco
huyóle de las manos.




El Caracol Marino, II (febrero de 1956), 18; 45.




UNA VACA

JUNTO a la majestad
marcha el desprecio
y el ensueño.




UN CIERVO

UNOS árboles yermos.
Un veloz esquiador.
Un paisaje de invierno.




EL SAPO

CUANDO cayó en el agua
en un punto brotaron
mil espadas.




EL RÍO

CAMPANAS de oro y plata
tejen la melodía
del agua.




LA CASCADA

LLORA su soledad
un blanco
contrabajo.




INFANCIA

UN REGUERO de plomo los maizales
en estuche de niebla.
El jamelgo, muy viejo, resoplaba
libre de los estorbos de las riendas.
Castillos gigantescos del jinete
y en sus torres tristeza…
Era niño, soñaba, sonreía,
hoy nomás lo recuerda.




TOS FERINA

UN SONAR de tambores despertó la mañana
de claros luceros.
El aire volcánico hundía su daga
plena del ungüento
que cicatrizaba.
Los tamborileros con rostros de alumbre
detienen dos brasas
que se les escapan.




DECLINATIO

LA LLUVIA se encamina lentamente
y ha venido a besar los mis balcones  [p.e.]
en busca de un racimo de ilusiones.

En mi alma nevó calladamente,
huyeron los colores de mis rosas
ya no busco la vida de las cosas.

Es tarde. Soledad. Afuera lluvia.
Los truenos que ahuyentaron las palomas,
relámpagos que alumbran mis carcomas.

La vereda triunfal el fango enturbia,
se escucha resbalar precoz cansancio,
y en inútil sopor la vida escancio.




VAMOS BEBIENDO SORBOS DE LA VIDA…

VAMOS bebiendo sorbos de la vida
en la terrena estancia.

Vamos, tendiendo el vuelo al infinito
sufriendo de distancia.

Y la vida, no es vida;
la estancia, no es estancia:

Y los ojos que miran al pasado
no descubren distancias.

Tus brazos y tu voz siempre tendidos
al infinito, oh alma.




El Caracol Marino, I (septiembre de 1954), 6; 47.




Amor Diverso y Uno
[1960]




RECUERDO

¡QUÉ LEJOS te situaba!
Eras la perfección que no se alcanza.
En tardes de calor yo te buscaba.

Oro tenía en la muerte,
oro fino en la mina de mis sienes,
el oro desprendido de tu frente.

¡Y te veía muy lejos!
Mas era tu mansión mi ardiente pecho
y por doquier miraba tus reflejos.

La música nimbaba tu silueta,
era tu imagen fiel nota dispersa,
—el toque que empujaba hacia la meta.

Si llegaba a mirarte, el hondo abismo
presentía entre los dos. Tu casto aliño
se internaba en la hondura de mí mismo.

¡Qué lejos te situaba!
Eras la perfección que no se alcanza,
delicado benjuí que no se acaba.




CANCIÓN

YO IBA en tinieblas y frío
—¿deshojabas una flor?—
buscando tu corazón.

Inundado en gasas de oro
—luz más intensa que el sol—
encontré tu corazón.

Cuando volví sobre el mío
lo hallé sufriendo de amor
—¡pensaba en tu corazón!

Hoy no suspiro ni imploro,
—en el ambiente resol—
¡soñé con tu corazón!




RETRATO

JUNTÁRONSE en tus ojos
todos los madrigales.

Diseñaron tu rostro
Rafael y Fra Angélico.

Mozart y Paderewski
musicaron tu paso.

Todo tu ser se adorna
de muchas letanías.




CANCIÓN

RUBÍ tembloroso
me soñé encerrado
en tu tibia mano.

Convertido en oro
gozaba mi engaño
en tu dulce labio.

Me creí grabado
—moría de gozo—
en tus verdes ojos.

Bajel nacarado,
de laureles todo,
cruzaba tu rostro.

En tu tibia mano,
en tus verdes ojos,
en tus dulces labios,
soñéme apresado.
Surcaba tu rostro.
¿Mas en sueño todo?




SOLEDAD

SOLEDAD de mi alma,
soledad compañera,
¿quieres tú que te traiga
ilusiones ajenas?

—Guarda oídos y ojos,
interroga al silencio,
y oirás a tu antojo,
y verás con desprecio.




EL ÁRBOL DEL CAMINO

ATRÁS quedóse el árbol del camino,
mudo a mi paso,
a mi esperanza ciego.
Ignorando el dolor del caminante
se alza orgulloso taladrando el cielo.
A su sombra soñaron los amantes
y forjaron estrellas los poetas;
yo lo busqué tan sólo en el cansancio
y en el tórrido fuego de las penas.
La senda sigue. Con los caminantes
van pasando dolores y quimeras.
Ni sueños, ni dolor, busco el olvido
y que atrás quede el árbol del camino.




MEDIODÍA

CAE IMPLACABLE el tiempo.
Los silbatos. El reloj en la altura.
Lo oficina se cierra. Dan las doce.
El sol domina todo inmarcesible.
Un ave se hunde voluptuosamente
en el cansancio azul del firmamento.
Un paso más. Un pálpito.
Una imagen.
El ser buscando al Ser.
Hora indicada.
Cansancio. Soledad en el bullicio.
Esfuerzo a contraluz de la indolencia.
Cansancio: nada.
Del cielo caen las luces meridianas.




UNIDAD

DEBAJO
del hombre que camina
hay un hombre que sueña.

Voy, oídos abiertos, por la calle;
pero oigo voces de sonido extraño.
Canto, lloro, me duermo:
todo en reconditez es muy diverso,
de otros sueños distintos me acompaño.

Soy el mismo y distinto.
Vive otro hombre en mí mismo
o a mi lado.




FRAGMENTO

I

DOY a la tierra mi cantar profundo
diluido en la sed de la esperanza;
la rosa de los vientos en el mundo
se deshoja, piérdese lejana.



II

Los dedos deshaciéndose en colores
dieron vida a las flores.
Los nervios de los brazos
se anudaron formando las espigas.
Del corazón dos fuentes se regaban
y en sus líquidos trazos
o bien rostros sonrientes dibujaban
o voces enemigas.
Del nido silencioso de los labios,
de la frente y los ojos, las palomas:
siete anidaron laberintos sabios
y las demás hacia el azul huyeron.
Por caminos sin norte se perdieron
—siguiendo a las palomas—
huellas que luces y esplendor sembraron.



III

Y pesa nuestra carne.
Y nuestra sangre quema.
Es infinito el número de hombres.
Cada uno es compendio
de gravedad y fuego.
Cada uno es un átomo perdido
en un diluvio de reír y llanto.
Hay algo imperceptible a nuestros prójimos:
la vida que dejamos en las cosas,
aquel sufrir cuando en la nueva estancia
revélanos nuestra alma
su esencia de mudanza.
Miramos a los hombres por la calle
perdidos en la nada.
Entre aquel rostro estúpido,
esa cara resumen de colores
y mi faz angustiada
se interpone un abismo,
abismo que se colma y se deshace
en esperanza o en desesperanza.




Himnario
y
Confesión de amor
[1985]



Himnario

AL HOMBRE

HE DE ALARGAR mis brazos a tu ejemplo,
he de poner mi gozo en tus pupilas,
he de entregarte todo el pensamiento.

A ti canto, ¡oh rosa de la Tierra!,
tuya es su gracia, tuya su inocencia.

En el cristal azul de tu mirada
reconcentró la mar todas sus aguas.

Para el verde cristal de tu mirada
se desprende la esencia de las plantas.

Para el brillo café de tu mirada
se despojó la Tierra de su entraña.

Robó tu voz las alas de los siglos
e inundará de música valiente
la oreja de los hijos de tus hijos.

Los frutos se resbalan de tus manos
y las flores descienden de tu frente.
Los colores al ritmo de tu paso.

A ti, apenas botón, que en el oscuro
corazón de tu ser guardas perfume
no menos principal por ciego y mudo.

A ti que sabes derribar la cumbre
con tu verbo de ardor, de luz, de lumbre.

Te canto cuando allegan las palomas
su copo a la tibieza de tus plantas,
o tu puño florece en amapolas.

Tu corazón palpite sin cadenas,
tu palabra destruya las fronteras.

Recojan las antenas de tu sangre
los sollozos de todas la ciudades.

Porque besas y hieres:
rosas blancas que brotan de tus sienes,
o huellas que mordió el hierro candente.

Te canto vencedor de los arcángeles:
en tus sueños los sueños celestiales
y en tu carne la carne de la amante.




A LA TIERRA

PORQUE salí de ti pongo mis voces
calientes en el puño de tu seno.
Apriétales, ¡oh Tierra!, entre tus dedos.

De oriente, de occidente, sur y norte
convinieron los átomos:
se fundieron en rojo de los trópicos,
en el verbo inicial de los remansos,
o en los gritos de acentos caudalosos.
Junto a bronce sonoro
su implacable quemar oprime el calcio,
yergue su luz el fósforo
para alumbrar el orgulloso estado
del carbono alotrópico.

Has puesto, madre Tierra,
sobre mi débil ser toda tu fuerza:
por mis ojos se adentran tus colores
que divido, que resto y multiplico.
Aunque mudo, qué llantos, qué canciones
se gestan en la hondura de mí mismo.
Soy artífice consciente o inconsciente,
del fuego, la tibieza,
se suavidad sedeña,
o de acero que sangra, punza, muerde.

Guarda, ¡oh Tierra!, mis voces en tu seno.
Que un día salgan desnudas y sorprendan
los oídos, los ojos y los dedos.




AL AMOR

MI VOZ imperceptible ha de juntarse
a los gritos, los truenos, los rugidos.

¡Oh Amor de agua y de fuego,
de humedad, de aridez y de templanza!
Tú estrujas al espíritu en tus garras
y anegas en licor labios resecos;
tu gozo es el sangrar que con tus dagas
se derrumba, sediento, de los pechos;
tu gozo es dar perfume y alimento
a la ansiedad, las furias y las llagas.

Por ti la nube se desgrana en perlas,
y el mar tiende sus brazos a la tierra,
y el sol por ti calcina las estepas.

Relámpagos y truenos,
la casta nieve y el celoso viento
son las voces de amor de tierra y cielo.

Tu altar es el desierto,
las fauces, los anillos, el veneno;
el calor de una madre y el ungüento.

Devoras mi carne y de mis huesos
rosas blancas y rojas
brotarán a otros ojos y otras bocas.
Convertirás mi sangre
en un dulce trinar, pardo plumaje,
y ha de seguir mi amor después de muerto.

¡Oh dulce Amor, oh negro Amor, cómo te enseñas
en la médula frágil de las almas!

Recibe, Amor, mi voz imperceptible:
es mi carne que en lágrimas derrites
y el fuego y la humedad con que me oprimes.




A LA NOCHE

TU MÁRTIR cuerpo, ¡oh Noche!, ni un aullido
vierte por las espadas de los cielos
o por llagas que sufres en el suelo.

¡Oh Noche!, tus pisadas
asesinan los rostros de las cosas,
hunden los trinos, roban los aromas
y dan luz a los ojos de mi alma.

Con tu cálida luz por mi retina
cielos y tierra su misterio inclinan.

¡Oh Noche!, tiernamente me separas
del color, de la luz y de los cantos,
sólo porque los tengas más cercanos
convertidos en flor de mi substancia.

¿Sufres, oh Noche, o ríes cuando levantan
ridícula altivez las luminarias?
Yo lo ignoro; mas lanzo mi desprecio
contra estrellas, relámpagos y fuegos.




A LA MUERTE

TE HE CONOCIDO oscura y luminosa.
Mansión de rosas, música y cristales
en que el alma se enjoya en luz divina.

Límpidos de agua avanzan los caudales
y los ciervos perviven en tus aguas.
En tu jardín florece blanca rosa
que ni noche de invierno la asesina,
e irisa gemas como dulces lágrimas.

¡Oh noche oscura, tinta en muerto anhelo,
soplo que hiela verdes esperanzas!
Ha de volver el polvo
a adueñarse del alma,
y brillará de nuevo con luces de limosna.
Con la tinta más negra
de esencia de amaranto
se tapiarán mis ojos.
¡Oh Muerte, tu guadaña con el helado corte
segará los arbustos de mis voces!
Puñados de cal viva
ahogarán los sonidos
antes de que penetren a mi oído.

Se extenderán mis dedos y mi cuerpo
insensibles al cielo y al infierno.
Eres luz o tinieblas.
Eres calor o frío.
Podredumbre o, tal vez, piedra preciosa.

¡Oh Muerte,
te he conocido oscura y luminosa!




A LA ESPERANZA

AL ÁRBOL, sin su hojas, desolado,
le han brotado las flores.
La tierra devorada de horizontes,
tan baja, tan igual, tan olvidada
ha parido verdores.
La altura en que se cruzan los helados
soplos de soledad y de distancia
despierta con el sol de la mañana.
El agua corre descuidadamente
y su camino es música y refleja
todo lo que palpita, en su corriente.
El ave traza, firme y sin fatiga
trayectoria que apunta al infinito…
Y los hombres…
Y los hombres se afanan, se desviven.
Canta el martillo, y cantan las azadas
y el aire se traspasa y se mide la tierra
y alzan triunfo las fuerzas y fulguran las fraguas.
Todo es cántico, fuego y pujanza.
A la voz le nacieron ya alas.
Y los hombres ya forman sus mundos
y a su arbitrio trasladan montañas.
Se encabrita en su triunfo el dominio,
alza antorcha que ciega la fuerza,
se aprisiona en un puño el destino.
Y da el árbol su canto de flores
y la mano fecunda la tierra
y la mente se quema en fulgores.
Todo es luz, todo es pálpito, vida;
la victoria con lenguas de plata
y la rosa del viento ha lanzado
una marcha triunfal de esperanza.




A LA PRIMAVERA

¡BIEN VENGAS, Primavera, hasta mi valle!
Sobre el color perenne de mi tierra
se posarán los rayos de tus soles
y aumentará la transparencia del aire.

La ciudad, dulce madre enternecida,
transfigura su rostro demacrado
cuando despierta y eres ya venida.

El verde se les prende por encanto
a las ramas y tiñe de esperanza
a todo lo que envuelve con su manto.

Es cielo tan azul, si se desprende
en imagen terrena nos retrata
y entre su azul nuestra ilusión enciende.

¡Y cómo el alma a todos nos exulta
cuando inunda tu luz a nuestras piedras
y huye la sombra que su gloria oculta!

Bien vengas, Primavera:
en el amor de nuestros corazones
por nueve meses anidó la espera.

En el ambiente embriagan mil aromas
y nace de los ojos femeninos
un vuelo de palomas.

¡Bien vengas, Primavera
hasta el amor perenne de mi tierra!

Cuando tu beso llegue a los balcones
el eco de tu aliento
devolverá canciones.

Los niños con las manos enlazadas
entonarán romances en el corro
porque viven los sueños de las hadas.

Y los rapaces de Fortuna odiados
a gloria llevarán ser los primeros
a quienes les sonrieron los luceros.

Bien vengas, Primavera;
en el valle del aire transparente
una ciudad te espera.




ESE MISTERIO QUE ES AMOR

ESE MISTERIO que es amor.
Hacer que anides
por el dulce soñar
en mis entrañas,
en todos los momentos de mi vida.
Un deseo de fusión de lo más alto,
de lo que es transparente y nunca acaba.
Desdeñar lo fugaz,
buscar lo eterno.
Encontrar la expresión de lo perfecto
en la voz, en el paso, en la sonrisa.
Santa conformidad de contentarse
con la reciprocidad del sentimiento.
Mirar la rosa, percibir su aroma
y guardar en el fuego su presencia.




DISTANTE

DISTANTE, sí.
Cercanos los sonidos inconfundibles
de tu voz
que llegan hundiéndose
en mi entraña.
A oscuras voy,
es guía de mis pisadas
la blancura serena de tu frente.
Hay un trotar de cierva,
hay un fluir de aguas,
hay un fragante céfiro
en tus pasos.




PRISIONERA EN MIS SUEÑOS

PRISIONERA en mis sueños,
presente a cada instante;
mi corazón sediento
de encontrarte.

Archipiélago escaso
al feliz navegante
regalaba tus faros
incitantes.

Las más puras canciones
de un arroyo serpeante
las rosas de tu lengua
las esparcen.

Clara tu frente, limpios
tus ojos —tan distantes—;
tan cercano el silencio
para hablarte.




CUANDO MI AMOR IMPOSIBLE

CUANDO mi amor imposible
de tu casa se marchaba,
tras de tu reja importuna
—que hacía dulce tu luz clara—,
con una limpia ternura
se movía tu mano blanca.
En tu mirar tan sincero
tu corazón se asomaba
tan libre de compromisos
que alentaba mi esperanza.
Del zafiro de los cielos
el oro del sol llegaba
anegando en sus reflejos
nuestra ya encendí da llama.
Y mientras me iba alejando
mis pasos se hacían plegaria.




MI MANO CON TU MANO

MI MANO con tu mano
en mi gozo soñarte;
vivir encadenado
sin tocarte.

Mantener entre mi fuego
tus limpios ademanes;
ansiando tu presencia,
abrasarme.

Se funden las palabras
fieles a sus compases;
y una vez más me quedo
tan distante.

Siempre estoy en acecho:
verte, soñarte, hablarte:
en el mar de tu alma
anegarme.




IMPOSIBLE A MIS MANOS

IMPOSIBLE a mis manos
recoger esa lluvia
de pétalos
rosados.
Un huracán sin nombre
borró el perfume,
desparramó la flor
y me quedé sin rastro.
Quizá brille tu luz
—¿también se habrá apagado?—,
pero a mis ojos
tan sólo oscuridad
y mis palabras
resbalarán su amargor sobre mis labios.




ROMANCE, DILCE ROMANCE…

ROMANCE, dulce romance,
dame tus hebras de plata
para aprisionar las penas
que están devorando mi alma.
Ayer el azul del cielo
y la claridad del alba,
los cantos de ruiseñores
y el repicar de campanas.
¡Cómo se encendía mi pecho
al canto de sus palabras,
y qué azúcar disolvía
el brillo de tu mirada!
Todo era verde: sus ojos,
sus sonrisas, sus pisadas,
de verde mis pensamientos,
ilusiones de esmeralda…
Si iba vestida de blanco
era estrella que me guiaba;
con su vestido de añil
en cielo se transformaba.
Eran música sus pasos
y su silencio era llama…
Pero ella se ha puesto seria
y está toda transformada.
Todo se ha entenebrecido,
todo se convierte en lágrimas;
en vez de compases de oro
mil notas negras cantara.
Romance, dulce romance,
no me niegues tu compaña
para que lloremos juntos
mientras no sonríe mi amada.




DÍA 9

UN CIELO en paz, un lucero
y un firme octante de luna.
Hoy se signaron mis ojos
con luz alegre y segura.

El oro desde el oriente
vino sembrando su lluvia
con pasos apresurados
que iban produciendo música.

Con el bronce de los gallos
lo gris se ha dado a la fuga.
Todo es claro. Con un iris
mi corazón se perfuma.

Hoy el tiempo me ha traído
el joyel en que anudan
tus voces —miradas tibias—,
tu mirar —palabras mudas—.

Y me he llegado a tu imagen
—que envuelvo en limpia ternura—
con el armiño de un beso,
con una canción de cuna,
pues lo maduro y lo niña
se casan en tu figura.

Y ya no cambia el paisaje:
la misma luz nos alumbra,
las rosas tornan eternos
sus olores y tinturas;
abajo cantan las flores,
arriba sonríe la luna.




El Caracol Marino, V (octubre 1968), 57; 107.




EVOCACIÓN

Dónde estará la niña…
Ramón López Velarde

ME DECÍA Josefina
que ayer soñó conmigo
—limpia frente de mármol,
el cabello de trigo—.

Me miraba sonriente
con claridad de niña
—y su rostro lis de Francia
y rosas de Castilla—.

¿Y cómo será ahora
aquél límpido rostro?
—Las más pura esmeralda
fulguraba en sus ojos—.





Poemas no recogidos
en libro
e inéditos
[1942-1987]




ACUARELAS
[De mi pueblo]

UNA TEJA gigante;
un tronco que retoña:
la parroquia.

Viejo ochentón
que arrastra su cansancio:
el palacio.

El arcoíris le heredó su gama,
su voz la tarde,
al parque.

Es el lunes un canto de almidón.
Maridaje de bronces y de blanco:
el mercado.

Torrente de esmeralda
que divide un diamante:
una calle.




Ecos de Coscomatepec, I, Coscomatepec, Ver., (1 de febrero de 1985), 9; 8.




MI PUEBLO

MUY BLANCA su cabellera,
por teñida de volcanes;
jiboso y envejecido,
por sus calles;
venas de plata en el día
y otras que no ha visto nadie;
envuelto en su poncho verde
de árboles.




Ecos de Coscomatepec, I, Coscomatepec, Ver., (1 de febrero de 1985), 9; 8.




A COSCOMATEPEC

POR TU TRAZO impecable, tus achaque de viejo.
Por tu verde joroba. ¡Por todo eso te quiero!
La furia de la tierra te mutiló tu rezo.
Por tu torre destruida. ¡Te adoro por tu templo!
Por las trojes indígenas que son sólo recuerdo.
Por los primeros fieles que bautizó San Diego.
Porque un cañón de Bravo condecora tu pecho.
Por los gozos, los llantos de grandes y pequeños.
Por el blancor de tu alma y el bronce de tu cuerpo.
Por tus mujeres castas. ¡Por todo eso te quiero!
Por tus barrancas libres, tus indomables cerros.
Porque tus gallos cantan de cara a los luceros.
Por tus lloviznas tercas, tus nortes y aguaceros.
Por tus soles de mayo y tus fríos de invierno.
Porque sabes ser libre, ser justo y ser severo.
Porque en los mapas patrios tu voz guarda silencio
y en el de la provincia luces tu nombre espléndido.
Y por los pasos lentos con que llega el progreso
burlándose el ingenuo del camino de hierro.
¡Por todo eso te quiero!
Te quiero en tus desgracias y en tus triunfos, ¡te quiero!

[agoto 23 de 1942.]




Tetlalpan, I, Coscomatepec, Ver., (octubre-diciembre de 1986), 1; 41.




TE IMAGINÉ EN TU LECHO PENSATIVA

TE IMAGINÉ en tu lecho pensativa.
Por tu ventana abierta
la luz caritativa
ponía su claridad en tus mejillas.
Estabas enferma.

En los rizos que mi alma encadenan
jugaban sin descanso
mil sutiles riachuelos que en su cuenca,
como en dorado manto,
todas la luces rielan.
Estabas enferma.

Estabas enferma.
Enfrente el universo
por tu ventana abierta.
Toda la luz juntábase en tu cuerpo.
Y más allá de tu ventana abierta
estaba yo en tinieblas.




El Caracol Marino, I (febrero de 1955), 10; 77.




CANCIÓN

UN RAYO de sol
y un grano de sal
de dieron color
y gusto a la mar.

La niña,
en la orilla,
se puso a llorar,
confiando sus cuitas
a la inmensidad.

Dos ojos de azul,
un rostro de azahar
le dieron su luz
y su espuma a la mar.

El agua,
cansada
de tanto cantar,
en la arena fina
recuesta su faz.

Un rayo de sol,
un rostro de azahar,
dos ojos de añil,
un grano de sal.




El Caracol Marino, II (julio de 1956), 21; 70.




EL VOLCÁN

POR REZO matutino
prende la tierra
un cirio.




El Caracol Marino, I (junio de 1955), 12; 95.




UNA NUBE

EN TURQUÍ terciopelo
el algodón esfuma
su remiendo.




El Caracol Marino, I (junio de 1955), 12; 95.




EL SOL

MARGARITÓN enorme
baña la tierra
en polen.




El Caracol Marino, I (junio de 1955), 12; 95.




LAS MARIPOSAS

DE FIESTA los colores.
Para formar parejas
dejan su hogar las flores.




El Caracol Marino, II (febrero de 1956), 18; 45.




SIESTA DE ABRIL

SOBRE LA CALLE el sol se lanza a pico
inundando de luz caras absortas;
un lánguido sopor va de los ojos
a los rostros de todo ser viviente.
El árbol brilla en su color exacto
hecho esmeralda en su follaje,
llama en sus flores y en su fruto espectro.
La vida se prolonga por la sangre
brilla en los ojos y en los labios calla.
El fuego reverbera denso y lento.
La hora se detiene, está forjada
como estatua de fuego que atestigua
el incendio de amor que se diluye
por los cuerpos que exhiben su pereza
en brazos lentos y en miradas ciegas.
El cielo azul; ni un ave, ni una nube;
ardiente el aire inunda las entrañas.




El Caracol Marino, III (agosto de 1964), 41; 58.




UN POCO MÁS DE AMOR

UN POCO MÁS de amor y nuestras almas
cabalgarán unidas.
Ya los ojos se invaden mutuamente,
nuestras voces desnudas se entrecortan
cayendo al corazón en un silencio
que impone el imposible más que el tiempo.
Los caminos guiarán pasos que en vano
querrán seguirse o proseguir al lado.
Y un día, tal vez, se cegará el recuerdo
y tu figura quedaráse anclada
hundida en el fervor del pensamiento
y alejada del fuego de mis manos.
Un poco más de amor; que tu voz queme;
que tus ojos me inunden;
que un poco de mi sed se te aprisione
en las tersas palomas de tus manos.
Tu ritmo vertical, pájaro que huye
—y que mis ojos siguen sin perderlo—,
encallará quizá en lejana orilla
en que mueren la aguas humilladas
al morder mis banderas de conquista.
Y así terminará este parejo vuelo.
En su logro de azul las golondrinas
su sombra la verán iluminada
por los firmes compases de tus líneas.
Un poco más de amor y en nuestras manos
llegarán los ardores de los ojos.




El Caracol Marino, V (noviembre de 1967), 55; 80.




AQUELLAS TARDES GRISES

AQUELLAS tardes grises de paseo
en fila de sonatas.
Para los rostros limpios y tempranos
eran breves las colles y lejanas.
A la ciudad caía de siete montes
todo un mundo de fábula.
Nota y color tan sólo a los sentidos.
El río de aguas cansadas.
El corazón ahogábase en hastío
y añadían su tristeza las campanas.
Se alzaban hasta el cielo las paredes
con la curiosidad de las ventanas.
Las escaleras vuelta sobre vuelta
en el tiempo perdido se enroscaban.




El Caracol Marino, VI (julio de 1970), 62; 21.




COMO REINA CAMINA…

COMO REINA camina,
seguida de sus pollos,
la gallina.
Sus alas peina ufana
sin notar que la veo
de mi ventana.
Goza del cielo azul
y del oro del sol
que cae a pico.
Es la dueña del mundo:
se baña, cloa, convoca a sus polluelos;
vive el calor, la luz, el aire;
ignora los anhelos
del ínfimo mortal,
y su donaire
alza un himno de amor y de esperanza:
los ojos son umbral
en que se alcanza
el divino sabor del universo;
el minuto no acosa
y todo lo disperso,
al corazón asido, se domina,
acallando el dolor del alma ansiosa.
Se espulga, cloa, sus alas bate la gallina
—reina del mundo—, ignora
que se aferra el espíritu a la hora.




El Caracol Marino, VI (abril de 1972), 66; 67.




TRÍPTICO

I

NI UNA palabra.
Tu mirar tan sólo
enérgico,
pausado,
inconmovible.
Y mi esperanza
encuentra algún calor
en tu silencio.



II

Pensar en ti
distante
—¿indiferente?—.
Al volverte a mirar:
tus mismos ojos
en tu rostro impasible
en mí clavados.



III

Sostienes tu mirar.
Pasas de largo.
Tu existir para mí:
fuga y presencia.
Para mí trino y luz
en mis entrañas
tu tímido temblor
cuando estás cerca.




Tejaván, Xalapa, I (febrero de 1987), 1; 1.




GEOMETRÍA

MI AMOR horizontal.
Noventa grados
dibuja
tu figura
vertical.

Al signo
de infinito
de mis brazos
multiplica
tu ritmo pendular.

En nuestra geometría
de añeja novedad
tres signos nada más:
+, x e =.




CAMINO DE LA CASA

CAMINO de la casa
me detuve en el puente:
daba perfume el aire,
cantaba la corriente.

Como otrora allí mismo
sobre su clara frente
flotaron sus cabellos
de trigo refulgente.

Las hojas de las hayas
de plata opalescente
cambiantes espejaban
las aguas relucientes.

Decía suaves palabras
pausada, dulcemente,
mostrábase su alma
ingenua, transparente.





Traducciones griegas


Arquíloco


SIERVO DE MARTE Y DE LAS MUSAS

AUNQUE secuaz del Dios de las batallas,
sé también de los dones de las Musas.




El Caracol Marino, IV (septiembre de 1965), 48; 137.




TODO ME ES LA LANZA

EN LA LANZA mi pan, en la lanza mi vino
de Ismero, pues que bebo en mi lanza recostado.




El Caracol Marino, IV (septiembre de 1965), 48; 137.




GUARDIA EN EL MAR

¡VAMOS!, con la gran copa veloz entre los bancos de la nave
va y ven y arranca los tapones de las tinajas hondas;
sirve del rojo vino hasta las heces; pues ninguno
de nosotros podrá ser sobrio en esta guardia.




El Caracol Marino, IV (septiembre de 1965), 48; 137.




NÉOBULE

ESTABA yo alegre sosteniendo un tallo
de mirto y de rosal flor bella;
su cabellera
hacía sombra a sus hombros y a su espalda.




El Caracol Marino, IV (septiembre de 1965), 48; 137.




MUERTOS Y HÉROES

SIETE cayeron,
a fuerza de correr los alcanzamos:
hemos llegado a mil los que matamos.




El Caracol Marino, IV (septiembre de 1965), 48; 137.




INVECTIVA

LLEVADO por la olas
recójanlo desnudo en Salmideso
los tracios de altos moños
y que son tan benévolos
y mucho allá padezca
masticando el pan del cautiverio.
Aterido de frío
lo recubran las algas del reflujo
y que bata los dientes, ya sin fuerza,
sobre el hocico echado como perro
donde las olas vienen a morirse.
Tal quisiera mirar al que ofendióme
pisando el juramento
siendo antes compañero.




El Caracol Marino, V (septiembre de 1969), 60; 143.




EL ALCIÓN

MUCHACHAS de cantos alegres y miel en sus voces,
mis piernas se vencen. ¡Si un alción yo fuera
que a flor de las olas volara animoso
rodeado de hembras,
ave sacra bañada del mar en la púrpura!




DUERMEN LA CIMAS…

DUERMEN las cimas de los montes
y las profundidades,
las pendientes y los desfiladeros,
todo animal nutrido por la tierra,
las fieras de la selva, las variadas abejas,
los monstruos del oscuro antro marino;
duermen los hijos de las aves que tienen anchas alas.




LA HORA DE LA CANÍCULA

BAÑA el pulmón de vino
porque el Can ya regresa
y en la hora pesada
todo en sed se consume.
De la copa del árbol
leda canta ya tétix;
el cardo abre sus flores,
las mujeres ardientes,
pero los hombres débiles,
pues Sirio les ablanda
la cabeza y las corvas.




El Caracol Marino, V (septiembre de 1969), 60; 143.




EL CARACOL MARINO…

OH CARACOL marino,
del espumoso mar y roca hijo,
embelesas las mentes de los niños…




El Caracol Marino, I (noviembre de 1954), 8; 63.




Safo
[Pensando en mi Amiga Paty,
en Valparaíso, Chile.]

PLENILUNIO

EN TORNO de la luna las estrellas
ocultan su imagen luciente
cada vez que, redonda,
da más brillo de plata
a la tierra.




El Caracol Marino, II (julio de 1955), 13; 5.




A GÓNGILA

GÓNGILA, te suplico:
ponte tu túnica más blanca
y ven frente a mí: en torno tuyo
vas sembrando el amor.
A quien te ve haces temblar con tus adornos.
Yo me gozo: pues tu beldad
repróchala Afrodita.




El Caracol Marino, II (julio de 1955), 13; 5.




SOLEDAD

SE HAN ocultado la luna
y las pléyades hacia la media noche;
también la juventud ya se me escapa:
y yo que duermo sola aquí en mi lecho.




El Caracol Marino, II (julio de 1955), 13; 5.




VÉSPER

VÉSPER que vuelves todo
cuanto dispersa la luciente Aurora:
vuelves oveja y cabra
y devuelves los hijos a la madre.




El Caracol Marino, II (julio de 1955), 13; 5.




LA MANZANA OLVIDADA

COMO DULCE manzana da su rojo,
alta, en lo alto, sobre la alta rama;
la olvidaron los cosecheros;
no, no fue olvidada: no lograron tocarla…




El Caracol Marino, II (julio de 1955), 13; 5.




EL JACINTO

COMO EL JACINTO en que los montes
pisotean los pastores
y la flor da su púrpura a la tierra…




El Caracol Marino, II (julio de 1955), 13; 5.




ADONIS

MUÉRESE el tierno Adonis, oh Citeres,
¿y nosotras qué haremos?
Golpeaos el pecho, doncellas y rasgad los vestidos.




El Caracol Marino, II (julio de 1955), 13; 6.




CLEIDA

TENGO linda muchacha
semejante en la forma al crisantemo,
es mi Cleida querida.
Por ella ni la Lidia ni la amada…




El Caracol Marino, II (julio de 1955), 13; 6.




A AFRODITA

INMORTAL Afrodita, del trono florecido,
hija de Zeus, forjadora de engaños,
te pido, poderosa, que no abatas
mi corazón con penas y cuidados;

ven hasta aquí. Mi ruego
—otra vez escuchando de lejos mi palabra—,
acogiste, y, dejando la casa de tu padre
llegaste en carro de oro.

Lindas, veloces aves
hacia la negra tierra te trajeron
abriéndose sus alas
por el aire ligero.

Y muy pronto llegaron. Más tú, alegre,
con sonrisa en tu rostro inmarcesible,
preguntaste por mis dolores nuevos
y por las cosas, que ahora invocaba,

y qué más deseaba obtener locamente.
“¿A quién quieres que Peito
lleve a tu amor, oh Safo?
¿quién se atreve a ofenderte?

Quien ahora te huye, pronto te seguirá;
el que no acepta dones, te los ofrecerá,
al que no te ama, aun cuando no lo quiera,
muy pronto te amará”.

Llégate a mí ahora; de los graves cuidados
líbrame y lo que quiera
acontezca a mi alma;
tú misma sé mi aliada.




El Caracol Marino, IV (octubre de 1964), 43; 80.




Anacreonte

RECHAZO

EROS, el rubio,
la pelota roja
a mí me lanza
y trata de que juegue
con una joven
que en sus sandalias
luce colores.

Ella —de Lesbos,
de la bien construida—,
porque mi crencha
es blanca, me desprecia;
pero por otra
con afán suspira.




El Caracol Marino, IV (octubre de 1964), 43; 81.




A UNA PALOMA

AMADA palomita,
¿dime de dónde vuelas,
de dónde por los aires
vas con tantos olores
que exhalas y rezumas?
¿Quién eres? ¿Qué te turba?
—Me manda Anacreonte
a su niño, Batilo,
que de todo es ahora
señor y soberano.
Por un pequeño himno
me ha cambiado Citeres
y yo a Anacreonte
le sirvo en estas cosas.
¡Y si vieras qué cartas
de mi señor yo llevo!
Me dice que muy pronto
me dejará ya libre;
pero yo aunque me suelte
seré siempre su esclava.
Porque, ¿de qué me sirve
surcar montes y campos,
posarme en los arbustos,
comer cosas silvestres?
El pan que como ahora
lo tomo de las manos
del propio Anacreonte;
me da a beber del vino
que él antes ha probado.
Ya que bebí doy saltos
y con mis propias alas
a mi señor envuelvo.
Recostada en su lira
en ella me adormezco.
Ya sabes todo, vete;
me has hecho más parlera
que la misma corneja.




El Caracol Marino, IX (enero-febrero de 1983), 100; 47.




Teognis

INSENSATOS Y NECIOS

INSENSATOS y necios los hombres
que lloran los muertos
y no la flor de vivir que los deja.




El Caracol Marino, V (septiembre de 1969), 60; 143.




NO QUIERO UN TONO REAL
[vv. 1191-1194]

NO QUIERO un tono real cuando me muera,
sino que en vida un bien se me conceda.
Las zarzas y tapetes lecho igual para el muerto
para el cual el madero no es suave ni duro.




El Caracol Marino, V (septiembre de 1969), 60; 1943.




Calímaco


EPIGRAMA II

ALGUIEN me dijo, Heráclito, tu muerte
y me arrojó en el llanto;
me acordé de las veces en que entrambos
en nuestra charla al sol lo tramontábamos.
¿Pero tú en dónde ya de tanto tiempo
eres ceniza, anfitrión de Halicarnaso?

Pero se salvarán tus ruiseñores:
porque Plutón que todo lo arrebata
nunca pondrá las manos sobre ellos.




El Caracol Marino, V (mayo de 1967), 53; 53.




EPIGRAMA IX

SAÓN de Acanto, hijo de Dicón,
duerme aquí sacro sueño:
no digas que los buenos
pueden hallar la muerte.




El Caracol Marino, V (mayo de 1967), 53; 53.




EPIGRAMA XIX

SU NIÑO de doce años ha depuesto Filipo;
allí también depuso sus grandes esperanzas.




El Caracol Marino, V (mayo de 1967), 53; 53.




Constantino Kavafis


DESEOS

BELLOS cuerpos de muertos que no envejecieron,
encerrados con lágrimas en mausoleos brillantes,
en las cabezas rosas y en los pies jazmines.
Así son los deseos que nunca se cumplieron
sin noches voluptuosas ni radiantes mañanas.




El Caracol Marino, XI (enero-abril de 1987), 121; 9.




VOCES

VOCES ideales y queridas
de aquellos que ya han muerto o se han perdido
por nosotros, lo mismo que los muertos.

Nos hablan unas veces en los sueños,
y otras las escucha el pensamiento.

Con su sonido vuelve en un instante
la poesía primigenia de la vida
—cual música nocturna que se muere
al alejarse.




El Caracol Marino, VIII (enero-febrero de 1981), 88; 47.




CIRIOS

LOS DÍAS del porvenir frente a nosotros
como una fila de encendidos cirios,
cirios dorados, cálidos, con vida.

Quedan atrás los ya pasados días,
un penosa hilera de cirios apagados:
los más cercanos aún están humeantes,
candelas frías, deshechas, retorcidas.

Mas las quiero mirar: me duele su figura,
me duele el acordarme de su luz de otro tiempo.
Hacia adelante miro los cirios encendidos.

Y no me volveré para en un calosfrío
descubrir cuál se alarga la tenebrosa fila,
cómo crecen tan pronto mis apagados cirios.




El Caracol Marino, VIII (julio-agosto de 1981), 91; 76.




LAS VENTANAS

EN LAS OSCURAS piezas donde vivo
días pesados acá y allá me vuelvo
para encontrar ventanas. (Será amparo
si una ventana se abre).
Ventanas no se encuentran, o no hallo.
Tal vez será mejor el no encontrarlas.
Tal vez será la luz otra tortura.
Quién sabe cuáles nuevas mostrará.




El Caracol Marino, IX (julio-agosto de 1983), 103; 78.




MONOTONÍA

A UN DÍA monótono le sigue
un nuevo día monótono, inmutable.
Las mismas cosas volverán de nuevo.
Idénticos momentos llegan, pasan.

Un mes transcurre y otro mes le sigue.
Se adivina el futuro sin cálculos extraños:
es el ayer con el hastío de siempre.
No parece el mañana ya mañana.




El Caracol Marino, IX (julio-agosto de 1983), 103; 78.




MURALLAS

SIN RECATO, piedad ni miramiento,
levantaron en torno altas murallas.

Y ahora yazgo aquí desesperado.
Tan sólo pienso: me corroe la suerte.

Tenía que hacer afuera tantas cosas.
¡Por qué en la construcción estuve ausente!

Ya no he escuchado voces ni rumores.
Sin pensarlo del muro me excluyeron.




El Caracol Marino, X (marzo-abril de 1986), 117; 107.




LA CIUDAD

HAS DICHO: “Iré por otras tierra y otros mares.
Una ciudad mejor que ésta existirá.
Son los esfuerzos una condena escrita.
El corazón, cual muerto, está enterrado.
¿Hasta cuándo, oh alma, este marasmo?
Donde me vuelvo, donde pongo el ojo,
negros escombros de la vida miro,
que en tantos años quebranté y perdí”.

Nuevos no encontrarás tierras ni mares.
Tras ti irá la ciudad. Las mismas calles
recorrerás. Te harás viejo en sus barrios,
canecerás entre sus mismos muros.
Eterno puerto esta ciudad. ¡Vana esperanza
que exista para ti camino o nave!
La vida que quebraste en este breve
cubil, tienes perdida en mar y tierra.




El Caracol Marino, IX (julio-agosto de 1986), 103; 79.




LEJOS

Y QUISIERA contar este recuerdo…
Mas así se murió… —¿Qué es lo que queda?—.
Quedó muy lejos, en la adolescencia.

Su piel fue de jazmín…
Y la noche de agosto —¿fue en agosto?—.
¿Me acuerdo de sus ojos? Quizá azules…
¡Ah, sí, azules!, cual zafiro, azules.




El Caracol Marino, VIII (enero-febrero de 1981), 88; 147.




MAR MATUTINO

¡ME PARO aquí! Esta naturaleza al frente.
El mañanero mar y del cielo sin nubes
azules esplendentes y amarillenta playa:
todo es hermoso con la luz intensa.

¡Me paro aquí! Mirar ilusionado
lo que miré en verdad ese fugaz momento,
no están aquí mis vanas fantasías,
los recuerdos, las formas del placer.




El Caracol Marino, IX (mayo-junio de 1984), 106; 112.




EL DINTEL DEL CAFÉ

JUNTOS dijeron algo: atentamente
me volví a la entrada del café.
Entonces vi el estupendo cuerpo
en que daba el amor su mejor prueba:
formó con gozo miembros armoniosos,
levantaba, esculpida la persona,
con emoción le modelaba el rostro,
dejando de su tacto como un rastro
en la frente, en los ojos y en los labios.




El Caracol Marino, IX (mayo-junio de 1984), 106; 112.




COMPRENSIÓN

AÑOS de juventud y de placeres…
Cómo descubro su sentido claro.

Cuánto reproche inútil y superfluo…
Pero el sentido se ocultaba entonces.

En la edad juvenil tan descuidada
se formaban intentos de poesía,
los perfiles del arte se gestaban.

¡Era mi pesadumbre tan precaria!
Y el deseo de cambiar y de vencerme,
que duraba, a lo más, por dos semanas.




El Caracol Marino, X (septiembre-octubre de 1986), 120; 137.




Traducciones latinas




Virgilio

GEÓRGIAS, II, 323-342

A LAS FRONDAS es dulce primavera,
primavera es también dulce a las selvas;
en primavera inflámanse las tierras
y se muestran ansiosas de simientes.
Es cuando el Éter, padre omnipotente,
desciende al seno de la alegre esposa
con sus fértiles lluvias
y ambos unidos lo fecundan todo.
De aves canoras los lejanos árboles
resuenan y el ganado busca a Venus;
verdece el campo y con las tibias auras
del céfiro su seno abren los campos;
un delicado alimento inunda todo;
los nuevos brotes en el sol confían
y del astro el surgir no teme el pámpano
ni la lluvia con grandes aquilones,
sino que da sus yemas y sus hojas.
En el mundo naciente que así fueron
considero los días de luminosos:
fue primavera y ciertamente el orbe
gozaba el paso de la primavera.
Y de fijo que el Éuro se contuvo
para no enviar su gélido soplido
cuando por vez primera los vivientes
la luz bebieron y la raza humana
alzó la testa de la dura tierra
y las fieras al bosque y hasta el cielo
fueron también lanzadas las estrellas.




El Caracol Marino, VIII (septiembre-octubre de 1981), 92; 90.




GEÓRGIAS, IV, 425-527

YA EL IMPETUOSO Sirio que calcina
a los sedientos indios en el cielo
ardía y el sol ganaba
la primera mitad de su carrera;
las hierbas se agostaban y sus rayos
los secos causes de los hondos ríos
hacíanlos hervir en lo profundo.
Proteo entonces dentro del oleaje
regresaba a su cueva acostumbrada;
rodeándolo las razas de los mares
gozosas lanzan la salada espuma.
Para dormir las focas en la playa
desparramadas yacen.
Como otrora el pastor allá en los montes
cuando al encierro vesperal conduce
los novillos y en tanto los corderos
con su balar acucian a los lobos,
así Proteo sentado en un escollo
va contando las focas una a una.
Aristeo —usando su permiso—,
dejó apenas que el viejo recostara
sus miembros fatigados y con gritos
al yacente con grillos aprisiona.
Sin olvidar aquél sus artes mágicas
en mil cosas extrañas se transforma:
en fuego, horrible fiera, río inasible.
Cuando ningún recurso a huir lo ayuda
vencido vuelve en sí y habla como hombre:
«¿Quién, oh joven audaz, a mis moradas
llegarte te ordenó? ¿Qué es lo que quieres?»
Pero aquél respondió: «Tú bien lo sabes;
imposible engañarte; no te opongas.
Siguiendo los mandos de los dioses
he llegado hasta aquí a mi infortunio
oráculo buscando». Más no dijo.
A esto el vate le clavó con fuerza
su ardiente vista de esplendor verdoso
y crujiendo los dientes abrió el hado:
«De una ira divina eres juguete;
pagas grave pecado. El miserando
Orfeo —aunque sin culpa— te suscita
este castigo —si los dos hados quieren—,
y lo enfurece el rapto de su esposa.
Ella cuando ligera te esquiva
por el cauce del río no vio en la hierba
ante sus pies la gigantesca sierpe
—niña que iba a morir—, guardián del margen.
El coro de las Dríadas coetáneas
llenó con su clamor los altos montes;
de Ródope las cimas sollozaron,
lloró el alto Pangeo, la belicosa
tierra de Reso, y también los Getas,
lloró el Ebro y la ática Oritía.
Por consolar aquél su amor perdido
cantaba, acompañado de la cítara
a ti, su dulce esposa, en la ribera
tanto al salir del sol como al ocaso.
A la cueva Tenaria, umbral de Dite,
al bosque envuelto en pavor oscuro
llegó y también se presentó a los manes
y al que reina en el mundo de los muertos
y a los endurecidos corazones
para las peticiones de los hombres.
Desde las profundidades del Erebo
por aquellos cantares conmovidos
tenues sombras marchaban, semejanzas
de quien no goza ya la luz del día,
como nube de aves que en las hojas
se oculta si la lluvia del invierno
las baja de los montes o la tarde,
caminaban las madres, los varones,
los cuerpos ya sin vida de los héroes,
los niños las doncellas y los jóvenes
quemados ente el rostro de sus padres;
fango y deformes cañas del Cocito
circúndanlos lo mismo que el pantano
odioso de pesadas aguas, nueve
giros forma la Estigia al extenderse.
Las íntimas mansiones del Infierno
se estremecieron y también las Furias
de azulosas serpientes por cabellos;
sus tres bocas Cerbero dejó abiertas
y de Ixïón la esfera se detuvo.
Había esquivado todos los peligros.
Regresaba. Eurídice llegaba
ya a los aires siguiéndole (esta norma
Proserpina había dado), mas de pronto
al impaciente amante una locura
llegó, ¡ay perdonable!, si los manes
supieran perdonar: detuvo el paso
y al borde de la luz, olvidadizo
y ansioso volteó a mirar a Eurídice.
Allí acabó el trabajo y las promesas
del severo tirano y por tres veces
un horrendo fragor turbó el Averno.
Ella entonces: «Orfeo, ¿por qué locura
me perdiste y también tú te perdiste?
Los hados nuevamente atrás me llaman
y el sueño me ha escondido ya los astros.

Adiós: rodeada de una espesa noche
me voy tendiendo mis frustradas manos
a ti, ¡ay!, sin ser tuya.
Dijo y como el sutil humo en el aire
se perdió ante sus ojos ya sin verlo
al que sólo tocaba ya las sombras
y deseaba decirle tantas cosas;
el barquero del Orco ya no quiso
que alguno atravesara la laguna.
¿Qué hacer? ¿A qué sitio encaminarse,
sin su esposa otra vez arrebatada?
¿Con qué llanto a los manes, con qué voces
a los dioses tratar de conmoverlos?
La Estigia en la fría barca ella surcaba.


Cuentan que siete enteros meses
la lloró ante una roca en la ribera
del desierto Estrimón y que contaba
en los gélidos antros su fortuna
amansando los tigres con su canto
y con él removiendo las encinas;
como el doliente ruiseñor reclama
a la sombra del álamo sus hijos
por el duro labriego arrebatados
y que encontró indefensos en el nido;
posado en una rama el canto triste
por la noche levanta y de quejidos
llena todos los campos circundantes.
Ni el amor ni las nupcias le atrajeron.
Solo, erraba en las nieves hiperbóreas,
del Tanais por las gélidas riberas
por los campos rifeos siempre helados
buscando a su Eurídice perdida
e inútiles regalos para Dite.
Las madres de los tracios despreciadas
al joven destrozado por los campos
arrojaron en medio de sus ritos
y en medio de nocturnas bacanales.
El Ebro entre sus ondas arrastraba
la cabeza arrancada del marmóreo
cuello y la voz y la fría lengua,
mientras del cuerpo el alma se escapaba,
¡ay mi mísera Eurídice!, clamaba
y «Eurídice» las playas repetían.




Horacio

ODA 23, 1

ME HUYES, Cloe, semejante a un ciervo
que por los bosques busca impenetrables
a su madre asustada por el viento
y por las frondas.

Si a la llegada de la primavera
el mover de hojas lo aterró o a las verdes
lagartijas remueven una zarza
todo él se agita.

No te persigo como hirsuto tigre
o cual león africano: llegó el tiempo
que dejes a tu madre, estás madura
ya para el hombre.




El Caracol Marino, XI (enero-abril de 1987), 121; 7.




ODA 30, I

OH VENUS, reina de Gnido y Pafos
deja tu amada Chipre y preséntate
a casa de Glicera que te llama
con mucho incienso.

Vengan contigo el ardoroso Niño,
las desceñidas Gracia y las Ninfas,
la poco alegre juventud sin ti,
también Mercurio.




El Caracol Marino, IV (mayo de 1964), 38; 18.




ODA 38, I

ODIO, sirviente, los lujos persas
y las coronas entretejidas,
no busques donde la tarda rosa
se reproduce.

Que al simple mirto nada le agregues
atento cuido: pues ni a ti criado
cae mal el mirto, ni a mí que bebo
so densa viña.




El Caracol Marino, IV (mayo de 1964), 38; 18.




ODA 13, III

OH FUENTE de Bandusia, muy más que el cristal límpida,
digna del dulce vino y también de las flores;
mañana te ofreceré un cabrito
al cual la frente hinchada

por los cuernos nacientes y al amor la lucha destina.
En vano; pues teñirá tus frescas
aguas con su sangre purpúrea
esta prole de la grey lasciva.

La hora atroz de la quemante Canícula
no puede tocarte; tu frescura amable
brindas a los bueyes cansados
por la reja y al inquieto rebaño.

Contarás en el número de las fuentes famosas,
cuando cante la encina sobrepuesta en las cóncavas
peñas de donde brotan
sus aguas cantarinas.




El Caracol Marino, IV (mayo de 1964), 38; 19.




ODA 22, III

VIRGEN guardiana de monte y selva
que a parturientas que por tres veces
te invocan oyes y a muerte escapan,
diosa triforme,

el de mi quinta enhiesto pino
sea tuyo: alegre, año tras año
de un jabalí que el diente ensaya
darle he la sangre.




El Caracol Marino, IV (julio de 1964), 40; 41.




ODA 7, IV

HUYÓ la nieve y vuelven ya las plantas a los campos
sus copas a los árboles;
la tierra muda aspecto, por las riberas con menos agua
los ríos se deslizan;

Aglaia con las Ninfas y sus dos hermanas osa
desnuda guiar los coros;
vida larga no esperes advierte el año y la hora
que roba el almo día.

Los ríos suaviza el Céfiro, el estío va pisando
la mortal primavera,
luego dará sus frutos y al punto
vendrá el invierno inerte.

Los rápidos meses los daños del cielo restauran:
pero al caer nosotros
en donde el padre Eneas y los ricos Tulo y Anco
polvo somos y sombra.

¿Quién sabe si los dioses a los días ya vividos
añadan el mañana?
A la ambiciosa mano del heredero escape todo
y dalo a tus deseos.

Tan pronto mueras y el dios Minos de ti pronuncie
su sentencia solemne,
ni linaje, oh Torcuato, ni piedad ni elocuencia
te podrán dar la vida;

pues del oscuro infierno ni Diana salvar pudo
a Hipólito tan puro.
Ni Teseo romper pudo las cadenas leteas
del querido Piritoo.




El Caracol Marino, IV (julio de 1964), 40; 41-42.




Atribuido a Julio Anneo Floro



LA VERVENA DE VENUS

¡EL QUE JAMÁS amó, ame mañana;
y el que sabe de amor, mañana ame!

¡La joven primavera melodiosa
ha vuelto! En primavera
nació el mundo, conciertan los amores,
ayúntanse la aves,
y al contacto amoroso de la lluvias
al viento lanza el bosque sus cabellos.
Mañana la que aviene los amores,
entre sombras de arbustos,
enlazará las chozas verdecidas
con renuevos de mirto.
Mañana Venus dictará sus leyes
inundando de gracia su alto trono.



¡El que jamás amó, ame mañana;
y el que sabe de amor, mañana ame!

De sangre celestial, copos de espuma,
en día semejante,
entre azulosos peces y caballos
marinos, sacó el mar de entre las aguas
y las olas a Venus.




¡El que jamás amó, ame mañana;
y el que sabe de amor, mañana ame!

Venus colora en púrpura los años
con la flor de sus perlas;
los nacientes botones con el soplo
de Favonio hinche en rosas;
el rocío brillante
dejado por la brisa de la noche
en gotas desparrama.
Bajo su peso leve
esas lágrimas brillan temblorosas:
las gotas caedizas
cerrándose en sí mismas
impiden su caída.
¡Mirad cómo en su púrpura las flores
el su pudor delatan!:
el humor que destilan las estrellas
en las noches serenas,
sus virginales senos
de sus húmedos pliegues los despoja.
Tal es la orden de Venus:
las rosas virginales
cásense en la mañana:
con la sangre de Venus se crearon,
con besos de Cupido,
con perlas y con llamas;
el rosicler del sol les dio la vida.
Mañana su pudor disimulado
bajo el carmín del manto,
sin pena entregarán a un solo esposo.



¡El que jamás amó, ame mañana;
y el que sabe de amor, mañana ame!

La misma Diosa al bosque
de mirtos a las Ninfas envió. Marcha
con las Ninfas Cupido.
¡No hay tregua para Amor: lleva saetas!
¡Dejó las armas, id, Ninfas, hay tregua!
Se le ordenó que marche desarmado,
desnudo, y que su arco
y su fuego y sus flechas a ninguno
puedan herir; y sin embargo, Ninfas,
cuidad, por la hermosura de Cupido.
Aunque desnudo, Amor siempre está armado.




¡El que jamás amó, ame mañana;
y el que sabe de amor, mañana ame!

«Pudorosas, cual tú, nos manda Venus
y te hacemos llegar un solo ruego,
Virgen de Delos: deja estos lugares
para que no se tiña
el bosque con la sangre de la fieras.
Ella misma en persona te rogara
si le fuera posible convencerte,
¡oh Diosa pudorosa!;
con gusto te invitara,
si como virgen que eres conviniera;
y así, ver nuestros coros
en tres noches de fiesta tú podrías
mezclados entre el vulgo, por tus sotos
marchar entre guirnaldas
y entre chozas de mirto.
Ceres, Baco y el Dios de los poetas
se encuentran con nosotras.
Hay que gozar de toda nuestra noche,
hay que pasarla en vela con los cantos.
¡Deja reinar a Venus en las selvas
y retírate tú, Virgen de Delos!»




¡El que jamás amó, ame mañana;
y el que sabe de amor, mañana ame!

Ha dispuesto la Diosa entre la flores
del Hibla, que su trono se levante:
con las Gracias en torno, ella en persona
presidirá para dictar sus leyes.
Todas las flores, Hibla, las que el año
regala, tú produce.
¡Tu vestido de flores ponte, oh Hibla,
y que iguale del Etna a la llanura!
Aquí estarán las Ninfas de los campos,
las de los montes, selvas y los bosques
y también las que habitan en las fuentes.
Del alado Rapaz la Madre ordena
sin del Amor confiarse, aunque desnudo.




¡El que jamás amó, ame mañana;
y el que sabe de amor, mañana ame!
.    .    .    .    .    .    .    .    .    .    .    .

Y de los bosques en las verdes sombras
se envuelvan las recién abiertas flores.
.    .    .    .    .    .    .    .    .    .    .    .

Sus nupcias en un día cual mañana
el Éter celebró por vez primera.
Para crear el año todo entero
la Primavera al Padre dio sus nubes,
y él descendió cual amorosa lluvia
de su fecunda Esposa hasta el regazo:
unido al grande cuerpo
la vida dióle a toda creatura.
La misma madre Venus
con su soplo sutil va gobernando
con misteriosas fuerzas a la sangre
y al alma que penetra.
A través de los cielos y la tierra
y los mares que están bajo su imperio,
su paso fecundante ha saturado
de vida su camino interminable.
Ella ha ordenado al mundo que se aprenda
las leyes de la vida.




¡El que jamás amó, ame mañana;
y el que sabe de amor, mañana ame!

La misma Venus convirtió en Latina
la sangre de los Teucros;
Ella donó a su hijo como esposa
la joven Laurentina;
poco después dio a Marte del santuario
una casta doncella;
las nupcias concertó de los Romanos
con las Sabinas, de donde nacieron
los Ramnes y Quirites y los Césares,
legítimos de Rómulo herederos.




¡El que jamás amó, ame mañana;
y el que sabe de amor, mañana ame!

Por el placer los campos se fecundan
y perciben de Venus el influjo;
el mismísimo Amor, hijo de Venus,
en el campo nació, según se cuenta:
al momento de darlo a luz, el campo
tomólo en su regazo, alimentándolo
el delicado beso de las flores.




¡El que jamás amó, ame mañana;
y el que sabe de amor, mañana ame!

Bajo el esparto, ved, están echados
los toros, por cadenas bien seguras
al pacto conyugal esclavizados.
A la sombra también con los corderos
se encuentran las ovejas baladoras.
El trino de las aves es continuo,
obedeciendo la orden de la Diosa.
Los gritos incansables de los cisnes
invaden los estanques;
a la sombra del chopo les responde
el ruiseñor que en melodioso canto
parece que publica sus amores
sin llorar a su hermana
por un bárbaro esposo victimada.

Él da su voz; callemos.
¿Cuándo hasta mí vendrá la primavera?
¿Cuándo podré imitar la golondrina
para que ya no sepa del silencio?
Por mi callar mi musa se ha perdido
y no me mira Apolo.
Así también por su callar a Amiclas
perdióla su silencio.



¡El que jamás amó, ame mañana;
y el que sabe de amor, mañana ame!




Ábside, México, XVI (1952), 4; 463-476.




Anónimo



EL NACIMIENTO DE LAS ROSAS

LA PRIMAVERA; con suave aliento, del frío tajante
volvía a nacer de la mañana de oro un nuevo día.

Un fresco viento había precedido los caballos de Eos
aconsejando estar prevenidos al calor del día.

Paseaba por cuadradas sendas en los huertos regados
deseoso de gozar el día inminente.

Veía la escarcha de las curvadas plantas
colgar o aferrarse sobre las legumbres,

o juguetear las gotas sobre las anchas berzas
(cargadas por entonces del peso de las celestes aguas).

Veía los rosales gozosos por el cultivo de Pesto
mojados de rocío cuando nacía el nuevo Lucifer.

Escasas yemas blanqueaban los nevados arbustos,
que iban a morir a los rayos primeros.

Dudé si a las rosas la púrpura la aurora les quitaba
o se las daba y el nuevo día coloreaba las flores.

Uno solo el rocío, el color, la mañana, de dos cosas:
de la estrella y la flor; Venus sola señora.

El olor tal vez uno; mas muy alto que en aire
se perdía: en efecto, más de cerca se expande:

Venus diosa común de la estrella y la flor,
y quiere que el vestido sea de una sola púrpura.

Era el momento cuando los recientes renuevos
se iban distribuyendo en distancias iguales.

Una verdea cubierta con capucha de hojas;
a otra de sutil hoja baña encendida púrpura.

Ésta abre la cima del botón elevado,
dando paso a la punta de la frente purpúrea.

Aquélla desde arriba hacía caer su manto,
deseosa de esparcirse en su total de pétalos.

Pronto mostró la gloria de su naciente cáliz,
la encerrada semilla densa y roja mostrando.

Ésta en que hasta hace poco brilló el fuego en sus crenchas,
la abandonan marchita sus pétalos caídos.

Contemplaba el veloz arrebato del tiempo;
y cómo ya al nacer envejecían las rosas.

Cayóse de una flor la crencha rutilante
mientras hablo, y la tierra resplandece de rojo.

Nacimientos, especies, y tantas variedades
sólo un día las levanta y él mismo las destruye.

Es breve, ay, Natura, la gracia de las flores:
apenas nos los muestras quitas luego tus dones.

Larga, como es el día, la vida de las rosas;
la breve juventud con la vejez se junta.

La que vio Lucifer rutilante naciendo
cuando volvió en la tarde la encontró ya acabada.

Pero aunque destinada a perecer en breve
floreciendo su prole prolonga ella su tiempo.

Coge, niña, las rosas: la flor y la edad nuevas;
recuerda que así huye también la vida tuya.




El Caracol Marino, VII (abril-junio de 1978), 74; 17-18.




Venancio Fortunato



A RADEGUNDA
[CARMEN VIII, 6]

SI ME TRAJERA la estación cual suele
cándidos lirios o soberbia rosa
por su suave rubor, los cogería
del campo o del césped de mi huerto,
dones pequeños en lugar de grandes
de todo corazón los enviaría.
Ya que aquellos me faltan, los segundos
ofrezco: quien violetas te presenta
con afecto las rosas te presentara.
De las envidias hierbas olorosas,
noble principio tienen las violetas:
dan perfume y de púrpura se tiñen
y perfume y color su fronda exhala.
Aceptad de estas flores sus dos dones
y sea mi recompensa
un perfume, de flor perenne adorno.




EL MUNDO SE CONTRAE…
[CARMEN VIII, 7]

EL MUNDO se contrae con hielo
invernal, de los campos
cuando las flores caen muere el encanto.
En la dulce estación cuando el infierno
fue del Señor vencido, renovadas
cabelleras alegran a la hierba.
Los hombres sus balcones y sus puertas
engalanan con flores, las mujeres
el seno llenan con olor de rosas.
Pero no es a vosotras sino a Cristo
a quien dais este aroma y las primicias
a los piadosos templos se dedican.
Los altares festivos adornasteis
de variadas coronas, como de hilos
el ara están bordando nuevas flores.
De amarillas violetas áurea hilera
por un lado aparece, purpurina
por otro, más allá se ostenta blanca.
Al verde se le pone el azuloso:
por las flores contienen los colores,
en un lugar de paz habría una guerra.
Ésta por su candor, por ser rojiza
aquélla es agradable, suavemente
exhala ésta su olor y resplandece
la otra. En este modo las especies
de flores entre sí van compitiendo,
los olores se imponen a las gemas,
el olor al incienso.
Vosotras que estas cosas preparásteis,
Inés y Radegunda,
exhalad un olor de eternas flores.




¿DÓNDE SIN MÍ A MIS OJOS…?

¿DÓNDE SIN MÍ a mis ojos errabundos
escóndese mi luz y no permite
que mi vista la alcance?
Yo todo miro a un tiempo: cielo, tierra,
ríos, y me parece
que nada veo si a ti no te contemplo.
Con un cielo sereno y despejado,
para mí es día sin sol si te me ocultas.
Que la rueda veloz guíe las horas
y los días siendo breves se apresuren.
Con las santas hermanas acordemos:
que al cautivo de amor tu rostro ayude.




Anónimo



EXIIT DILUCULO…

SALIÓ de mañana
la rústica niña
con su grey, su báculo,
con la nueva lana.

En su grey pequeña
oveja y pollina,
becerro y becerra,
cabrón y cabrilla.

Mira a un estudiante
sentado en el césped:
—“¿Señor, tú qué haces?
¡Ven, juguemos juntos!”

[Del Cancionero de Benedikbeuren]




El Caracol Marino, VII (agosto-diciembre de 1978), 75; 35.




CONGAUDENTES LUDITE

¡A JUGAR gozosos
enlazando corros!
¡Los mozos son lépidos,
los viejos decrépitos!

¡Oye, bella amiga,
mil modos de Venus! ¡La caballería!

¡Marchemos con Venus
los que somos tiernos!
¡El vivac de Venus
es de amor concierto!

¡Oye, bella amiga,
mil modos de Venus! ¡La caballería!

¡Jóvenes amables,
al fuego comparables;
ancianos horribles,
al frío semejantes!

¡Oye, bella amiga,
mil modos de Venus! ¡La caballería!

[Del Cancionero de Benedikbeuren]




El Caracol Marino, VII (agosto-diciembre de 1978), 75; 35.




VINO BUENO, VINO SUAVE…

VINO BUENO, vino suave,
bueno al bueno, grave al grave,
sabor dulce a todos; ¡salve,
alegría del mundo!

¡Salve!, fausta creatura,
generada de vid pura;
toda mesa está segura
en tu presencia.

¡Oh color del vino claro!;
sin igual al saborearlo
que te dignas embriagarnos
con tu potencia.

¡Oh agradable en el color!;
¡oh fragante en el olor!;
¡oh gustoso en el sabor,
de la lengua vínculo!

¡Salud, fuerza del medido,
mal infausto al desmedido!:
al perderse del vestido
se sigue al patíbulo.

De los monjes grey devota,
toda clase, tierra toda,
beben en la misma forma
ahora y por siempre.

¡Feliz vientre en el que entrares,
feliz lengua que bañares,
feliz boca que lavares
y felices labios!

¡Te pedimos: aquí abunda
sea la mesa en ti fecunda,
y con nuestra voz jocunda,
obtengamos gozo!




El Caracol Marino, IV (enero de 1965), 44; 89.




Morandas de Padua (siglo XIII)



ALABANZAS DEL VINO


EL VINO dulce, glorioso
vuelve gordo y carnoso
el pecho y lo abre.

Y el maduro y muy gustoso
nos resulta deleitoso:
aguza el sentido.

El vino fuerte, el vino puro
vuelve al hombre muy seguro
y hace huir al frío.

Lenguas muerde el tierno vino
mancha todo el intestino
y corrompe el cuerpo.

Pero el vino que está claro
hace ronco al parroquiano
y orinar seguido.

Mas el vino rebotado
torna el cuerpo demacrado
y quita colores.

El rojizo y sutil
no se ha de tener por vil
pues da colorido.

El cual oro, el cetrino,
hace bien al intestino,
sofoca el desmayo.

La blanca agua maldecida
sea de todos despedida
pues provoca el bazo.




El Caracol Marino, II (octubre de 1956), 23; 87.




Anónimo



ALABANZAS DE LA AMIGA
[Cancionero de Ripoll]

CLARA estrella
de doncellas,
flor, gloria de todas;
rosa primavera
que pereces
más blanca que el lirio;

tu belleza
del estado
regular me aparta,
tus facciones
y sonrisa
sujétanme a Venus.

De la diosa de Citeres
por ti alegre
las cadenas llevo,
y flechas del alado
hijo suyo
en mi pecho tengo.

Como el fuego
quema el leño
al salir de la yesca,
así mi mente
por ti, diosa
hierve y se consume.

¿Quién tan tosco,
quién tan puro,
sin ninguna mancha,
puede haber
a quien tus gracias
no puedan plegarlo?

Si Catón aún viviese
que por gracia de los dioses
fue tan rígido,
en amor
por tu beldad
quedaría preso.

Hasta Venus
tus cabellos
apropiarlos desearía,
si los viera;
al sentirse superada
lloraría.

Frente y cuello
sin arruga,
angelical rostro
cual celeste
no terrestre
te muestran al hombre.

Son tus dientes
blanquecinos,
perfectos tus labios,
si lo toco
con mi boca
dan de miel sus besos.

Y la forma
de tus senos
bien proporcionada,
no se ensancha,
es muy blanca
muy más que la nieve.

Las tus manos
vientre plano
y figura grácil
te dan gracia
y te adornan
te hacen muy hermosa.

Son espléndidas las piernas
¿mas para qué tanto?
En belleza y nobleza
a celestes
y terrestres
diosas tú superas.

Y por esto,
pía doncella,
que nadie se admire
si mi mente
por ti, diosa,
fue herida por Venus.

Por lo cual,
del mundo encanto,
mucho te encarezco,
que de amor
no de dolor
seas causa en mi pecho.




Rafael Landivar



EL LORO

EN LAS DESIERTAS selvas reiterado
un remedo de voz humana suena
y la misma parece me ha llamado.
Mientras aquellas voces considero
y alrededor dirijo la mirada,
el loro, prez del bosque,
perezoso en el álamo platica.
Su cuerpo resplandece en coloro verde.
El lindo cuello y la brillante frente
de manchas encarnadas salpicados.
Si en la casa este pájaro ingenioso
maestro que le enseñe se encontrara,
emitirá palabras, cantos, risas,
y cuando un dedo hiere su mordida
el bribón lo celebra a carcajadas
y en destruir su jaula se solaza.
Mas cuando está charlando y a sí mismo
se aplaude, un ave de veloces alas
y garras bien provista
lo atrapa descuidado
y le arranca el plumaje y las entrañas.




El Caracol Marino, IX (septiembre-octubre de 1984), 108; 141.




Traducciones italianas



Michelangelo Buonarroti



RIMA LXXXIV

CUAL para cincelar, Señora, pónese
en piedra tosca y dura
una viva figura,
la cual más crece con menguar la piedra;
así unas obras buenas,
para el alma, que tiembla,
cubre el exceso de la propia carne
con la corteza inculta, dura y cruda.
Tú sola de mis últimas
partes puede sacarme:
que en mí no hay de mí querer ni fuerza.




El Caracol Marino, IV (agosto de 1964), 41; 55.




RIMA CXXIX

OJOS MÍOS, estad ciertos
que el tiempo pasa, y la hora se avecina,
que a las lágrimas cierra el triste paso.
Piedad os tenga abiertos
mientras que mi divina
señora dígnase a habitar la tierra.
Si la gracia el cielo abre,
como a los santos suele,
si aqueste mi sol vivo
tórnase a las alturas y nos deja,
¿qué cosa os quedará aquí para verla?




El Caracol Marino, IV (agoto de 1964), 41; 56.




Torcuato Tasso
MADRIGAL (III, CCCXXIV)

¿QUÉ ROCÍO o qué llanto
qué lágrimas aquellas
que vi caer desde el nocturno manto
y de la blanca faz de las estrellas?
¿Y por qué derramó la blanca luna
lluvia pura de estrellas cristalinas
en el regazo de la fresca hierba?
¿Por qué en el aire bruno
dar vueltas, casi sin dolor, se oía
el viento hasta de día?
¿Fueron señal tal vez de tu partida,
oh vida de mi vida?




El Caracol Marino, V (enero de 1967), 51; 31.




MADRIGAL (IV, CCCXCIX)

OH, DESOLADA tórtola,
tú por ser compañía,
yo por aquélla lloro nunca mía.
Oh infortunada viuda,
tú en el desnudo ramo,
al pie del tronco seco yo la llamo:
sólo el aura y el viento
responden murmurando a mi lamento.




El Caracol Marino, V (enero de 1967), 51; 31.




Giambattista Marino



MADRIGAL

¡OH PÁLIDO sol mío,
a tus dulces palores
pierde el alba rosada sus colores!

¡Oh mi pálida muerte,
a tus dulces y pálida vïolas
la púrpura amorosa
pierde vencida la rosa!

¡Oh le plega a mi suerte
que dulce palidezca yo contigo,
oh pálido amor mío!




El Caracol Marino, V (noviembre de 1967), 55; 78.




Gabriello Chiabrera



CANCIÓN

SOBRE la espina, hermosa,
con su rocío de rosa
que se deleita al alba
mecida por fresca aura;
es más linda la rosa
en mejilla amorosa,
que empaña y decolora
mejillas de la aurora;
oh ninfa de las flores,
ninfa de los olores;
primavera gentil,
quédate con abril;
más linda y verdadera
se ve la primavera
sobre la fresca rosa
de mejilla amorosa,
que empaña y decolora
mejillas de la aurora.




El Caracol Marino, V (noviembre de 1967), 55; 79.




Librado Basilio
Poesía original y Traducciones
griegas, latinas e italianas
*
MANANTIAL EN LA ARENA
LIBROS DE CREACIÓN Y RECREACIÓN LITERARIA
1988
*
EDICIÓN BILINGÜE
Recopilación, prólogo y bibliografía
por Manuel Sol
Ángel José Fernández, Editor
Centro de Investigaciones Lingüístico-Literarias
Instituto de Investigaciones Humanísticas
Universidad Veracruzana
Xalapa, Veracruz, México
*
Primera edición, 1988
[Edición de Homenaje al Maestro Librado Basilio
en el cincuentenario de su labor docente]
Se terminó de imprimir el día 5 de enero de 1988,
en los talleres de la Editorial Galache, S. A. de C. V.,
México D.F.
Se tiraron 1,000 ejemplares,
50 numerados a mano del I al L y 950 en arábigos.
La edición fue cuidada por Alfredo Pavón, Georgina Trigos y A. J. Fernámdez.
N° 332
*
ESTADO DE VERACRUZ
GOBIERNO DEL ESTADO:
Fernando Gutiérrez Barrios
Gobernador Constitucional
Dante Delgado Rannauro
Secretario de Gobierno
*
UNIVERSIDAD VERACRUZANA:
Salvador Valencia Carmona
Rector
Marcelo Ramírez Ramírez
Secretario Académico
Héctor Darío Martínez Silva
Secretario de Administración y Finanzas
José Velazco Toro
Director de Investigaciones y Estudios de Post-grado
Ricardo Corzo Ramírez
Director del Instituto de Investigaciones Humanísticas
José Luis Martínez Morales
Jefe de Centro de Investigaciones Lingüístico-Literarias

[Edición personal]

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