LAS ENSEÑANZAS DE DON JUAN
(Una forma Yaqui de conocimiento)
Carlos
Castaneda
Introducción.................................................................................................................................................. 2
Las enseñanzas
Capítulo I ...................................................................................................................................................... 6
Capítulo II ................................................................................................................................................. 10
Capítulo III ............................................................................................................................................... 16
Capítulo IV ................................................................................................................................................ 28
Capítulo V .................................................................................................................................................. 34
Capítulo VI ................................................................................................................................................ 40
Capítulo VII .............................................................................................................................................. 43
Capítulo VIII ............................................................................................................................................ 48
Capítulo IX ................................................................................................................................................ 51
Capítulo X .................................................................................................................................................. 54
Capítulo XI ................................................................................................................................................ 59
DURANTE el verano de 1960, siendo estudiante
de antropología en la Universidad de California, los Ángeles, hice varios
viajes al suroeste para recabar información sobre las plantas medicinales
usadas por los indios de la zona. Los hechos que aquí describo empezaron
durante uno de mis viajes. Esperaba yo un autobús Greyhound en un pueblo
fronterizo, platicando con un amigo que había sido mi guía y ayudante en la
investigación. De pronto se inclinó hacia mí y dijo que el hombre sentado junto
a la ventana, un indio viejo de cabello blanco, sabía mucho de plantas, del
peyote sobre todo. Pedía mi amigo presentarme a ese hombre.
Mi amigo lo saludó, luego se acercó a darle la
mano. Después de que ambos hablaron un rato, mi amigo me hizo seña de
unírmeles, pero inmediatamente me dejó solo con el viejo, sin molestarse
siquiera en presentarnos. El no se sintió incomodado en lo más mínimo. Le dije
mi nombre y él respondió que se llamaba Juan y que estaba a mis órdenes. Me
hablaba de "usted". Nos dimos la mano por iniciativa mía y luego
permanecimos un tiempo callados. No era un silencio tenso, sino una quietud
natural y relajada por ambas partes. Aunque las arrugas de su rostro moreno y
de su cuello revelaban su edad, me fijé en que su cuerpo era ágil y musculoso.
Le dije que me interesaba obtener informes
sobre plantas medicinales. Aunque de hecho mi ignorancia con respecto al peyote
era casi total, me descubrí fingiendo saber mucho, e incluso insinuando que tal
vez le conviniera platicar conmigo. Mientras yo parloteaba así, él asentía
despacio y me miraba, pero sin decir nada. Esquivé sus ojos y terminamos por
quedar los dos en silencio absoluto. Finalmente, tras lo que pareció un tiempo
muy largo, don Juan se levantó y miró por la ventana. Su autobús había llegado.
Dijo adiós y salió de la terminal.
Me molestaba haberle dicho tonterías, y que
esos ojos notables hubieran visto mi juego. Al volver, mi amigo trató de
consolarme por no haber logrado algo de don Juan. Explicó que el viejo era a
menudo callado o evasivo; pero el efecto inquietante de ese primer encuentro no
se disipó con facilidad.
Me propuse averiguar dónde vivía don Juan, y
más tarde lo visité varias veces. En cada visita intenté llevarlo a hablar del
peyote, pero sin éxito. No obstante, nos hicimos muy buenos amigos, y mi
investigación científica fue relegada, o al menos reencaminada por cauces que
se hallaban mundos aparte de mi intención original.
El amigo que me presentó a don Juan explicó
más tarde que el viejo no era originario de Arizona, donde nos conocimos, sino
un indio yaqui de Sonora.
Al principio vi a don Juan simplemente, como
un hombre algo peculiar que sabía mucho sobre el peyote y que hablaba el
español notablemente bien. Pero la gente con quien vivía lo consideraba dueño
de algún "saber secreto", lo creía "brujo". Como se sabe,
la palabra denota esencialmente a una persona que, posee poderes
extraordinarios, por lo general malignos.
Después de todo un año de conocernos, don Juan
fue franco conmigo. Un día me explicó que poseía ciertos conocimientos
recibidos de un maestro, un "benefactor como él lo llamaba, que lo había
dirigido en una especie de aprendizaje. Don Juan, a su vez, me había escogido
como aprendiz, pero me advirtió que yo debería comprometerme a fondo, y que el
proceso era largo y arduo.
Al describir a su maestro, don Juan usó la
palabra "diablero". Más tarde supe que ése es un término usado sólo
por los indios de Sonora. Denota a una persona malvada que practica la magia
negra y puede transformarse en animal: en pájaro, perro, coyote o cualquier
otra criatura. En una de mis visitas a Sonora tuve una experiencia peculiar
que ilustraba el sentir de los indios hacia los diableros. Iba yo conduciendo
un auto de noche, en compañía de dos amigos indios, cuando vi a un animal, al
parecer un perro, cruzar la carretera. Uno de mis compañeros dijo que no era un
perro, sino un coyote enorme. Disminuí la velocidad, y me acerqué a la cuneta
para verlo bien. Permaneció unos cuantos segundos más al alcance de los faros y
luego corrió a adentrarse en el chaparral. Era sin duda un coyote, pero del
doble del tamaño ordinario. Hablando excitadamente, mis amigos convinieron en
que era un animal muy fuera de lo común, y uno de ellos indicó que podía
tratarse de un diablero. Decidí relatar aquella experiencia para interrogar a
los indios de aquella zona sobre sus creencias en cuanto a la existencia de los
diableros. Hablé con muchas personas, contando la anécdota y haciendo
preguntas. Las tres conversaciones siguientes indican sus creencias al
respecto.
‑¿Crees que era un coyote, Choy? ‑pregunté a
un joven después de que oyó la historia.
‑Quién sabe. Un perro, de seguro. Demasiado
grande para coyote.
‑¿Crees que pudo ser un diablero?
‑Esos son puros cuentos. Esas cosas no
existen.
‑¿Por qué dices eso, Choy?
‑La gente se imagina cosas. Te apuesto a que
si hubieran cogido al animal habrían visto que era un perro. Una vez tenía yo
que hacer un trabajo en otro pueblo, y me levanté antes del amanecer y ensillé
un caballo. De ida, me encontré en el camino con una sombra oscura que parecía
un animal enorme. Mi caballo se encabritó y me tiró de la silla. Yo también
casi me muero del susto, pero resultó que la sombra era una mujer que iba
caminando al pueblo.
‑¿O sea, Choy, que no crees que existan los
diableros?
‑¡Diableros! ¿Qué es un diablero? ¡Dime qué es
un diablero!
‑No sé, Choy. Manuel iba conmigo esa noche y
dijo que el coyote podría haber sido un diablero. ¿Tú no puedes decirme qué es
un diablero?
‑Dizque un diablero es un brujo que cambia de
forma y toma la que quiere. Pero todo el mundo sabe que eso es puro cuento. Los
viejos de aquí están llenos de historias sobre diableros. No las vas a hallar
entre nosotros los más jóvenes.
‑¿Qué clase de animal piensa usted que fue,
doña Luz? ‑pregunté a una mujer de edad madura.
‑Eso sólo Dios lo sabe, pero creo que no era
un coyote. Hay cosas que parecen coyotes, pero no son. ¿Iba corriendo el
coyote, o estaba comiendo?
‑Estuvo inmóvil casi todo el tiempo, pero creo
que cuando lo vi al principio estaba comiendo algo.
‑¿Está usted seguro de que no llevaba nada en
el hocico?
‑A lo mejor sí. Pero dígame, ¿tendría eso algo
que ver?
‑Sí, si tendría. Si llevaba algo en el hocico,
no era un coyote.
‑¿Qué era entonces?
‑Era un hombre o una mujer.
‑¿Cómo se llaman esas personas, doña Luz?
No respondió. La interrogué un rato más, pero
sin éxito. Finalmente dijo no saber. Le pregunté si aquellas personas se
llamaban diableros, y respondió que "diablero" era uno de los nombres
que se les daban.
‑¿Conoce usted a algún diablero? ‑pregunté.
‑Conocí a una mujer ‑dijo‑. La mataron. Eso
pasó cuando yo era niña. Dizque la mujer se convertía en perra. Y cierta noche
una perra entró en la casa de un blanco a robar queso. El blanco la mató con
una escopeta, y en el mismo instante en que la perra murió en la casa del
blanco, la mujer murió en su choza. Sus parientes se juntaron y fueron al
blanco a exigirle pago. El blanco les pagó buen dinero por haber matado a la
mujer.
‑¿Cómo pudieron exigirle pago si sólo mató un
perro?
‑Dijeron que el blanco sabía que no era perro,
porque había otros hombres con él y todos vieron que el animal se paró en dos
patas, como gente, para alcanzar el queso, que estaba en una bandeja colgada
del techo. Los hombres estaban esperando al ladrón porque todas las noches le
robaban queso al blanco. Así que el blanco mató al ladrón sabiendo que no era
perro.
‑¿Hay muchos diableros en estos días, doña
Luz?
‑Esas cosas son muy secretas. Dicen que ya no
hay diableros, pero yo lo dudo, porque alguien de la familia del diablero
tiene que aprender lo que el diablero sabe. Los diableros tienen sus propias
leyes, y una de ellas es que un diablero debe enseñar sus secretos a algún
pariente suyo.
‑¿Qué cree que era el animal, don Genaro? ‑pregunté
a un hombre muy anciano.
‑Un perro de algún rancho de por ahí. ¿Qué
otra cosa?
‑¡Podría haber sido un diablero!
‑¿Un diablero? ¡Está loco! No hay diableros.
‑¿Quiere usted decir que ya no hay, o que
nunca hubo?
‑En un tiempo sí hubo. Es cosa sabida de
todos, Pero la gente les tenía mucho miedo y los mató.
‑¿Quién los mató, don Genaro?
‑Toda la gente de la tribu. El último diablero
que yo conocí fue S . . . Mató docenas, quizá hasta cientos de personas con su
brujería. No podíamos tolerar eso y la gente se juntó y una noche le cayeron
por sorpresa y lo quemaron vivo.
‑¿Cuándo fue eso, don Genaro?
‑En mil novecientos cuarenta y dos.
‑¿Lo vio usted?
‑No, pero la gente todavía lo comenta. Dicen
que no quedaron cenizas, aunque la estaca era de madera verde. Todo lo que
quedó al final fue un gran charco de grasa.
Aunque don Juan tildaba de diablero a su
benefactor, nunca mencionó el sitio donde había adquirido su saber ni
identificó a su maestro. De hecho, don Juan revelaba muy poco de su vida
personal. Sólo decía que nació en el suroeste en 1891; que había pasado casi
toda su vida en México; que en 1900 su familia fue exiliada por el gobierno a
la parte central del país, junto con miles de otros indios sonorenses, y que él
vivió en el centro y el sur de México hasta 1940, Así, como don Juan había
viajado mucho, su conocimiento podía ser producto de múltiples influencias. Y
aunque se consideraba indio de Sonora, yo no podía tener certeza para catalogar
totalmente su saber en la cultura de los indios sonorenses. Pero no es mi
intención determinar aquí su medio cultural preciso.
En junio de 1961 inicié mi aprendizaje con don
Juan. Anteriormente lo había visto en diversas ocasiones, pero siempre en
calidad de observador antropológico. Durante esas primeras conversaciones, yo
tomaba notas en forma encubierta. Luego, confiando en mi memoria, reconstruía
toda la conversación. Pero cuando empecé a participar como aprendiz, tal método
de tomar notas se dificultó mucho, pues nuestras conversaciones se referían a
muchos temas diferentes. Entonces don Juan me permitió ‑aunque tras de
vigorosa protesta‑ anotar abiertamente cuanto se dijera. También me habría
gustado tomar fotos y hacer grabaciones, pero no quiso permitírmelo.
Serví como aprendiz primero en Arizona y
después en Sonora, porque don Juan se mudó a México durante el curso de mi
preparación. El procedimiento que seguí fue verlo durante unos cuantos días
cada determinado tiempo. Mis visitas se hicieron más frecuentes y más largas
durante los meses de verano de 1961, 1962, 1963 y 1964. En retrospectiva,
pienso que este método de conducir el aprendizaje impidió que la enseñanza
fuera completa, porque retrasó la venida del compromiso pleno indispensable
para convertirme en brujo. Sin embargo, el método fue benéfico desde mi punto
de vista personal, porque me dio un poco de distancia, y eso fomentó a su vez
un sentido de examen crítico que habría sido imposible de lograr si yo hubiera
participado continuamente, sin interrupción. En septiembre de 1965 interrumpí
voluntariamente el aprendizaje.
Varios meses después de mi retirada, medité
por primera vez en la idea de ordenar sistemáticamente mis notas de campo. Como
los datos que había reunido eran bastante voluminosos e incluían mucha
información miscelánea, empecé por tratar de establecer un sistema de
clasificación. Dividí los datos en grupos de conceptos y procedimientos
interrelacionados y dispuse tales grupos en orden jerárquico de importancia
subjetiva, es decir, de acuerdo con el efecto que cada uno había tenido sobre
mí. En esa forma llegué a la siguiente clasificación: usos de plantas
alucinógenas; procedimientos y fórmulas empleados en la brujería; adquisición
y manipulación de objetos de poder; usos de plantas medicinales; canciones y
leyendas.
Reflexionando sobre los fenómenos
experimentados, advertí que mi intento de clasificación no había producido
sino un inventario de categorías; cualquier intento de refinar mi plan no
daría, por tanto, sino un inventario más complejo. Eso no era lo que yo
deseaba. Durante los meses siguientes a mi abandono del aprendizaje, necesité
comprender lo que había experimentado, y lo que había experimentado era la
enseñanza de un sistema coherente de creencias por medio de un método
pragmático y experimental. Desde la primera sesión en que participé, se me
había hecho manifiesto que las enseñanzas de don Juan poseían cohesión
interna. Una vez decidido definitivamente a comunicarme su saber, procedió a
hacer sus explicaciones por pasos ordenados. Descubrir ese orden y
comprenderlo resultó para mí una tarea en extremo difícil.
Mi incapacidad de lograr una comprensión parece haber
nacido del hecho de que, tras cuatro años como aprendiz, seguía siendo un
principiante. Resultaba claro que el conocimiento de don Juan y su método de
trasmitirlo eran los de su benefactor; así, mis dificultades para comprender
sus enseñanzas debieron de ser análogas a las que él mismo experimentó. Don
Juan aludía a nuestra similitud como principiantes en comentarios incidentales
sobre la incapacidad de comprender a su maestro durante su propio aprendizaje.
Tales observaciones me llevaron a creer que para cualquier principiante, indio
o no, el conocimiento de la brujería se hacía incomprensible por las
características extranjeras de los fenómenos que el aprendiz experimentaba. Personalmente, como occidental, dichas
características me resultaron tan ajenas que me fue prácticamente imposible
explicarlas según mi propia vida cotidiana, y me vi forzado a concluir que
sería inútil cualquier intento de clasificar mis datos de campo en mis propios
términos.
Así se hizo obvio que el saber de don Juan
debía ser examinado como él mismo lo comprendía; sólo en esos términos podría
manifestarse en forma convincente. Sin embargo, al tratar de reconciliar mis
puntos de vista con los de don Juan advertí que, cuando trataba de explicarme
su saber, usaba siempre conceptos que lo hicieran "inteligible". Como
esos conceptos eran ajenos a mí, tratar de comprender los conocimientos de don
Juan como él los comprendía me colocaba en otra posición insostenible. Por
tanto, mi primera tarea era determinar el orden de conceptualización empleado
por don Juan. Trabajando en ese sentido, vi que él mismo había hecho hincapié
particular en cierto terreno de sus enseñanzas: específicamente, los usos de
plantas alucinógenas. Sobre la base de este descubrimiento, revisé mi propio
esquema de categorías.
Don Juan usó, por separado y en distintas
ocasiones, tres plantas alucinógenas: peyote (Lophophora williamsii),
toloache (Datura inoxia syn. D. meteloicles) y un hongo (posiblemente Psilocybe
mexicana). Desde antes de su contacto con europeos, los indios americanos
conocían las propiedades alucinógenas de estas tres plantas. A causa de sus
propiedades, han sido muy usadas por placer, para curar, en la brujería, y para
alcanzar un estado de éxtasis. En el contexto específico de sus enseñanzas, don
Juan relacionaba el uso de la Datura inoxia y la Psilocybe mexicana
con la adquisición de poder, un poder que él llamaba un "aliado".
Relacionaba el uso de la Lophophora williamsii con la adquisición de
sabiduría, o conocimiento de la buena manera de vivir.
La importancia de las plantas consistía, para
don Juan, en su capacidad de producir etapas de percepción peculiar en un ser
humano. Así, me guió al experimentar una serie de tales etapas con el propósito
de exponer y validar su conocimiento. Las he llamado "estados de realidad
no ordinaria", en el sentido de realidad inusitada contrapuesta a la
realidad ordinaria de la vida cotidiana. La distinción se basa en el
significado inherente a los estados de realidad no ordinaria. En el contexto
del saber de don Juan se consideraban reales, aunque su realidad se
diferenciaba de la realidad ordinaria.
Don Juan consideraba los estados de realidad
no ordinaria como única forma de aprendizaje pragmático y único medio de
adquirir el poder. Daba la impresión de que otras partes de sus enseñanzas eran
incidentales a la adquisición de poder. Este punto de vista permeaba la actitud
de don Juan hacia todo lo que no estaba conectado directamente con los estados
de realidad no ordinaria. A través de mis notas de campo hay referencias
dispersas al sentir de don Juan. Por ejemplo, en una conversación insinuó que
algunos objetos poseen en sí mismos cierta cantidad de poder. Aunque él en lo
particular no tenía ninguna respeto por los objetos de poder, decía que los brujos
menores a menudo se valían de ellos. Le pregunté frecuentemente sobre esos
objetos, pero pareció no tener interés en discutirlos. Sin embargo, cuando el
tema se trajo a colación. en otra oportunidad, consintió, con renuencia en
hablar de ellos.
‑Hay ciertos objetos empapados de poder ‑dijo‑.
Hay cantidades de objetos así cultivados por hombres poderosos con ayuda de
espíritus amigos. Estos objetos son herramientas; no son herramientas comunes,
sino herramientas de muerte. Pero no son más que objetos; no tienen poder de
enseñar. Hablando con propiedad, están en el terreno de los objetos de guerra;
están hechos para la lucha; están hechos para matar, cuando se los arroja.
‑¿Qué clase de objetos son, don Juan?
‑No son en realidad objetos; más bien son
modos de poder.
‑¿Cómo puede uno obtener esos modos de poder,
don Juan?
‑Depende de la clase de objeto que quieras.
‑¿Cuántas clases de objetos hay?
‑Ya te dije, docenas. Cualquier cosa puede ser
un objeto de poder.
‑Bueno, entonces, ¿cuáles son los más poderosos?
‑El poder de un objeto depende de su dueño, de
la clase de hombre que sea. Un objeto de poder cultivado por uno de esos brujos
de mala muerte es una idiotez; en cambio, un brujo fuerte y poderoso da su
fuerza a sus herramientas.
‑¿Cuáles son entonces los objetos de poder más
comunes? ¿Cuáles prefieren la mayoría de los brujos?
‑No hay preferencias. Todos son objetos de
poder, todos son lo mismo,
‑¿Usted tiene alguno, don Juan?
No respondió; sólo me miró y se echó a reír.
Permaneció callado largo rato, y pensé que mis preguntas lo molestaban.
‑Hay limites para esos modos de poder ‑prosiguió‑.
Pero de esto yo tengo la seguridad que no entiendes ni una palabra. A mi me ha
llevado casi una vida entender que, por sí solo, un aliado puede revelar todos
los secretos de esos poderes menores y volverlos cosa de niños. Yo tuve
herramientas así en un tiempo, cuando era muy joven.
‑¿Qué objetos de poder tenía usted?
‑Maíz pinto, cristales y plumas.
‑¿Qué es el maíz pinto, don Juan?
‑Un grano de maíz que tiene una raya de color
rojo en la mitad.
‑¿Es un solo grano?
‑No. Un brujo tiene cuarenta y ocho.
‑¿Qué hacen esos granos de maíz, don, Juan?
‑Cada uno puede matar a un hombre entrando en
su cuerpo.
‑¿Y cómo entra en el cuerpo?
‑Es un objeto de poder y su poder consiste,
entre otras cosas, en entrar en el cuerpo.
‑¿Y qué hace cuando entra?
‑Se hunde; se acomoda en el pecho o en los
intestinos. El hombre se enferma y, a menos que el brujo que lo atienda sea
más fuerte que el que le hizo la brujería, muere tres meses después del momento
en que el grano de maíz le entró en el cuerpo.
‑¿Hay alguna manera de curarlo?
‑El único modo es sacándole el maicito, pero
muy pocos brujos se atreven a hacerlo. Puede que un brujo logre chuparlo, pero
si no es lo bastante fuerte para rechazarlo, el maíz se le mete en el propio
cuerpo y lo mata en lugar del otro.
‑Pero ¿cómo logra un grano de maíz entrar en
el cuerpo de alguien?
‑Para explicar eso debo hablarte de la
brujería del maíz pinto, que es una de las brujerías más poderosas que conozco.
La brujería se hace con dos maicitos. A uno se lo esconde en el botón fresco
de una flor amarilla. Luego, a la flor se la deja en algún lugar donde pueda
quedar en contacto con la víctima: en el camino por donde él pase a diario, o en
cualquier parte donde acostumbre llegar. Apenas la víctima pisa la flor, o la
toca de cualquier manera, la brujería está hecha. El maicito pinto se hunde en
su cuerpo.
‑¿Qué pasa con el grano de maíz después de que
el hombre lo toca?
‑Todo su poder entra en el hombre, y el grano
queda libre. Se convierte en un maíz cualquiera. Puede dejarse en el sitio de
la brujería, o puede barrerse; no importa. Es mejor barrerlo y echarlo al
matorral para que algún pájaro se lo coma.
‑¿Puede comérselo un pájaro antes de que el
hombre lo toque?
‑No. Ningún pájaro es tan estúpido, te lo aseguro.
Los pájaros no se le acercan.
Don Juan describió entonces un procedimiento
muy complejo por medio del cual pueden obtenerse tales maíces de poder,
‑Debes tener en cuenta que el maíz pinto es un
simple instrumento, no un aliado ‑dijo‑. Cuando hayas hecho esa distinción no
tendrás problema. Pero si consideras que esas herramientas son supremas, serás
un tonto.
‑¿Son los objetos de poder tan poderosos como
un aliado? ‑pregunté.
Don Juan rió desdeñoso antes de contestar.
Parecía estar esforzándose por tenerme paciencia.
‑El maíz pinto, los cristales y las plumas son
simples juguetes en comparación con un aliado ‑dijo‑. Un hombre necesita
objetos de poder sólo cuando no tiene un aliado. Buscarlos es perder el tiempo,
sobre todo para ti. Tú deberías tratar de ganarte un aliado; cuando lo logres
comprenderás lo que te estoy diciendo ahora. Los objetos de poder son como
juego de niños.
‑No me entienda mal, don Juan ‑protesté‑. Por
supuesto que quiero tener un aliado, pero también quiero saber todo lo que
pueda acerca de los objetos de poder. Usted mismo ha dicho que saber es poder,
‑¡No! ‑dijo categórico‑. El poder depende de
la clase de saber que se tenga. ¿De qué sirve saber cosas que no valen la
pena?
En el sistema de creencias de don Juan, la
adquisición de un aliado significaba exclusivamente la explotación de los
estados de realidad no ordinaria que produjo en mí usando plantas alucinógenas.
Creía que enfocando dichos estados y omitiendo otros aspectos del saber que él
impartía, yo llegaría a una visión coherente de los fenómenos experimentados.
Por tanto, he dividido este libro en dos
partes. En la primera, presento selecciones de mis notas de campo, relativas a
los estados de realidad no ordinaria que atravesé durante el aprendizaje. Como
he ordenado mis notas de acuerdo con la continuidad del relato, no siempre
tienen una secuencia cronológica exacta. Nunca describí por escrito un estado
de realidad no ordinaria hasta varios días después de haberlo experimentado,
cuando ya podía tratarlo con calma y objetividad. En cambio, mis
conversaciones con don Juan fueron anotadas conforme ocurrían, inmediatamente
después de cada estado de realidad no ordinaria. Por ello, mis informes de estas
conversaciones tienen a veces fecha anterior a la descripción completa de una
experiencia.
Mis notas de campo revelan la versión
subjetiva de lo que yo percibía al atravesar la experiencia. Esa versión se
presenta aquí tal como la narraba a don Juan, quien exigía una reminiscencia
completa y fiel de cada detalle y un recuento en pleno de cada experiencia. Al
anotar dichas experiencias, añadí detalles incidentales, en un intento por
recuperar el ámbito total de cada estado de realidad no ordinaria. Quería
describir en la forma más completa posible el efecto emotivo que había
experimentado.
Mis notas de campo manifiestan asimismo el
contenido del sistema de creencias de don Juan. He condensado largas páginas de
preguntas y respuestas entre don Juan y yo, con el fin de no reproducir la
repetitividad propia de toda conversación. Pero como también quiero reflejar
con exactitud el tono general de nuestras conversaciones, he quitado
únicamente el diálogo que no aportó nada a mi comprensión de los conocimientos
que don Juan me impartía. La información que él me daba era siempre
esporádica, y por cada arranque de parte suya había horas de sondeo por la mía.
Sin embargo, en muchas ocasiones expuso libremente sus conocimientos.
En la segunda parte de este libro, presento un
análisis estructural sacado exclusivamente de los datos ofrecidos en la primera
parte. A través de mi análisis intento cimentar los siguientes argumentos: 1)
don Juan presentaba sus enseñanzas como un sistema de pensamiento lógico; 2)
el sistema sólo tenía sentido examinado a la luz de sus propias unidades
estructurales, y 3) el sistema estaba planeado para guiar al aprendiz a
un nivel de conceptualización que explicaba el orden de los fenómenos que
había experimentado el mismo aprendiz.
PRIMERA PARTE
“LAS ENSEÑANZAS”
I
LAS NOTAS sobre mi primera sesión con don Juan
están fechadas el 23 de junio de 1961, En esa ocasión principiaron las
enseñanzas. Yo había visto a don Juan varias veces antes, únicamente en calidad
de observador. En cada oportunidad le había pedido instruirme sobre el peyote.
Siempre hacia caso omiso de mi petición, pero jamás rechazaba de plano el tema
y yo interpretaba sus titubeos como una posibilidad de que, rogándole más,
podría inclinarse a hablar de sus conocimientos.
En esta sesión inicial me dio a entender
claramente que podría tener en cuenta mi petición siempre y cuando yo poseyera
claridad de mente y propósito ‑con respecto a lo que le había preguntado. Me
era imposible cumplir tal condición, pues yo sólo le había pedido enseñanza
sobre el peyote como medio de establecer con él un lazo de comunicación. Pensé
que su familiaridad con el tema podía predisponerlo a estar más abierto y más
dispuesto a hablar, permitiéndome así el ingreso en su conocimiento de las
propiedades de las plantas. Sin embargo, él había tomado mi petición en sentido
literal, y le preocupaba mi propósito de desear aprender sobre el peyote.
Viernes, 23 de junio, 1961
‑¿Me va usted a enseñar, don Juan?
‑¿Por qué quieres emprender un aprendizaje
así?
‑Quiero, de veras que me enseñe usted lo que
se hace con el peyote. ¿No es buena razón nada más que querer saber?
‑¡No! Debes buscar en tu corazón y descubrir
por qué un joven como tú quiere emprender tamaña tarea de aprendizaje.
‑¿Por qué aprendió usted, don Juan?
‑¿Por qué preguntas eso?
‑Quizá los dos tenemos las mismas razones,
‑Lo dudo. Yo soy indio. No andamos por los
mismos caminos.
‑Mi única razón es que quiero aprender,
sólo por saber. Pero le aseguro, don Juan, que mis intenciones no son malas.
‑Te creo. Te he fumado.
‑¿Cómo dice?
‑No importa ya. Conozco tus intenciones.
‑¿Quiere usted decir que vio a través de mí?
‑Puedes decirlo así.
‑¿Entonces me enseñará?
‑¡No!
‑¿Porque no soy indio?
‑No. Porque no conoces tu corazón. Lo importante
es que sepas exactamente por qué quieres comprometerte. Aprender los asuntos
del "Mescalito" es un acto de lo más serio. Si fueras indio, tu solo
deseo seria suficiente. Muy pocos indios tienen ese deseo.
Domingo, 25 de junio, 1961
Me quedé con don Juan toda la tarde del
viernes. Iba a marcharme a eso de las 7 p.m. Estábamos sentados en el zaguán de
su casa y yo resolví preguntarle una vez más acerca de la enseñanza. Era casi
una pregunta de rutina y esperaba que él volviese a negarse. Le pregunté si
había alguna forma de aceptar mi solo deseo de saber, como si yo fuera indio.
Tardó un rato largo en responder. Me sentí obligado a quedarme, porque don Juan
parecía estar tratando de decidir algo.
Finalmente me dijo que había una forma, y
procedió a delinear un problema. Señaló que yo estaba muy cansado sentado en el
suelo, y que lo adecuado era hallar un "sitio" en el suelo donde
pudiera sentarme sin fatiga. Yo tenía las rodillas contra el pecho y los brazos
enlazados en torno a las pantorrillas. Cuando don Juan dijo que yo estaba
cansado, advertí que me dolía la espalda y me hallaba casi exhausto.
Esperé su explicación con respecto a lo de un
"sitio", pero don Juan no hizo ningún intento abierto de aclarar el
punto. Pensé que acaso quería indicarme cambiar de posición, de modo que me
levanté y fui a sentarme más cerca de él. Don Juan protestó por mi movimiento y
recalcó claramente que un sitio significaba un lugar donde uno podía sentirse
feliz y fuerte de manera natural. Palmeó el lugar donde se hallaba sentado y
dijo que ése era su sitio, añadiendo que me había puesto una adivinanza: yo
debía resolverla solo y sin más deliberación.
Lo que él había planteado como un problema que
ha de ser resuelto era ciertamente una adivinanza. Yo no tenía idea de cómo
empezar, ni idea de lo que él tenía en mente. Varias veces pedí una pista, o al
menos un indicio, sobre cómo proceder a la localización de un punto donde me
sintiera feliz y fuerte. Insistí y argumenté que no tenía la menor idea de qué
quería decir él en realidad, porque no me era posible concebir el problema. El
me sugirió caminar por el zaguán, hasta hallar el sitio.
Me levanté y empecé a recorrer el suelo. Me
sentí ridículo y fui a sentarme frente a don Juan.
El se enojó mucho conmigo y me acusó de no
escuchar, diciendo que acaso no quisiera aprender. Tras un rato se calmó y me
explicó que no cualquier lugar era bueno para sentarse o para estar en él, y
que dentro de los confines del zaguán había un único sitio donde yo podía estar
en las mejores condiciones. Mi tarea consistía en distinguirlo entre todos los
demás lugares. La norma general era "sentir" todos los sitios
posibles a mi alcance hasta determinar sin lugar a dudas cuál era el sitio
correspondiente.
.Argüí que, si bien el zaguán no era demasiado
grande (3.5 X 2.5 metros), el número de sitios posibles era avasallador, que
requeriría un tiempo muy largo para probarlos todos y que como él no
especificaba el tamaño del sitio, las posibilidades podían ser infinitas. Mis
argumentos resultaron fútiles. Don Juan se puso en pie y, con mucha severidad,
me advirtió que resolver el problema tal vez requiriera días, pero de no
resolverlo daba igual que me marchara, porque él no tendría nada que decirme.
Recalcó que él sabía dónde era mi sitio, y que por tanto yo no podría mentirle;
dijo que sólo en esta forma le sería posible aceptar como razón válida mi deseo
de aprender los asuntos del Mescalito. Añadió que nada en este mundo era un
regalo: todo cuanto hubiera que aprender debía aprenderse por el camino
difícil.
Dio vuelta a la casa para ir a orinar en el
chaparral. De regreso entró directamente en su casa por la parte trasera.
Pensé que la misión de hallar el supuesto
sitio de felicidad era su propio modo de deshacerse de mí, pero me levanté y
empecé a pasear de un lado a otro. El cielo estaba claro. Podía ver cuanto
había en el zaguán y sus inmediaciones. Debí de caminar una hora o más, pero
no ocurrió nada que revelase la ubicación del sitio. Me cansé de andar y tomé
asiento; tras unos cuantos minutos me senté en otro lugar, y luego en otro,
hasta cubrir todo el piso en forma semisistemática. Deliberadamente procuraba
"sentir" diferencias entre lugares, pero carecía de criterio para la
diferenciación. Sentí que estaba perdiendo el tiempo, pero me quedé. Mi
racionalización fue que había venido de lejos sólo para ver a don Juan, y en
realidad no tenía otra cosa que hacer.
Me acosté de espaldas y puse las manos bajo la
cabeza a manera de almohada. Luego rodé y permanecí un rato sobre mi estómago. Repetí
este proceso rodando por todo el piso. Por primera vez me pareció haber
tropezado con un vago criterio. Sentía más calor acostado de espaldas.
Rodé nuevamente, ahora en dirección contraria,
y otra vez cubrí el largo del piso, yaciendo boca abajo en los sitios donde
estuve boca arriba en mi primera gira rodante. Experimenté las mismas
sensaciones de tibieza y frío según la postura, pero no diferencia entre los
sitios.
Entonces se me ocurrió una idea que creí
brillante: ¡el sitio de don Juan! Me senté allí y luego me acosté, boca abajo
al principio y después de espaldas, pero el lugar era igual a los otros. Me
levanté. Estaba harto. Quería despedirme de don Juan, pero no me atrevía a
despertarlo. Miré mi reloj. ¡Eran las 2 de la mañana! Había estado rodando
durante seis horas.
En ese momento don Juan salió y rodeó la casa
para ir al chaparral. Regresó y se detuvo junto a la puerta. Me sentía
completamente abatido, y quise decirle algo desagradable y marcharme. Pero me
di cuenta de que no era culpa suya; yo mismo había querido prestarme a todas
esas tonterías. Le declaré mi fracaso: llevaba toda la noche rodando en el
suelo, como un idiota y aún no podía hallar pies ni cabeza a la adivinanza.
Don Juan rió y dijo que eso no lo sorprendía,
porque yo no había procedido, correctamente. No había usado los ojos. Eso era
cierto, pero yo estaba muy seguro de que él me había indicado sentir la
diferencia. Señalé esto, y él arguyó que es posible sentir con los ojos,
cuando no están mirando de lleno las cosas. En mi propio caso, dijo, no tenía
yo otro medio de resolver el problema que usar cuanto tenia: mis ojos.
Entró en la casa. Tuve la certeza de que me
había observado. No tenía, pensé, otra forma de saber que yo no había estado
usando los ojos.
Empecé a rodar de nuevo, porque ése era el
procedimiento más cómodo. Esta vez, sin embargo, apoyé la barbilla en las
manos y miré cada detalle.
Tras un intervalo cambió la oscuridad en torno
mío. Mientras enfocaba el punto directamente frente a mí, toda la zona periférica
de mi campo de visión adquirió una coloración brillante, un amarillo verdoso
homogéneo. El efecto fue pasmoso. Mantuve los ojos fijos en el punto frente a
mí y empecé a reptar de lado, boca abajo, trecho por trecho.
De pronto, en un punto cercano a la mitad del
piso, advertí otro cambio de color. En un sitio, a mi derecha, aún en la
periferia de mi campo de visión, el amarillo verdoso se hacía intensamente
púrpura. Concentré allí la atención. El púrpura se desvaneció en un color
pálido, pero brillante todavía, que permaneció estable mientras detuve en él mi
atención.
Marqué el sitio con mi chaqueta y llamé a don
Juan. Salió al zaguán. Yo estaba realmente excitado; había visto claramente el
cambio de matices. Don Juan no pareció impresionarse, pero me indicó sentarme
en el sitio e informarle de qué clase de sensación era aquélla.
Tomé asiento y luego me tendí de espaldas. En
pie junto a mí, don Juan preguntó repetidamente cómo me sentía, pero yo no
experimenté nada diferente. Durante unos quince minutos traté de sentir o ver
una diferencia, mientras don Juan aguardaba paciente junto a mí. Me sentí
fastidiado. Tenía un sabor metálico en la boca. De un momento a otro me dolía
la cabeza. Estaba a punto de vomitar. La idea de mis esfuerzos absurdos me irritaba
hasta la furia. Me levanté.
Don Juan debió notar mi profunda amargura. No
rió: dijo con mucha seriedad que, si quería yo aprender, debía ser inflexible
conmigo mismo. Sólo una opción me estaba abierta, dijo: renunciar y marcharme,
caso en el cual jamás aprendería, o resolver la adivinanza.
Entró de nuevo. Yo quería irme en el acto,
pero me hallaba demasiado cansado para conducir; además, el percibir los
colores había sido tan asombroso que yo no vacilaba en considerar aquello como
un criterio de algún tipo, y acaso pudieran percibirse otros cambios.
De cualquier modo, era demasiado tarde para
irme. Me senté, estiré las piernas hacia atrás y volvía comenzar desde el
principio.
Durante esta ronda atravesé rápidamente cada
lugar, pasando por el sitio de don Juan, hasta el final del piso, y luego viré
para cubrir el lado exterior. Al llegar al centro advertí que otro cambio de
coloración estaba ocurriendo de nuevo en el borde de mi campo de visión. El
color verdoso pálido percibido en toda el área se convertía, en cierto sitio a
mi derecha, en un verdigrís nítido. Permaneció un momento y luego se
metamorfoseó súbitamente en otro matiz fijo, distinto del que yo había
percibido antes. Me quité un zapato para marcar el punto, y seguí rodando hasta
cubrir el suelo en todas las direcciones posibles. No hubo ningún otro cambio
de coloración.
Volví al punto indicado por mi zapato y lo
examiné. Quedaba a metro y medio o poco más del sitio indicado por mi chaqueta,
aproximadamente en dirección sureste. Había una piedra grande junto a él.
Estuve tendido allí un buen rato, tratando de descubrir pistas, observando cada
detalle, pero no sentí nada diferente.
Decidí probar el otro sitio. Rápidamente giré
sobre mis rodillas, y estaba a punto de acostarme en la chaqueta cuando sentí
una aprensión insólita. Era más bien como la sensación física de que algo
empujaba mi estómago. Me levanté de un salto, retrocediendo con el mismo
impulso. El cabello de mi nuca se erizó. Mis piernas se habían arqueado
ligeramente, mi tronco estaba echado hacia adelante y mis brazos se proyectaban
rígidamente frente a mí, con los dedos contraídos como garras. Advertí la
extraña postura, y mi sobresalto aumentó.
Retrocediendo involuntariamente, tomé asiento
en la piedra junto a mi zapato. De allí me dejé resbalar al suelo. Intenté
aclarar qué cosa había podido ocurrir para producirme tal susto. Pensé que
debía haber sido mi fatiga. Ya casi era de día, Me sentí ridículo y confuso.
Sin embargo, no tenía modo de explicar qué cosa me asustó, ni había descubierto
lo que deseaba don Juan.
Resolví hacer un último intento. Me levanté,
me acerqué despacio al lugar marcado por mi chaqueta, y de nuevo sentí la misma
aprensión. Esta vez hice un vigoroso esfuerzo por dominarme. Tomé asiento y
luego me arrodillé para tenderme boca abajo, pero no pude acostarme pese a mi
voluntad. Puse las manos en el suelo. Mi aliento se aceleró; se me revolvió el
estómago. Tuve una clara sensación de pánico y luché por no salir corriendo,
Pensé que tal vez don Juan me vigilaba. Lentamente repté de regreso al otro
sitio y apoyé la espalda contra la piedra. Quería descansar un rato para poner
en orden mis ideas, pero me quedé dormido.
Oí a don Juan hablar y reír por encima de mi
cabeza. Desperté.
‑Hallaste el sitio ‑dijo.
Al principio no entendí, pero él me aseguró de
nuevo que el lugar donde me había quedado dormido era el sitio en cuestión. Una
vez más preguntó qué sentía allí tendido. Le dije que en realidad no advertía
ninguna diferencia.
Me pidió comparar mis sensaciones en aquel
momento con lo que había sentido al yacer en el otro sitio. Por vez primera se
me ocurrió conscientemente que me era imposible explicar mi aprensión de la
noche anterior, Don Juan me instó, con una especie de actitud de reto, a
sentarme en el otro sitio.
Por algún motivo inexplicable, yo tenía miedo
a ese lugar, y no me senté en él. Don Juan aseveró que sólo un tonto podía
dejar de ver la diferencia.
Le pregunté si cada uno de los dos lugares
tenía un nombre especial. Dijo que el bueno se llamaba el sitio y el malo el
enemigo; dijo que estos dos lugares eran la clave del bienestar de un hombre,
especialmente si buscaba conocimiento. El mero acto de sentarse en el sitio
propio creaba fuerza superior; en cambio, el enemigo debilitaba e incluso podía
causar la muerte. Dijo que yo había repuesto mi energía, dispendiada la noche
anterior, echando una siesta en mi sitio.
También dijo que los colores percibidos por mí en
asociación con cada sitio específico tenían el mismo efecto general de dar
fuerza o de reducirla.
Le pregunté si existían para mí otros sitios como
los dos que había hallado y cómo debería hacer para localizarlos. Dijo que muchos lugares en el mundo serían
comparables a esos dos, y que la mejor manera de hallarlos era determinar sus
colores respectivos.
Yo no sabía a ciencia cierta si había resuelto
el problema o no; de hecho, ni siquiera me hallaba convencido de que hubiese
habido algún problema; no podía dejar de sentir que la experiencia era
totalmente forzada y arbitraria. Estaba seguro de que don Juan me había
observado toda la noche para luego seguirme la corriente diciendo que el sitio
donde me quedara dormido era el buscado. Sin embargo, no veía yo motivo
lógico de tal acción, y cuando me retó a sentarme en el otro sitio no pude hacerlo.
Había una extraña separación entre mi experiencia pragmática de temer al
"otro sitio" y mis consideraciones racionales sobre todo el episodio.
Don Juan, en cambio, se hallaba muy seguro de
que yo había triunfado y, actuando en concordancia con mi éxito, me hizo saber
que iba a instruirme con respecto al peyote.
‑Me pediste que te enseñara los asuntos del
Mescalito ‑dijo‑. Yo quería ver si tenías espinazo como para conocerlo cara a
cara. Mescalito no es chiste. Debes ser dueño de tus recursos. Ahora sé que
puedo aceptar tu solo deseo como una buena razón para aprender.
‑¿De veras va usted a enseñarme los asuntos
del peyote?
‑Prefiero llamarlo Mescalito. Haz tú lo mismo.
‑¿Cuándo va usted a empezar?
‑No es tan sencillo. Primero debes estar
listo,
‑Creo que estoy listo.
‑Esto no es un chiste. Debes esperar hasta que
no haya duda, y entonces lo conocerás.
‑¿Tengo qué prepararme?
‑No. Nada más tienes que esperar. A lo mejor
te olvidas de todo el asunto después de un tiempo. Te cansas rápidamente. Anoche
estabas a punto de irte a tu casa apenas se te puso difícil. Mescalito pide una
intención muy seria.
II
Lunes, 7 de agosto, 1961
Llegué a la casa de don Juan en Arizona la
noche del viernes, a eso de las siete. Otros cinco indios estaban sentados con
él en el zaguán de su casa. Lo saludé y tomé asiento esperando que alguien
dijera algo. Tras un silencio formal, uno de los hombres se levantó, vino a mí
y dijo: "Buenas noches." Me levanté y respondí: "Buenas
noches". Entonces todos los otros se pusieron de pie y se acercaron y
todos murmuramos "buenas noches" y nos dimos la mano, tocando apenas
las puntas de los dedos del otro o bien sosteniendo la mano un instante y
luego dejándola caer con brusquedad.
Todos nos sentamos de nuevo. Parecían algo tímidos:
sin saber qué decir, aunque todos hablaban español.
Como a las siete y media, todos se levantaron
de repente y fueron hacia la parte trasera de la casa. Nadie había pronunciado
palabra en largo rato. Don Juan me hizo seña de seguirlos y todos subimos en
una camioneta de carga estacionada allí. Yo iba en la parte trasera, con don
Juan y dos hombres más jóvenes. No había cojines ni bancas y el piso de metal
resultó dolorosamente duro, sobre todo cuando dejamos la carretera y nos
metimos por un camino de tierra. Don Juan susurró que íbamos a la casa de un
amigo suyo, quien tenía siete mescalitos para mí.
‑¿Usted no tiene, don Juan? ‑le pregunté.
‑sí, pero no te los puedo ofrecer. Verás: otra
gente tiene que hacerlo.
‑¿Puede usted decirme por qué?
‑A lo mejor "él" no te ve con agrado
y no le caes bien, y entonces nunca podrás conocerlo con afecto, como debe ser,
y nuestra amistad quedará rota.
‑¿Por qué no iba yo a caerle bien? Nunca le he
hecho nada.
‑No tienes que hacer nada para caer
bien o mal. O te acepta o te tira de lado.
‑Pero si no me acepta, ¿hay algo que pueda yo
hacer para caerle bien?
Los otros dos hombres parecieron haber oído mi
pregunta y rieron.
‑¡No! No se me ocurre nada que pueda uno hacer
‑dijo don Juan.
Volvió la cara a un lado y ya no pude
hablarle.
Debimos haber viajado al menos una hora antes
de detenernos frente a una casa pequeña. Estaba bastante oscuro, y una vez que
el conductor hubo apagado los faros, yo apenas discernía el contorno vago del
edificio.
Un mujer joven, mexicana a juzgar por la
inflexión de su voz, le gritaba a un perro para hacerlo cesar sus ladridos.
Bajamos de la camioneta y entramos en la casa. Los hombres murmuraban
"buenas noches" al pasar junto a la mujer. Ella respondía y
continuaba gritándole al perro.
La habitación era amplia y contenía pilas de
objetos diversos. La luz opaca de un foco eléctrico muy pequeño hacia la
escena bastante lóbrega. Reclinadas contra la pared había varias sillas con
patas rotas y asientos hundidos. Tres de los hombres se instalaron en un sofá,
el mueble más grande del aposento. Era muy viejo y se había vencido hasta el
piso; a la luz indistinta, parecía rojo y sucio. Los demás ocupamos sillas.
Estuvimos largo rato sentados en silencio.
De pronto, uno de los hombres se levantó y fue
a otro cuarto. Tendría cincuenta y tantos años; era moreno, alto y fornido.
Regresó al momento con un frasco de café. Quitó la tapa y me lo dio; dentro
había siete cosas de aspecto raro. Variaban en tamaño y consistencia. Algunas
eran casi redondas, otras alargadas. Se sentían al tacto como la pulpa de la
castaña o la superficie del corcho. Su color pardusco las hacia semejar
cáscaras de nuez duras y secas. Las manipulé, frotándolas durante un buen
rato.
‑Esto se masca ‑dijo don Juan en un susurro.
Sólo cuando habló me di cuenta de que se había
sentado junto a mí. Miré a los otros hombres, pero ninguno me miraba; estaban
hablando entre sí en voz muy baja. Fue un momento de indecisión y temor agudos.
Me sentí casi incapaz de dominarme,
‑Tengo que ir al retrete ‑le dije‑. Voy afuera
a dar una vuelta.
Don Juan me entregó el frasco de café y yo
puse dentro los botones de peyote. Iba a salir de la habitación cuando el
hombre que me había dado el frasco se levantó, se me acercó y dijo que tenía un
excusado en el otro cuarto.
El excusado estaba casi contra la puerta.
Junto a ésta, casi tocándolo, había una cama grande que llenaba más de la mitad
del aposento. La mujer estaba durmiendo allí. Permanecí un rato inmóvil junto a
la puerta; luego regresé a la habitación donde estaban los otros hombres.
El dueño de la casa me habló en inglés:
‑Don Juan dice que usted es de Sudamérica.
¿Hay mescal allí?
Le dije que nunca había oído siquiera hablar
de él.
Parecían interesados en Sudamérica y hablamos
de los indios durante un rato. Luego, uno de los hombres me preguntó por qué
quería comer peyote. Le dije que quería saber cómo era. Todos rieron con
timidez.
Don Juan me urgió suavemente:
‑Masca, masca.
Mis manos se hallaban húmedas y mi estómago se
contraía. El frasco con los botones de peyote estaba en el piso junto a la
silla. Me agaché, tomé al azar un botón y lo puse en mi boca. Tenía un sabor
rancio. Lo partí en dos con los dientes y empecé a mascar uno de los trozo.
Sentí un amargor fuerte, acerbo; en un momento toda mi boca quedó adormecida.
El amargor crecía conforme yo mascaba, provocando un increíble fluir de saliva.
Sentía las encías y el interior de la boca como si hubiera comido carne o
pescado salados y secos, que parecen forzar a masticar más. Tras un rato masqué
el otro pedazo; mi boca estaba tan entumecida que ya no pude sentir el amargor.
El botón de peyote era un haz de hebras, como la parte fibrosa de una naranja o
como caña de azúcar, y yo no sabía si tragarlo o escupirlo. En ese momento, el
dueño de la casa se puso en pie e invitó a todos a salir al zaguán.
Salimos y nos sentamos en la oscuridad. Afuera
se estaba bastante cómodo, y el anfitrión sacó una botella de tequila.
Los hombres se hallaban sentados en fila con la
espalda contra la pared. Yo ocupaba el extremo derecho de la línea. Don Juan,
instalado junto a mí, puso entre mis piernas el frasco con los botones de
peyote. Luego me pasó la botella, que circulaba a lo largo de la línea, y me
dijo que tomara algo de tequila para quitarme el sabor amargo.
Escupí las hebras del primer botón y tomé un
sorbo. Me dijo que no lo tragara, que sólo me enjuagara la boca para detener la
saliva. No sirvió de gran cosa para la saliva, pero sí ayudó a disipar un poco
el sabor amargo.
Don Juan me dio un trozo de albaricoque seco,
o quizá era un higo seco ‑no podía verlo en la oscuridad, ni percibir el sabor‑
y me dijo que lo mascara detenida y lentamente, sin prisas. Tuve dificultad
para tragarlo; parecía que no quisiera bajar.
Tras una pausa corta la botella dio otra
vuelta. Don Juan me entregó un pedazo de carne seca, quebradiza. Le dije que no
tenía ganas de comer.
‑Esto no es comer ‑dijo con firmeza.
El ciclo se repitió seis veces. Recuerdo que
había mascado seis botones de peyote cuando la conversación se puso muy
animada; aunque yo no lograba distinguir qué idioma se estaba hablando, el tema
de la conversación, en la que todo mundo participaba, era muy interesante, y
procuré escuchar con cuidado para poder intervenir. Pero al hacer el intento de
hablar me di cuenta de que no podía; las palabras se desplazaban sin objeto en
mi mente.
Reclinando la espalda contra la pared, escuché
lo que decían los hombres. Hablaban en italiano y repetían continuamente una
frase sobre la estupidez de los tiburones. El tema me pareció lógico y
coherente. Yo había dicho antes a don Juan que los primeros españoles llamaron
al río Colorado, en Arizona, "el río de los tizones", y alguien
escribió o leyó mal "tizones" y el río se llamó "de los tiburones".
Me hallaba seguro de que discutían esa anécdota, pero nunca se me ocurrió
pensar que ninguno de ellos sabía italiano.
Tenía un deseo muy fuerte de vomitar, pero no
recuerdo el acto en sí. Pregunté si alguien me traería un vaso de agua.
Experimenté una sed insoportable.
Don Juan trajo una cacerola grande. La puso en
el suelo junto a la pared. También trajo una taza o lata pequeña. La llenó en
la cacerola y me la dio, y dijo que yo no podía beber: sólo debía refrescarme
la boca.
El agua parecía extrañamente brillante,
reluciente, como barniz espeso, Quise preguntarle de ello a don Juan y laboriosamente
traté de formular mis pensamientos en inglés, pero entonces tomé conciencia de
que él no sabía inglés. Experimenté un momento muy confuso y advertí el hecho
de que, aun habiendo en mi mente un pensamiento muy claro, no podía hablar.
Quería comentar la extraña apariencia del agua, pero lo que sobrevino no fue
habla; fue sentir que mis pensamientos no dichos salían de mi boca en una
especie de forma líquida. Era la sensación de vomitar sin esfuerzo, sin
contracciones del diafragma. Era un fluir agradable de palabras líquidas.
Bebí. Y la impresión de que estaba vomitando
desapareció. Para entonces todos los ruidos se habían desvanecido y hallé que
me costaba trabajo enfocar las cosas. Busqué a don Juan y al volver la cabeza
noté que mi campo de visión se había reducido a una zona circular frente a mis
ojos. Esta sensación no me atemorizaba ni me inquietaba; al contrario, era una
novedad: me era posible barrer literalmente el terreno enfocando un sitio y
luego moviendo despacio la cabeza en cualquier dirección. Al salir al zaguán
había advertido que todo estaba oscuro, excepto el brillo distante de las
luces de la ciudad. Pero dentro del área circular de; ni visión todo era claro.
Olvidé mi interés en don Juan y los otros hombres, y me entregué por entero a
explorar el terreno con un enfoque absolutamente preciso.
Vi la juntura de la pared y el piso del
zaguán. Lentamente volví la cabeza a la derecha, siguiendo el muro, y vi a don
Juan sentado contra él. Moví la cabeza a la izquierda para enfocar el agua.
Hallé el fondo de la cacerola; alcé ligeramente la cabeza y vi acercarse un
perro negro de tamaño mediano. Lo vi venir hacia el agua. El perro empezó a
beber. Alcé la mano para apartarlo de mi agua; enfoqué en él mi visión
concentrada para llevar a cabo el movimiento de empujarlo, y de pronto lo vi
transparentarse. El agua era un líquido reluciente, viscoso. La vi bajar por la
garganta del perro al interior de su cuerpo. La vi correr pareja a todo lo
largo del animal y luego brotar por cada uno de los pelos. Vi el fluido
iridiscente viajar a lo largo de cada pelo individual y proyectarse más allá de
la pelambre para formar una melena larga, blanca, sedosa.
En ese momento tuve la sensación de unas
convulsiones intensas, y en cosa de instantes un túnel. se formó a mi
alrededor, muy bajo y estrecho, duro y extrañamente frío. Parecía al tacto una
pared de papel aluminio sólido. Me encontré sentado en el piso del túnel. Traté
de levantarme, pero me golpeé la cabeza en el techo de metal, y el túnel se
comprimió hasta empezar a sofocarme. Recuerdo haber tenido que reptar hacia una
especie de punto redondo donde terminaba el túnel; cuando por fin llegué, si
es que llegué, me había olvidado por completo del perro, de don Juan y de mí
mismo. Me hallaba exhausto. Mis ropas estaban empapadas en un líquido frío,
pegajoso. Rodé en una y en otra dirección tratando de encontrar una postura en
la cual descansar, una postura en que mi corazón no golpeara tan fuerte. En una
de esas vueltas vi de nuevo al perro.
Los recuerdos regresaron en el acto, y de
improviso todo estuvo claro en mi mente. Me volví en busca de don Juan, pero no
pude distinguir nada ni a nadie. Todo cuanto podía ver era al perro, que se volvía
iridiscente; una luz intensa irradiaba de su cuerpo. Vi otra vez el flujo del
agua atravesarlo, encenderlo como una hoguera. Me llegué al agua, hundí el
rostro en la cacerola y bebí con él. Tenía yo las manos en el suelo frente a
mí, y al beber veía el fluido correr por mis venas produciendo matices de rojo
y amarillo y verde. Bebí más y más. Bebí hasta hallarme todo en llamas;
resplandecía de pies a cabeza. Bebí hasta que el fluido salió de mi cuerpo a
través de cada poro y se proyectó al exterior en fibras como de seda, y
también yo adquirí una melena larga, lustrosa, iridiscente. Miré al perro y su
melena era como la mía. Una felicidad suprema llenó mi cuerpo, y corrimos
juntos hacia una especie de tibieza amarilla procedente de algún lugar indefinido.
Y allí jugamos. Jugamos y forcejeamos hasta que yo supe sus deseos y él supo
los míos. Nos turnábamos para manipularnos mutuamente, al estilo de una función
de marionetas. Torciendo los dedos de los pies, yo podía hacerle mover las
patas, y cada vez que él cabeceaba yo sentía un impulso irresistible de saltar.
Pero su mayor travesura consistía en agitar las orejas de un lado a otro para
que yo, sentado, me rascara la cabeza con el pie. Aquella acción me parecía
total e insoportablemente cómica. ¡Qué toque de ironía y de gracia, qué
maestría!, pensaba yo. Me poseía una euforia indescriptible. Reí hasta que
casi me fue imposible respirar.
Tuve la clara sensación de no poder abrir los
ojos; me encontraba mirando a través de un tanque de agua. Fue un estado largo
y muy doloroso, lleno de la angustia de no poder despertar y de a la vez, estar
despierto. Luego; lentamente, el inundo se aclaró y entró en foco. Mi campo de
visión se hizo de nuevo muy redondo y amplio, y con ello sobrevino un acto
consciente ordinario, que fue volver la vista en busca de aquel ser
maravilloso. En este punto empezó la transición más difícil. La salida de mi
estado normal había sucedido casi sin que yo me diera cuenta: estaba
consciente, mis pensamientos y sentimientos eran un corolario de esa
conciencia, y el paso fue suave y claro. Pero este segundo cambio, el despertar
a la conciencia seria, sobria, fue genuinamente violento. ¡Había olvidado que
era un hombre! La tristeza de tal situación irreconciliable fue tan intensa
que lloré.
Sábado, 5 de agosto, 1961
Más tarde, aquella mañana después del
desayuno, el dueño de la casa, don Juan y yo regresamos a donde vivía don Juan.
Yo estaba muy cansado, pero no pude dormirme en la camioneta. Sólo después de
que el hombre se marchó, me quedé dormido, en el zaguán de la casa de don Juan.
Cuando desperté era de noche don Juan me había
tapado con una cobija. Lo busqué, pero no estaba en la casa. Regresó más tarde
con una olla de frijoles refritos y un ‑montón de tortillas. Yo tenía mucha
hambre.
Después de comer, mientras descansábamos, me
pidió narrarle cuanto me hubiera ocurrido la noche anterior. Relaté mis
experiencias en gran detalle y con la mayor exactitud posible. Cuando terminé,
él asintió y dijo:
‑Creo que andas muy bien. Se me dificulta
explicarte ahora cómo y por qué. Pero creo que te fue bien. Verás: a veces él
es juguetón como un niño; otras veces es terrible, espantoso. O hace
travesuras o es muy serio. No se puede saber de antemano cómo va a ser con otra
persona. Pero cuando uno lo conoce bien . . . a veces. Tú anoche jugaste con
él. Eres la única persona que conozco que ha tenido un encuentro así.
‑¿En qué forma difiere mi experiencia de la de
otros?
‑Tú no eres indio; por eso se me dificulta
aclarar qué es qué. Pero él o toma a las gentes o las rechaza, sin importarle
que sean indias o no. Eso lo sé. Las he visto por docenas. También sé que
travesea, hace reír a algunos, pero jamás lo he visto con nadie.
‑¿Puede usted decirme ahora, don Juan, cómo protege
el peyote . . . ?
No me dejó terminar. Me tocó vigorosamente el
hombro.
‑No lo nombres nunca así. Todavía no lo has
visto lo bastante para conocerlo.
‑¿Cómo protege Mescalito a la gente?
‑Aconseja. Responde cualquier cosa que le
preguntes.
‑¿Entonces Mescalito es real? Digo, ¿es algo
que puede verse?
Pareció desconcertado por mi pregunta. Me miró
con una especie de expresión vacía.
‑Lo que quise decir es que Mescalito . . .
‑Oí lo que dijiste, ¿Qué no lo viste anoche?
Quise decirle que sólo había visto un perro,
pero noté su mirada de extrañeza.
‑¿Entonces cree usted que lo que vi anoche era
él?
Me miró con desprecio. Chasqueó la lengua,
sacudió la cabeza como si no pudiera creerlo, y en tono muy belicoso añadió:
‑¿A poco crees que era tu . . . mamá?
Hizo una pausa antes de "mamá"
porque lo que iba a decir era "tu chingada madre". La palabra
"mamá" resultó tan incongruente que ambos reímos largo tiempo.
Luego me di cuenta de que se había quedado
dormido sin responder a mi pregunta.
Domingo, 6 de agosto, 1961
Llevé a don Juan en mi auto a la casa donde yo
había tomado peyote. En el camino me dijo que el hombre que me "ofreció a
Mescalito" se llamaba John. Al llegar a la casa encontramos a John sentado
en el zaguán con dos hombres jóvenes. Todos se mostraron en extremo joviales.
Reían y charlaban con gran desenvoltura. Los tres hablaban inglés
perfectamente. Dije a John que iba a darle las gracias por haberme ayudado:
Quería saber su opinión sobre mi conducta
durante la experiencia alucinógena, y les dije que había estado tratando de
pensar en lo que hice aquella noche y no podía recordar. Rieron y se mostraron
renuentes a hablar del asunto. Parecían contenerse a causa de don Juan. Todos
lo miraban de reojo, como esperando su autorización para hablar. Don Juan debió
de dársela con alguna seña, aunque yo no advertí nada, porque de pronto John
empezó a decirme qué había hecho yo aquella noche.
Dijo haber sabido que yo estaba
"prendido" cuando me oyó vomitar. Calculó que había yo vomitado unas
treinta veces. Don Juan rectificó y dijo que sólo diez.
‑Luego todos nos acercamos a ti ‑continuó John‑.
Estabas tieso y tenlas convulsiones. Durante largo rato, acostado bocabajo,
moviste los labios como si hablaras. Luego empezaste a pegar en el suelo con la
cabeza, y don Juan te puso un sombrero viejo, y te detuviste. Estuviste horas
temblando y gimiendo tirado en el piso. Creo que entonces todos nos dormimos,
pero entre sueños yo te oía resoplar y gruñir. Luego te oí resoplar y gruñir.
Luego te oí gritar, y desperté. Te vi saltar por los aires, gritando. Te
abalanzaste sobre el agua, tiraste la cacerola y empezaste a nadar en el
charco.
"Don Juan te trajo más agua. Te quedaste
quieto un rato, sentado frente a la cacerola. Luego te levantaste de golpe y te
quitaste toda la ropa. Estuviste de rodillas frente al agua, bebiendo a grandes
tragos. Luego nada más te quedaste ahí sentado, mirando el aire. Pensamos que
ahí te ibas a quedar para siempre. Casi todo el mundo estaba dormido, hasta don
Juan, cuando de repente te levantaste otra vez, aullando, y te fuiste detrás
del perro. El perro se asustó, y aulló también, y corrió para atrás de la casa.
Entonces, todo el mundo despertó.
"Todos nos levantamos. Regresaste por el
otro lado, todavía persiguiendo al perro. El perro corría delante de ti
ladrando y aullando. Debiste dar como veinte vueltas a la casa, corriendo en
círculos, ladrando como perro. Tuve miedo de que a la gente le entrara
curiosidad. No hay vecinos cerca, pero tus aullidos eran tan fuertes que podían
haberse oído a millas de distancia.
‑Alcanzaste al perro ‑agregó uno de los
jóvenes‑ y lo trajiste al zaguán en brazos.
‑Entonces te pusiste a jugar con el perro ‑prosiguió
John‑. Luchabas con él, y el perro y tú se mordían y jugaban. Eso me hizo
gracia. Mi perro no acostumbra jugar.
Pero esta vez tú y el perro estaban rodando
uno encima de otro.
‑Luego corriste al agua y el perro bebió
contigo ‑dijo el joven‑. Corriste cinco o seis veces al agua, con el perro.
-¿Cuánto duró eso? ‑pregunté.
‑Horas ‑dijo John‑. Durante un rato los
perdimos de vista a los dos. Creo que corrieron para atrás de la casa. Nada más
los oíamos ladrar y gruñir. Tú parecías de veras un perro; no podíamos
distinguirlos.
‑A lo mejor era el perro solo ‑dije.
Rieron, y John dijo:
‑¡Tú estabas ahí ladrando, muchacho!
‑¿Qué pasó después?
Los tres hombres se miraron y parecieron tener
dificultades para decidir qué pasó después. Finalmente, habló el joven que aún
no decía nada.
‑Se atragantó ‑dijo mirando a John.
‑Sí, te atragantaste en serio. Comenzaste a
llorar muy raro y luego caíste al piso. Pensamos que te estabas mordiendo la
lengua, don Juan te abrió las quijadas y te echó agua en la cara. Entonces
empezaste otra vez a temblar y a tener convulsiones. Luego estuviste inmóvil un
rato largo. Don Juan dijo que todo había terminado. Para entonces ya era de
mañana, así que te tapamos con una cobija y te dejamos a dormir en el zaguán.
Calló en ese punto y miró a los otros hombres,
que obviamente trataban de contener la risa. Se volvió a don Juan y le
preguntó algo. Don Juan sonrió y respondió a la pregunta. John se volvió hacia
mí y dijo:
‑Te dejamos en el porche porque teníamos miedo
de que fueras a orinarte por los cuartos.
Todos rieron muy fuerte.
‑¿Qué me pasaba? ‑pregunté‑. ¿Hice yo. . . ?
‑¿Hiciste tú? -remedó John-. No íbamos a
mencionarlo, pero don Juan dice que está bien. ¡Te orinaste en mi perro!
‑¿Qué cosa?
‑No pensarás que el perro corría porque te
tenía miedo, ¿verdad? Corría porque lo estabas orinando.
Hubo risa general en este punto. Traté de
interrogar a uno de los jóvenes, pero todos reían, y no me escuchó.
‑Pero mi perro se desquitó ‑prosiguió John-:
¡también él se orinó en ti!
Esta afirmación era al parecer el colmo de lo
cómico, porque todos rieron a carcajadas, incluso don Juan. Cuando se
calmaron, pregunté con toda sinceridad:
‑¿Es cierto de verdad? ¿Pasó realmente?
‑Juro que mi perro te orinó de verdad ‑repuso
John, todavía riendo.
De regreso rumbo a la casa de don Juan, le
pregunté:
-¿Pasó en realidad todo eso, don Juan?
‑Sí ‑dijo él‑, pero ellos no saben lo que
viste. No se dan cuenta de que estabas jugando con "él". Por eso no
te molesté.
‑Pero este asunto del perro y yo orinándonos,
¿es verdad?
‑¡No era un perro! ¿Cuántas veces tengo que
decírtelo? Esa es la única manera de entenderlo. ¡La única! Fue "él"
quien jugó contigo.
‑¿Sabía usted que todo esto ocurrió antes de
que yo se lo contara?
Vaciló un instante antes de responder.
‑No; después de que lo contaste, recordé el
aspecto raro que tenías. Nada más supuse que te estaba yendo muy bien porque no
parecías asustado.
‑¿De veras jugó el perro conmigo como dicen?
‑¡Carajo! ¡No era un perro!
Jueves, 17 de agosto, 1961
Expuse a don Juan mi sentir con respecto a la
experiencia. Desde el punto de vista de mi propuesto trabajo, había sido
desastrosa. Dije que no me apetecía otro "encuentro" similar con
Mescalito. Acepté que cuanto me ocurrió había sido más que interesante, pero
añadí que nada de ello podía realmente impulsarme a buscarlo de nuevo. Creía
seriamente no estar hecho para ese tipo de empresas. El peyote me había
producido, como reacción posterior, una extraña clase de incomodidad física.
Era un miedo o una desdicha indefinidos; una cierta melancolía, que yo no podía
definir con exactitud. Y tal estado no me parecía noble en modo alguno.
Don Juan rió y dijo:
-Estás empezando a aprender.
‑Este tipo de aprendizaje no es para mí. No
estoy hecho para él, don Juan.
‑Tú eres muy exagerado.
‑Esta no es ninguna exageración.
‑Lo es. El único problema es que solamente
exageras los malos aspectos.
‑En lo que a mí toca, no hay buenos aspectos.
Todo lo que sé es que me da miedo.
‑No hay nada malo en tener miedo. Cuando uno
teme, ve las cosas en forma distinta.
‑Pero a mi no me importa ver las cosas en
forma distinta, don Juan. Creo que voy a dejar en paz el aprendizaje sobre
Mescalito. No puedo con él, don Juan, Esta es en realidad una mala situación
para mi.
‑Claro que es mala . . . hasta para mi. Tú no
eres el único sorprendido.
‑¿Por qué iba a estar sorprendido usted, don
Juan?
‑He estado pensando en lo que vi la otra noche.
Mescalito de veras jugó contigo. Eso me extrañó, porque fue una señal,
‑¿Qué clase de señal, don Juan?
‑Mescalito te señaló.
‑¿Para qué?
‑No lo tenía yo claro entonces, pero ahora sí.
Quería decirme que tú eras el escogido. Mescalito te señaló y con eso me dijo
que tú eras el escogido.
‑¿Quiere usted decir que me escogió entre
otros para alguna tarea, o algo así?
‑No. Quiero decir que Mescalito me dijo que tú
podías ser el hombre que busco.
‑¿Cuándo se lo dijo, don Juan?
‑Al jugar contigo me lo dijo. Eso te hace mi
escogido.
‑¿Qué significa ser el escogido?
‑Tengo secretos. Tengo secretos que no podré
revelar a nadie si no encuentro a mí escogido. La otra noche, cuando te vi
jugar con Mescalito, se me aclaró que eras tú. Pero no eres indio. ¡Qué
extraño!
‑Pero ¿qué significa para mí, don Juan? ¿Qué
tengo que hacer?
‑Me he decidido y voy a enseñarte los secretos
que corresponden a un hombre de conocimiento.
‑¿Quiere usted decir sus secretos sobre
Mescalito?
‑Sí, pero ésos no son los únicos secretos que
tengo. Hay otros, de distinta clase, que me gustaría revelar a alguien. Yo
mismo tuve un maestro, mi benefactor, y también me convertí en su escogido al
realizar cierta hazaña. El me enseñó todo lo que sé.
Le pregunté de nuevo qué requeriría de mí este
nuevo papel; dijo que sólo se trataba de aprender, en el sentido de lo que yo
había experimentado en las sesiones con él.
La manera en que la situación había
evolucionado era bastante extraña. Yo había decidido decirle que iba a
abandonar la idea de aprender sobre el peyote, pero antes de que pudiera
lograrlo realmente él me ofreció enseñarme sus "secretos". Ignoraba
qué quería decir con eso, pero sentía que esta vuelta súbita era muy seria.
Argumenté que no llenaba los requisitos para una tarea así, pues ésta requería
una rara ciase de valor que yo no poseía. Le dije que la inclinación de mi
carácter era hablar de actos que otros realizaban. Yo quería oír sus pareceres
y opiniones acerca de todo. Le dije que sería feliz de poder estar allí
sentado, escuchándolo durante días enteros. Para mí, eso seria aprender.
Escuchó sin interrumpirme. Hablé mucho tiempo.
Luego dijo:
‑Todo eso es muy fácil de entender. El miedo
es el primer enemigo natural que un hombre debe derrotar en el camino del
saber. Además, tú eres curioso. Eso compensa. Y aprenderás a pesar tuyo; ésa es
la regla.
Protesté un rato más, tratando de disuadirlo.
Pero él parecía convencido de que no me quedaba otra alternativa sino aprender.
‑No estás pensando bien ‑dijo‑. Mescalito de
veras jugó contigo. Eso es lo único que hay que tener en cuenta. ¿Por qué no te
ocupas de eso y no de tu miedo?
‑¿Fue tan poco común?
‑Eres la primera persona que he visto jugar
con él. No estás acostumbrado a esta clase de vida; por eso las señales se te
escapan. Así y todo eres una persona seria, pero tu seriedad está ligada a lo
que tú haces, no a lo que pasa fuera de ti. Te ocupas demasiado de ti mismo.
Ese es el problema. Y eso produce una tremenda fatiga.
‑¿Pero qué otra cosa puede uno hacer, don
Juan?
‑Busca y ve las maravillas que te rodean. Te
cansarás de mirarte a ti mismo, y el cansancio te hará sordo y ciego a todo lo
demás.
‑Dice usted bien, don Juan, pero ¿cómo puedo
cambiar? ‑Piensa en la maravilla de que Mescalito jugara contigo. No pienses
en otra cosa; ,lo demás te llegará por su propia cuenta.
Domingo, 20 de agosto, 1961
La noche pasada, don Juan procedió a
introducirme en el terreno de su saber. Estábamos sentados frente a su casa, en
la oscuridad. De improviso, tras un largo silencio, empezó a hablar. Dijo que
iba a aconsejarme con las mismas palabras usadas por su propio benefactor el
día en que lo tomó como aprendiz. Al parecer, don Juan había memorizado las
palabras, pues las repitió varias veces para asegurarse de que no se me fuera
ninguna,
‑Un hombre va al saber como a la guerra: bien
despierto, con miedo, con respeto y con absoluta confianza. Ir en cualquier
otra forma al saber o a la guerra es un error, y quien lo cometa vivirá para
lamentar sus pasos.
Le pregunté por qué era así, y dijo que,
cuando un hombre ha cumplido estos cuatro requisitos, no hay errores por los
que deba rendir cuentas; en tales condiciones sus actos pierden la torpeza de
las acciones de un tonto. Si tal hombre fracasa, o sufre una derrota, sólo
habrá perdido una batalla, y eso no provocará deploraciones lastimosas.
Declaró luego su intención de enseñarme lo que
es un "aliado" en la misma forma exacta como su benefactor se lo
había enseñado a él. Recalcó con fuerza las palabras "misma forma
exacta.", repitiendo la frase varias veces.
Un "aliado", dijo, es un poder que
un hombre puede traer a su vida para que lo ayude, lo aconseje y le dé la
fuerza necesaria para ejecutar acciones, grandes o pequeñas, justas o injustas.
Este aliado es necesario para engrandecer la vida de un hombre, guiar sus actos
y fomentar su conocimiento. De hecho, un aliado es la ayuda indispensable para
saber. Don Juan decía esto con gran convicción y fuerza. Parecía elegir
cuidadosamente sus palabras. Repitió cuatro veces la siguiente frase:
‑Un aliado te hará ver y entender cosas sobre
las que ningún ser humano podría jamás iluminarte.
‑¿Es un aliado algo parecido a un espíritu
guardián?
‑No es ni espíritu ni guardián. Es una ayuda.
‑¿Es Mescalito el aliado de usted?
‑¡No! Mescalito es otra clase de poder. ¡Un
poder único! Un protector, un maestro.
‑¿En qué se diferencia Mescalito de un aliado?
‑A Mescalito no se le puede domar y usar como
se doma y se usa a un aliado. Mescalito está fuera de uno mismo. Escoge
mostrarse en muchas formas a quienquiera que tenga enfrente, sin importarle que
sea un brujo o un peón.
Don Juan hablaba con hondo fervor de que
Mescalito era el maestro de la buena manera de vivir. Le pregunté cómo enseñaba
Mescalito a "vivir como se debe", y don Juan repuso que Mescalito muestra
cómo vivir.
-¿Cómo lo muestra? ‑pregunté.
‑Tiene muchos modos de hacerlo. A veces lo
enseña en su mano, o en las piedras, o los árboles, o nomás enfrente de uno.
‑¿Es como una imagen enfrente de uno?
‑No. Es una enseñanza enfrente de uno.
‑¿Habla Mescalito a la persona?
‑Sí. Pero no con palabras.
‑¿Entonces cómo habla?
-A cada hombre le habla distinto.
Sentí que mis preguntas lo molestaban. No hice
ninguna más. El siguió explicando que no había pasos exactos para conocer a
Mescalito; por tanto, nadie podía instruir sobre él a excepción de Mescalito
mismo, Esta característica lo hacía un poder único; no era el mismo para todos
los hombres.
En cambio, dijo don Juan, la adquisición de un
aliado requería la enseñanza más precisa y el seguir, sin desviación, una serie
de etapas o pasos. Hay muchos de esos poderes aliados en el mundo, dijo, pero
él sólo conocía bien dos de ellos. E iba a guiarme a ellos y a sus secretos,
pero de mí dependía escoger uno de los dos, pues sólo uno podía tener.
El aliado de su benefactor estaba en la yerba del diablo, dijo, pero a él en lo
personal no le gustaba, aunque gracias al benefactor sabía sus secretos. Su
propio aliado estaba en el "humito", dijo, pero no concretó la
naturaleza del humo.
Inquirí al respecto. Permaneció callado. Tras
una larga pausa le pregunté:
-¿Qué clase de poder es un aliado?
‑Ya te dije: es una ayuda.
‑¿Cómo ayuda?
‑Un aliado es un poder capaz de llevar a un
hombre más allá de sus propios límites. Así es como un aliado puede revelar
cosas que ningún ser humano podría.
‑Pero Mescalito también lo saca a uno de sus
propios límites. ¿No lo convierte eso en un aliado?
‑No. Mescalito te saca de ti mismo para
enseñarte. Un aliado te saca para darte poder.
Le pedí explicarme el punto con más detalle, o
describir la diferencia entre ambos efectos. Me miró largo rato y rió. Dijo que
aprender por medio de la conversación era no sólo un desperdicio sino uno
estupidez, porque el aprender era la tarea más difícil que un hombre podía
echarse encima. Me pidió recordar la vez que traté de hallar mi sitio, y cómo
quería yo encontrarlo sin trabajo porque esperaba que él me diese toda la
información. Si lo hubiera hecho, dijo, yo jamás habría aprendido. Pero el
saber cuán difícil era hallar mi sitio, y sobre todo el saber que existía, me
darían un peculiar sentido de confianza. Dijo que mientras yo permaneciese
enclavado en mi "sitio bueno" nada podría causarme daño corporal,
porque yo tenía la seguridad de que en ese sitio específico me hallaba lo
mejor posible. Tenía el poder de rechazar cuanto pudiera serme dañino. Pero si
él me hubiese dicho dónde estaba el sitio, yo jamás habría tenido la
confianza necesaria para considerar esto como verdadero saber. Así, saber era
ciertamente poder.
Don Juan dijo entonces que, siempre que un
hombre se propone aprender, debe laborar tan arduamente como yo lo hice para
encontrar aquel sitio, y los límites de su aprendizaje están determinados por
su propia naturaleza. Así, no veía objeto en hablar del conocimiento. Dijo que
ciertas clases de saber eran demasiado poderosas para la fuerza que yo tenía:
hablar de ellas sólo me acarrearía daño. Al parecer sintió que no había nada
más que quisiera decir. Se levantó y fue rumbo a su casa. Le dije que la
situación me abrumaba. No era lo que yo había pensado ni deseado.
Dijo que los temores son naturales; todos los
sentimos y no podemos evitarlo. Pero por otra parte, pese a lo atemorizante
que sea el aprender, es más terrible pensar en un hombre sin aliado o sin
conocimientos.
III
Pasaron más de dos años entre el tiempo en que
don Juan decidió instruirme acerca de los poderes aliados y el tiempo en que
me consideró listo para aprender sobre ellos en la forma pragmática y partícipe
que él consideraba aprendizaje; en dicho lapso definió gradualmente las
características generales de los dos aliados en cuestión. Me preparó para el
corolario indispensable de todas las verbalizaciones y la consolidación de
todas las enseñanzas: los estados de realidad no ordinaria.
Al principio, se refería de un modo muy casual
a los poderes aliados. Las primeras menciones, en mis notas, están intercaladas
entre otros temas de conversación
Miércoles, 23 de agosto, 1961
‑La yerba del diablo [toloache] era el aliado
de mi benefactor. Podría haber sido también el mío, pero no me gustó.
‑¿Por qué no le gustó la yerba del diablo, don
Juan?
‑Tiene una desventaja seria.
‑¿Es inferior a otros poderes aliados?
‑No. No me estás entendiendo. La yerba del
diablo es tan poderosa como el mejor de los aliados, pero tiene algo que a mí
en lo personal no me gusta.
‑¿Me puede decir qué es?
‑Malogra a los hombres. Los hace probar el
poder demasiado pronto, sin fortificar sus corazones, y los hace dominantes y
caprichosos. Los hace débiles en medio de gran poder.
‑¿No hay alguna manera de evitarlo?
‑Hay una manera de superar todo esto, pero no
de evitarlo. Quien se hace aliado de la yerba debe pagar ese precio.
‑¿Cómo puede uno superar ese efecto, don Juan?
‑La yerba del diablo tiene cuatro cabezas: la
raíz, el tallo y las hojas, las flores, y las semillas. Cada una es diferente,
y quien se haga su aliado tiene que aprenderlas en ese orden. La cabeza más
importante está en las raíces. El poder de la yerba del diablo se conquista por
las raíces. El tallo y las hojas son la cabeza que cura enfermedades; bien
usada, esta cabeza es un don a la humanidad. La tercera cabeza está en las
flores y se usa para volver locos a los hombres, o para hacerlos obedientes, o
para matarlos. El hombre que tiene a la yerba de aliado nunca torna las
flores, ni tampoco toma el tallo y las hojas, a no ser que esté enfermo, pero
las raíces y las semillas se toman siempre, sobre todo las semillas: son la
cuarta cabeza de la yerba del diablo, y la más poderosa de todas.
"Mi benefactor decía que las semillas son
la 'cabeza sobria': la única parte capaz de fortificar el corazón del hombre.
La yerba del diablo es dura con sus protegidos, decía él, porque busca matarlos
aprisa, y por lo común lo logra antes de que puedan llegar a los secretos de la
'cabeza sobria'. Sin embargo, por ahí dicen que hubo hombres que averiguaron
los secretos de la cabeza sobria. ¡Qué prueba para un hombre de
conocimiento!"
-¿Averiguó su benefactor tales secretos?
‑No, él no.
‑¿Conoce usted a alguien que lo haya hecho?
‑No. Pero vivieron en un tiempo en que ese
saber era
importante.
‑¿Conoce a alguien que sepa de gente así?
‑No, yo no.
‑¿Conocía a alguien su benefactor?
-El sí,
‑¿Por qué no llegó su benefactor a los
secretos de la cabeza sobria?
‑Domar la yerba del diablo para hacerla un
aliado es una de las tareas más difíciles que conozco. Ella y yo, por ejemplo,
jamás nos hicimos alianza, quizá porque nunca le tuve cariño.
‑¿Puede usted usarla todavía como aliado,
aunque no le tenga cariño?
‑Puedo, sólo que prefiero no hacerlo. Tal vez
contigo sea diferente.
‑¿Por qué se llama yerba del diablo?
Don Juan hizo un gesto de indiferencia, alzó
los hombros y permaneció callado algún tiempo. Finalmente dijo que "yerba
del diablo" era su nombre de leche. Había, añadió, otros nombres para la
yerba del diablo, pero no debían usarse porque el pronunciar un nombre era
asunto serio, sobre todo si uno estaba aprendiendo a domar un poder aliado. Le
pregunté por qué el pronunciar un nombre era cosa tan grave. Dijo que los
nombres se reservaban para usarse sólo al pedir ayuda, en momentos de gran
apuro y necesidad, y me aseguró que tales momentos ocurren tarde o temprano en
la vida de quien busca el conocimiento.
Domingo, 3 de septiembre, 1961
Hoy en la tarde don Juan recogió del campo dos
plantas Datura.
Inesperadamente trajo a colación el terna de
la yerba del diablo, y luego me pidió acompañarlo a los cerros a buscar una.
Fuimos en coche hasta las montañas cercanas.
Saqué de la cajuela una pala y nos adentramos por una de las cañadas.
Caminamos bastante rato, vadeando el chaparral que crecía denso en la tierra
suave, arenosa. Don Juan se detuvo junto a una planta pequeña con hojas de
color verde oscuro y flores grandes, blancuzcas, acampanadas.
‑Esta ‑dijo.
Inmediatamente empezó a cavar. Traté de
ayudarlo, pero él me rechazó con una vigorosa sacudida de cabeza y siguió
cavando un hoyo circular en torno a la planta: un hoyo de forma cónica, hondo
hacia el borde exterior, con un montículo en el centro del círculo. Dejando de
cavar, se arrodilló cerca del tallo y limpió con los dedos la tierra suave en
torno, descubriendo unos diez centímetros de una raíz grande, tuberosa,
bifurcada, cuyo grosor contrastaba marcadamente con el del tallo, que parecía
frágil por comparación.
Don Juan me miró y dijo que la planta era
"macho" porque la raíz se bifurcaba desde el punto exacto en que se
unía al tallo. Luego se levantó y echó a andar buscando algo.
‑¿Qué busca usted, don Juan?
‑Quiero hallar un palo.
Empecé a mirar en torno, pero él me detuvo.
‑¡Tú no! Tú siéntate allí ‑señaló unas rocas
como a seis metros de distancia‑. Yo lo encontraré.
Volvió tras un rato con una rama larga y seca.
Usándola a manera de coa, aflojó cuidadosamente la tierra a lo largo de los dos
ramales divergentes de la raíz. Limpió en torno a ellos hasta una profundidad
aproximada de medio metro. Cuanto más ahondaba, más apretada estaba la tierra,
hasta el punto de ser prácticamente impenetrable a la vara.
Dejó de cavar y se sentó a recobrar el
aliento. Me senté junto a él. Pasamos largo rato sin hablar.
‑¿Por qué no la saca usted con la pala? ‑pregunté.
‑Podría cortar y dañar a la planta. Tuve que
conseguirme un palo de este sitio para que así, en caso de pegarle a la raíz,
el daño no fuera tanto como el que haría una pala o un objeto extraño.
‑¿Qué clase de palo trajo usted?
‑Cualquier rama seca de paloverde es buena. Si
no hay ramas secas, tienes que cortar una fresca.
‑¿Pueden usarse las ramas de cualquier otro
árbol?
‑Ya te dije: sólo de paloverde y de ningún
otro.
‑¿Por qué, don Juan?
‑Porque la yerba del diablo tiene muy pocos
amigos, y el paloverde es el único árbol de por aquí que se lleva bien con
ella: lo único que prende. Si dañas la raíz con una pala, no crecerá cuando la
vuelvas a plantar, pero si la lastimas con un palo de ésos, lo más probable es
que ni lo sienta.
‑¿Qué va usted a hacer ahora con la raíz?
‑Voy a cortarla. Debes dejarme. Vete a buscar
otra planta y espera que te llame.
‑¿No quiere que lo ayude?
‑¡Sólo puedes ayudarme si te lo pido!
Alejándome, empecé a buscar otra planta,
combatiendo el fuerte deseo de rondar a hurtadillas y observar a don Juan. Tras
un rato se me unió.
‑Ahora vamos a buscar la hembra ‑dijo.
‑¿Cómo los distingue usted?
‑La hembra es más alta y crece por encima del
suelo, así que realmente parece un arbolito. El macho es grande y se extiende
cerca del suelo y más parece un matorral espeso. Cuando saquemos a la hembra
verás que la raíz se hunde por un buen trecho antes de hacerse horcón. El
macho, en cambio, tiene el horcón de la raíz pegada al tallo.
Buscamos juntos por el campo de daturas.
Luego, señalando una planta, dijo: "Esa es hembra." Y procedió a
cavar en torno de ella como había hecho antes. Apenas descubrió la raíz pude
ver que ésta se ajustaba a su predicción. Lo dejé nuevamente cuando se
disponía a cortarla.
Al llegar a su casa, abrió el bulto donde
había puesto las daturas. Sacó primero la más grande, el macho, y la lavó en
una amplia bandeja de metal. Limpió cuidadosamente toda la tierra de la raíz,
el tallo y las hojas. Después de esa limpieza minuciosa, separó el tallo de la
raíz haciendo una incisión superficial en torno a su juntura con un cuchillo
corto y serrado, y quebrando la planta por allí. Tomó el tallo y separó cada
una de sus partes haciendo montones individuales con las hojas, las flores y
las espinosas vainas de semilla. Tiró cuanto estaba seco o comido de gusanos, y
conservó sólo las partes intactas. Unió ambos ramales de la raíz atándolos con
dos trozos de cordel, los quebró por la mitad tras hacer un corte superficial
en la juntura, y obtuvo dos pedazos de raíz de igual tamaño,
Luego tomó un trozo de arpillera áspera y
colocó en él los dos pedazos de raíz atados; encima puso las hojas en un montón
ordenado, luego las flores, las vainas y el tallo. Dobló la arpillera e hizo un
nudo con las puntas.
Repitió exactamente los mismos pasos con la
otra planta, la hembra, sólo que al llegar a la raíz, en vez de cortarla, dejó
intacta la horqueta, como una letra Y invertida. Luego puso todos los pedazos
en otro bulto de tela. Cuando terminó, ya había oscurecido.
Miércoles, 6 de septiembre, 1961
Hoy, al atardecer, volvimos al tema de la
yerba del diablo.
-Creo que deberíamos empezar otra vez con esa
planta ‑dijo de pronto don Juan.
Tras un silencio cortés pregunté:
‑¿Qué va usted a hacer con las plantas?
‑Las plantas que saqué y corté son mías ‑dijo‑.
Es como si fueran yo mismo; con ellas voy a enseñarte la manera de domar a la
yerba del diablo.
‑¿Cómo lo hará usted?
‑La yerba del diablo se divide en partes. Cada
parte es distinta; cada una tiene su propósito y su servicio únicos.
Abrió la mano izquierda y midió sobre el piso
desde la punta del pulgar hasta la del dedo anular.
‑Esta es mi parte. Tú medirás la tuya con tu
propia mano. Ahora bien, para establecer dominio sobre la yerba del diablo,
debes empezar por tomar la primera parte de la raíz. Pero como yo te he traído
con ella, debes tomar la primera parte de la raíz de mi planta. Yo la he
medido por ti, de modo que en realidad es mi parte la que debes tomar al
principio.
Entró en la casa y sacó uno de los bultos de
arpillera. Se sentó y lo abrió. Advertí que era la planta macho. También noté
que sólo había un pedazo de raíz. Don Juan tomó el trozo restante de los dos
originales y lo sostuvo frente a mi cara,
‑Esta es mi primera parte ‑dijo‑. Yo te la
doy. Yo mismo la he cortado para ti. La he medido como mía; ahora te la doy.
Por un instante, se me ocurrió que debería
masticar la raíz como una zanahoria, pero él la metió en una bolsita blanca de
algodón.
Fue a la parte trasera de la casa. Allí tomó
asiento en el piso, cruzando las piernas, y con una "mano" redonda
empezó a macerar la raíz dentro de la bolsa. Trabajaba sobre una piedra lisa
que servía de mortero. De vez en vez lavaba las dos piedras, conservando el
agua en un pequeño recipiente plano, labrado en un trozo de madera.
Al golpear cantaba, en forma muy suave y
monótona, una cantilena ininteligible. Cuando hubo convertido la raíz en una
pulpa blanda dentro de la bolsa, la colocó en el recipiente de madera. Volvió a
meter allí el metate y la mano, llenó de agua la palangana y después la llevó a
una especie de bebedero rectangular para cerdos colocado contra la cerca
trasera.
Dijo que la raíz debía remojarse toda la noche
y tenia que dejarse afuera de la casa para que recibiera el sereno.
‑Si mañana es día de sol y calor, será muy
buena señal.
Domingo, 1° de septiembre, 1961
El jueves 7 de septiembre fue un día muy claro
y caluroso. Don Juan parecía muy complacido con el buen augurio y repitió
varias veces que probablemente yo le había caído bien a la yerba del diablo. La
raíz se había remojado toda la noche, y a eso de las 10 a.m. fuimos detrás de
la casa.
El sacó la palangana de la artesa, la puso en
el suelo y se sentó al lado. Tomó la bolsa y la frotó contra el fondo. La alzó
unos centímetros por encima del agua y la exprimió, para luego dejarla caer.
Repitió los mismos pasos tres veces más; luego desechó la bolsa, tirándola en
la artesa, y dejó la palangana bajo el sol ardiente.
Regresamos dos horas después. Don Juan sacó
una tetera de tamaño mediano, con agua amarillenta hirviendo. Ladeó la
palangana con mucho tiento y vació el agua de encima, conservando el sedimento
espeso acumulado en el fondo. Vació el agua hirviendo sobre el sedimento y dejó
nuevamente la palangana en el sol.
Esta secuencia se repitió tres veces a
intervalos de más de una hora. Finalmente, vació casi toda el agua de la
palangana, inclinó ésta a modo de que recibiera el sol del atardecer, y la dejó.
Cuando regresamos horas después, estaba
oscuro. En el fondo de la palangana había una capa de sustancia gomosa. Parecía
almidón a medio cocer, blancuzco o gris claro. Había quizá toda una cucharada
cafetera de esa sustancia. Don Juan llevó la palangana a la casa, y mientras él
ponía agua a hervir, yo quité trozos de tierra que el viento había echado en el
sedimento. Se rió de mí.
‑Ese poquito de tierra no le hace daño a
nadie.
Cuando el agua hervía, virtió poco más o menos
una taza en la palangana. Era la misma agua amarillenta usada antes. Disolvió
el sedimento formando una especie de sustancia lechosa.
‑¿Qué clase de agua es ésa, don Juan?
‑Agua de flores y frutas de la cañada.
Vació el contenido de la palangana en un viejo
jarro de barro que parecía florero. Todavía estaba. muy caliente, de modo que
sopló para enfriarlo. Tomó un sorbo y me pasó el jarro,
‑¡Bebe ya! ‑dijo.
Lo tomé automáticamente, y sin deliberación
bebí toda el agua. Era un poco amarga, aunque su amargor era apenas
perceptible. Lo que resaltaba mucho era el olor acre del agua. Olía a
cucarachas.
Casi inmediatamente empecé a sudar. Me dio
mucho calor y la sangre se me agolpó en las orejas. Vi una mancha roja delante
de mis ojos, y los músculos de mi estómago empezaron a contraerse en dolorosos
retortijones. Tras un rato, aunque ya no sentía dolor, empecé a enfriarme; el
sudor literalmente me empapaba.
Don Juan me preguntó si veía negrura o manchas
negras frente a mis ojos. Le dije que lo veía todo rojo,
Mis dientes castañeteaban a causa de un
nerviosismo incontrolable que me llegaba en oleadas, como irradiando del
centro de mi pecho.
Luego me preguntó si tenía miedo. No
encontraba yo sentido a sus preguntas. Le dije que obviamente tenía miedo,
pero él me preguntó nuevamente si tenía miedo de ella. No comprendí a qué se
refería y dije que sí. El rió y dijo que yo no tenía miedo en realidad. Me
preguntó si seguía viendo rojo. Todo lo que yo veía era una enorme mancha roja
frente a mis ojos.
Tras un rato me sentí mejor. Gradualmente
desaparecieron los espasmos nerviosos, dejando sólo un cansancio doliente,
agradable, y un intenso deseo de dormir. No podía tener los ojos abiertos,
aunque aún oía la voz de don Juan. Me dormí. Pero la sensación de estar
sumergido en un rojo profundo persistió toda la noche. Incluso soñé en rojo.
Desperté el sábado, alrededor de las 3 p.m. Había
dormido casi dos días. Tenía una leve jaqueca y el estómago revuelto, y dolores
intermitentes, muy agudos, en los intestinos. A excepción de eso, todo era
como un despertar ordinario. Encontré a don Juan dormitando frente a su casa.
Me sonrió.
‑Todo salió muy bien la otra noche ‑dijo‑.
Viste rojo y eso es todo lo que importa.
‑¿Qué habría pasado si no hubiera visto rojo?
‑Habrías visto negro, y eso es mala señal.
‑¿Por qué es mala?
‑Cuando un hombre ve negro, quiere decir que
no está hecho para la yerba del diablo, y vomita las entrañas, todas verdes y
negras.
‑¿Y se muere?
‑No creo que nadie muera de esto, pero sí se
puede enfermar por mucho tiempo.
‑¿Qué les pasa a quienes ven rojo?
‑No vomitan, y la raíz les produce un efecto
de placer, lo cual significa que son fuertes y de naturaleza violenta: eso le
gusta a la yerba. Así es como incita. Lo único malo es que los hombres terminan
siendo esclavos suyos a cambio del poder que les da. Pero sobre esas cosas no
tenemos control. El hombre vive sólo para aprender. Y si aprende es porque ésa
es la naturaleza de su suerte, para bien o para mal.
‑¿Qué debo hacer luego, don Juan?
‑Luego debes plantar un brote que he cortado
de la otra mitad de la primera parte de raíz. Tú la otra noche tomaste la
mitad, y ahora hay que meter en la tierra la otra mitad. Tiene que crecer y dar
semilla antes de que puedas emprender la verdadera tarea de domar a la planta.
‑¿Cómo la domaré?
‑La yerba del diablo se doma por la raíz.
Paso a paso, debes aprender los secretos de cada parte de la raíz. Debes
tomarlas para aprender los secretos y conquistar el poder.
‑¿Se preparan las distintas partes en la misma
forma en que usted preparó la primera?
‑No, cada parte es distinta.
‑¿Cuáles son los efectos específicos de cada
parte?
‑Ya te dije: cada una enseña una forma
distinta de poder. Lo que tomaste la otra noche no es nada todavía. Cualquiera
puede con eso. Pero sólo el brujo puede tomar las partes más hondas. No puedo
decirte qué hacen porque todavía no sé si ella irá a tomarte. Hay que esperar.
,
‑¿Cuándo me dirá, entonces?
‑Cuando tu planta crezca y dé semilla.
‑Si cualquiera puede tomar la primera parte,
¿para qué se usa?
‑Diluida, es buena para todas las cosas de la
hombría: gente vieja que ha perdido el vigor, o jóvenes que buscan aventuras, o
hasta mujeres que quieren pasión.
‑Dijo usted que la raíz se usa sólo para el
poder, pero veo que también se usa para otras cosas aparte del poder. ¿Estoy en
lo cierto?
Me miró durante un rato muy largo, con una
mirada firme que me hizo sentir incómodo. Sentí que mi pregunta lo había
enojado, pero no podía comprender por qué.
‑La yerba se usa sólo para el poder ‑dijo
finalmente con tono seco, severo‑. El hombre que quiere recobrar su vigor, la
gente joven que busca soportar la fatiga y el hambre, el hombre que quiere
matar a otro hombre, la mujer que quiere estar caliente: todos desean poder. ¡Y
la yerba se lo da! ¿Sientes que la quieres? ‑preguntó tras una pausa.
‑Siento un vigor extraño ‑dije, y era verdad.
Lo había advertido al despertar y lo sentía entonces. Era una sensación muy
peculiar de incomodidad, de amargura; todo mi cuerpo se movía y se estiraba con
ligereza y fuerza inusitadas. Tenía comezón en los brazos y en las piernas.
Mis hombros parecían henchirse; los músculos de mi espalda y de mi cuello me
hacían sentir deseos de empujar árboles o frotarme contra ellos. Me sentía
capaz de demoler un muro.
No dijimos más. Estuvimos un rato sentados en
el zaguán. Noté que don Juan se estaba quedando dormido; cabeceó un par de
veces y luego, sencillamente, estiró las piernas, se acostó en el piso con las
manos tras la cabeza y se durmió. Me levanté y fui detrás de la casa, donde quemé
mi energía física extra limpiando la basura; don Juan, recordaba yo, había
dicho que le gustaría que yo lo ayudase a limpiar detrás de su casa.
Más tarde, cuando él se despertó y vino al
traspatio, yo me hallaba más relajado.
Nos sentamos a comer, y durante la comida me
preguntó tres veces cómo me sentía. Siendo esto una rareza, terminé por
preguntar:
‑¿Por qué le preocupa cómo me siento, don
Juan? ¿Espera que tenga una mala reacción por haber tomado el jugo?
Rió. Pensé que se estaba portando como un niño
travieso que ha armado una jugarreta e investiga los resultados de vez en
cuando. Todavía riendo, dijo:
‑No pareces enfermo. Hace rato‑hasta me
hablaste mal.
‑No es cierto, don Juan ‑protesté‑. No
recuerdo haberle hablado nunca así.
Tomé muy en serio ese punto porque no recordaba
haberme sentido molesto con él.
‑Saliste en su defensa ‑dijo.
‑¿En defensa de quién?
‑Estabas defendiendo a la yerba del diablo. Ya
parecías su amante.
Yo iba a protestar aún más vigorosamente, pero
me contuve.
‑De veras no me di cuenta de que estaba
defendiéndola.
‑Claro que no. Ni siquiera te acuerdas de lo
que dijiste, ¿verdad?
‑No, no me acuerdo. Tengo que admitirlo.
‑Ya ves. Así es la yerba del diablo. Se te
cuela como una mujer. Ni siquiera te das cuenta. Todo lo que sabes es que te
hace sentirte bien y con poder: los músculos se hinchan de vigor, los puños dan
comezón, las plantas de. los pies arden por perseguir a alguien. Cuando un
hombre la conoce es cuando de veras se llena de ansias. Mi benefactor decía que
la yerba del diablo se queda con los hombres que quieren poder y se deshace de
los que no pueden con ella. Pero el poder era más común entonces; se buscaba
con más ganas. Mi benefactor era un hombre poderoso y, según lo que me dijo, su
benefactor era todavía más dado a buscar poder. Pero en esos días había razón
para ser poderoso.
‑¿Piensa usted que ya no hay razón para el
poder en estos di as?
‑El poder está bien para ti, ahora. ‑Eres
joven. No eres indio. Acaso la yerba del diablo sea buena en tus manos. Parece
que te gustó. Te hizo sentirte fuerte. Yo mismo sentí todo eso. Y sin embargo
no me gustó.
‑¿Puede decirme por qué, don Juan?
‑¡No me gusta su poder! Ya no sirve de nada. En
otros tiempos, como aquellos de los que mi benefactor me contaba, había razón
para buscar poder. Los hombres realizaban hazañas fenomenales, eran admirados
por su fuerza y temidos y respetados por su saber. Mi benefactor me contaba
historias de hazañas verdaderamente fenomenales que se realizaron hace mucho,
mucho. Pero ahora nosotros, los indios, ya no buscamos ese poder. Hoy en día,
los indios usan la yerba para darse friegas. Usan las hojas y las flores para
otras cosas; hasta dicen que les curan los granos. Pero no buscan su poder: un
poder que actúa como un imán, más potente y más peligroso de manejar cuanto más
se ahonda la raíz en la tierra. Cuando uno llega a los cuatro metros ‑dicen que
algunos han llegado‑ encuentra el sitio del poder permanente, poder sin fin.
Muy pocos seres humanos han hecho esto en el pasado, y nadie lo hace hoy.
Te lo digo, nosotros los indios ya no
necesitamos el poder de la yerba del diablo. Creo que poco a poco hemos
perdido el interés, y ahora el poder ya no importa. Yo mismo no lo busco, y sin
embargo una vez, cuando tenía tu edad, también sentía por dentro su hinchazón.
Me sentía como tú te sentiste hoy, sólo que quinientas veces más fuerte. Maté a
un hombre con un solo golpe de mi brazo. Podía aventar peñascos, peñascos
enormes que ni veinte hombres podían mover. Una vez salté tan alto que tronché
las copas de los árboles más altos. ¡Pero todo eso fue de balde! Lo único que
hacía era asustar a los indios: nada más a los indios. Los demás, que no sabían
nada de eso, no lo creían. Veían un indio loco, o bien algo que se movía en las
copas de los árboles.
Estuvimos callados largo tiempo. Yo necesitaba
decir algo.
‑Era distinto cuando había gente en el mundo ‑prosiguió‑,
gente que sabia que, un hombre podía convertirse en león de montaña o en
pájaro, o que un hombre podía volar así nomás. Por eso ya no uso la yerba del
diablo. ¿Para qué? ¿Para asustar a los indios?
Y lo vi triste, y una honda simpatía me llenó.
Quise decirle algo, aunque fuera una perogrullada,
‑Tal vez, don Juan, ése sea el destino de
todos los hombres que quieren saber.
‑Tal vez ‑dijo suavemente.
Jueves, 23 de noviembre, 1961
Al llegar en el auto, no vi a don Juan sentado
en su zaguán. Eso me pareció extraño. Lo llamé en voz alta y su nuera salió de
la casa.
‑Está adentro ‑dijo.
Resultó que don Juan se había dislocado el
tobillo varias semanas antes. Había hecho su propio enyesado remojando tiras de
tela en una papilla de cacto y hueso molido. Las tiras, atadas estrechamente
en torno del tobillo, habían formado al secarse un molde ligero, ajustado.
Tenía la dureza del yeso, pero no su amplitud de volumen.
‑¿Cómo pasó? ‑pregunté.
La nuera, una yucateca, que lo estaba
atendiendo, me contestó,
‑Fue un accidente. ¡Se cayó y casi se rompe el
pie!
Don Juan rió y esperó que la mujer saliera de
la casa antes de responder.
‑¡Qué accidente ni qué nada! Tengo cerca una
enemiga. ¡La Catalina! Me empujó en un momento de debilidad y yo caí.
‑¿Por qué hizo eso ella?
‑Porque quería matarme, por eso.
‑¿Estuvo aquí con usted?
‑¡Sí!
‑¿Por qué la dejó entrar?
‑Yo no la dejé. Ella entró volando,
‑¡Cómo dice!
‑Es chanate. Y muy buena para eso. Me cogió
desprevenido. Ha estado tratando de acabarme desde hace mucho. Esta vez anduvo
muy cerca.
‑¿Dijo usted que es un chanate? Digo, ¿es la
Catalina un pájaro?
‑Ahí vas otra vez con tus preguntas. ¡Es un
chanate! Igual que yo soy un cuervo. ¿Soy un hombre o un pájaro?
Soy un hombre que sabe cómo volverse pájaro.
Pero hablando otra vez de la Catalina: ¡es una bruja del demonio! Su intención
de matarme es tan fuerte que a duras penas logré quitármela de encima. El
chanate se metió hasta mi casa y no pude detenerlo.
‑¿Puede usted convertirse en pájaro, don Juan?
‑¡Sí! Pero eso es algo que veremos después.
‑¿Por qué quiere matarlo?
‑Oh, hay un viejo problema entre nosotros. Se
pasó de la raya, y ahora parece que tendré que acabar con ella antes de que
ella acabe conmigo.
‑¿Va usted a usar brujería? ‑pregunté con gran
expectación.
‑No seas tonto. Ninguna brujería trabajaría
contra ella. ¡Tengo otros planes! Algún día te los diré.
‑¿Puede su aliado protegerlo de ella?
‑¡No! El humito nada más me dice qué hacer.
Luego yo debo protegerme solo.
‑¿Y Mescalito? ¿Puede protegerlo de ella?
‑¡No! Mescalito es un maestro, no un poder que
se use por motivos personales.
‑¿Y la yerba del diablo?
‑Ya te dije que debo protegerme solo,
siguiendo las indicaciones de mi aliado el humito. Y hasta donde yo sé, el
humito puede hacer cualquier cosa. Si quieres saber de lo que sea, el humo te
dice. Y no sólo te da conocimiento, sino también los medios para proseguir. Es
el aliado más maravilloso que un hombre pueda tener.
‑¿Es el humito el mejor aliado posible para
todo el mundo?
‑Todos nosotros no somos iguales. Muchos le
tienen miedo y no lo tocan, ni siquiera se le acercan. El humito es como todo
lo demás; no se hizo para todos nosotros.
‑¿Qué clase de humo es, don Juan?
‑¡El humo de los adivinos!
había en su voz una reverencia perceptible; un
estado de ánimo que yo nunca había notado anteriormente,
‑Empezaré por decirte exactamente lo que me
dijo mi benefactor cuando empezó a enseñarme acerca de él. Aunque en ese
entonces, igual que tú ahora, yo no tenía modo de entender. "La yerba del
diablo es para los que quieren poder. El humito es para los que quieren
observar y ver." Y en mi opinión, el humito no tiene rival, Una vez que un
hombre entra en su campo, todos los otros poderes están a su disposición. ¡Es
magnífico! Y por supuesto, requiere una vida entera. Años nada más para
familiarizarse con sus dos partes vitales: la pipa y la mezcla de fumar. La
pipa me la dio mi benefactor, y después de tantos años de acariciarla se ha
vuelto mía. Se ha hecho a mis manos. Pasarla a tus manos, por ejemplo, será una
verdadera faena para mí, y una gran hazaña para ti, ¡si salimos con bien! La
pipa sentirá la tensión de que alguien más la manosee, y si alguno de nosotros
comete un error no habrá manera de evitar que la pipa se parta sola por su
propia fuerza o se escape de nuestras manos para romperse, aunque se caiga en
un montón de paja. Si eso llega a suceder, será el fin de los dos. Sobre todo
el mío. El humito se volvería contra mí en formas increíbles.
‑¿Cómo podría volverse contra usted si es su
aliado?
Mi pregunta pareció alterar el curso de sus
pensamientos. Pasó largo rato sin hablar.
La dificultad de los ingredientes ‑prosiguió
de súbito- hace a la mezcla de fumar una de las sustancias más peligrosas que
conozco. Nadie puede prepararla sin que le enseñen. ¡Es veneno mortal para
cualquiera que no sea el protegido del humito! La pipa y la mezcla deben
tratarse con extremo cuidado. Y el hombre que trata de aprender debe prepararse
llevando una vida dura, tranquila. Los efectos son tan terribles que sólo un
hombre fuerte puede soportar la más pequeña fumada. Al principio todo es aterrador
y confuso, pero cada fumada define más las cosas. ¡Y de pronto el mundo se abre
de nuevo! ¡Increíble! Cuando esto sucede, el humito se ha hecho aliado de uno
y le resolverá cualquier problema permitiéndole entrar en mundos
inconcebibles.
"Esta es la mayor propiedad del humito,
su mayor don. Y lleva a cabo su función sin dañar en lo más mínimo. ¡Yo llamo
al humito un verdadero aliado!"
Como de costumbre, estábamos sentados frente a
su casa, donde el suelo de tierra está siempre limpio y bien apisonado. Don
Juan se levantó de pronto y entró en la casa. Tras unos momentos regresó con un
bulto angosto y volvió a sentarse.
‑Esta es mi pipa ‑dijo.
Se inclinó hacia mí para mostrarme una pipa
que sacó de una funda de lienzo verde. Medía unos veintidós o veinticinco
centímetros. El tallo era de madera rojiza, sencillo, sin ornamentación. El
cuenco parecía también de madera, y era un poco voluminoso en comparación con
el delgado tallo. Tenía un acabado pulido y era de color gris oscuro, casi del
color del carbón.
Don Juan sostuvo la pipa frente a mi cara
Pensé que me la estaba entregando. Alargué la mano para tomarla, pero él la
apartó rápidamente,
‑Esta pipa me la dio mi benefactor ‑dijo-. A
su tiempo yo te la pasaré a ti. Pero primero debes conocerla. Cada vez que
vengas te la daré. Empieza por tocarla. Agárrala un rato muy corto, al
principio, hasta que tú y la pipa se acostumbren el uno al otro. Luego métela
en tu bolsa, o acaso en tu camisa. Y finalmente póntela en la boca. Todo esto
se hace poco a poco, despacio y con tiento. Cuando la amistad está hecha, fumas
en ella. Si sigues mi consejo y no te apuras, a lo mejor el humito se hace también
tu aliado preferido.
Me entregó la pipa, pero sin soltarla. Alargué
hacia ella el brazo derecho.
‑Con las dos manos ‑dijo él.
Toqué la pipa con ambas manos durante un
momento muy breve. No me la acercó lo suficiente para asirla, sino sólo lo
bastante para tocarla, Luego la apartó,
‑El primer paso es que la pipa te guste. ¡Eso
lleva tiempo!
‑¿Puedo yo disgustar, a la pipa, don Juan?
‑No. No puedes disgustarle, pero debes
aprender a que te guste para que, cuando te llegue la hora de fumar, la pipa te
ayude a no tener miedo.
‑¿Qué fuma usted, don Juan?
‑¡Esto!
Abrió el cuello de su camisa dejando ver una
bolsita que llevaba colgada como un medallón. La sacó, la desató, y con mucho
cuidado virtió parte del contenido en la palma de su mano.
Hasta donde pude ver, la mezcla parecía hojas
de té finamente deshebradas cuyo color variaba del café oscuro al verde claro,
con unas cuantas pizcas de amarillo brillante.
Reintegró la mezcla a la bolsa, cerró la
bolsa, la ató con una tirilla de cuero y la puso nuevamente bajo su camisa.
‑¿Qué clase de mezcla es?
‑Lleva muchas cosas. Conseguir todos los
ingredientes es empresa muy difícil. Hay que viajar lejos. Los honguitos que se
necesitan para preparar la mezcla crecen sólo en ciertas épocas del año, y
sólo en ciertos sitios.
‑¿Tiene usted una mezcla diferente para cada
tipo de ayuda que necesita?
‑¡No! Sólo hay un humito, y no hay otro como
él.
Señaló la bolsa colgada contra su pecho y alzó
la pipa que descansaba entre sus piernas.
‑¡Estas dos son una! Una no puede ir sin la
otra. Esta pipa y el secreto de esta mezcla pertenecían a mi benefactor. A él
se los entregaron en la misma forma en que mi benefactor me los dio a mi.
Aunque la mezcla es difícil de preparar, uno puede volver a abastecerse. El
secreto está en los ingredientes, y en la manera como se tratan y se mezclan.
En cambio, la pipa es para toda la vida. Debe tratársela con cuidado infinito.
Es resistente y fuerte, pero nunca hay que golpearla ni hacerla rodar de aquí
para allá. Hay que manejarla con las manos secas, nunca cuando las manos están
sudadas, y nada más debe usarse cuando se esté a solas. Y nadie, absolutamente
nadie debe verla nunca, a menos que uno quiera dársela a alguien. Así me enseñó
mi benefactor, y así he tratado a la pipa toda mi vida.
‑¿Qué pasaría si usted perdiera o rompiera la
pipa?
Meneó la cabeza, muy lentamente, y me miró.
‑¡Me moriría!
-¿Son como la suya todas las pipas de los
brujos?
‑No todos tienen pipas como la mía. Pero
conozco algunos que sí.
‑¿Puede usted mismo hacer una pipa como ésta,
don Juan? ‑insistí‑. Suponga que no la tuviera: ¿cómo podría darme una si
quisiera?
‑Si no tuviera la pipa, no podría ni querría
darla. Te darla cualquier otra cosa.
Parecía algo hosco conmigo. Metió con mucho
cuidado la pipa en la funda, que debía de estar forrada de algún material
suave, pues la pipa, que encajaba con justeza, se deslizó fácilmente al
interior. Don Juan entró en la casa para guardar su pipa.
‑¿Está usted enojado conmigo, don Juan? ‑le
pregunté cuando volvió. Pareció sorprenderse de mi pregunta.
‑¡No! ¡Nunca me enojo con nadie! Ningún ser
humano puede hacer nada lo bastante importante para enojarme. Uno se enoja con
la gente cuando siente que sus actos son importantes. Yo ya no siento eso.
Martes, 26 de diciembre, 1961
El tiempo específico de replantar el
"brote", como don Juan llamaba a la raíz, no estaba fijado, aunque se
suponía que era el siguiente paso para domar el poder vegetal.
Llegué a casa de don Juan el sábado 23 de diciembre,
temprano por la tarde. Estuvimos un rato sentados en silencio, como de
costumbre. El día era cálido y nublado. Habían pasado meses desde que don Juan
me diera la primera parte.
‑Es tiempo de devolver la yerba a la tierra ‑dijo
de pronto‑. Pero antes voy a prepararte una protección. Tú la guardarás, y sólo
tú debes verla. Como yo voy a prepararla, también yo la veré. Eso no es bueno
porque, como te dije, no le tengo buena voluntad a la yerba del diablo. No
somos uno. Pero mi recuerdo no vivirá mucho; soy demasiado viejo. Sin embargo,
debes guardarla de los ojos de otros porque, mientras dura su recuerdo de
haberla visto, el poder de la protección sufre daño.
Entró en su cuarto y sacó tres bultos‑de
arpillera debajo de un petate viejo. Volvió al zaguán y tomó asiento.
Tras largo silencio abrió uno de los bultos.
Era la datura hembra que había recogido en mi compañía; todas las hojas, flores
y vainas apiladas con anterioridad estaban secas. Tomó el trozo largo de raíz
en forma de Y, y luego ató nuevamente el bulto.
La raíz se había secado y enjutado y las
barras de la horqueta se hallaban más separadas y contorsionadas. Puso la raíz
en su regazo, abrió el morral de cuero y extrajo su cuchillo. Sostuvo la raíz
seca frente a mí.
‑Esta parte es para la cabeza ‑dijo, e hizo la
primera incisión en la cola de la Y, que vista al revés semejaba la forma de un
hombre con las piernas abiertas.
-Ésta es para el corazón ‑dijo, y cortó cerca
del ángulo de la Y. Luego cortó las puntas de la raíz, dejando unos siete
centímetros en cada barra de la Y. Luego, con lentitud y paciencia, talló la
forma de un hombre.
La raíz era seca y fibrosa. Para tallarla, don
Juan hacía dos incisiones y pelaba las fibras entre ambas hasta la hondura de
los cortes. Sin embargo, cuando se trataba de detalles, como dar forma a
brazos y manos, cincelaba la madera. El producto final fue una figurilla como
de alambre: un hombre con los brazos cruzados sobre el pecho y las manos en
posición de aferrar.
Don Juan se levantó y fue hasta una agave azul
que crecía frente a la casa, junto al porche. Asió la dura espina de una de
las pulposas hojas centrales, la dobló y le dio dos o tres vueltas. El
movimiento circular casi separó la espina de la hoja, dejándola colgada. El la
mordió, o más bien la tomó entre los dientes, y dio un tirón. La espina salió
de la pulpa, arrastrando consigo un manojo de largas fibras: hebras de sesenta
centímetros de largo unidas a la parte leñosa como una cola blanca. Aún
sosteniendo la espina con los dientes, don Juan trenzó las fibras entre las
palmas de sus manos e hizo un cordel que ató alrededor de las piernas de la
figurilla, para juntarlas. Envolvió la parte inferior del cuerpo hasta que el
cordel se terminó; luego, con gran pericia, utilizó la espina como una lezna
dentro de la parte delantera del cuerpo, bajo los brazos cruzados, hasta que la
aguda punta salió, como brotando de las manos de la figurilla. Usó de nuevo los
dientes y, jalando con suavidad, sacó la espina casi por entero. Parecía una
larga lanza sobresaliendo del pecho de la figura. Sin mirar ya la estatuilla,
don Juan la metió en su morral.
Parecía exhausto por el esfuerzo. Se acostó en
el piso y se quedó dormido.
Ya estaba oscuro cuando despertó. Comimos las
provisiones que yo le había llevado y estuvimos un rato más sentados en el
zaguán. Luego don Juan caminó hacia la parte trasera de la casa, llevando los
tres bultos de arpillera‑ Cortó varias ramas secas y encendió una fogata. Nos
sentamos cómodamente frente a ella y don Juan abrió los tres bultos. Además del
que contenía los pedazos secos de la planta hembra, había otro con todo lo que
aún quedaba de la planta macho, y un tercero, voluminoso, que contenía pedazos
verdes de datura, recién cortados.
Don Juan fue a la artesa y regresó con un
mortero muy hondo, que más parecía una jarra con el fondo en suave curva. Hizo
un hoyo poco profundo y asentó firmemente el mortero en la tierra‑ Echó más
ramas secas en el fuego; después tomó los dos bultos con los pedazos secos de
las plantas macho y hembra y los vació juntos en el mortero. Sacudió la
arpillera para asegurarse de que todos los pedazos habían caído en el mortero.
Del tercer bulto extrajo dos trozos frescos de raíz de datura.
-Voy a prepararlos sólo para ti -dijo.
‑¿Qué clase de preparación es, don Juan?
‑Lino de estos pedazos viene de una planta
macho, el otro de una planta hembra. Esta es la única vez que se deben juntar
las dos plantas. Los pedazos vienen de un metro de hondo.
Los maceró con golpes parejos de la mano del
mortero. Al hacerlo cantaba en voz baja: una especie de zumbido monótono, sin
ritmo. Las palabras me resultaron ininteligibles. Se hallaba absorto en su
tarea.
Cuando las raíces estuvieron completamente
maceradas, tomó del bulto algunas hojas de datura. Estaban limpias y recién
cortadas, todas intactas, sin cortes ni agujeros de gusano. Las echó en el
mortero una por una. Tomó un puñado de flores de datura y también las echó en
el mortero, en la misma forma deliberada. Conté catorce de cada cosa. Luego
sacó un manojo de vainas frescas, verdes: conservaban sus espinas y no estaban
abiertas. No pude contarlas porque las echó todas juntas en el mortero, pero
supuse que también eran catorce. Añadió tres tallos de datura, sin hojas. Eran
rojos oscuros y estaban limpios y, a juzgar por sus ramificaciones múltiples,
parecían haber pertenecido a unas plantas grandes.
Tras poner en el mortero todos estos
ingredientes, los convirtió en una pulpa con los mismos golpes parejos. En
determinado momento inclinó el mortero y con la mano empujó la mezcla a una
olla vieja. Me alargó la mano; pensé que quería que se la secara. En vez de
ello, tomó mi mano izquierda y con un movimiento muy rápido separó los dedos
medio y anular tanto como pudo. Luego, con la punta de su cuchillo, me hirió entre
ambos dedos y desgarró hacia abajo la piel del anular. Actuó con tanta
habilidad y rapidez que cuando retraje la mano ésta tenía una cortada honda, y
la sangre fluía en abundancia. Cogió nuevamente mi mano, la puso sobre la olla
y la apretó para forzar la salida de más sangre.
El brazo se me adormeció. Me hallaba en un
estado de shock: extrañamente frío y rígido, con una sensación opresiva
en el pecho y en los oídos. Sentí que resbalaba sobre mi asiento. ¡Me estaba
desmayando! Don Juan soltó mi mano y agitó el contenido de la olla. Al
recuperarme del shock, me sentí realmente enojado con él. Tardé bastante
tiempo en recobrar la compostura.
Colocó tres piedras en torno al fuego y puso
encima la olla. A todos los ingredientes añadió algo que me pareció ser un gran
trozo de cola de carpintero, así como una olla de agua, y dejó hervir la
mezcla. Las plantas de datura tienen, por sí solas, un olor muy peculiar.
Combinadas con la cola, que produjo un fuerte olor cuando la mezcla empezó a
hervir, creaban un vapor tan acerbo que yo debía contenerme para no vomitar.
La mezcla hirvió largo rato mientras seguíamos
inmóviles, sentados frente a ella. A ratos, cuando el viento llevaba el vapor
en mi dirección, la pestilencia me envolvía, y yo aguantaba el aliento en un
esfuerzo por evitarla.
Don Juan abrió su morral y sacó la figurilla;
me la dio cuidadosamente y me indicó ponerla en la olla sin quemarme las manos.
La dejé resbalar suavemente hacia la papilla hirviente. El sacó su cuchillo, y
por un segundo creí que iba a cortarme de nuevo; en vez de ello, empujó la
figurita con la punta del cuchillo y la hundió.
Observó la papilla hervir durante un rato más,
y luego empezó a limpiar el mortero. Lo ayudé. Cuando terminamos, puso contra
la cerca el mortero y la mano. Entramos en la casa, y la olla quedó toda la
noche sobre las piedras.
Al amanecer, don Juan me dio instrucciones de
sacar la figurilla de la goma y colgarla del techo mirando hacia el este, para
que se secara al sol. A mediodía estaba tiesa como alambre. El calor había
sellado el pegamento, y el color verde de las hojas se había mezclado con él.
La figurilla tenía un acabado brillante, extraño.‑
Don Juan me pidió descolgarla. Luego me dio un
morral pequeño que había hecho con una vieja chaqueta de ante que yo le llevé
tiempo atrás. El morral era igual al que él mismo tenía. La única diferencia
era que el suyo era de cuero café suave.
‑Mete tu "imagen" en el morral y
ciérralo -dijo,
No me miraba, y deliberadamente mantenía
apartado el rostro. Una vez que tuve la figurilla dentro del morral me dio una
red para cargar y me indicó poner allí la olla de barro.
Caminó hasta mi coche, me quitó a red de las
manos y la ató a la tapa abierta del compartimiento de guantes.
‑Ven conmigo ‑dijo.
Lo seguí. Rodeó la casa, describiendo un
círculo completo en el sentido de las manecillas del reloj. Se detuvo en el
zaguán y circundó la casa de nuevo, esta vez en dirección contraria, regresando
otra vez al zaguán. Permaneció inmóvil algún tiempo, y luego se sentó.
Estaba yo condicionado a suponer un
significado en todo cuanto don Juan hacía. Me preguntaba cuál podría ser el de
dar vueltas a la casa, cuando él dijo:
‑¡Caramba! Se me olvidó dónde lo puse.
Le pregunté qué buscaba. Dijo haber olvidado
dónde dejó el brote que yo debía replantar. Rodeamos la casa una vez más antes
de que recordara el sitio.
Me mostró un pequeño frasco de vidrio sobre un
pedazo de tabla clavado a la pared, debajo del techo. El frasco contenía la
otra mitad de la primera parte de la raíz de datura. El brote mostraba un
incipiente crecimiento de hojas en su extremo superior. El frasco contenía una
pequeña cantidad de agua, pero nada de tierra,
‑¿Por qué no tiene tierra? ‑pregunté.
‑No todas las tierras son la. misma, y la
yerba del diablo debe conocer sólo la tierra en que vivirá y crecerá. Y ahora
es tiempo de devolverla a la tierra, antes que la dañen los gusanos.
‑¿Podemos plantarla aquí cerca de la casa? ‑pregunté.
‑¡No! ¡No! Cerca de aquí no. Debe regresar a
un sitio de tu gusto.
‑¿Pero dónde puedo encontrar un sitio de mi
gusto?
‑Eso yo no sé. Puedes plantarla donde quieras.
Pero hay que velar por ella, porque debe vivir para que tú tengas el poder que
necesitas. Si muere, eso significa que no te quiere, y no debes molestarla más.
Significa que no tendrás poder sobre ella. Por eso debes cuidarla y velar por
ella, para que crezca. Pero no vayas a consentirla.
‑¿Por qué no?
-Porque si no es su voluntad crecer, de nada
sirve sonsacarla. Pero, eso sí, demuéstrale que te preocupas. Tenla limpia de
gusanos y dale agua cuando la visites. Esto debe hacerse cada cierto tiempo
hasta que tenga semilla. Después de que las primeras semillas germinen,
estaremos seguros de que te quiere.
‑Pero, don Juan, no me es posible cuidar la
raíz como usted dice,
‑¡Si quieres su poder, debes hacerlo! ¡No hay
otra manera!
‑¿Puede usted cuidármela mientras no estoy
aquí, don Juan?
‑¡No! ¡Yo no! ¡No puedo! Cada quien debe
alimentar su propio brote. Yo tuve el mío. Ahora tú debes tener el tuyo. Y
sólo cuando dé semillas, como te dije, podrás considerarte listo para aprender.
‑¿Dónde piensa usted que debo replantarla?
‑¡Eso es para que tú solo lo decidas! ¡Y nadie
debe saber el lugar, ni siquiera yo! Así es como hay que replantar. Nadie,
pero nadie, puede saber dónde está tu planta. Si un extraño te sigue, o te ve,
toma el brote y corre para otro lado. Cualquiera podría causarte un‑ daño como
no te imaginas con sólo manosear el brote. Podría lisiarte o matarte. Por eso
ni siquiera yo debo saber dónde está tu planta.
Me alargó el frasquito con el brote.
‑Agárralo ya.
Lo tomé. Entonces me llevó casi a rastras a mi
coche.
‑Ahora debes irte. Ve y escoge el sitio donde
replantarás el brote. Escarba un agujero hondo en tierra blanda, junto a un
lugar con agua. Acuérdate: tiene que estar cerca del agua para crecer. Haz el
agujero con las puras manos, aunque sangren. Pon el brote en el centro del
agujero y haz un pilón alrededor, Luego remójalo con agua. Cuando el agua se
hunda, llena el hoyo con tierra blanda. Después escoge un sitio a dos pasos del
brote, en esa dirección [señaló hacia el sureste]. Haz allí otro agujero
hondo, también con las manos, y tira en él lo que hay en la olla. Luego
quiebra la olla y entiérrala hondo en otro lugar, lejos del sitio donde está
tu brote. Cuando hayas enterrado la olla, regresa con tu brote y riégalo otra
vez. Entonces saca tu imagen, sostenla entre los dedos donde está la cortada y,
parad; en el sitio donde enterraste la cola, toca apenas el brote con la punta
de la aguja. Da tres vueltas al brote, parándote cada vez en el mismo sitio a
tocarlo.
‑¿Tengo que seguir una dirección específica al
dar vueltas a la raíz?
‑Cualquier dirección‑ es buena. Pero debes siempre
recordar en qué dirección enterraste la cola y qué dirección tomaste al
rodear el brote. Toca apenitas el brote con la punta todas las veces menos la
última: entonces la clavas hondo. Pero hazlo con cuidado; arrodíllate para
afirmar la mano, porque no debes romper la punta dentro del brote. Si la
rompes, estás acabado. La raíz no te servirá de nada.
‑¿Tengo que decir algo mientras doy la vuelta
al brote?
‑No, eso lo haré yo por ti.
Sábado, 27 de enero, 1962
Apenas llegué a su casa esta mañana, don Juan me
dijo que iba a enseñarme cómo se prepara la mezcla de fumar. Caminamos hasta
los cerros y nos adentramos bastante por una de las cañadas. Se detuvo junto a
un arbusto alto y esbelto cuyo color contrastaba marcadamente con el de la
vegetación circundante. El chaparral en torno era amarillento, pero el arbusto
era verde brillante.
‑De este arbolito debes tomar las hojas y las
flores -dijo‑. El momento justo para cortarlas es el día de las ánimas.
Sacó su cuchillo y tronchó la punta de uña
rama delgada. Eligió otra rama similar y también le tronchó la punta. Repitió
esta operación hasta tener un puñado de puntas de rama. Luego se sentó en el
suelo.
‑Mira ‑dijo‑. Corté todas las ramas encima de
la horqueta que hacen dos o más hojas y el tallo. ¿Ves? Todas son iguales. Nada
más usé la punta de cada rama, donde las hojas están frescas y tiernas. Ahora
hay que buscar un lugar sombreado.
Caminamos hasta que pareció hallar lo que
buscaba. Sacó del bolsillo un largo cordel y lo ató al tronco y a las ramas
bajas de dos arbustos, haciendo una especie de tendedero donde colgó de cabeza
las puntas de rama. Las ordenó con pulcritud a lo largo del cordel; enganchadas
por la horqueta entre las hojas y el tallo, parecían formar una larga fila de
jinetes verdes.
‑Hay que ver que las hojas se sequen en la
sombra ‑dijo‑. El sitio debe ser apartado y difícil de alcanzar. Así las hojas
están protegidas Hay que dejarlas a secar en un sitio donde sea casi imposible
encontrarlas. Después de que se secan, hay que ponerlas en un paquete y
sellarlas.
Quitó las hojas del cordel y las tiró en los
arbustos cercanos. Al parecer sólo había querido mostrarme el procedimiento.
Seguimos caminando y don Juan cortó tres
flores distintas, diciendo que eran parte de los ingredientes y debían
juntarse al mismo tiempo. Pero las flores se ponían en sendas vasijas de barro
y se secaban en la oscuridad; había que poner una tapa en cada vasija para que
las flores crearan moho dentro del recipiente. Dijo que la función de las hojas
y las flores consistía en endulzar la mezcla del humito.
Salimos de la cañada y nos encaminamos al
lecho del río. Tras un largo rodeo volvimos a su casa; En la noche estuvimos
sentados hasta hora avanzada en su propio cuarto, cosa que rara vez me
permitía, y me habló del ingrediente final de la mezcla: los hongos.
‑El verdadero secreto de la mezcla está en los
honguitos ‑dijo‑. Son el ingrediente más difícil de juntar. El viaje al sitio
donde crecen es largo y peligroso, y seleccionar los buenos es todavía más
arriesgado. Hay otras clases de hongos que crecen allí mismo y que no sirven;
echan a perder a los buenos si se secan juntos. Requiere tiempo conocer bien
los hongos, para no cometer un error. Hay daño grave si se usan los que no son:
daño para el hombre y para la pipa. Sé de hombres que cayeron muertos por usar
el humo sucio.
"En cuanto los honguitos se cortan, se
meten en un guaje, así que no hay modo de revisarlos. Ves, hay que deshebrarlos
para hacerlos pasar por el cuello del guaje."
‑¿Cómo se puede prevenir un error?
‑Teniendo cuidado y sabiendo escoger. Te dije
que es difícil. No cualquiera puede domar el humito; la mayoría de la gente ni
siquiera hace el intento.
‑¿Cuánto tiempo se dejan los hongos dentro del
guaje?
‑Un año. Todos los demás ingredientes también
se sellan un año, Luego se miden por partes iguales y se muelen por separado,
hasta que quede un polvo muy fino. Los honguitos no necesitan molerse porque
ellos solos se convierten en polvo finito; nada más hay que desmoronar los
trozos. Cuatro partes de hongos se añaden a una parte de todos los demás
ingredientes juntos. Luego se mezclan y se ponen en una bolsa como la mía ‑señaló
el saquito colgado bajo su camisa.
‑Entonces todos los ingredientes se juntan
otra vez, y cuando se han puesto a secar ya estás listo para fumar la mezcla
que acabas de preparar. En tu caso, fumarás el año entrante. Y el año después
de ése, la mezcla será toda tuya porque la habrás juntado solo. La primera vez
que fumes, yo te encenderé la pipa. Fumas toda la mezcla del cuenco y esperas.
El humito vendrá. Lo sentirás. Te dará libertad de ver todo cuanto quieras ver.
Hablando con propiedad, es un aliado sin rival. Pero quien lo busque debe
tener una intención y tina voluntad irreprochables. Las necesita, porque si no
tiene intención v voluntad de volver, el humito no lo dejará. Y después,
también, debe tener intención y voluntad de recordar lo que el humito le permita
ver; de otro modo no será más que una mancha de niebla en su mente.
Sábado, 8 de abril, 1962
En nuestras conversaciones, don Juan usaba a
menudo la frase "hombre de conocimiento", o se refería a ella, pero
nunca explicaba qué quería decir. Inquirí al respecto.
‑Un hombre de conocimiento es alguien que ha
seguido de verdad las penurias de aprender –dijo-. Un hombre que, sin apuro,
sin vacilación ha ido lo más lejos que puede en desenredar los secretos del
poder y el conocimiento.
‑¿Puede cualquiera ser un hombre de
conocimiento?
-No, no cualquiera,
-¿Entonces qué debe hacer un hombre para
volverse hombre de conocimiento?
-Debe desafiar y vencer a sus cuatro enemigos
naturales.
-¿Será un hombre de conocimiento tras derrotar
a estos cuatro enemigos?
‑Si. Un hombre puede llamarse hombre de
conocimiento sólo si es capaz de vencer a los cuatro.
-Entonces, ¿puede cualquiera que venza a estos
enemigos ser un hombre de conocimiento?
‑Todo el que los venza se convierte en un
hombre de conocimiento.
‑¿Pero hay requisitos especiales que un hombre
debe cumplir antes de luchar con estos enemigos?
‑No hay requisitos. Cualquiera puede tratar de
llegar a ser hombre de conocimiento; muy pocos llegan a serlo, pero eso es
natural. Los enemigos que un hombre encuentra en el camino para llegar a ser un
hombre de conocimiento son de veras formidables, de verdad poderosos; y la mayoría,
pues, se pierde.
‑¿Qué clase de enemigos son, don Juan.
Se negó a hablar de los enemigos. Dijo que
pasaría largo tiempo antes de que el tema tuviera algún sentido para mí. Traté
de mantener vivo ese tema, y le pregunté si pensaba que yo podía
volverme hombre de conocimiento. Dijo que nadie podía decir eso de seguro. Pero
yo insistí en preguntar si había algunas pistas que él pudiera usar para
determinar si yo tenía o no oportunidad de convertirme en un hombre de
conocimiento. Dijo que dependería de mi batalla contra los cuatro enemigos ‑de
si podía yo vencerlos o salía vencido‑ pero que era imposible predecir el
resultado de esa lucha.
Le pregunté si podía usar brujería o
adivinación para ver el desenlace de la batalla. Dijo terminantemente que los
resultados de la contienda no podían anticiparse por ningún medio, porque
volverse hombre de conocimiento era cosa temporal. Cuando le pedí explicar este
punto, replicó:
‑Ser hombre de conocimiento no tiene
permanencia. Uno no es nunca en realidad un hombre de conocimiento. Más bien,
uno se hace hombre de conocimiento por un instante muy corto, después de
vencer a las cuatro enemigos naturales.
‑Debe usted
decirme, don Juan, qué clase de enemigos son.
No respondió. Insistí de nuevo, pero él
abandonó el tema y se puso a hablar de otra cosa.
Domingo, 15 de abril, 1962
Cuando me disponía a partir, decidí
preguntarle una vez más por los enemigos de un hombre de conocimiento. Aduje
que no podría regresar en algún tiempo y serla buena idea escribir lo que él
dijese y meditar en ello mientras estaba fuera.
Titubeó un rato, pero luego comenzó a hablar.
‑Cuando un hombre empieza a aprender, nunca
sabe lo que va a encontrar. Su propósito es deficiente; su intención es vaga.
Espera recompensas que nunca llegarán, pues no sabe nada de los trabajos que
cuesta aprender.
"Pero uno aprende así, poquito a poquito
al comienzo, luego más y más. Y sus pensamientos se dan de topetazos y se
hunden en la nada. Lo que se aprende no es nunca lo que uno creía. Y así se
comienza a tener miedo. El conocimiento no es nunca lo que uno se espera. Cada
paso del aprendizaje es un atolladero, y el miedo que el hombre experimenta
empieza a crecer sin misericordia, sin ceder. Su propósito se convierte en un
campo de batalla.
"Y así ha tropezado con el primero de sus
enemigos naturales: ¡el miedo! Un enemigo terrible: traicionero y enredado como
los cardos. Se queda oculto en cada recodo del camino, acechando, esperando. Y
si el hombre, aterrado en su presencia, echa a correr, su enemigo habrá puesto
fin a su búsqueda."
‑¿Qué le pasa al hombre si corre por miedo?
‑Nada le pasa, sólo que jamás aprenderá. Nunca
llegará a ser hombre de conocimiento. Llegará a ser un maleante, o un cobarde
cualquiera, un hombre inofensivo, asustado; de cualquier modo, será un hombre
vencido. Su primer enemigo habrá puesto fin a sus ansias.
‑¿Y qué puede hacer para superar el miedo?
‑La respuesta es muy sencilla. No debe correr.
Debe desafiar a su miedo, y pese a él debe dar el siguiente paso en su
aprendizaje, y el siguiente, y el siguiente. Debe estar lleno de miedo, pero no
debe detenerse. ¡Esa es la regla! Y llega un momento en que su primer enemigo
se retira. El hombre empieza a sentirse seguro de si. Su propósito se
fortalece. Aprender no es ya una tarea aterradora.
"Cuando llega ese momento gozoso, el
hombre puede decir sin duda que ha vencido a su primer enemigo natural."
‑¿Ocurre de golpe, don Juan, o poco a poco?
‑Ocurre poco a poco, y sin embargo el miedo se
conquista rápido y de repente.
‑¿Pero no volverá el hombre a tener miedo si
algo nuevo le pasa?
‑No. Una vez que un hombre ha conquistado el
miedo, está libre de él por el resto de su vida, porque a cambio del miedo ha
adquirido la claridad: una claridad de mente que borra el miedo. Para entonces,
un hombre conoce sus deseos; sabe cómo satisfacer esos deseos. Puede prever los
nuevos pasos del aprendizaje, y una claridad nítida lo rodea todo. El hombre
siente que nada está oculto,
"Y así ha encontrado a su segundo
enemigo: ¡la claridad! Esa claridad de mente, tan difícil de obtener, dispersa
el miedo, pero también ciega.
"Fuerza al hombre a no dudar nunca de sí.
Le da la seguridad de que puede hacer cuanto se le antoje, porque todo lo que
ve lo ve con claridad. Y tiene valor porque tiene claridad, y no se detiene en
nada porque tiene claridad. Pero todo eso es un error; es como si viera algo claro
peto incompleto. Si el hombre se rinde a esa ilusión. de poder, ha sucumbido a
su segundo enemigo y será torpe para aprender. Se apurará cuando debía ser
paciente, o será paciente cuando debería apurarse. Y tonteará con el aprendizaje,
hasta que termine incapaz de aprender nada más.
‑¿Qué pasa con un hombre derrotado en esa
forma, don Juan? ¿Muere en consecuencia?
-No, no muere. Su segundo enemigo nomás ha
parado en seco sus intentos de hacerse hombre de conocimiento; en vez de eso,
el hombre puede volverse un guerrero impetuoso, o un payaso. Pero la claridad
que tan caro ha pagado no volverá a transformarse en oscuridad y miedo. Será
claro mientras viva, pero ya no aprenderá ni ansiará nada.
‑Pero ¿qué tiene que hacer para evitar la
derrota?
-Debe hacer lo que hizo con el miedo: debe
desafiar su claridad y usarla sólo para ver, y esperar con paciencia y medir
con tiento antes de dar otros pasos; debe pensar, sobre todo, que su claridad
es casi un error. Y vendrá un momento en que comprenda que su claridad era sólo
un punto delante de sus ojos. Y así habrá vencido a su segundo enemigo, y
llegará a una posición donde nada puede ya dañarlo. Esto no será un error ni
tampoco una ilusión. No será solamente un punto delante de sus ojos. Ése será
el verdadero poder.
"Sabrá entonces que el poder tanto tiempo
perseguido es suyo por fin. Puede hacer con él lo que se le antoje. Su aliado
está a sus órdenes. Su deseo es la regla. Ve claro y parejo todo cuanto hay
alrededor. Pero también ha tropezado con su tercer enemigo: ¡el poder!
"El poder es el más fuerte de todos los
enemigos. Y naturalmente, lo más fácil es rendirse; después de todo, el hombre
es de veras invencible. Él manda; empieza tomando riesgos calculados y termina
haciendo reglas, porque es el amo del poder.
"Un hombre en esta etapa apenas advierte
que su tercer enemigo se cierne sobre él. Y de pronto, sin saber, habrá sin
duda perdido la batalla. Su enemigo lo habrá transformado en un hombre cruel,
caprichoso."
‑¿Perderá su poder?
-No, nunca perderá su claridad ni su poder.
-¿Entonces qué lo distinguirá de un hombre de
conocimiento?
‑Un hombre vencido por el poder muere sin
saber realmente cómo manejarlo. El poder es sólo un carga sobre su destino. Un
hombre así no tiene dominio de si mismo, ni puede decir cómo ni cuándo usar su
poder.
‑La derrota a manos de cualquiera de estos
enemigos ¿es definitiva?
‑Claro que es definitiva. Cuando uno de estos
enemigos vence a un hombre, no hay nada que hacer.
‑¿Es posible, por ejemplo, que el hombre
vencido por el poder vea su error y se corrija?
‑No. Una vez que un hombre se rinde, está
acabado.
‑¿Pero si el poder lo ciega temporalmente y
luego él lo rechaza?
‑Eso quiere decir que la batalla sigue. Quiere
decir que todavía está tratando de volverse hombre de conocimiento. Un hombre
está vencido sólo cuando ya no hace la lucha y se abandona.
‑Pero entonces, don Juan, es posible que un
hombre se abandone al miedo durante años, pero finalmente lo conquiste,
‑No, eso no es cierto. Si se rinde al miedo
nunca lo conquistará, porque se asustará de aprender y no volverá a hacer la
prueba. Pero si trata de aprender durante años, en medio de su miedo, terminará
conquistándolo porque nunca se habrá abandonado a él en realidad.
‑¿Cómo puede vencer a su tercer enemigo, don
Juan?
‑Tiene que desafiarlo, con toda intención.
Tiene que llegar a darse cuenta de que el poder que aparentemente ha
conquistado no es nunca suyo en verdad. Debe tenerse a raya a todas horas,
manejando con tiento, y con fe todo lo que ha aprendido. Si puede ver que, sin
control sobre sí mismo, la claridad y el poder son peores que los errores,
llegará a un punto en el que todo se domina. Entonces sabrá cómo y cuándo usar
su poder. Y así habrá vencido a su tercer enemigo.
"El hombre estará, para entonces, al fin
de su travesía por el camino del conocimiento, y casi sin advertencia tropezará
con su último enemigo: ¡la vejez! Este enemigo es el más cruel de todos, el
único al que no se puede vencer por completo; el enemigo al que solamente podrá
ahuyentar por un instante.
"Este es el tiempo en que un hombre ya no
tiene miedos, ya no tiene claridad impaciente; un tiempo en que todo su poder
está bajo control, pero también el tiempo en el que siente un deseo constante
de descansar. Si se rinde por entero a su deseo de acostarse y olvidar, si se
arrulla en la fatiga, habrá perdido el último asalto, y su enemigo lo reducirá
a una débil criatura vieja. Su deseo de retirarse vencerá toda su claridad, su
poder y su conocimiento.
"Pero si el hombre se sacude el cansancio
y vive su destino hasta el final, puede entonces ser llamado hombre de
conocimiento, aunque sea tan sólo por esos momentitos en que logra ahuyentar al
último enemigo, el enemigo invencible. Esos momentos de claridad, poder y
conocimiento son suficientes."
IV
Don Juan casi nunca hablaba abiertamente de
Mescalito. Cada vez que yo lo interrogaba sobre el tema se negaba a contestar,
pero siempre decía lo suficiente para crear una impresión de Mescalito:
impresión que siempre era antropomórfica. Mescalito era masculino, no sólo por
el género gramatical de su nombre, sino también por sus constantes cualidades
de ser protector y maestro. Don Juan reafirmaba estas características en formas
diversas cada vez que hablábamos.
Domingo, 24 de diciembre, 1961
‑La yerba del diablo nunca ha protegido a
nadie. Sólo sirve para dar poder. Mescalito, en cambio, es manso, como un
niñito.
‑Pero dijo usted que Mescalito es a veces
aterrador.
‑Claro que es aterrador, pero una vez que lo
conoces es manso y bondadoso.
‑¿Cómo muestra su bondad?
‑Es un protector y un maestro.
‑¿Cómo protege?
‑Puedes guardarlo contigo a toda hora y él
verá que nada malo te ocurra.
‑¿Cómo puede uno guardarlo consigo a toda
hora?
‑En una bolsita, amarrada con un cordón debajo
del brazo o alrededor del cuello.
‑¿Lo tiene usted consigo?
‑No, porque yo tengo un aliado. Pero otra
gente si.
‑¿Qué enseña?
‑Enseña a vivir como se debe.
‑¿Cómo enseña?
‑Enseña las cosas y te dice lo que son.
‑¿Cómo?
‑Tendrás que ver por ti mismo.
Martes, 30 de enero, 1962
‑¿Qué ve usted cuando Mescalito lo lleva
consigo, don Juan?
‑De esas cosas no se platica. No puedo decirte
eso.
‑¿Le pasaría algo malo si me dijera?
‑Mescalito es un protector, un protector manso
y bueno, pero eso no quiere decir que pueda uno burlarse de él. Por ser un
protector bueno también puede ser el horror mismo para los que no le gustan.
‑No quiero burlarme de él. Sólo quiero saber
qué hace hacer o ver a otras personas. Yo le describí a usted todo cuanto
Mescalito me hizo ver, don Juan.
‑Contigo es diferente, a lo mejor porque no
conoces sus modos. Hay que enseñarte sus modos como se enseña a caminar a un
niño.
‑¿Cuánto tiempo más hay que enseñarme?
‑Hasta que él mismo empiece a tener sentido
para ti.
‑¿Y entonces?
‑Entonces comprenderás solo. Ya no tendrás que
decirme nada.
‑¿Puede usted decirme solamente a dónde lo
lleva Mescalito?
-No puedo hablar de eso.
‑Nada más quiero saber si hay otro mundo al
cual lleva a la gente.
‑Hay.
‑¿Es el cielo?
‑Te lleva a través del cielo.
-Quiero decir, ¿es el cielo donde está Dios?
‑Ya te estás haciendo el pendejo. No sé dónde
está Dios.
-¿Es, Mescalito, Dios el único Dios? ¿O es uno
de los dioses?
-Es sólo un protector y un maestro. Es un
poder.
‑¿Es un poder dentro de nosotros mismos?
‑No. Mescalito no tiene nada que ver con
nosotros mismos. Está fuera de nosotros.
‑Entonces todo el que ve a Mescalito debe
verlo en la misma forma.
‑No, de ninguna manera. No es el mismo para
todos.
Jueves, 12 de abril, 1962
‑¿Por qué no me dice más sobre Mescalito, don
Juan?
‑No hay nada que decir.
‑Ha de haber miles de cosas que yo debería
saber antes de encontrarme de nuevo con él.
‑No. A lo mejor para ti no hay nada que debas
saber. Como ya te dije, no es el mismo para todos.
‑Lo sé, pero de cualquier modo me gustaría
saber qué opinan otros acerca de él.
‑La opinión de aquellos que se preocupan por
hablar de él no vale mucho. Ya verás. Lo más probable es que hables de él hasta
cierto punto, y de allí en adelante no vuelvas a mencionarlo.
‑¿Puede usted contarme de sus primeras experiencias?
‑¿Para qué?
‑Así sabré cómo portarme con Mescalito.
‑Tú ya sabes más que yo, Jugaste de verdad con
él. Algún día verás cuán bueno fue contigo el protector. Estoy seguro de que
esa primera vez te dijo muchas, muchas cosas, pero estabas sordo y ciego.
Sábado, 14 de abril, 1962
‑¿Toma Mescalito cualquier forma cuando
se muestra?
‑Sí, cualquier forma.
‑Entonces, ¿cuáles son las formas más comunes
que usted conoce?
‑No hay formas comunes.
‑¿Quiere usted decir, don Juan, que se aparece
en cualquier forma hasta a los hombres que lo conocen bien?
‑No. Se aparece en cualquier forma a los que
apenas lo conocen un poco, pero para quienes lo conocen bien es siempre
constante.
‑¿Cómo es constante?
‑A veces se les aparece como un hombre, igual
que nosotros, o como una luz. Nada más una luz.
-¿Cambia alguna vez Mescalito su forma
permanente con quienes lo conocen bien?
‑No que yo sepa.
Viernes, 6 de julio, 1962
Don Juan y yo iniciamos un viaje el sábado 23
de junio, al atardecer. Dijo que íbamos a buscar honguitos en el estado de
Chihuahua. Dijo que sería un viaje largo y duro. Tenía razón. Llegamos a un
pequeño pueblo minero en el norte de Chihuahua a las 10 p.m. del miércoles 27
de junio. Caminamos desde el sitio donde estacioné el coche, en las afueras del
pueblo, hasta la casa de sus amigos, un indio tarahumara y su esposa. Allí
dormimos.
A la mañana siguiente, el hombre nos despertó
a eso de las cinco. Nos llevó atole y frijoles. Tomó asiento y habló con don
Juan mientras comíamos, pero nada dijo sobre nuestro viaje.
Después del desayuno, el hombre puso agua en
mi cantimplora y dos panes de dulce en mi mochila. Don Juan me entregó la
cantimplora, se colgó la mochila a la espalda con un cordón, agradeció al
hombre su cortesía y, volviéndose hacia mi, dijo:
‑Es hora de irse.
Anduvimos cosa de kilómetro y medio sobre el
camino de tierra. Después cortamos a través de los campos, y en dos horas nos
hallamos al pie de los cerros al sur del pueblo. Ascendimos las suaves laderas
en dirección suroeste aproximada: Cuando llegamos a las pendientes más
abruptas, don Juan cambió de dirección y seguimos hacia el este, sobre un valle
alto. Pese a su edad avanzada, don Juan mantenía un paso tan increíblemente
rápido que al mediodía yo estaba agotado por completo. Nos sentamos y él abrió
el saco de pan.
‑Puedes comer todo si quieres ‑dijo,
‑¿Y usted?
‑No tengo hambre, y después no necesitaremos
esta comida,
Yo estaba muy cansado y hambriento y acepté su
oferta. Sentí que aquél era un buen momento para hablar sobre el propósito de
nuestro viaje, y como incidentalmente pregunté:
‑¿Piensa usted que nos quedaremos aquí mucho
tiempo?
‑Estamos aquí para juntar un poco de
Mescalito. Nos quedaremos hasta mañana,
‑¿Dónde está Mescalito?
‑En todo el rededor.
Cactos de muchas especies crecían en profusión
por toda la zona, pero no pude ver peyote entre ellos.
Echamos a andar de nuevo y a eso de las 3
llegamos a un valle largo y angosto, con empinadas colinas a los lados.
Me sentía extrañamente excitado ante la idea
de hallar peyote, que nunca había visto en su medio natural. Entramos en el
valle, y hemos de haber caminado unos ciento veinte metros cuando de pronto
localicé tres inconfundibles plantas de peyote. Estaban agrupadas, unos
centímetros por encima del terreno frente a mí, a la izquierda del sendero.
Parecían rosas verdes redondas y pulposas. Corrí hacia ellas, señalándolas a
don Juan.
El no me hizo caso y deliberadamente me dio la
espalda al alejarse. Me di cuenta que había hecho lo que no debía, y durante el
resto de la tarde caminamos en silencio, cruzando despacio el suelo llano del
valle, cubierto de piedras pequeñas y agudas. Pasábamos entre los cactos,
espantando multitudes de lagartijas y a veces un pájaro solitario. Y yo dejé
atrás veintenas de plantas de peyote sin decir una palabra.
A las 6 estábamos al pie de las montañas que
marcaban el final del valle. Trepamos a una saliente. Don Juan dejó su saco y
se sentó.
Yo tenía hambre de nuevo, pero no nos quedaba
comida; sugerí que recogiéramos el Mescalito y volviéramos al pueblo. Pareció
molestarse y chasqueó los labios. Dijo que íbamos a pasar la noche allí.
Permanecimos sentados en silencio. Había una
pared de roca a la izquierda, y a la derecha estaba el valle recién atravesado.
Se extendía una distancia considerable y parecía ser más ancho y menos llano
de lo que yo pensaba. Desde esta perspectiva, se le veía lleno de cerritos y
protuberancias.
‑Mañana echamos a andar de regreso ‑dijo don
Juan sin mirarme y señalando el valle. Caminamos de vuelta y lo recogemos al
cruzar el campo. Es decir, lo recogeremos sólo cuando se nos presente en
nuestro camino. El nos encontrará y no al revés. El nos
encontrará . . . si quiere.
Don Juan se reclinó contra el farallón y, con
la cabeza vuelta hacia un lado, continuó hablando como si hubiera allí otra
persona aparte de mi.
‑Otra cosa. Sólo yo puedo recogerlo. Tú a lo
mejor puedas cargar la bolsa, o caminar delante de mi; todavía no sé. Pero
mañana ¡no vayas a señalarlo como hiciste hoy!
‑Lo siento, don Juan.
‑Está bien. No sabías.
‑¿Le enseñó su benefactor todo esto sobre
Mescalito?
‑¡No! Nadie me ha enseñado sobre él. Mi maestro fue
el mismo protector.
‑¿Entonces mescalito es como una persona con
quien se puede hablar?
-No, no es.
-¿Entonces cómo enseña?
Permaneció callado un rato.
‑¿Te acuerdas de la vez que jugaste con él?
Entendiste lo que quería decir, ¿no?
‑¡SI!
-Así enseña. No lo sabías entonces, pero si le
hubieras prestado atención te habría hablado.
‑¿Cuándo?
‑Cuando lo viste por primera vez.
Parecía muy molesto por mis preguntas. Le dije
que tenia que preguntar todo esto porque deseaba averiguar cuanto pudiese.
-¡No me preguntes a mí! ‑sonrió con
malicia‑. Pregúntale a él. La próxima vez que lo veas, pregúntale todo lo que
quieres saber.
-Entonces Mescalito es como una persona con
quien se puede . . .
No me dejó terminar. Se dio vuelta, recogió la
cantimplora, bajó de la saliente y desapareció al rodear la roca. Yo no quería
estar allí solo, y aunque no me había pedido acompañarlo fui tras él. Caminamos
unos ciento cincuenta metros hasta un arroyuelo. Se lavó manos y cara y llenó
la cantimplora. Hizo buches de agua, pero no la tragó. Saqué un poco de agua
en el hueco de mis manos y bebí, pero él me detuvo y dijo que era innecesario
beber.
Me dio la cantimplora y echó a andar de
regreso a la saliente. Al llegar volvimos a sentarnos mirando el valle, de
espaldas contra el farallón. Pregunté si podíamos encender un fuego. Reaccionó
como si fuera inconcebible preguntar tal cosa. Dijo que por esa noche éramos
huéspedes de Mescalito y que él nos daría calor.
Ya anochecía. Don Juan extrajo de su saco dos
delgadas cobijas de algodón, echó una en mi regazo y, con la otra sobre los
hombros, se sentó cruzando las piernas. Abajo, el valle estaba oscuro, sus
contornos ya difusos en la bruma del atardecer.
Don Juan estaba inmóvil, encarando el campo de
peyote. Un viento continuo soplaba en mi rostro.
‑El crepúsculo es la raja entre los mundos ‑dijo
él suavemente, sin volverse hacia mí.
No pregunté qué quería decir. Mis ojos se cansaron.
De súbito me sentí exaltado, tenía un deseo extraño y avasallador de llorar.
Me acosté boca abajo. El piso de roca era duro
e incómodo y yo tenía que cambiar de postura cada pocos minutos. Finalmente
me senté y crucé las piernas, poniendo la cobija sobre mis hombros. Para mi
sorpresa, tal posición era perfectamente cómoda, y me quedé dormido.
Al despertar, oía don Juan hablarme. Estaba
muy oscuro. No podía verlo bien. No comprendí qué cosa decía, pero le seguí
cuando empezó a descender de la saliente. Nos desplazamos cuidadosamente, o al
menos yo, a causa de la oscuridad. Nos detuvimos al pie del farallón. Don Juan
tomó asiento y con una seña me indicó sentarme a su izquierda. Desabotonó su
camisa y sacó una bolsa de cuero, la cual abrió y colocó en el suelo frente a
él. Contenía botones secos de peyote.
Tras una pausa larga tomó uno de los botones.
Lo sostuvo en la mano derecha, frotándolo varias veces entre pulgar e índice
mientras canturreaba suavemente. De pronto dejó escapar un grito tremendo,
‑¡Aíííí!
Fue sobrecogedor, inesperado. Me aterró.
Vagamente lo vi poner el botón de peyote en su boca y empezar a mascarlo. Tras
un momento recogió el saco, se inclinó hacia mí y me susurró que tomara el
saco, cogiera un mescalito, volviera a poner el saco frente a nosotros, y luego
hiciera exactamente lo que él.
Tomando un botón de peyote, lo froté como él
había hecho. Mientras tanto, don Juan canturreaba, oscilando a un lado y a
otro. Traté varias veces de meter el botón en mi boca, pero me avergonzaba
gritar. Entonces, como en un sueño, un alarido increíble salió de mí: ¡Aíííí!
Por un momento pensé que se trataba de alguien más. De nuevo sentí en el
estómago los efectos de un shock nervioso. Estaba cayendo hacia atrás.
Me estaba desmayando. Metí en mi boca el botón de peyote y lo masqué. Tras un
rato don Juan tomó otro de la bolsa. Me sentí aliviado al ver que lo ponía en
su boca tras un canturreo corto. Me pasó la bolsa, y volvía dejarla frente a
nosotros después de sacar un botón. Este ciclo se repitió cinco veces antes de
que yo notara algo de sed. Recogí la cantimplora para beber, pero don Juan me
dijo que sólo me lavara la boca, y que no bebiera porque vomitaría.
Agité repetidamente el agua dentro de mi boca.
En determinado momento la tentación de beber fue formidable, y tragué un poco.
Inmediatamente mi estómago empezó a convulsionarse. Esperaba yo un fluir
indoloro y fácil, como durante mi primera experiencia con el peyote, pero para
mi sorpresa tuve sólo la sensación común de vomitar. No duró mucho, sin
embargo.
Don Juan cogió otro botón y me entregó la
bolsa, y el ciclo se renovó y repitió hasta que hube mascado catorce botones.
Para entonces, todas mis sensaciones iniciales de sed, frío e incomodidad
habían desaparecido. En su lugar tenía una novedosa sensación de tibieza y
excitación. Tomé la cantimplora para refrescarme la boca, pero estaba vacía.
‑¿Podemos ir al arroyo, don Juan?
En vez de proyectarse hacia afuera, el sonido
de mi voz pegó en el velo del paladar, rebotó hacia la garganta y resonó entre
ambos en una y otra dirección. El eco era suave y musical, y parecía aletear
dentro de mi garganta. El roce de las alas me apaciguaba. Seguí sus movimientos
de ida y vuelta hasta que desapareció.
Repetí la pregunta. Mi voz sonó como si me
hallase hablando dentro de una bóveda.
Don Juan no respondió. Me levanté y me volví
en dirección del arroyo, Lo miré para ver si venía, pero él parecía escuchar
algo atentamente.
Hizo un ademán imperativo de guardar silencio.
-¡Abuhtol [?] ya está aquí! -dijo.
Yo nunca había oído esa palabra, y meditaba si
preguntarle sobre ella cuando percibí un ruido que parecía ser un zumbido
dentro de mis orejas. El sonido se hizo gradualmente más fuerte, hasta semejar
la vibración causada por un enorme zumbador. Duró un momento breve y se fue
apagando hasta que todo estuvo otra vez en silencio. La violencia y la
intensidad del ruido me aterraron. Temblaba tanto que apenas podía permanecer
en pie; sin embargo, mi estado era perfectamente racional. Si unos minutos
antes me hallaba soñoliento, esta sensación había desaparecido por entero,
dando paso a una lucidez extrema. El ruido me recordó una película de ficción
científica en que las alas de una abeja gigantesca zumbaban al salir de un área
de radiación atómica. Reí de la idea. Vi a don Juan reclinarse para recuperar
su postura relajada. Y de pronto volvió a acosarme la imagen de una abeja
gigantesca. La imagen era más real que los pensamientos comunes. Estaba sola,
rodeada de una claridad extraordinaria. Todo lo demás fue expulsado de mi
mente. Este estado de claridad mental, sin precedente en mi vida, produjo otro
momento de terror.
Empecé a sudar. Me incliné hacia don Juan para
decirle que tenía miedo. Su rostro estaba a unos centímetros del mío. Me
miraba, pero sus ojos eran los ojos de una abeja. Parecían anteojos redondos,
con luz propia en la oscuridad. Sus labios formaban una trompa y de ellos
surgía un ruido acompasado: "Pehtuh‑peh‑tuh‑peh‑tuh." Salté hacia
atrás, casi chocando contra el muro de roca. Durante un tiempo al parecer
infinito experimenté un miedo insoportable. Jadeaba y gemía. El sudor se había
congelado sobre mi piel, dándome una rigidez incómoda. Entonces oí la voz de
don Juan diciendo:
‑¡Levántate! ¡Muévete! ¡Levántate!
La imagen se desvaneció y de nuevo pude ver su
rostro familiar.
-Voy por agua ‑dije tras otro momento
interminable. Mi voz se quebraba. Apenas me era posible articular las palabras.
Don Juan asintió. Mientras me alejaba, advertí que el miedo se había ido en
forma tan rápida y misteriosa como su llegada.
Al acercarme al arroyo noté que podía ver cada
objeto en el camino. Recordé que acababa de ver claramente a don Juan, cuando
antes apenas podía distinguir sus contornos. Me detuve y miré la distancia, y
pude ver incluso el otro lado del valle. Algunos peñascos que había allí se
hicieron perfectamente visibles. Pensé que debería ser de madrugada, pero se me
ocurrió que tal vez hubiera perdido la noción del tiempo. Miré mi reloj. ¡Eran
las 12 :10! Revisé el reloj para ver si estaba funcionando. No podía ser
mediodía: ¡tenía que ser medianoche! Planeaba correr por el agua y volver a
las rocas, pero vi acercarse a don Juan y lo esperé. Le dije que podía ver en
la oscuridad.
El se quedó mirándome largo rato sin decir
palabra; si acaso habló, no lo oí, pues me hallaba concentrado en mi nueva y
única capacidad de ver en lo oscuro. Podía distinguir los guijarros minúsculos
en la arena. En momentos todo estaba tan claro que parecía ser madrugada o
atardecer. Luego se oscurecía; luego se aclaraba de nuevo. Pronto advertí que
la luminosidad correspondía a la diástole de mi corazón, y la oscuridad a la
sístole. El mundo se hacía brillante y oscuro y brillante de nuevo con cada
latido de mi corazón.
Estaba absorto en este descubrimiento cuando
el extraño sonido que había oído antes se hizo audible otra vez. Mis músculos
se tensaron.
‑Anuhctal [según oí la palabra en esta
ocasión] está aquí ‑dijo don Juan. Yo imaginaba el bramido tan atronante, tan
avasallador, que nada más importaba. Cuando amainó, percibí un aumento súbito
en el volumen de agua. El arroyo, que un minuto antes había tenido una anchura
de menos de treinta centímetros, se expandió hasta ser un lago enorme. Luz que
parecía venir de encima de él tocaba la superficie como brillando a través de
follaje espeso. De tiempo en tiempo el agua cintilaba un segundo: dorada y
negra. Luego quedaba oscura, sin luz, casi fuera de vista y sin embargo
extrañamente presente.
No recuerdo cuánto tiempo permanecí allí, nada
más que observando, acuclillado a la orilla del lago negro. El rugido debió de
calmarse mientras tanto, pues lo que me hizo regresar con violencia (¿a la
realidad?) fue otro zumbido aterrador. Me volví para buscar a don Juan. Lo vi
trepar y desaparecer tras la saliente de roca. Sin embargo, el sentimiento de
estar solo no me molestaba en absoluto; reposaba allí en un estado de abandono
y confianza totales. El bramido se hizo audible de nuevo; era muy intenso, como
el ruido causado por un viento alto. Escuchándolo con todo el cuidado posible,
logré reconocer una melodía definida. Era un conglomerado de sonidos agudos,
como voces humanas, acompañado por un tambor bajo, grave. Enfoqué toda mi
atención en la melodía, y nuevamente noté que la sístole y la diástole de mi
corazón coincidían con el sonido del tambor y con la pauta de la música.
Me levanté y la melodía cesó. Traté de
escuchar mi corazón, pero el latido no era localizable. Me acuclillé de nuevo,
pensando que acaso la posición de mi cuerpo había causado o inducido los sonidos.
¡Pero nada ocurrió! ¡Ni un sonido! ¡Ni siquiera mi corazón! Pensé que ya era
bastante, pero al ponerme en pie para marcharme sentí un temblor de tierra. El
suelo bajo mis pies se estremecía. Perdí el equilibrio. Caí hacia atrás y quedé
bocarriba mientras la tierra se sacudía con violencia. Traté de aferrar una
roca o una planta, pero algo se deslizaba debajo de mí. Me incorporé de un
salto, estuve de pie un momento y volví a caer. El terreno donde me hallaba se
movía, deslizándose hacia el agua como una balsa. Permanecí inmóvil, atontado
por un terror que, como todo lo demás, era único, ininterrumpido y absoluto.
Surqué las aguas del lago negro encaramado en
un fragmento de la ribera que parecía un tronco de barro. Tenía la sensación
de ir más o menos hacia el sur, transportado por la corriente. Podía ver el
agua moverse y arremolinarse en torno mío. Se sentía fría al tacto, y
curiosamente pesada. La imaginé viva.
No había orillas ni puntos de referencia
discernibles, ni puedo evocar las ideas o sentimientos que debieron de asaltarme
durante aquel viaje. Tras lo que parecieron horas de ir a la deriva, mi balsa
dio un viraje en ángulo recto hacia la izquierda, el este. Siguió deslizándose
sobre el agua por una distancia muy corta, e inesperadamente chocó contra algo.
El golpe me aventó hacia adelante. Cerré los ojos y sentí un dolor agudo al
golpear el suelo con las rodillas y con los brazos extendidos. Después de un
momento, alcé la mirada. Yacía sobre el polvo. Era como si mi tronco de barro
se hubiese fundido con la tierra. Me senté y volví la cara. ¡El agua
retrocedía! Se desplazaba hacia atrás, como una ola en la resaca, hasta
desaparecer.
Quedé allí sentado largo tiempo, tratando de
organizar mis pensamientos y de integrar en una unidad coherente todo lo
ocurrido. Mi cuerpo entero estaba adolorido. Sentía la garganta como llaga
viva; me había mordido los labios al "desembarcar". Me incorporé. El
viento me dio conciencia de tener frío, Mi ropa estaba mojada. Las manos y
quijadas y rodillas me temblaban con tal violencia que hube de acostarme
nuevamente. Gotas de sudor resbalaban a mis ojos, quemándolos hasta hacerme
gritar de dolor.
Tras un rato recobré en cierta medida la
estabilidad y me levanté. En el crepúsculo oscuro, la escena era muy clara. Di
unos pasos. Me llegó distintamente el sonido de muchas voces humanas. Parecían
estar hablando alto. Seguí el sonido; caminé menos de cincuenta metros y me
detuve de pronto. Había llegado al final del camino. El sitio donde me hallaba
era un corral formado por grandes peñascos. Podía yo distinguir otra fila, y
otra, y otra, hasta que se fundían con la montaña empinada. De entre ellos
surgía la música más exquisita. Era un fluir sonoro ágil, constante, extraño.
Al pie de un peñasco vi a un hombre sentado en
el suelo, con el rostro vuelto casi de perfil. Me acerqué hasta hallarme quizá
a tres metros de él; entonces volvió la cabeza y me miró. Me detuve: ¡sus ojos
eran el agua que yo acababa de ver! Tenían el mismo volumen enorme, el cintilar
de oro y negro. La cabeza del hombre era puntiaguda como una fresa; su piel era
verde, salpicada de innumerables verrugas. A excepción de la forma en punta,
su cabeza era exactamente como la superficie de la planta del peyote. Me quedé
inmóvil, mirándolo; no podía apartar los ojos de él.
Sentí que me estaba presionando
deliberadamente el pecho con el peso de sus ojos. Me ahogaba. Perdí el equilibrio
y me desplomé. Sus ojos se desviaron. Oí que me hablaba. Al principio su voz
fue como el manso crujir de una brisa ligera. Luego la percibí como música
-como una melodía cantada‑ y "supe" que estaba diciendo:
‑¿Qué quieres?
Me arrodillé frente a él y hablé de mi vida.
Luego lloré. Me miró de nuevo. Sentí que sus ojos tiraban de mi y pensé que ese
sería el momento de mi muerte. Me hizo seña de acercarme. Vacilé un segundo
antes de dar un paso. Mientras me acercaba, él apartó de mí los ojos y me
enseñó el dorso de su mano. La melodía dijo: "¡Mira!" En medio de la
mano había un agujero redondo. "¡Mira!", dijo otra vez la melodía. Me
asomé al agujero y me vi a mí mismo. Estaba muy viejo y débil y corría
encorvado; chispas brillantes volaban en todo mi derredor. Luego tres de las
chispas me golpearon, dos en la cabeza y una en el hombro izquierdo. Mi figura,
en el agujero, se irguió por un momento hasta hallarse totalmente vertical, y
luego desapareció junto con el hoyo.
Mescalito volvió de nuevo los ojos a mí.
Estaban tan cerca que yo los "oía" retumbar suavemente con ese sonido
peculiar tantas veces oído esa noche. Fueron apaciguándose hasta ser como un
estanque quieto, ondulado por destellos de oro y negro.
Apartó los ojos una vez más y, saltando como
grillo, se alejó cosa de cincuenta metros. Saltó otra y otra vez, y desapareció
en la lejanía.
Lo siguiente que recuerdo es haber echado a
andar. Muy racionalmente, traté de reconocer puntos de referencia, tales como
montañas en la distancia, para orientarme. Durante toda la experiencia me
habían obsesionado los puntos cardinales, y creía yo que el norte debía estar
a mi izquierda. Caminé en esa dirección bastante rato antes de advertir que ya
era de día y que ya no estaba usando mi "visión nocturna". Recordé
que tenía reloj y vi la hora. Eran las 8.
A eso de las 10 llegué a la saliente donde
había estado la noche anterior. Don Juan yacía dormido en el suelo.
‑¿Dónde has estado? ‑dijo.
Me senté a tomar aire. Tras un largo silencio,
don Juan preguntó:
-¿Lo viste?
Empecé a narrar la sucesión de mis
experiencias desde el principio, pero me interrumpió diciendo que todo cuanto
importaba era si lo había yo visto o no. Me preguntó si Mescalito había estado
cerca de mí. Le dije que casi lo había tocado.
Esa parte de mi relato le interesó. Escuchó
atentamente cada detalle, sin comentar, interrumpiendo sólo para inquirir
sobre la forma del ente que yo había visto, su talante, y otros detalles acerca
de él. Era como mediodía cuando don Juan pareció haber oído suficiente. Se
levantó y amarró a mi pecho un saco de lona; me ordenó caminar tras él y dijo
que él iba a cortar a Mescalito y que yo debía recibirlo en mis manos y meterlo
con delicadeza en el saco.
Bebimos un poco de agua y empezamos a caminar.
Cuando llegamos al borde del valle, don Juan pareció titubear un momento sobre
la dirección a seguir. Una vez que hubo elegido anduvimos en línea recta.
Cada vez que llegábamos a una planta de
peyote, se acuclillaba frente a ella y muy gentilmente cortaba la parte
superior con su cuchillo corto y serrado. Hacía una incisión al nivel del suelo
y rociaba la "herida", como él la llamaba, con polvo puro de azufre
que llevaba en una bolsa de cuero. Sostenía el botón fresco en la mano
izquierda y esparcía el polvo con la derecha. Luego se ponía en pie para
entregarme el botón, que yo recibía con ambas manos, como él había prescrito, y
colocaba dentro del saco.
‑Mantente derecho y no dejes que la bolsa
toque la tierra ni las matas ni ninguna otra cosa ‑me decía repetidamente,
como si pensara que yo lo olvidaría.
Recogimos sesenta y cinco botones. Cuando el
saco estuvo completamente lleno, lo puso sobre mi espalda y amarró otro a mi
pecho. Al terminar de cruzar la meseta teníamos dos sacos llenos, que
contenían ciento diez botones de peyote. Los sacos eran tan pesados y
voluminosos que yo apenas podía caminar bajo su bulto y su peso.
Don Juan me susurró que las bolsas estaban
pesadas porque Mescalito quería regresar a la tierra. Dijo que la tristeza de
dejar su morada era lo que hacía pesado a Mescalito; mi verdadera tarea era no
dejar que los sacos tocaran el suelo, porque si lo hacía, Mescalito jamás me
permitiría tomarlo de nuevo.
En un momento particular la presión de las
correas sobre mis hombros se hizo insoportable. Algo estaba ejerciendo una
fuerza tremenda, tirando hacia abajo. Sentí mucha aprensión. Noté que había
empezado a caminar más rápidamente, casi a correr; iba por así decirlo
trotando detrás de don Juan.
De pronto disminuyó el peso sobre mi pecho y
mi espalda. La carga se hizo esponjosa y ligera. Corrí libremente para
alcanzar a don Juan, que iba delante de mí. Le dije que ya no sentía el peso.
Me explicó que ya habíamos dejado la morada de Mescalito.
Martes, 3 de julio, 1962
‑Creo que Mescalito casi te ha aceptado ‑dijo
don Juan.
‑¿Por qué dice usted que casi me ha
aceptado, don Juan?
‑No te mató, ni siquiera te hizo daño. Te dio un
buen susto, pero no uno malo de verdad. Si no te hubiera aceptado para nada,
se te habría aparecido monstruoso y lleno de ira. Algunas gentes han aprendido
lo que significa el horror al encontrárselo y no ser aceptadas.
‑Si es tan terrible, ¿por qué no me lo dijo
usted antes de llevarme al campo?
‑No tienes valor suficiente para buscarlo a
propósito. Pensé que era mejor que no supieses.
‑¡Pero pude haber muerto, don Juan!
‑sí, pudiste. Pero yo estaba seguro de que te
iba a ir bien. Una vez jugó contigo. No te hizo daño. Pensé que también esta
vez tendría compasión de ti.
Le pregunté si realmente pensaba que Mescalito
me había tenido compasión. La experiencia había sido aterradora; yo sentía
casi haber muerto de susto.
Dijo que Mescalito fue de lo más bondadoso
conmigo; me enseñó una escena que era una respuesta a una pregunta. Don Juan
dijo que Mescalito me había dado una lección. Le pregunté cuál era la lección
y qué significaba. Dijo que sería imposible responder a esa pregunta porque yo
había tenido demasiado miedo para saber exactamente qué le preguntaba a
Mescalito.
Don Juan sondeó mi memoria con respecto a lo que
había dicho a Mescalito antes de que él me enseñara la escena en su mano. Pero
yo no podía acordarme. Todo cuanto recordaba era haber caído de rodillas a
"confesarle mis pecados".
Don Juan no pareció tener interés en hablar
más de eso. Le pregunté:
‑¿Puede enseñarme la letra de las canciones
que usted cantaba?
‑No, no puedo. Esas palabras son mías, las
palabras que el protector mismo me enseñó. Las canciones son mis
canciones. No puedo decirte cuáles son.
‑¿Por qué no puede decirme, don Juan?
‑Porque esas canciones son un lazo entre el
protector y yo. Estoy seguro de que algún día él te enseñará tus propias
canciones. Espera hasta entonces, y nunca jamás copies ni preguntes las
canciones que pertenecen a otra gente.
‑¿Cuál era el nombre que usted pronunció?
¿Puede decirme eso, don Juan?
‑No. Su nombre nunca puede pronunciarse más
que para llamarlo.
‑¿Y si yo quiero llamarlo?
‑Si algún día te acepta, te dirá su nombre.
Ese nombre será para qué tú solo lo uses, ya sea para llamarlo en voz alta o
para decírtelo en silencio a ti mismo. A. lo mejor te dirá que su nombre es
José. Quién sabe.
-¿Por qué es malo usar su nombre para hablar
de él?
‑Ya viste sus ojos, ¿no? Con el protector no
se juega. ¡Por eso no puedo explicarme el hecho de que escogiera jugar contigo!
‑¿Cómo puede ser él un protector si también
hace mal a la gente?
‑La respuesta es muy sencilla. Mescalito es un
protector porque está a la disposición de cualquiera que lo busque.
‑Pero, ¿no es cierto que todo en el mundo está
a la disposición de cualquiera que lo busque?
‑No, eso no es cierto. Los poderes aliados
sólo están a disposición de los brujos, pero cualquiera puede disponer de
Mescalito.
‑Pero entonces ¿por qué daña a cierta gente?
-No a todos les gusta Mescalito, pero todos lo
buscan con la idea de sacar provecho sin trabajar. Naturalmente, su encuentro
con él siempre es horrendo.
-¿Qué ocurre cuando acepta por entero a alguien?
‑Se le aparece como un hombre, o como una luz.
Cuando alguien ha ganado esta clase de aceptación, Mescalito es constante. Ya
no vuelve a cambiar después. A lo mejor cuando te lo encuentres de nuevo será
una luz, y algún día hasta puede llevarte a volar y revelarte todos sus
secretos.
‑¿Qué tengo que hacer para llegar a ese punto,
don Juan?
‑Tienes que ser un hombre fuerte, y tu vida
tiene que ser verdadera.
‑¿Qué es una vida verdadera?
‑Una vida que se vive con la certeza nítida de
estar viviéndola; una vida buena, fuerte.
V
Don Juan inquiría periódicamente, en forma
casual, sobre el estado de mi datura. En el año transcurrido desde que replanté
la raíz, la planta se había convertido en un arbusto grande. Había dado
semillas y las vainas de las semillas se habían secado. Y don Juan juzgó que
era hora de que yo aprendiera algo más sobre la yerba del diablo.
Domino, 27 de enero, 1963
Don Juan me dio hoy la información preliminar
sobre la "segunda parte" de la raíz de datura, el segundo paso en el aprendizaje
de la tradición. Dijo que la segunda parte de la raíz era el verdadero
principio del aprendizaje; en comparación con ella, la primera parte era juego
de niños. Había que dominar la segunda parte; había que tomarla veinte veces
por lo menos, dijo, antes de poder avanzar al tercer paso.
‑¿Qué hace la segunda parte? ‑pregunté.
‑La segunda parte de la yerba del diablo se
usa para ver. Con ella, un hombre puede remontarse por los aires y ver qué está
pasando en cualquier sitio que escoja.
‑¿Puede en verdad un hombre volar por los
aires, don Juan?
‑¿Por qué no? Como ya te dije, la yerba del
diablo es para aquellos que buscan poder. El hombre que domina la segunda parte
puede usar la yerba del diablo para ganar más poder haciendo cosas que nadie se
imagina.
-¿Qué clase de cosas, don Juan?
-No te lo puedo decir. Cada hombre es
distinto.
Lunes, 28 de enero, 1963
‑Si completas con bien el segundo paso ‑dijo
don Juan‑, sólo podré enseñarte otro paso más. Al ir aprendiendo sobre la
yerba del diablo me di cuenta de que no era para mí, y ya no adelanté más en su
camino.
‑¿Qué le hizo decidir en contra de ello, don
Juan?
‑La yerba del diablo estuvo a punto de matarme
todas las veces que traté de usarla. Una vez me fue tan mal que me di por
acabado. Y sin embargo, yo habría podido evitar todo ese dolor.
‑¿Cómo? ¿Hay alguna manera especial de evitar
el dolor?
‑Sí, hay una manera,
‑¿Es una fórmula, o un procedimiento, o qué?
‑Es una manera de agarrarse a las cosas. Por
ejemplo, cuando yo estaba aprendiendo sobre la yerba del diablo, era demasiado
ansioso. Me agarraba a las cosas de la misma manera que los niños agarran
dulces. La yerba del diablo es sólo un camino entre cantidades de caminos.
Cualquier cosa es un camino entre cantidades de caminos. Por eso debes tener
siempre presente que un camino es sólo un camino; si sientes que no deberías
seguirlo, no debes seguir en él bajo ninguna condición. Para tener esa claridad
debes llevar una vida disciplinada. Sólo entonces sabrás que un camino es nada
más un camino, y no hay afrenta, ni para ti ni para otros, en dejarlo si eso es
lo que tu corazón te dice. Pero tu decisión de seguir en el camino o de dejarlo
debe estar libre de miedo y de ambición. Te prevengo. Mira cada camino de cerca
y con intención. Pruébalo tantas veces como consideres necesario. Luego hazte a
ti mismo, y a ti solo, una pregunta. Es una pregunta que sólo se hace un hombre
muy viejo. Mi benefactor me habló de ella una vez cuando yo era joven, y mi
sangre era demasiado vigorosa para que yo la entendiera, Ahora sí la entiendo.
Te diré cuál es: ¿tiene corazón este camino? Todos los caminos son lo mismo: no
llevan a ninguna parte. Son caminos que van por el matorral. Puedo decir que
en mi propia vida he recorrido caminos largos, largos, pero no estoy en ninguna
parte. Ahora tiene sentido la pregunta de mi benefactor, ¿Tiene corazón este
camino? Si tiene, el camino es bueno; si no, de nada sirve. Ningún camino lleva
a ninguna parte, pero uno tiene corazón y el otro no. Uno hace gozoso el viaje;
mientras lo sigas, eres uno con él. El otro te hará maldecir tu vida. Uno te
hace fuerte; el otro te debilita.
Domingo, 21 de abril, 1963
La tarde del martes 16 de abril, don Juan y yo
fuimos a los cerros donde están sus daturas. Me pidió dejarlo solo allí, y
esperarlo en el coche. Volvió casi tres horas después cargando un paquete
envuelto en una tela roja. Cuando iniciábamos el regreso a su casa, señaló el
bulto y dijo que era su último regalo para mí.
Pregunté si quería decir que ya no iba a
enseñarme. Explicó que se refería al hecho de que yo tenía una planta
plenamente madura y ya no necesitaría de las suyas.
Al atardecer tomamos asiento en su cuarto; él
sacó un mortero y una mano, ambos de acabado pulido. El cuenco del mortero
tenía unos quince centímetros de diámetro. Desató un gran paquete lleno de
bultos pequeños, seleccionó dos y los puso sobre un petate, a mi lado; luego
añadió otros cuatro bultos del mismo tamaño, extraídos del paquete que trajo a
casa. Dijo que eran semillas, y yo debía molerlas hasta convertirlas en polvo
fino. Abrió el primer bulto y virtió parte de su contenido en el mortero. Las
semillas secas eran redondas, de color amarillo caramelo.
Empecé a trabajar con la mano del mortero;
tras un rato don Juan me corrigió. Me dijo que primero empujase la mano contra
un lado del recipiente y luego la deslizara sobre el fondo para hacerla subir
contra el otro lado. Le pregunté qué iba a hacer con el polvo. No quiso hablar
de ello.
El primer lote de semillas resultó
extremadamente duro de moler. Tardé cuatro horas en terminar el trabajo. La
espalda me dolía a causa de la postura en que había estado sentado. Me acosté y
quise dormirme allí mismo, pero don Juan abrió la siguiente bolsa y vació parte
de su contenido en el mortero. Esta vez las semillas eran un poco más oscuras
que las primeras y se hallaban apelotonadas. El resto del contenido de la bolsa
era una especie de polvo, consistente en gránulos muy pequeños, redondos y
oscuros.
Yo quería algo de comer, pero don Juan dijo
que si deseaba aprender tenía que seguir la regla, y la regla sólo me permitía
beber un poco de agua mientras aprendía los secretos de la segunda parte.
La tercera bolsa contenía un puñado de
gorgojos negros, vivos. Y en la última había algunas semillas frescas: blancas
y casi pulposas en su blancura, pero fibrosas y difíciles de convertir en pasta
fina, como don Juan esperaba de mí. Cuando hube terminado de moler el contenido
de las cuatro bolsas, él midió dos tazas de un agua verdosa, la virtió en una
olla de barro y puso la olla al fuego. Cuando el agua hervía, añadió el primer
lote de semillas pulverizadas. Agitó el líquido con un pedazo largo y
puntiagudo de hueso o madera, que llevaba en su morral de cuero. Apenas hirvió
nuevamente el agua, añadió las otras sustancias una por una, siguiendo el
mismo procedimiento. Luego añadió otra taza de la misma agua y dejó la mezcla
hervir a fuego lento.
Entonces me dijo que era hora de macerar la
raíz, Extrajo cuidadosamente un largo pedazo de raíz de datura del bulto que
había traído a casa. La raíz tenía unos cuarenta centímetros de largo. Era
gruesa, como de cuatro centímetros de diámetro. Dijo que era la segunda parte,
y también la había medido él mismo porque aún era su raíz. La próxima
vez que yo probara la yerba del diablo, dijo, tendría que medir mi propia raíz.
Empujó hacia mi el gran mortero, y procedí a
macerar la raíz exactamente como él había hecho con la primera parte. Me guió a
través de los mismos pasos, y nuevamente dejamos la raíz macerada remojándose
en agua, expuesta al sereno. Para entonces, la mezcla hirviente se había solidificado
en la olla de barro. Don Juan retiró la olla del fuego, la puso dentro de una
red y la colgó de una viga a mitad del aposento.
El 17 de abril, a eso de las 8 de la mañana,
don Juan y yo empezamos a colar con agua el extracto de raíz. Era un día claro,
soleado, y don Juan interpretó el buen tiempo como augurio de que yo le
simpatizaba a la yerba del diablo; dijo que, conmigo allí, nada más se acordaba
de lo mala que la yerba había sido con él.
El procedimiento que seguimos para filtrar el
extracto de raíz fue el mismo que yo había observado para la primera parte. Al
atardecer, tras vaciar el agua de encima por octava vez, quedó en el fondo del
recipiente una cucharada de sustancia amarillenta.
Volvimos al cuarto de don Juan, donde aún había dos
bolsitas sin tocar. Abrió una, metió la mano y con la otra plegó el extremo
abierto en torno de su muñeca. Parecía estar sosteniendo algo, a juzgar por la
forma como su mano se movía dentro de la bolsa. De pronto, con un movimiento
rápido, peló la bolsa de su mano como quitándose un guante, volteándola al
revés, y acercó la mano a mi rostro. Estaba sosteniendo una lagartija. La
cabeza del animal se hallaba a pocos centímetros de mis ojos. Había algo
extraño en el hocico. Observé un momento, y luego me retraje involuntariamente.
El hocico de la lagartija estaba cosido con puntadas toscas. Don Juan me
ordenó coger la lagartija con la mano izquierda. La aferré; se revolvió contra
mi palma. Sentí náuseas. Mis manos empezaron a sudar.
Don Juan tomó la última bolsa y, repitiendo
los mismos movimientos, extrajo otra lagartija. También la acercó a mi cara. Vi
que los ojos del animal estaban cosidos. Me ordenó coger esta lagartija con la
mano derecha.
Para cuando tuve ambas lagartijas en las
manos, me hallaba a punto de vomitar. Tenía un deseo avasallador de dejarlas
caer y largarme de allí.
‑¡No las apachurres! ‑dijo, y su voz me trajo
un sentido de alivio y de propósito. Preguntó qué me pasaba. Trataba de estar
serio, pero no pudo contener la risa. Intenté aflojar las manos, pero sudaban
tan profusamente que las lagartijas, retorciéndose, empezaron a escapárseme.
Sus garritas agudas arañaban mis manos, produciendo una increíble sensación de
asco y náusea. Cerré los ojos y apreté los dientes. Una de las lagartijas ya se
deslizaba a mi muñeca; sólo necesitaba dar un tirón para sacar la cabeza de
entre mis dedos y quedar libre. Yo experimentaba una sensación peculiar de
desesperación física, de incomodidad suprema. Gruñía a don Juan, entre dientes,
que me quitara esas porquerías. Mi cabeza se sacudía involuntariamente. El me
miró con curiosidad. Gruñí como un oso, sacudiendo el cuerpo. Don Juan echó
las lagartijas en sus bolsas y empezó a reír. Yo quería reír también, pero
tenía el estómago revuelto. Me acosté.
Le expliqué que lo que me había afectado era
la sensación de las garras en mis palmas; él dijo que muchas cosas podían
volver loco a un hombre, sobre todo si no tenía la decisión, el propósito necesario
para aprender; pero cuando un hombre poseía una intención clara y recia, los
sentimientos no resultaban en modo alguno un obstáculo, pues era capaz de
controlarlos.
Don Juan esperó un rato y entonces, repitiendo
los mismos movimientos, me entregó de nuevo las lagartijas. Me dijo que alzara
sus cabezas y las frotara suavemente contra mis sienes, mientras les preguntaba
cualquier cosa que quisiera saber.
Al principio no comprendí qué deseaba de mí.
Me dijo otra vez que preguntara a las lagartijas cualquier cosa que yo no
pudiese averiguar por mi mismo. Me dio toda una serie de ejemplos: podía yo
descubrir cosas sobre personas que por lo común no veía, o sobre objetos
perdidos, o sobre sitios que no conociera. Entonces advertí que se refería a la
adivinación. Me puse muy excitado. Mi corazón empezó a latir con fuerza.
Sentí que perdía el aliento.
Me advirtió que esta primera vez no preguntara
sobre asuntos personales: dijo que mejor pensara en algo que no tuviese nada
que ver conmigo. Debía pensar rápidamente y con claridad, porque no habría modo
de revocar mis pensamientos.
Traté frenéticamente de pensar en algo que
deseara saber. Don Juan me instaba con imperiosidad, y quedé atónito al darme
cuenta de que no podía pensar nada que quisiese "preguntar" a las
lagartijas.
Tras una espera penosamente larga, se me
ocurrió algo. Tiempo antes, habían robado un buen número de libros de un salón
de lectura. No era un asunto personal, y sin embargo me interesaba. Yo no
tenía ideas preconcebidas acerca de la identidad de la persona, o personas,
que habían tomado los libros. Froté las lagartijas contra mis sienes,
preguntándoles quién era el ladrón.
Tras un rato, don Juan metió las lagartijas en
las bolsas y dijo que no había ningún secreto profundo con respecto a la raíz
ni a la pasta. La pasta se hacía para dar dirección; la raíz aclaraba las
cosas. Pero el verdadero misterio eran las lagartijas. Ellas eran el secreto de
toda la brujería de la segunda parte, dijo don Juan. Le pregunté si eran un
tipo especial de lagartijas. Respondió que sí lo eran. Tenían que venir de la
zona de la propia planta de uno; tenían que ser amigas de uno. Y para trabar
amistad con las lagartijas, había que cultivarla un largo período. Había que
desarrollar una fuerte amistad con ellas dándoles comida y hablándoles con
bondad.
Pregunté por qué era tan importante su
amistad. Don Juan dijo que las lagartijas sólo se dejan capturar si conocen al
hombre, y quien tomara en serio la yerba del diablo debía tratar con seriedad a
las lagartijas. Dijo que, como regla, las lagartijas debían cogerse después de
que la pasta y la raíz estuvieran preparadas. Debían cogerse al atardecer. Si
uno no estaba en confianza con las lagartijas, dijo, podía pasarse días
tratando, sin éxito, de cogerlas, y la pasta sólo duraba un día. Luego me dio
una larga serie de instrucciones concernientes al procedimiento a seguir una
vez capturadas las lagartijas.
‑Una vez que hayas cogido las lagartijas,
ponlas en bolsas separadas. Luego saca a la primera y háblale. Discúlpate por
causarle dolor y ruégale que te ayude. Y cósele la boca con una aguja de
madera. Haz la costura con fibras de ágave y una espina de choya. Aprieta bien
las puntadas. Luego dile las mismas cosas a la otra lagartija y cósele los
párpados. A la hora en que la noche empiece a caer estarás listo. Toma la
lagartija de la boca cosida y explícale el asunto del que quieres saber. Pídele
que vaya a ver por ti. Dile que tuviste que coserle la boca para que se apure a
volver y no hable con nadie más. Déjala revolcarse en la pasta después de que
se la embarres en la cabeza; luego ponla en el suelo. Si toma la dirección de
tu buena fortuna, la brujería saldrá bien y fácil. Si agarra la dirección contraria,
saldrá mal. Si la lagartija se acerca a ti (hacia el sur) puedes esperar mejor
suerte que de costumbre, pero si se aleja de ti (hacia el norte), la brujería
será terriblemente difícil, ¡Puedes hasta morir! De modo que, si se aleja de
ti, estás a tiempo de rajarte. A estas alturas puedes tomar la decisión de rajarte.
Si te rajas, perderás tu autoridad sobre las lagartijas, pero mejor eso que
perder la vida. O también puede ser que decidas seguir con la brujería a pesar
de mi advertencia. En ese caso, el paso siguiente es tomar la otra lagartija y
decirle que escuche el relato de su hermana y luego te lo describa.
‑¿Pero cómo puede la lagartija de la boca
cosida decirme lo que ve? ¿No se le cosió la boca para que no hablara?
‑Coserle la boca le impide contar su relato a
los extraños. La gente dice que las lagartijas son platicadoras; en cualquier
parte se paran a platicar. Bueno, el paso siguiente es embarrarle la pasta
atrás de la cabeza, y luego frotar la cabeza de la lagartija contra tu sien
izquierda, sin que la pasta toque el centro de tu frente. Al comienzo del aprendizaje,
es buena idea enlazar a la lagartija por en medio, con un cordón, y amarrártela
al hombro derecho. Así no la pierdes ni la lastimas. Pero conforme progresas y
te vas familiarizando con el poder de la yerba del diablo, las lagartijas aprenden
a obedecer tus órdenes y se quedan trepadas en tu hombro. Después que te hayas
untado pasta en la sien derecha, con la lagartija, mete en la olla los dedos de
las dos manos; úntate la pasta primero en las sienes y luego extiéndela bien
sobre ambos lados de tu cabeza. La pasta se seca muy rápido, y puede aplicarse
tantas veces como sea necesario. Cada vez, empieza por usar primero la cabeza
de la lagartija y después tus dedos. Tarde o temprano la lagartija que fue a
ver regresa y le cuenta a su hermana todo el viaje, y la lagartija ciega te lo
describe como si fueras de su especie. Cuando la brujería esté terminada, pon
a la lagartija en el suelo y déjala ir, pero no mires a dónde va. Escarba con
las manos un agujero hondo y entierra en él todo lo que usaste.
Alrededor de las 6 p.m., don Juan recogió del
recipiente el extracto de raíz, depositándolo sobre un trozo liso de pizarra;
había menos de una cucharadita de almidón amarillo. Puso la mitad en una taza
y añadió agua amarillenta. Dio vueltas a la taza para disolver la sustancia. Me
entregó la taza y me dijo que bebiera la mezcla. Era insípida, pero dejó en mi
boca un sabor levemente amargo. El agua estaba demasiado caliente y eso me
molestó. Mi corazón empezó a golpear aprisa, pero pronto me tranquilicé de
nuevo.
Don Juan trajo la olla de la pasta. Esta
parecía sólida y tenía una superficie reluciente. Quise penetrar la costra con
el dedo, pero don Juan saltó hacía mi y apartó mi mano de la olla. Se molestó
mucho; dijo que era mucho descuido de mi parte el tratar de hacer eso, y que si
yo de veras quería aprender no había necesidad de ser descuidado. Eso era
poder, dijo señalando la pasta, y nadie sabia qué clase de poder era en
realidad. Era suficiente injuria, ya que nos metiéramos con él para nuestros
propios fines ‑algo que no podemos evitar porque somos hombres, dijo‑, pero al
menos había que tratarlo con el debido respeto. La mezcla semejaba avena
cocida. Al parecer tenía almidón suficiente para darle esa consistencia. Don
Juan me pidió traer las bolsas con las lagartijas. Tomó la lagartija del hocico
cosido y me la entregó cuidadosamente. Me hizo cogerla con la mano izquierda y
me dijo que tomara con el dedo un poco de pasta y lo frotara en la cabeza de la
lagartija y luego pusiera a la lagartija en la olla y la sostuviera allí hasta
que la pasta cubriese todo su cuerpo.
Luego me indicó sacar a la lagartija de la
olla. Recogió la olla y me guió a una zona rocosa no demasiado lejos de su
casa. Señaló una gran roca y me dijo que me sentara frente a ella, como si
fuera mi datura, y, sosteniendo la lagartija frente a mi rostro, le explicara
nuevamente lo que deseaba saber y le rogara ir a buscarme la respuesta. Me
aconsejó decir a la lagartija que sentía haber tenido que causarle molestias, y
prometerle que a cambio seria bueno con todas las lagartijas. Y luego me indicó
sostenerla entre los dedos tercero y cuarto de mi mano izquierda, donde una vez
él hizo un corte, y bailar alrededor de la roca haciendo exactamente lo que
había hecho al replantar la raíz de la yerba del diablo; me preguntó si
recordaba cuanto había hecho entonces. Dije que sí. Subrayó que todo tenía que
ser exactamente igual, y que si no me acordaba debía esperar hasta que todo se
hallase claro en mi memoria. Me advirtió con gran apremio que si actuaba en
forma precipitada, sin deliberar, me haría daño a mí mismo. Su última
indicación fue que yo pusiera en tierra a la lagartija del hocico cosido y
observara hacia dónde se iba, para poder determinar el resultado de la
experiencia. Dijo que no debía yo apartar los ojos de la lagartija ni por un
instante, pues una treta común de las lagartijas era distraerlo a uno y luego
salir corriendo.
Todavía no acababa de oscurecer. Don Juan miró
el cielo.
‑Te dejo solo ‑dijo, y se alejó.
Seguí todas sus instrucciones y luego puse a
la lagartija en el suelo. La lagartija permaneció inmóvil donde la dejé. Luego
me miró, y corrió a las rocas, hacia el este, y desapareció entre ellas.
Me senté en el suelo frente a la roca, como si
estuviera ante mi planta. Una profunda tristeza me invadió. Me pregunté por la
lagartija del hocico cosido. Pensé en su extraño viaje y en cómo me miró antes
de correr. Era un pensamiento extraño, una proyección molesta. A mi modo yo
también era una lagartija, realizando otro viaje extraño. Mi destino, acaso,
era sólo el de ver; en ese momento sentía que nunca me sería posible decir lo
que había visto. Para entonces ya estaba muy oscuro. Apenas podía ver las rocas
que estaban frente a mí. Pensé en las palabras de don Juan: “El crepúsculo:
¡allí está la rendija entre los mundos!”
Tras largo titubeo empecé a seguir los pasos
prescritos. Aunque la pasta parecía avena cocida, no tenía ese tacto. Era muy
lisa y fría. Olía en forma peculiar, acre. Producía en la piel una sensación de
frescura y se secaba rápidamente. Me froté las sienes once veces, sin notar
efecto alguno. Traté con mucho cuidado de tomar en cuenta cualquier cambio en
percepción o estado de ánimo, pues ni siquiera sabía qué anticipar. De hecho,
no era yo capaz de concebir la naturaleza de la experiencia, e insistía en
buscar pistas.
La pasta se había secado y desprendido en
escamas de mis sienes, Estaba a punto de untarme más cuando advertí que me
hallaba sentado sobre los tobillos, a la japonesa. Había estado sentado con las
piernas cruzadas y no recordaba haber cambiado de postura. Tardé algún tiempo
en tomar
plena conciencia de que me encontraba sobre el
piso de una especie de claustro con arcadas altas. Pensé que eran de ladrillo,
pero al examinarlas vi que eran de piedra.
Esta transición fue muy difícil. Sobrevino tan
repentinamente que yo no estaba listo para seguirla. Mi percepción de los
elementos de la visión era difusa, como si soñara. Pero los componentes no
cambiaban. Permanecían fijos, y yo podía detenerme junto a cualquiera de ellos
y examinarlo concretamente. La visión no era tan clara ni tan real como una
inducida por el peyote. Tenía un carácter nebuloso, un matiz pastel
intensamente placentero.
Me pregunté si podría levantarme o no, y en
seguida noté que me había movido. Estaba en la parte superior de una escalera y
H, una amiga mía, se hallaba al pie de ella. Sus ojos eran febriles. Había en
ellos un brillo de locura. Rió fuertemente, con tal intensidad que resultó
aterradora su risa, Empezó a subir la escalera. Quise huir o refugiarme, porque
"ella había estado chiflada una vez". Ese fue el pensamiento que
acudió a mi mente. Me oculté detrás de una columna y H pasó ante mí sin mirar,
"Ahora se va a un largo viaje", fue otro pensamiento que se me ocurrió
entonces, y finalmente la última idea que recordé fue: "Se ríe cada vez
que está a punto de tronar."
De pronto la escena se hizo muy clara; ya no
era como un sueño. Era como una escena común, pero yo parecía estar viéndola a
través de un cristal. Traté de tocar una columna, pero todo cuanto noté fue que
no podía moverme; sin embargo, sabía que podía quedarme cuanto quisiera,
contemplando la escena. Estaba en ella pero no era parte de ella.
Sentí que levantaba un dique de pensamientos y
argumentos racionales. Me hallaba, hasta donde podía juzgar, en un estado
ordinario de conciencia sobria. Cada elemento pertenecía al terreno de mis
procesos normales. Y sin embargo, yo sabía que no se trataba de un estado
ordinario.
La escena cambió súbitamente. Era de noche. Me
encontraba en el vestíbulo de un edificio. La oscuridad dentro del edificio me
hizo consciente de que en la escena anterior la luz del sol tenía una hermosa
claridad. Pero había sido algo tan común que en ese momento no lo advertí. Al
seguir mirando la nueva visión, vi a un joven salir de un cuarto con una
mochila grande sobre los hombros. No sabía yo quién era, aunque lo había visto
una o dos veces. Pasó frente a mí y descendió las escaleras. Para entonces yo
había olvidado mi aprensión, mis dilemas racionales. "¿Quién es ese
tipo?" pensé. "¿Por qué lo vi?"
La escena cambió de nuevo y me hallé
observando al joven mutilar libros: pegaba algunas páginas con goma, borraba
marcas. Luego lo vi acomodar los libros con cuidado en una caja de madera,
Había una pila de cajas. No estaban en su cuarto sino en algún almacén. Otras
imágenes acudieron a mi mente, pero no estaban claras. La escena se hizo
nebulosa. Tuve la sensación de girar.
Don Juan me sacudió por los hombros y
desperté. Me ayudó a levantarme y caminamos de regreso a su casa. Habían pasado
tres horas y media desde el momento en que empecé a untar la pasta en mis
sienes hasta la hora en que desperté, pero el estado visionario no pudo haber
durado más de diez minutos. Yo no sentía ningún mal efecto; sólo hambre y
sueño.
jueves, 18 de abril, 1963
Don Juan me pidió anoche describir mi reciente
experiencia, pero yo estaba demasiado adormecido para hablar de ella. No podía
concentrarme. Hoy, apenas desperté, repitió su petición.
‑¿Quién te dijo que esta muchacha H había
estado chiflada? ‑preguntó cuándo terminé mi historia.
‑Nadie. Fue sólo uno de los pensamientos que
tuve.
‑¿Crees que eran tus pensamientos?
Le dije que eran mis pensamientos, aunque yo
no tenía motivo para pensar que H hubiese estado enferma. Eran pensamientos
extraños. Parecían brotar en mi mente surgidos de ninguna parte. Don Juan me
miró inquisitivo. Le pregunté si no me creía; rió y dijo que mi costumbre era
ser descuidado con mis actos.
‑¿Qué hice mal, don Juan?
‑Debiste haber escuchado a las lagartijas.
-¿Cómo debí escuchar?
-La lagartijita encima de tu hombro te estaba
describiendo todo lo que veía su hermana. Te estaba hablando. Te estaba
diciendo todo, y tú no hiciste caso. En cambio, creíste que las palabras de la
lagartija eran tus propios pensamientos.
‑Pero si eran mis propios pensamientos,
don Juan.
‑No lo eran. Esa es la naturaleza de esta
brujería, Para decirte la verdad, la visión es más para escucharse que para
mirarse. Lo mismo me pasó a mí. Estaba a punto de advertírtelo cuando recordé
que mi benefactor no me lo advirtió a mi tampoco.
‑¿Fue su experiencia como la mía, don Juan?
‑No. La mía fue un viaje infernal. Casi me
muero.
‑¿Por qué fue infernal?
‑A lo mejor porque yo no le caía bien a la
yerba del diablo, o porque no tenía claro lo que quería preguntar. Como tú
ayer. Has de haber estado pensando en esa muchacha cuando preguntaste por los
libros.
‑No me acuerdo de eso.
-Las lagartijas nunca yerran; toman cada
pensamiento como una pregunta. La lagartija volvió y te dijo cosas de H que
nadie podrá entender jamás, porque ni siquiera tú sabes cuáles eran tus
pensamientos.
‑¿y la otra visión que tuve?
‑Tus pensamientos han de haber estado firmes
cuando hiciste esa pregunta. Y así es como hay que conducir esta brujería: con
claridad.
‑¿O sea que la visión de la muchacha no debe
tomarse en serio?
‑¿Cómo puede tomarse en serio si no sabes qué
preguntas estaban contestando las lagartijitas?
‑¿Sería más claro para la lagartija si uno
hiciera una sola pregunta?
‑Sí, sería más claro. Si pudieras sostener con
firmeza un solo pensamiento.
‑¿Pero qué ocurriría, don Juan, si la única
pregunta no fuera sencilla?
‑Mientras tu pensamiento sea firme y no se
meta en otras cosas, es claro para las lagartijitas, y entonces su respuesta es
clara para ti.
‑¿Puede uno hacer más preguntas a las
lagartijas mientras va avanzando en la visión?
‑No. La visión es para mirar lo que las
lagartijas te estén diciendo. Por eso dije que es una visión para oír más que
una visión para ver. Por eso te pedí tratar asuntos no personales. Por lo
general, cuando la pregunta trata de personas, tu ansia de tocarlas o de
hablarles es demasiado fuerte, y la lagartija deja de hablar y la brujería se
deshace. Deberás saber mucho más que ahora antes de querer ver cosas que te
conciernan en lo personal. La próxima vez debes escuchar con cuidado. Estoy
seguro de que las lagartijitas te dijeron muchas, muchas cosas, pero no estabas
escuchando.
Viernes, 19 de abril, 1963
‑¿Qué son todas las cosas que molí para la
pasta, don Juan?
‑Semillas de yerba del diablo y los gorgojos
que viven de las semillas. La medida es un puño de cada cosa ‑ahuecó la mano
derecha para mostrarme cuánto.
Le pregunté qué ocurriría si un elemento se
usara solo, sin los demás. Dijo que tal procedimiento sólo produciría el
antagonismo de la yerba del diablo y de las lagartijas.
‑No debes enemistarte con las lagartijas ‑dijo‑,
porque al otro día, cuando esté atardeciendo, tienes que regresar al sitio de
tu planta. Háblales a todas las lagartijas y pide que salgan otra vez a las dos
que te ayudaron en la brujería. Busca por todas partes hasta que esté oscuro.
Si no puedes hallarlas, debes intentarlo de nuevo al otro día. Sí eres fuerte
hallarás a las dos, y entonces tendrás que comértelas allí mismo. Y tendrás por
siempre la facultad de ver lo desconocido. Ya nunca necesitarás coger
lagartijas para practicar esta brujería. Vivirán dentro de ti desde entonces.
‑¿Qué hago si nada más encuentro una?
‑Si nada más encuentras una, debes dejarla ir
al final de tu búsqueda. Si la encuentras el primer día, no la guardes con la
esperanza de coger a la otra al día siguiente. Eso nada más echaría a perder tu
amistad con ellas.
‑¿Qué sucede si no puedo hallarlas para nada?
‑Creo que eso seria lo mejor para ti. Quiere
decir que debes coger dos lagartijas cada vez que necesites su ayuda, pero
también quiere decir que eres libre.
‑¿Cómo, libre?
‑Libre de ser esclavo de la yerba del diablo.
Si las lagartijas viven dentro de ti, la yerba del diablo no te dejará ir
jamás.
‑¿Es malo eso?
‑Claro que es malo. Te apartará de todo lo
demás. Tendrás que pasar la vida cultivándola como aliado. Es posesiva. Una vez
que te domina, sólo hay un camino a seguir: el suyo.
‑¿Y si hallo muertas a las lagartijas?
‑Si hallas muerta a una o a las dos, no debes
tratar de hacer esta brujería durante un tiempo. Déjala descansar un rato.
"Creo que sólo esto necesito decirte; lo
que te he dicho es la regla. Cada vez que practiques por tu cuenta esta
brujería, debes sentarte frente a tu planta y seguir todos los pasos que te he
descrito. Otra cosa, No debes comer ni beber hasta que la brujería esté
terminada."
VI
El siguiente paso en las enseñanzas de don
Juan fue un nuevo aspecto en el dominio de la segunda parte de la raíz de
datura. En el tiempo transcurrido entre las dos etapas del aprendizaje, don
Juan inquirió únicamente acerca del desarrollo de mi planta.
Jueves, 27 de junio, 1963
‑Es buena costumbre probar la yerba del diablo
antes de emprender de líen, su camino ‑dijo don Juan.
-¿Cómo se le prueba, don Juan?
‑Debes probar otra brujería con las
lagartijas. Tienes todos los elementos que se necesitan para hacerles una pregunta
más, esta vez sin mi ayuda.
‑¿Es muy necesario que haga yo esta brujería,
don Juan?
‑Es la mejor forma de probar los sentimientos
de la yerba del diablo hacia ti. Ella te prueba todo el tiempo, así que es
justo que tú también la pruebes, y si en cualquier punto a lo largo de su
camino sientes que por algún motivo no deberías seguir, entonces simplemente
te detienes.
Sábado, 29 de junio, 1963
Saqué a colación el tema de la yerba del
diablo. Quería que don Juan me dijese más sobre ella, y sin embargo no quería
comprometerme a participar.
‑La segunda parte se usa nada más para
adivinar, ¿no es así, don Juan? ‑pregunté para iniciar la conversación.
‑No solamente para adivinar. Con ayuda de la
segunda parte, uno aprende la brujería de las lagartijas, y al mismo tiempo
prueba a la yerba del diablo; pero en realidad la segunda parte se usa para
otros propósitos. La brujería de las lagartijas es apenas el principio.
‑Entonces, ¿para qué se usa, don Juan?
No respondió. Cambiando súbitamente el tema,
me preguntó de qué tamaño estaban las daturas que crecían alrededor de mi
propia planta. Señalé la altura con un gesto. Don Juan dijo:
‑Te he enseñado a distinguir el macho de la
hembra. Ahora, ve a tus plantas y tráeme los dos. Ve primero a tu planta vieja
y observa con cuidado el cauce hecho por la lluvia. A estas alturas, el agua ha
de haber llevado muy lejos las semillas. Observa las zanjitas hechas por el
desagüe y de ellas determina la dirección de la corriente. Luego encuentra la
planta que esté creciendo en el punto más alejado a tu planta. Todas las
plantas de yerba del diablo que crezcan en medio son tuyas. Más tarde, cuando
vayan soltando semilla, puedes extender el tamaño de tu territorio siguiendo el
cauce desde cada planta a lo largo del camino.
Me dio instrucciones minuciosas sobre cómo
procurarme una herramienta cortante. El corte de la raíz, dijo, debía hacerse
en la forma siguiente. Primero, debía yo escoger la planta que iba a cortar y
apartar la tierra en torno al sitio donde la raíz se unía al tallo. Segundo,
debía repetir exactamente la misma danza que había ejecutado al replantar la
raíz. Tercero, debía cortar el tallo y dejar la raíz en la tierra. El paso
final era cavar para extraer cuarenta centímetros de raíz. Me instó a no
hablar ni delatar sentimiento alguno durante este acto.
‑Deberás llevar dos trozos de tela ‑dijo‑.
Extiéndelos en el suelo y pon las plantas encima. Luego córtalas en partes y
amontónalas. El orden depende de ti, pero debes recordar siempre qué orden
usaste, porque así es como tienes que hacerlo siempre. Tráeme las plantas tan
pronto como las tengas.
Sábado, 6 de julio, 1963
El lunes 1° de julio corté las daturas que don
Juan había pedido. Esperé a que estuviera bastante oscuro antes de bailar
alrededor de las plantas, pues no quería que nadie me viera. Me sentía lleno de
aprensión. Estaba seguro de que alguien iba a presenciar mis extrañas acciones.
Previamente había yo elegido dos plantas que me parecieron macho y hembra.
Tenía que cortar cuarenta centímetros de la raíz de cada una, y no fue tarea
fácil cavar a esa profundidad con un palo. Requirió horas. Tuve que terminar
el trabajo en la oscuridad completa, y ya listo para cortarlas debí usar una
lámpara de mano. Mi aprensión original de que alguien fuera a verme resultó
mínima en comparación con el miedo de que alguien notara la luz en los matorrales,
Llevé las plantas a casa de don Juan el martes
2 de julio. El abrió los bultos y examinó los trozos. Dijo que aún tenía que
darme semillas de sus plantas. Empujó un mortero frente a mí. Tomó un frasco
de vidrio y vació su contenido ‑semillas secas aglomeradas‑ en el mortero.
Le pregunté qué eran, y repuso que semillas
comidas de gorgojo. Había entre ellas bastantes bichos: pequeños gorgojos
negros. Dijo que eran bichos especiales, que debíamos sacarlos y ponerlos en
un frasco aparte. Me entregó otro frasco, lleno hasta la tercera parte del
mismo tipo de gorgojos. Un trozo de papel metido en el frasco les impedía
escapar.
‑La próxima vez tendrás que usar los bichos de
tus propias plantas ‑dijo don Juan‑. Lo que haces es cortar las vainas que
tengan agujeritos: están llenas de gorgojos. Abres la vaina y raspas todo y lo
echas en un frasco. Junta un puñado de gorgojos y guárdalos aparte. Trátalos
mal. No les tengas miramientos ni consideraciones. Mide un puño de las semillas
apelmazadas comidas de gorgojo y un puño del polvo de los bichos, y entierra lo
demás en cualquier sitio en esa dirección [señaló el sureste] de tu planta.
Luego juntas semillas buenas, secas, y las guardas por separado. Junta todas
las que quieras. Siempre puedes usarlas. Es buena idea sacar allí las semillas
de las vainas, para poder enterrar todo de una vez.
Luego, don Juan me dijo que moliera primero
las semillas apelmazadas, después los huevos de gorgojo, después los bichos y
finalmente las semillas buenas y secas.
Cuando todo estuvo bien pulverizado, don Juan
tomó los pedazos de datura que yo había cortado y amontonado. Separó la raíz
macho y la envolvió con delicadeza en un trozo de tela. Me entregó lo demás y
me dijo que lo cortara en pedacitos, lo moliera bien y pusiera en una olla
hasta la última gota del jugo. Dijo que yo debía macerar las partes en el mismo
orden en que las había amontonado.
Después de que terminé, me hizo medir una taza
de agua hirviendo y agitarla con todo en la olla, y luego añadir otras dos
tazas. Me entregó una barra de hueso de acabado pulido. Agité con ella la
papilla y puse la olla en el fuego. Don Juan dijo entonces que debíamos
preparar la raíz, usando para ello el mortero grande porque la raíz macho no
podía cortarse para nada. Fuimos atrás de la casa. Don Juan tenía listo el
mortero, y procedía machacar la raíz como había hecho antes. La dejamos
remojando, al sereno, y entramos en la casa.
Me indicó vigilar la mezcla en la olla. Debía
dejarse hervir hasta que tuviera cuerpo: hasta que fuese difícil de agitar.
Luego se acostó en su petate y se durmió. La papilla llevaba al menos una hora
hirviendo cuando noté que cada vez era más difícil agitarla. Juzgué que debía
estar lista y la quité del fuego. La puse en la red bajo las tejas y me dormí.
Desperté al levantarse don Juan. El sol
brillaba en un cielo despejado. Era un día cálido y seco. Don Juan comentó de
nuevo su certeza de que yo le caía bien a la yerba del diablo.
Procedimos a tratar la raíz, y al finalizar el
día teníamos una buena cantidad de sustancia amarillenta en el fondo del
cuenco. Don Juan escurrió el agua de encima. Pensé que ése era el fin del
proceso, pero él volvió a llenar el recipiente con agua hirviendo.
Bajó la olla de la papilla. Esta parecía casi
seca. Llevó la olla dentro de la casa, la colocó cuidadosamente en el piso y se
sentó. Luego empezó a hablar.
‑Mi benefactor me dijo que se permitía mezclar
la planta con manteca. Y eso es lo que vas a hacer. Mi benefactor me la mezcló
a mi con manteca, pero, como. ya te he dicho, yo nunca le tuve afición a la
planta ni traté realmente de hacerme uno con ella. Mi benefactor decía que para
mejores resultados, para quienes de veras quieren dominar el poder, lo debido
es revolver la planta con sebo de jabalí. El sebo de tripa es el mejor. Pero
escoge tú. Acaso la vuelta de la rueda decida que tomes como aliado a la yerba
del diablo, y en ese caso te aconsejo, como mi benefactor me aconsejó a mí,
cazar un jabalí y sacar el sebo de tripa.
En otros tiempos, cuando la yerba del diablo
era lo mejor, los brujos acostumbraban ir de cacería nada más para traer sebo
de jabalí. Buscaban a los machos más grandes y fuertes. Tenían una magia
especial para jabalíes; tomaban de ellos un poder especial, tan especial que
hasta en esos días costaba trabajo creerlo. Pero ese poder se perdió. No sé
nada de él. Ni conozco a nadie que sepa. A lo mejor la misma yerba te enseña
todo eso.
Don Juan midió un puño de manteca y lo echó en
el cuenco donde estaba la pasta seca, limpiándose la mano en el borde de la
olla. Me dijo que agitara el contenido hasta que estuviera suave y bien
revuelto.
Batí la mezcla durante casi tres horas. Don
Juan la miraba de tiempo en tiempo, sin considerarla terminada aún. Por fin
pareció satisfecho. El aire batido en la pasta le había dado un color gris claro,
y consistencia de jalea. Colgó la olla del techo, junto al otro recipiente.
Dijo que iba a dejarlo allí hasta el otro día, porque preparar esta segunda
parte requería dos días. Me dijo que no comiera nada entre tanto. Podía tomar
agua, pero rada de comida.
El día siguiente, jueves 4 de julio, cuatro
veces hice escurrir la raíz, dirigido por don Juan. La última vez que escurrí
el agua del cuenco, ya estaba oscuro. Nos sentamos en el porche. Don Juan puso
ambos recipientes frente a mí. El extracto de raíz consistía en una cucharadita
de almidón blancuzco. Lo puso en una taza y añadió agua. Dio vueltas a la taza
para disolver la sustancia y luego me entregó la taza. Me dijo que bebiera todo
lo que había en la taza. Lo bebí rápido y luego puse la taza en el piso y me
recliné. Mi corazón empezó a golpear; sentí perder el aliento. Don Juan me
ordenó, como si tal cosa, quitarme toda la ropa. Le pregunté por qué, y dijo
que para untarme la pasta. Vacilé. No sabia si desvestirme.
Don Juan me instó a apurarme. Dijo que había
muy poco tiempo para tonterías. Me quité toda la ropa.
Tomó su barra de hueso y cortó dos líneas
horizontales en la superficie de la pasta, dividiendo así el contenido de la
olla en tres partes iguales. Luego, empezando en el centro de la línea
superior, trazó una raya vertical perpendicular a las otras dos, dividiendo la
pasta en cinco partes. Señaló el área inferior de la derecha y dijo que era
para mi pie izquierdo. El área encina de ésa era para mi pierna izquierda. La
parte superior, la más grande, era para mis genitales. La que seguía hacia
abajo, del lado izquierdo, era para mi pierna derecha, y el área inferior
izquierda para mi pie derecho. Me dijo que aplicara la parte destinada al pie
izquierdo en la planta del pie y la frotara a conciencia. Luego me guió en la
aplicación de la pasta a la parte interior de toda mi pierna izquierda, a mis
genitales, hacia abajo por toda la parte interior de la pierna derecha, y
finalmente a la planta del pie derecho.
Seguí sus instrucciones. La pasta estaba fría
y tenía un olor particularmente fuerte. Al terminar de aplicarla me enderecé.
El olor de la mezcla entraba en mi nariz. Me estaba sofocando. El olor acre
literalmente me asfixiaba. Era como un gas de algún tipo. Traté de respirar por
la boca y traté de hablarle a don Juan, pero no pude.
Don Juan me miraba con fijeza. Di un paso
hacia él. Mis piernas eran como de hule y largas, extremadamente largas. Di
otro paso. Las junturas de mis rodillas parecían tener resorte, como una
garrocha para salto de altura; se sacudían y vibraban y se contraían
elásticamente. Avancé. El movimiento de mi cuerpo era lento y tembloroso: más
bien un estremecimiento ascendente y hacia adelante. Bajé la mirada y vi a don
Juan sentado debajo de mí: muy por debajo de mí. El impulso me hizo dar otro
paso, aun más largo y elástico que el precedente. Y entonces me elevé. Recuerdo
haber descendido una vez; entonces empujé con ambos pies, salté hacia atrás y
me deslicé bocarriba. Veía el cielo oscuro sobre mí, y las nubes que pasaban a
mi lado. Moví el cuerpo a tirones para ver hacia abajo. Vi la masa oscura de
las montañas. Mi velocidad era extraordinaria. Tenía los brazos fijos,
plegados contra los flancos. Mi cabeza era la unidad directriz. Manteniéndola
echada hacia atrás, describía yo círculos verticales. Cambiaba de dirección
moviendo la cabeza hacia un lado. Disfrutaba de libertad y ligereza como nunca
antes había conocido. La maravillosa oscuridad me producía un sentimiento de
tristeza, de añoranza tal vez. Era como haber hallado un sitio al cual
correspondía: la oscuridad de la noche. Traté de mirar en torno, pero todo
cuanto percibía era que la noche estaba serena, y sin embargo pletórica de
poder.
De pronto supe que era hora de bajar; fue como
recibir una orden que debía obedecer. Y empecé a descender como una pluma, con
movimientos laterales. Ese tipo de trayectoria me hacía sentir enfermo. Era
lento y a sacudidas, como si estuvieran bajándome con poleas. Me dio náusea. Mi
cabeza estallaba a causa de un dolor torturante en extremo. Una especie de
negrura me envolvía. Tenía mucha conciencia del sentimiento de hallarme
suspendido en ella.
Lo siguiente que recuerdo es la sensación de
despertar. Estaba en mi cama, en mi propio cuarto. Me senté. Y la imagen de mi
cuarto se disolvió. Me levanté, ¡Estaba desnudo! Al ponerme en pie, volvió la
náusea.
Reconocí algunos puntos de referencia. Me
encontraba a menos de un kilómetro de la casa de don Juan, cerca del sitio de
sus daturas. De pronto todo encajó donde le correspondía y me di cuenta de que
debería regresar caminando hasta la casa, desnudo. Hallarme privado de ropa
era una profunda desventaja psicológica, pero nada podía yo hacer para resolver
el problema. Pensé en improvisarme una falda con ramas, pero la idea parecía
ridícula y además pronto amanecería, pues el crepúsculo matutino ya estaba
claro. Olvidé mi incomodidad y mi náusea y eché a andar rumbo a la casa. Me
obsesionaba el temor de ser descubierto. Iba a la expectativa de gente o
perros. Traté de correr, pero me herí los pies en las piedritas agudas. Caminé
despacio. Ya había clareado mucho. Entonces vi a alguien acercarse por el
camino, y rápidamente salté tras los matorrales. La situación me parecía de lo
más incongruente. Un momento antes me hallaba disfrutando el increíble placer
de volar; al minuto siguiente estaba escondido, avergonzado de mi propia
desnudez. Pensé en saltar de nuevo al camino y correr con todas mis fuerzas
pasando junto a la persona que se acercaba. Pensé que se sobresaltaría tanto
que, cuando advirtiera que se trataba de un hombre desnudo, yo ya la habría
dejado muy atrás. Pensé todo eso, pero no me atrevía moverme.
La persona que venía por el camino estaba casi
junto a mí y se detuvo. La oí decir mi nombre. Era don Juan, y traía mi ropa.
Riendo, me miró vestirme; rió tanto que acabé por reír también yo.
El mismo día, viernes 5 de julio, al caer la
tarde, don Juan me pidió narrarle los detalles de mi experiencia. Relaté todo
el episodio con el mayor cuidado posible.
‑La segunda parte de la yerba del diablo se
usa para volar ‑dijo cuando hube terminado‑. El ungüento por sí solo no basta.
Mi benefactor decía que la raíz es la que dirige y da sabiduría, y es la causa
del volar. Conforme vayas aprendiendo, y la tomes seguido para volar, empezarás
a ver todo con gran claridad. Puedes remontarte por los aires cientos de
kilómetros para saber qué está pasando en cualquier lugar que quieras, o para
descargar un golpe mortal sobre tus enemigos lejanos. Conforme te vayas familiarizando
con la yerba del diablo, ella te enseñará a hacer esas cosas. Por ejemplo, ya
te ha enseñado a cambiar de dirección. Así, te enseñará cosas que ni te
imaginas.
‑¿Cómo qué, don Juan?
‑Eso no te lo puedo decir. Cada hombre es
distinto. Mi benefactor jamás me dijo lo que había aprendido. Me dijo cómo
proceder, pero jamás lo que él vio. Eso es nada más para uno mismo.
-Pero yo le digo a usted todo lo que veo, don
Juan.
‑Ahora sí. Más tarde no. La próxima vez que
tomes la yerba del diablo la tomarás solo, alrededor de tus propias plantas,
porque allí es donde aterrizarás: alrededor de tus plantas. Recuérdalo. Por eso
vine aquí a mis plantas a buscarte.
No dijo más y me quedé dormido. Al despertar
por la noche, me sentía revigorizado. Por alguna razón exudaba una especie de
contento físico. Estaba feliz, satisfecho. Don Juan me preguntó:
‑¿Te gustó la noche? ¿O te asustó?
Le dije que la noche había sido en verdad
magnífica.
‑¿Y tu dolor de cabeza? ¿Era muy fuerte? ‑preguntó.
‑Tan fuerte como todas las otras sensaciones.
Fue el peor dolor que he sentido ‑dije.
‑¿Te impediría eso querer probar otra vez el
poder de la yerba del diablo.
-No sé. No quiero ahora, pero más tarde quizá.
De veras no sé, don Juan.
Había una pregunta que yo deseaba hacerle,
Supe que él la evadiría, de modo que había esperado que él mismo tocara el
tema; esperé todo el día. Por fin, aquella noche antes de irme, tuve que
preguntarle:
‑¿De verdad volé, don Juan?
‑Eso me dijiste. ¿No?
‑Ya lo sé, don Juan. Quiero decir, ¿voló mi
cuerpo? ¿Me elevé como un pájaro?
‑Siempre me preguntas cosas que no puedo
responder. Tú volaste. Para eso es la segunda parte de la yerba del diablo.
Conforme vayas tomando más, aprenderás a volar a la perfección. No es asunto
sencillo. Un hombre vuela con ayuda de la segunda parte de la yerba del diablo.
Nada más eso puedo decirte. Lo que tú quieres saber no tiene sentido. Los
pájaros vuelan como pájaros y el enyerbado vuela así.
-¿Así como los pájaros?
‑No, así como los enyerbados.
‑Entonces no volé de verdad, don Juan. Volé
sólo en mi imaginación, en mi mente. ¿Dónde estaba mi cuerpo?
‑En las matas ‑repuso cortante, pero
inmediatamente echó a reír de nuevo‑, El problema contigo es que nada más
entiendes las cosas de un modo. No piensas que un hombre vuele, y sin embargo
un brujo puede recorrer mil kilómetros en un segundo para ver qué está pasando.
Puede descargar un golpe sobre sus enemigos a grandes distancias. Conque ¿vuela
o no vuela?
‑Mire, don Juan, usted y yo tenemos
orientaciones diferentes. Pongamos por caso que uno de mis compañeros
estudiantes hubiera estado aquí conmigo cuando tomé la yerba del diablo.
¿Habría podido verme volar?
‑Ahí vas de vuelta con tus preguntas de qué
pasaría si. . . Es inútil hablar así. Si tu amigo, o cualquier otro, toma la
segunda parte de la yerba, no le queda otra cosa sino volar. Ahora, si nada más
te está viendo, puede que te vea volar, o puede que no. Depende del hombre,
-Pero lo que quiero decir, don Juan, es que si
usted y yo miramos un pájaro y lo vemos volar, estamos de acuerdo en que vuela.
Pero si dos de mis amigos me hubieran visto volar como anoche, ¿habrían estado
de acuerdo en que yo volaba?
‑Bueno, a lo mejor. Tú estás de acuerdo en que
los pájaros vuelan porque los has visto volar. Volar es cosa común para los
pájaros. Pero no estarás de acuerdo en otras cosas que hacen los pájaros,
porque nunca los has visto hacerlas. Si tus amigos supieran de hombres que
vuelan con la yerba del diablo, entonces estarían de acuerdo.
‑Vamos a ponerlo de otro modo, don Juan. Lo
que quise decir es que, si me hubiera amarrado a una roca con una cadenota
pesada, habría volado de todos modos, porque mi cuerpo no tuvo nada que ver
con el vuelo.
Don Juan me miró incrédulo.
‑Si te amarras a una roca ‑dijo‑, mucho me temo que
tendrás que volar cargando la roca con su pesada cadenota.
VII
juntar los ingredientes y prepararlos para la
mezcla de fumar formaba un ciclo anual. El primer año, don Juan me enseñó el
procedimiento. En diciembre de 1962, el segundo año, al renovarse el ciclo, don
Juan se limitó a dirigirme; yo mismo recolecté los ingredientes, los preparé, y
los guardé hasta el año siguiente.
En diciembre de 1963, empezó un nuevo ciclo.
Don Juan me enseñó entonces a combinar los ingredientes secos que yo había
juntado y preparado el año anterior. Echó la mezcla de fumar en una bolsita de
cuero, y nos pusimos a reunir una vez más los diversos ingredientes, para el
próximo año.
Don Juan rara vez mencionó el
"humito" durante el año transcurrido entre ambas recolecciones. Sin
embargo, siempre qué iba a verlo me daba a sostener su pipa, y el proceso de
"hacer amistad" con la pipa se desarrolló tal como él había
prescrito. Puso la pipa en mis manos muy gradualmente. Exigía concentración y
cautela absoluta en esa acción, y me daba instrucciones explícitas. Cualquier
torpeza con la pipa produciría inevitablemente mi muerte o la suya propia,
decía.
Apenas hubimos terminado el tercer ciclo de
recolección y preparación, don Juan empezó a hablar del humo como aliado por
primera vez en más de un año.
Lunes, 23 de diciembre, 1963
Regresábamos en el coche a su casa, tras
recolectar unas flores amarillas para la mezcla. Eran uno de los ingredientes
necesarios. Hice la observación de que aquel año, al juntar los ingredientes,
no habíamos seguido el mismo orden que el pasado. Rió y dijo que el humito no
era caprichoso ni mezquino, como la yerba del diablo. Para el humito, el orden
de recolección carecía de importancia; lo único que se requería era que quien
usara la mezcla fuese certero y exacto.
Pregunté a don Juan qué íbamos a hacer con la
mezcla que él preparó y me dio a guardar. Repuso que era mía, y añadió que yo
debía usarla lo más pronto posible. Pregunté cuánto se necesitaba cada vez. La
bolsita que me había dado contenía aproximadamente el triple de la cantidad
que cabría en una bolsa pequeña de tabaco. Me dijo que en un año tenía que usar
todo el contenido de mi bolsa, y la cantidad necesaria cada vez que fumase era
asunto personal.
Quise saber qué pasaría si nunca me acababa la
bolsa. Don Juan dijo que nada pasaría; el humito no exigía nada. El mismo ya no
necesitaba fumar, y sin embargo cada año hacia una mezcla nueva. Luego se
corrigió y dijo que rara vez tenía que fumar. Le pregunté qué hacía con
la mezcla no usada, pero no respondió. Dijo que la mezcla ya no servía si no se
usaba en un año.
En este punto nos metimos en una larga
discusión. Yo no formulaba correctamente mis preguntas, y sus respuestas
parecían confusas. Yo deseaba saber si la mezcla perdería sus propiedades
alucinógenas, o poder, después de un año, haciendo así necesario el ciclo
anual, pero él insistió en que la mezcla no perdía su poder después de ningún
tiempo. Sólo pasaba, dijo, que uno ya no la necesitaba porque había hecho nueva
provisión; debía disponer del resto de la vieja mezcla en una forma especifica,
que don Juan no quiso revelarme en ese punto.
Martes, 24 de diciembre, 1963
‑Dijo usted, don Juan, que ya no necesita
fumar.
‑Sí; como el humito es mi aliado, ya no
necesito fumar. Puedo llamarlo en donde sea y cuando sea.
‑¿Quiere decir que viene con usted aunque
usted no fume?
‑Quiero decir que yo voy libremente con él.
-¿Podré hacer eso yo también?
‑Podrás, si logras ganártelo como aliado.
Martes, 31 de diciembre, 1963
El jueves 26 de diciembre tuve mi primera
experiencia con el aliado de don Juan, el humito. Durante todo el día llevé a
don Juan en coche de un lado a otro e hice encargos suyos. Regresamos a su casa
al atardecer. Observé que no habíamos comido nada en todo el día. Eso no le
preocupaba en absoluto; en cambio, empezó a decir que me era imperativo entrar
en confianza con el humito. Dijo que debía experimentarlo yo mismo para ver
cuán importante era como aliado.
Sin darme oportunidad de responder nada, don
Juan anunció, que en ese preciso momento iba a encenderme su pipa. Intenté
disuadirlo, argumentando que no me consideraba listo. Le dije que no sentía
haber manejado la pipa el tiempo suficiente. Pero él dijo que no me quedaba
mucho tiempo para aprender, y que yo debía usar la pipa muy pronto. La sacó de
su funda y la acarició. Sentado en el piso, junto a él, yo trataba
frenéticamente de ponerme mal y desmayarme: de hacer cualquier cosa por aplazar
este paso inevitable.
La habitación estaba casi oscura. Don Juan
había encendido, y puesto en un rincón, la lámpara de kerosén. Por lo general,
ésta mantenía el cuarto en una semioscuridad relajante, su luz amarillenta
siempre apacible. Pero esta vez la luz parecía inusitadamente roja; sacaba de
quicio. Don Juan desató su pequeña bolsa de mezcla sin quitarla del cordón amarrado
en torno a su cuello. Acercó la pipa a sí, la puso dentro de su camisa y virtió
parte de la mezcla en el cuenco. Me hizo observar el procedimiento, señalando
que si la mezcla se derramaba caería dentro de su camisa.
Don Juan llenó tres cuartas partes del cuenco;
luego ató la bolsa con una mano sosteniendo la pipa en la otra. Recogió un
pequeño plato de barro, me lo entregó y me pidió ir afuera a traer brasitas del
fuego. Fui atrás de la casa y saqué un montón de carbones de la estufa de
adobe. Regresé apresurado al cuarto de don Juan. Sentía una angustia profunda.
Era como una premonición.
Me senté junto a don Juan y le di el plato. Lo
miró y dijo calmadamente que las brasas eran demasiado grandes. Las quería más
chicas, que encajaran en el cuenco de la pipa. Volví a la estufa y traje
algunas. Tomó el nuevo plato de brasas y lo puso frente a sí. Estaba sentado
con las piernas cruzadas y metidas bajo el cuerpo. Me miró con el rabillo del
ojo y se inclinó hasta casi tocar los carbones con la barbilla. Sostuvo la pipa
en la mano izquierda, y con un movimiento extremadamente veloz de la derecha
recogió una brasa ardiente y la puso en el cuenco de la pipa; luego irguió la
espalda y, tomando la pipa con ambas manos, se la puso en la boca y dio tres
fumadas. Extendió los brazos hacia mí y me dijo, en susurro enérgico, que
tomase la pipa en las dos manos y fumara.
La idea de rechazar la pipa y salir corriendo
cruzó por un segundo mi mente, pero don Juan exigió de nuevo ‑todavía
susurrando‑ que tomara la pipa y fumase. Lo miré. Sus ojos estaban fijos en mi.
Pero su mirada era amistosa, preocupada. Resultaba claro que yo había hecho la
elección largo tiempo atrás; no había más alternativa que hacer lo que él
decía.
Tomé la pipa y casi la dejé caer. ¡Estaba
caliente! Me la llevé a la boca con gran cuidado porque imaginé que su calor
sería insoportable. Pero no sentí calor alguno.
Don Juan me indicó inhalar. El humo fluyó
entrando en mi boca y pareció circular allí. Sentí como si tuviera la boca
llena de masa. El símil se me ocurrió aunque nunca había tenido la boca llena
de masa. El humo era también como mentol, y el interior de mi boca se enfrió de
repente. La sensación fue refrescante.
‑¡Otra vez! ¡Otra vez! ‑oí susurrar a don
Juan. Yo sentía que el humo se filtraba libremente dentro de mi cuerpo, casi
sin mi control. No necesité más apremio de don Juan. Mecánicamente seguí
inhalando.
De pronto, don Juan se inclinó y me quitó la
pipa de las manos. Con golpes suaves vació la ceniza en el plato de las brasas,
luego se mojó el dedo con saliva y le dio vueltas dentro del cuenco para
limpiar las paredes de éste. Sopló repetidas veces a través del tallo. Lo vi
devolver la pipa a su funda. Sus acciones retenían mi interés.
Cuando hubo limpiado y guardado la pipa, me
miró, y por vez primera advertí que todo mi cuerpo se hallaba insensible,
mentolado. Me pesaba el rostro y me dolían las quijadas. No podía tener cerrada
la boca, pero no había flujo de saliva. Mi boca ardía de tan seca, y sin
embargo yo no tenía sed. Empecé a percibir un calor insólito encima de toda mi
cabeza. ¡Un calor frío! Cada vez que exhalaba, el aliento parecía cortarme los
orificios nasales y el labio superior. Pero no quemaba; dolía como un trozo de
hielo.
Don Juan estaba sentado junto a mí, a mi
derecha, y sin moverse sostenía contra el suelo la funda de la pipa, como
impidiéndole elevarse. Mis manos pesaban. Los brazos se me vencían, tirando de
los hombros hacia abajo. Mi nariz chorreaba. La limpié con el dorso de la mano
¡y se borró mi labio superior! Enjuagué mi cara y toda la carne desapareció.
¡Estaba derritiéndome! Sentí que mi carne en verdad se fundía. Levantándome de
un salto, traté de agarrar algo ‑cualquier cosa‑ para sostenerme. Experimentaba
un terror nunca antes sentido. Aferré una enorme estaca que don Juan tiene
clavada en el piso, en el centro de su cuarto. Permanecí allí en pie un
momento; luego me volvía mirarlo. Seguía sentado, inmóvil, deteniendo la pipa,
mirándome con fijeza.
Mi aliento era dolorosamente cálido (¿o
frío?). Me asfixiaba. Incliné la cabeza hacia adelante para apoyarla en la
estaca, pero al parecer no di en ella: mi cabeza siguió descendiendo más allá
del punto donde se encontraba la estaca. Me detuve casi llegando al suelo. Me
enderecé. ¡La estaca estaba allí frente a mis ojos! Intenté nuevamente apoyar
en ella la cabeza. Traté de controlarme y de estar consciente, y mantuve los
ojos abiertos al inclinarme para tocar la estaca con la frente. Se hallaba a
unos centímetros de mis ojos, pero al poner la cabeza contra ella tuve la
extraña sensación de estar atravesándola.
Buscando desesperadamente una explicación
racional, concluí que mis ojos estaban alterando la distancia, y que la estaca
debía hallarse a tres metros, aunque yo la viera frente a mi cara. Entonces
concebí una forma lógica y racional de corroborar la posición de la estaca.
Empecé a caminar de lado en torno a ella, paso a pasito. Mi idea era que,
rodeando así la estaca, no me sería posible en forma alguna describir un
circulo mayor de metro y medio en diámetro; si la estaca se encontraba en
realidad a tres metros de mí, o fuera de mi alcance, llegaría el momento en que
yo le diera la espalda. Confiaba en que, en ese instante, la estaca se
desvanecería, porque de hecho estaría detrás de mi.
Procedí entonces a rodear la estaca, pero
durante toda la vuelta siguió frente a mis ojos. En un arranque de ira la
agarré con ambas manos, pero mis manos la atravesaron. Estaba agarrando el
aire. Calculé cuidadosamente la distancia hasta la estaca. Concluí que seria
menos de un metro. Es decir, mis ojos la percibían como un metro. Jugué un
momento con mi percepción de profundidad moviendo la cabeza de un lado a otro,
enfocando por turno cada ojo, primero sobre la estaca y luego sobre lo de
atrás. Según mi manera de juzgar la profundidad, la estaca se hallaba sin duda
frente a mi, posiblemente a un metro. Estirando los brazos para proteger mi
cabeza, embestí con todas mis fuerzas.
La sensación fue la misma: atravesé la estaca.
Esta ocasión fui a dar contra el piso. Me levanté. Y ésa fue tal vez la más
insólita de todas las acciones que ejecuté aquella noche. ¡Me levanté con el
pensamiento! No usé, al levantarme, mis músculos ni mi esqueleto en la forma
que acostumbro, porque ya no tenía control sobre ellos. Lo supe en el instante
de chocar contra el piso. Pero mi curiosidad con respecto a la estaca era tan
fuerte que me "levanté con el pensamiento" en una especie de acción
refleja. Y antes de haber tomado plena conciencia de que no podía moverme,
estaba ya de pie.
Pedí ayuda a don Juan. En determinado momento
grité frenéticamente, a voz en cuello, pero don Juan no se movió. Seguía
mirándome, de soslayo, como no queriendo volver la cabeza para encararme de
lleno. Di un paso hacia él, pero en vez de avanzar trastabillé hacia atrás y
caí contra la pared. Supe que mi‑ espalda la había arremetido, pero no sentí
dureza alguna; me hallaba suspendido por entero en una sustancia blanda,
esponjosa: era la pared. Tenía los brazos extendidos lateralmente, y poco a
poco mi cuerpo parecía hundirse en el muro. Sólo podía ver al frente, hacia el
cuarto. Don Juan seguía observándome, pero sin hacer el menor movimiento para
ayudarme. Realicé un esfuerzo supremo por sacar mi cuerpo de la pared, pero
sólo se hundía más y más. Con un terror indescriptible, sentí que la pared
esponjosa me cubría la cara. Traté de cerrar los ojos, pero estaban fijos y
abiertos.
No recuerdo qué más sucedió. De pronto vi a
don Juan enfrente, a poca distancia. Nos hallábamos en el otro cuarto. Vi la
mesa de don Juan y la estufa de tierra, encendida, y con el rabo del ojo
distinguí la cerca fuera de la casa. Veía todo muy claro. Don Juan había traído
la linterna de kerosén, ahora colgada de la viga en mitad de la habitación,
Traté de mirar en dirección distinta, pero mis ojos estaban colocados
exclusivamente para ver en línea recta hacia adelante. No podía distinguir, ni
sentir, parte alguna de mi cuerpo. Mi respiración tampoco se notaba. Pero mis
ideas eran lúcidas en extremo. Tenía clara conciencia de todo cuanto ocurría
frente a mí. Don Juan se acercó, y mi claridad mental cesó. Algo pareció
detenerse en mi interior. No había más ideas. Vi venir a don Juan y lo odié.
Quería hacerlo pedazos. Lo habría matado entonces, pero no podía moverme. Al
principio percibí vagamente una presión sobre mi cabeza, pero también
desapareció. Sólo una cosa quedaba: una ira incontenible contra don Juan. Lo vi
a unos centímetros de mí. Quise destrozarlo con las manos. Sentí estar
gruñendo. Algo en mi empezó a retorcerse. Oí que don Juan me hablaba. Su voz
era suave y tranquilizadora y, sentía yo, infinitamente agradable. Se acercó
más aún y comenzó a recitar una canción de cuna.
Señora Santa Ana, ¿Por qué llora el niño?
Por una manzana que se le ha Perdido.
Yo le daré una. Yo le daré dos.
Una para el niño y otra para vos.
Una calidez me saturó. Era una tibieza de
corazón y sentimientos. Las palabras de don Juan eran un eco distante.
Revivían los recuerdos olvidados de la niñez.
La violencia antes sentida desapareció. El
resentimiento se hizo añoranza: afecto gozoso que ya no tenía cuerpo y me
hallaba en libertad de convertirme en lo que quisiera. Retrocedió. Mis ojos
ocupaban un nivel normal, como si me encontrara de pie frente a él. Extendió
ambos brazos hacia mí y me dijo que entrara en ellos.
O avancé, o él se me acercó. Sus manos estaban
casi sobre mi rostro: sobre mis ojos, aunque yo no las sentía.
‑Métete en mi pecho -le oí decir. Sentí que me
envolvía. Era la misma sensación esponjosa de la pared.
Luego sólo pude oír su voz ordenándome mirar y
ver. Ya no me era posible distinguirlo. Al parecer mis ojos estaban abiertos,
pues veían relámpagos en un campo rojo; era como mirar una luz a través de
párpados cerrados. Entonces mis pensamientos volaron de nuevo. Regresaron en un
bombardeo de imágenes: rostros, paisajes. Escenas sin la menor coherencia
brotaban y desaparecían. Era como uno de esos sueños rápidos en que las
imágenes se enciman y cambian.
Luego los pensamientos empezaron a disminuir en
número e intensidad, y pronto se fueron otra vez. Había sólo una conciencia de
afecto, de ser feliz. No discernía yo formas ni luz. De pronto tiraron de mí
hacia arriba. Claramente sentí que me alzaban. Y me hallaba libre, moviéndome
en agua o en aire con tremenda ligereza y velocidad. Nadaba como una anguila;
me contorsionaba y viraba y me elevaba y descendía a voluntad. Sentí soplar un
viento frío en todo mi derredor y empecé a flotar como una pluma de un lado a
otro, bajando, y bajando, y bajando.
Sábado, 28 de diciembre, 1963
Desperté ayer, al terminar la tarde. Don Juan
me dijo que yo había dormido apaciblemente casi dos días. La cabeza me dolía
como si fuera a romperse. Bebí un poco de agua y vomité. Me sentía cansado,
extremadamente cansado, y después de comer volví a dormirme.
Hoy me hallaba perfectamente relajado de
nuevo. Don Juan y yo hablamos de mi experiencia con el humito. Pensando que él
deseaba, como siempre, el relato completo, empecé a describir mis impresiones,
pero me detuvo diciendo que no era necesario. Dijo que yo en realidad no había
hecho nada y me había quedado dormido inmediatamente, así que no había nada de
qué hablar.
‑¿Y cómo me sentí? ¿No importa para nada? ‑insistí.
‑No, con el humito no. Más tarde, cuando
aprendas a viajar, hablaremos; cuando aprendas a meterte en las cosas.
‑¿De veras se "mete" uno en las
cosas?
‑¿No recuerdas? Te metiste en ‑esa pared y
saliste por el otro lado.
‑Pienso que en realidad me salí de mis
cabales.
‑No, no fue eso.
‑¿Se portó usted igual que yo cuando fumó por
primera vez, don Juan?
-No, igual no. Tenemos distinto carácter.
-¿Cómo se portó usted? .
Don Juan no respondió. Planteé de otro modo la
pregunta y la hice de nuevo. Pero él afirmó no recordar sus experiencias, y
dijo que mi pregunta era comparable a interrogar a un pescador sobre lo que
había sentido la primera vez que pescó.
Dijo que el humito como aliado era único, y le
recordé que también había llamado único a Mescalito. Arguyó que cada uno era
único, pero que diferían en especie.
‑Mescalito es un protector porque te habla y
puede guiar tus actos ‑dijo-. Mescalito enseña la forma debida de vivir. Y
puedes verlo porque está fuera de ti. El humito, en cambio, es un aliado. Te
transforma y te da poder sin mostrarse jamás. No puedes hablarle. Pero sabes
que existe porque se lleva tu cuerpo y te hace ligero como el aire. No
obstante, nunca lo ves. Pero allí está, dándote poder para que lleves a cabo
cosas que ni te imaginas, como cuando se lleva tu cuerpo.
‑Sentí de veras que había perdido mi cuerpo,
don Juan. ‑Pues si.
-¿Quiere usted decir que yo en realidad no
tenía cuerpo?
-¿Tú qué piensas?
‑Bueno, no sé. Nada más puedo decirle lo que
sentí.
‑Eso es todo lo que hay en realidad: lo que
sentiste.
‑¿Pero cómo me vio usted, don Juan? ¿Qué
parecía yo? ‑No importa cómo te haya visto. Es como cuando agarraste la
estaca. Sentiste que no estaba allí y le diste vuelta para estar seguro de que
estaba allí. Pero cuando saltaste volviste a sentir que no estaba de veras
allí.
‑Pero usted me vio como soy ahora, ¿no?
‑¡No! ¡No eras como eres ahora!
‑¡Cierto! Lo admito. Pero ¿tenía mi cuerpo,
verdad, aunque yo no pudiera sentirlo?
‑¡No! ¡Carajo! ¡No tenías un cuerpo como el
cuerpo que tienes hoy!
‑¿Qué pasó entonces con mi cuerpo?
‑Creí que entendías. Tu cuerpo se lo llevó el
humito.
‑Pero, ¿adónde fue a dar?
‑¿Cómo demonios quieres que sepa eso?
Era inútil persistir en tratar de obtener una
explicación "racional". Le dije que no quería discutir ni hacer
preguntas estúpidas, pero si aceptaba la idea de que era posible perder mi
cuerpo, perdería toda mi racionalidad.
Dijo que yo exageraba, como de costumbre, y
que no perdí ni iba a perder nada a causa del humito.
Martes, 28 de enero, 1964
Pregunté a don Juan qué pensaba de la idea de
dar el humito a todo el que deseara la experiencia.
Repuso con indignación que dar el humito a
cualquiera sería igual que matarlo, porque no tendría a nadie que lo guiara.
Pedí a don Juan explicar sus palabras. Repuso que yo estaba allí, vivo y
hablando con él, porque él me había hecho regresar. Había recobrado mi cuerpo.
Sin él, yo jamás habría despertado.
‑¿Cómo recobró usted mi cuerpo, don Juan?
-Eso lo aprenderás más tarde, pero tendrás que
aprenderlo por tu propia cuenta. Por ese motivo quiero que aprendas lo más
posible mientras yo ande todavía por aquí. Has perdido ya bastante tiempo
haciendo preguntas estúpidas sobre cosas absurdas. Pero quizá no sea tu suerte
aprender todo lo del humito.
‑Bueno, ¿qué hago entonces?
‑Deja que el humito te enseñe cuanto puedas
aprender.
‑¿También el humito enseña?
‑Claro que enseña.
‑¿Enseña como Mescalito?
‑No, no es un maestro como Mescalito. No
enseña las mismas cosas.
‑Pero entonces, ¿qué enseña el humito?
‑Te enseña a manejar su poder, y para aprender
eso debes tomarlo todas las veces que puedas.
‑Su aliado da mucho miedo, don Juan. Lo que
sentí no se parecía a nada que yo hubiera experimentado jamás. Creí haber
perdido la razón.
Por algún motivo, esta fue la imagen más aguda
que acudió a mi mente. Veía yo el sucedido total desde la peculiar perspectiva
de haber tenido otras experiencias alucinógenas con las cuales trazar una
comparación, y lo único que se me ocurría, una y otra vez, era que con el
humito uno pierde la razón.
Don Juan descartó mi símil, diciendo que lo
que yo sentí fue el poder inimaginable del humito. Y para manejar ese poder,
dijo, hay que vivir una vida fuerte. La idea de la vida fuerte no atañe sólo al
periodo de preparación, sino también se vincula a la actitud del sujeto después
de la experiencia. Don Juan dijo que el humito es tan fuerte que sólo con
fuerza es posible hermanarlo; de otro modo, la vida de uno se quebraría en
pedazos.
Le pregunté si el humito tenía el mismo efecto
sobre cualquiera. Dijo que producía una transformación, pero no en cualquiera.
‑Entonces, ¿cuál es la razón especial de que
el humito produjera la transformación en mí? ‑pregunté.
‑Esa creo que es una pregunta muy tonta. Has
seguido con obediencia todos los pasos que se necesitan. No es ningún misterio
que el humito te transformara.
Nuevamente le pedí hablar de mi apariencia.
Quería saber cómo me había visto, pues la imagen de un ser incorpóreo que don
Juan había plantado en mi mente, comprensiblemente era insoportable.
Dijo que, a decir verdad, le dio miedo
mirarme; sintió lo mismo que su benefactor debió de sentir al ver a don Juan
fumar por vez primera.
‑¿Por qué le daba miedo? ‑pregunté‑. ¿Me veía
tan mal?
‑Jamás habla‑visto fumar a nadie.
‑¿No veía fumar a su benefactor?
‑No.
‑¿Ni siquiera se ha visto nunca usted mismo?
‑¿Y cómo me voy a ver?
‑Podría fumar frente a un espejo.
No respondió, pero se quedó mirándome y
sacudió la cabeza. Volví a preguntarle si era posible mirarse en un espejo.
Dijo que seria posible, aunque resultaría inútil, porque probablemente uno se
moriría del susto, si no es que de otra cosa,
‑Entonces ha de verse uno espantoso ‑dije.
‑Toda mi vida me ha intrigado la misma cosa ‑dijo‑.
Y sin embargo no pregunté, ni me vi en un espejo. Ni siquiera pensé en eso.
‑Entonces, ¿cómo puedo averiguar?
‑Tendrás que esperar, como yo, hasta que le
des el humito a otro. Si es que llegas a dominarlo, claro. Entonces verás cómo
parece un hombre. Esa es la regla.
‑¿Qué pasaría si fumara yo frente a una cámara
y me tomara un retrato?
‑No sé. Quizás el humito se volvería en tu
contra. Pero a ti eso no te importa porque ha de parecerte tan inofensivo que
te crees capaz de jugar con él.
Le dije que no me proponía jugar, pero que
antes él me había dicho que el humito no requería pasos, y yo pensaba que no
había mal en querer saber qué aspecto tenía uno. Me corrigió: había querido
decir que no existía la necesidad de seguir un orden especifico, como con la
yerba del diablo; con el humito, todo cuanto se necesitaba era la actitud
debida. Desde ese punto de vista, dijo, había que ser exacto al seguir la
regia. Me dio un ejemplo, explicando que no importaba cuál de los ingredientes
para la mezcla se recogiese primero, siempre y cuando la cantidad fuese la
necesaria.
Pregunté si habría algún mal en contar a otros
mi experiencia. Repuso que los únicos secretos que nunca debían revelarse eran
cómo hacer la mezcla, cómo desplazarse y cómo regresar; otros asuntos relativos
al tema carecían de importancia.
VIII
Mi último encuentro con Mescalito fue una
serie de cuatro sesiones celebradas en cuatro días consecutivos. Don Juan llamaba
"mitote" a esta larga sesión. Era una ceremonia de peyote para
"peyoteros" y aprendices. Había dos hombres mayores, como de la edad
de don Juan, uno de los cuales era el guía, y cinco hombres más jóvenes,
contándome a mí.
La ceremonia tuvo lugar en el estado de
Chihuahua, cerca de la frontera con Tejas. Consistía en cantar y en ingerir
peyote durante la noche. En el día las mujeres de servicio, que permanecían
fuera de los confines del sitio de la ceremonia, proveían de agua a todos los
hombres, y sólo un simulacro de comida ritual se consumía diariamente.
Sábado, 12 de septiembre, 1964
Durante la primera noche de la ceremonia, el
jueves 3 de septiembre, tomé ocho botones de peyote. No tuvieron efecto sobre
mí, o si lo hubo fue muy ligero. Mantuve cerrados los ojos la mayor parte de
la noche. Me sentía mucho mejor así. No me dormí, ni estaba cansado. Al final
de la sesión, el canto se hizo extraordinario. Por un breve momento me sentí
exaltado y quise llorar, pero al concluir la canción se desvaneció el
sentimiento.
Todos nos levantamos y salimos. Las mujeres
nos dieron agua. Unos la bebieron, otros hicieron gárgaras. Los hombres no
hablaban en absoluto, pero las mujeres charlaban y soltaban risitas de la
mañana a la noche. La comida ritual se sirvió al mediodía. Era maíz cocido.
Al ponerse el sol el viernes 4 de septiembre,
empezó la segunda sesión. El guía cantó su canción de peyote y el ciclo de
canciones e ingestión de botones de peyote se inició nuevamente. Terminó en la
mañana con todos los hombres cantando al unísono, cada quién su propia canción.
Al salir, no vi tantas mujeres como el día
anterior. Alguien me dio agua, pero yo ya no me ocupaba de mi alrededor. Otra
vez había ingerido ocho botones, pero el efecto fue distinto.
Debió de ser hacia el final de la sesión
cuando el canto se aceleró grandemente, con todos cantando a la vez. Percibí
que algo o alguien fuera de la casa quería entrar. No podía yo saber si el
canto era para impedirle entrar o para atraerlo al interior.
Yo era el único que no tenía canción. Los
demás parecían mirarme inquisitivamente, sobre todo los jóvenes. Terminé por
sentirme incómodo y cerrar los ojos.
Entonces advertí que con los ojos cerrados me
era posible percibir mucho mejor lo que pasaba. Esta idea concentró por
entero mi atención. Cerraba los ojos y veía a los hombres frente a mi. Abría
los ojos y la imagen no se alteraba. Las cosas en torno eran exactamente las
mismas para mí, estuvieran mis ojos cerrados o abiertos.
De pronto todo se desvaneció, o se desmoronó,
y en su lugar surgió la figura casi humana de Mescalito que yo había visto dos
años antes. Se hallaba sentado a alguna distancia, de perfil hacia mí. Lo
observé fijamente, pero él no me miró; ni una sola vez volvió la cara.
Creía estar haciendo algo mal, algo que lo
mantenía a distancia. Me levanté y caminé hacia él para preguntarle al
respecto. Pero el acto de moverme dispersó la imagen. Empezó a palidecer, y las
figuras de los hombres con quienes yo estaba se superpusieron a ella, volvía
oír el canto fuerte, frenético.
Salí a los matorrales cercanos y anduve un
rato. Todo resaltaba con mucha claridad. Noté que veía en la oscuridad, pero
esta vez importaba muy poco. El punto importante era: ¿por qué me rehuía
Mescalito?
Regresé a unirme al grupo, y a punto de entrar
en la casa oí un pesado retumbar y sentí un temblor. La tierra se sacudía. Era
el mismo ruido que dos años atrás yo había oído en el valle del peyote.
Corrí de nuevo al matorral. Sabia que
Mescalito estaba allí, y que iba a encontrarlo. Pero no estaba. Esperé hasta la
mañana, y me uní a los otros poco antes de terminar la sesión.
El procedimiento habitual se repitió el tercer
día. Yo no me hallaba cansado, pero dormí durante la tarde.
La noche del sábado 5 de septiembre, el viejo
entonó su canción de peyote para iniciar el ciclo una vez más. Durante esta
sesión masqué un solo botón y no escuché ninguna de las canciones ni presté
atención a nada de lo que ocurría. Desde el primer momento, todo mi ser se
concentró exclusivamente en un punto. Sabía que faltaba algo terriblemente
importante para mi bienestar.
Mientras los hombres cantaban pedí a
Mescalito, en alta voz, enseñarme una canción. Mi súplica se confundió con el
estentóreo canto de los hombres. De inmediato percibí una canción en mis oídos.
Me volví y, sentado de espaldas al grupo, escuché. Oí las palabras y la tonada
una y otra vez, y las repetí hasta aprenderme toda la canción. Era una canción
larga, en español. Entonces la canté al grupo varias veces. Y poco después
llegó a mis oídos una nueva canción. Al amanecer, había yo cantado ambas
canciones incontables veces. Me sentía renovado, fortificado.
Después de que nos dieron agua, don Juan me
entregó una bolsa y todos salimos a los cerros. Fue un recorrido largo y
esforzado hasta una meseta baja. Allí vi varias plantas de peyote. Pero por
alguna razón no quería mirarlas. Cuando hubimos cruzado la meseta, el grupo se
disgregó. Don Juan y yo caminamos de retorno, juntando botones de peyote igual
como habíamos hecho la primera vez que lo ayudé.
Regresamos al atardecer del domingo 6 de
septiembre. En la noche, el guía abrió de nuevo el ciclo. Nadie había dicho una
palabra, pero yo sabía perfectamente que se trataba de la única reunión. Esta
vez el viejo cantó una canción nueva. Un saco con botones frescos de peyote se
pasó de mano en mano. Era la primera vez que yo probaba un botón fresco. Era
pulposo, pero difícil de masticar. Semejaba una fruta dura, verde, y era más
acre y más amargo que los botones secos. En lo personal, el peyote fresco me
pareció infinitamente más vivo.
Masqué catorce botones. Los conté con cuidado.
No terminé el último, pues oí el conocido retumbar que marcaba la presencia de
Mescalito. Todo el mundo cantaba con frenesí, y supe que don Juan y todos los
demás habían oído realmente el ruido. No quise pensar que su reacción fuera
respuesta a una señal dada por alguno de ellos sólo para engañarme.
En ese momento sentí que me envolvía tina gran
oleada de sabiduría. Una conjetura con la que llevaba tres años Jugando se
convirtió en certeza. Había necesitado tres años advertir, o más bien
descubrir, que cualquier cosa que esté contenida en el cacto Lophophora
williamsii no tenía ninguna necesidad de mí para existir como entidad;
existía por sí misma allá afuera, libre. Lo supe entonces.
Canté febrilmente hasta no poder ya dar voz a
las palabras. Sentía como si las canciones estuvieran dentro de mi cuerpo,
sacudiéndome en forma incontrolable. Me era preciso salir y hallar a
Mescalito; de lo contrario, estallaría. Caminé hacia el campo de peyote. Seguía
cantando mis canciones. Sabía que eran individualmente mías: la prueba
incuestionable de mi peculiaridad. Percibía cada uno de mis pasos. Resonaban
sobre la tierra; su eco producía la indescriptible euforia de ser un hombre.
Cada una de las plantas de peyote en el campo
brillaba con una luz azulenca, cintilante. Una planta tenía una luz muy viva.
Me senté frente a ella y le canté mis canciones. Mientras las cantaba,
Mescalito salió de la planta: la misma figura semihumana que yo había visto
antes. Me miraba. Con gran audacia, para una persona de mi temperamento, le
canté. Hubo un sonido de flautas o de viento, una vibración musical conocida.
Mescalito parecía haber dicho, como dos años antes:
‑¿Qué quieres?
Hablé en voz muy alta. Sabia, dije, que algo
estaba fuera de lugar en mi vida y en mis acciones, pero no podía descubrir
qué era. Le rogué decirme qué andaba mal en mí, y también decirme su nombre
para poder llamarlo cuando lo necesitara. Me miró, alargó la boca como una
trompeta hasta alcanzar mi oído, y entonces me dijo su nombre.
De pronto vi a mi padre, en pie a mitad del
campo de peyote; pero el campo había desaparecido y la escena era mi vieja
casa, la casa de mi niñez. Mi padre y yo estábamos en pie junto a una higuera
Abracé a mi padre y, aprisa, empecé a decirle cosas que nunca antes había
podido decir. Cada una de mis ideas era concisa, e iba al grano. Era, en
realidad, como si no hubiese tiempo y yo tuviera que decir todo de golpe. Dije
cosas estremecedoras sobre mis sentimientos hacia él, cosas que jamás habría
podido pronunciar en circunstancias ordinarias.
Mi padre no habló. Solamente me escuchó, y
luego fue jalado, o chupado, a otra parte. Me hallaba solo de nuevo. Lloré de
remordimiento y de tristeza.
Crucé el campo de peyote clamando el nombre
que Mescalito me había enseñado. Algo surgió de una luz extraña, como
estrella, en una planta de peyote. Era un objeto largo y brillante: una barra
de luz del tamaño de un hombre. Por un momento iluminó todo el campo con un
intenso resplandor amarillento o ámbar; luego encendió el cielo creando una
vista portentosa, maravillosa. Pensé que de seguir mirando me quedaría ciego;
me cubrí los ojos y oculté la cabeza entre los brazos.
Tuve la clara noción de que Mescalito me
indicaba comer un botón más de peyote. Pensé: "No puedo porque no tengo
cuchillo para cortarlo."
‑Come uno de la tierra ‑me dijo en la misma
extraña forma.
Me acosté boca abajo y masqué la parte
superior de una planta. Me encendió. Llenó de tibieza e inmediatez cada rincón
de mi cuerpo. Todo estaba vivo. Todo tenía detalle exquisito e intrincado, y
sin embargo todo era simple. Yo estaba en todas partes; podía ver al mismo
tiempo hacia arriba y hacia abajo y alrededor.
Este sentimiento particular duró lo bastante
para que yo lo Advirtiera. Luego se tornó en un terror opresivo: terror que no
me invadió súbitamente, sino, de alguna manera, efusivamente. Al principio, mi
maravilloso mundo de silencio fue sacudido por ruidos agudos, pero no me
preocupé. Luego los ruidos se hicieron más fuertes, ininterrumpidos, como si
estuviesen cerrándose sobre mí. Y gradualmente perdí el sentimiento de flotar
en un mundo indiferenciado, indiferente y hermoso. Los ruidos se volvieron
pasos gigantescos. Algo enorme respiraba y se movía en mi derredor. Creí que
estaba cazándome.
Corrí a esconderme detrás de un peñasco, y
desde allí traté de precisar qué me seguía. En determinado momento repté fuera
de mi escondite para mirar y mi. perseguidor, fuera el que fuera, me localizó.
Era como un sargazo. Se arrojó encima de mí. Pensé que su peso me quebrantaría,
pero en vez de ello me encontré dentro de un tubo o una cavidad.
Vi claramente que el sargazo no había cubierto
toda la superficie en torno mío. Quedaba un poco de terreno libre debajo del
peñasco. Empecé a reptar por allí. Vi enormes gotas liquidas caer del sargazo.
"Supe" que estaba secretando ácido digestivo para disolverme. Una
gota cayó sobre mi brazo; traté de limpiar el ácido con tierra y le apliqué
saliva mientras continuaba escarbando. En cierto momento era yo casi vaporoso.
Me empujaban hacia arriba, en dirección de una luz. Pensé que el sargazo me
había disuelto. Advertí vagamente una luz ‑que se abrillantaba; empujaba desde
abajo de la tierra hasta que por fin brotó en algo que reconocí como el sol
saliendo detrás de las montañas.
Lentamente empecé a recobrar mis procesos
sensoriales habituales. Yacía bocabajo con la barbilla sobre el brazo doblado.
La planta de peyote frente a mí empezó a iluminarse de nuevo, y antes de que
yo pudiese mover los ojos la luz larga surgió otra vez. Se cirnió sobre mí. Me
senté. La luz tocó todo mi cuerpo con fuerza serena, y luego rodó hasta
perderse de vista.
Corriendo durante todo el camino, llegué al
sitio donde se hallaban los demás. Todos regresamos al pueblo. Don Juan y yo
nos quedamos otro día con don Roberto, el guía peyotero. Yo dormí el tiempo que
estuvimos allí. Cuando íbamos a marcharnos, los jóvenes que tomaron parte en el
mitote se me acercaron. Me abrazaron uno por uno y rieron tímidamente. Cada uno
se presentó. Pasé horas hablando con ellos acerca de todo, menos de las
sesiones de peyote.
Don Juan dijo que era hora de irse. Los
jóvenes volvieron a abrazarme.
‑Vuelve ‑dijo uno de ellos.
‑Ya te estamos esperando ‑añadió otro.
Manejé despacio, tratando de ver a los hombres
mayores, pero ninguno estaba allí.
Jueves, 10 de septiembre, 1964
Hablar a don Juan de una experiencia me
forzaba siempre a evocarla paso por paso, como mejor podía. Esta parecía ser la
única manera de recordar todo.
Hoy le conté los detalles de mi último
encuentro con Mescalito. Escuchó atentamente mi historia hasta el punto en que
Mescalito me dijo su nombre. Don Juan interrumpió allí.
‑Ya vas por cuenta propia ‑dijo‑. El protector
te ha aceptado. De aquí en adelante, yo te seré de muy poca ayuda. Ya no tienes
que decirme nada sobre tu relación con él. Ya sabes su nombre, y ni su nombre,
ni sus tratos contigo, deben mencionarse nunca a ningún ser viviente.
Insistí en que deseaba narrarle todos los detalles
de la experiencia, porque para mí no tenía sentido. Le dije que necesitaba su
ayuda para interpretar lo que había visto. Dijo que eso podía hacerlo yo solo,
que me convenía más empezar a pensar por mi cuenta. Argüí que me interesaba
oír sus opiniones porque llegar a formular las mías requeriría demasiado
tiempo, y no sabía cómo proceder.
Dije:
‑Por ejemplo, las canciones. ¿Qué significan?
‑Eso nada más tú puedes decidirlo ‑dijo él‑,
¿Cómo voy yo a saber lo que significan? Sólo el protector puede decirte eso,
igual que sólo él puede enseñarte sus canciones. Si yo te dijera lo que
significan, sería lo mismo como si aprendieras las canciones de otra gente,
‑¿Qué quiere usted decir con eso, don Juan?
‑Oyendo cantar las canciones del protector,
luego se conoce quiénes son los farsantes. Nada más las canciones con alma son
suyas y él las enseñó. Las otras son copias de canciones de otros hombres. La
gente es a veces así de engañosa. Canta canciones ajenas sin siquiera saber qué
dicen.
Dije que yo había querido preguntar qué
propósito tenían las canciones. Repuso que las canciones que yo había aprendido
eran para llamar al protector, y que yo debía usarlas siempre, junto con su
nombre, para llamarlo. Más tarde, probablemente Mescalito me enseñaría otras canciones
con otros propósitos, dijo don Juan.
Le pregunté entonces si pensaba que el
protector me había aceptado plenamente. Rió como si mi pregunta fuera tonta. El
protector me había aceptado, dijo, y se había asegurado de que yo supiera que
me había aceptado mostrándoseme dos veces como una luz, Don Juan parecía muy
impresionado por el hecho de que yo había visto dos veces la luz. Recalcó ese
aspecto de mi encuentro con Mescalito.
Le dije que no podía comprender cómo era
posible ser aceptado y, a la vez, aterrorizado por el protector.
Pasó un rato muy largo sin responder. Parecía
desconcertado. Por fin dijo:
‑¡Es tan claro! Lo que él quería es tan claro
que no veo cómo puedes entender mal.
‑Todo es aún incomprensible para mí, don Juan.
‑Requiere tiempo ver y entender de veras lo
que Mescalito quiere decir; hay que pensar en sus lecciones hasta que se
aclaren.
Viernes, 11 de septiembre, 1964
Insistí nuevamente en que don Juan
interpretara mis experiencias visionarias, Dio largas un rato. Luego habló como
si ya hubiéramos estado conversando sobre Mescalito.
‑¿Ves cómo es idiota preguntar si es como una
persona con quien se puede hablar? ‑dijo don Juan‑. No es como nada que hayas
visto nunca. Es como un hombre, pero al mismo tiempo no tiene nada que ver con
uno. Es difícil explicarle eso a la gente que no sabe rada de él y
quiere saberlo todo de golpe. Y además, sus
lecciones son tan misteriosas como él mismo. Ninguno, que yo sepa, puede
predecir sus actos. Le haces una pregunta y él te enseña el camino, pero no te
habla de él de la misma manera en que tú y yo hablamos. ¿Entiendes ahora lo que
hace?
‑No creo tener problemas para entender eso. Lo
que no puedo figurarme es qué me quiso decir.
‑Le preguntaste qué anda mal en ti, y él te
dio el panorama completo: ¡No puede haber error! No puedes salir con que no
entiendes. No fue plática‑y sin embargo lo fue. Luego le hiciste otra pregunta,
y te contestó exactamente del mismo modo. En cuanto a lo que quiso decir, no
estoy seguro de entenderlo, porque tú decidiste no decirme cuál fue tu
pregunta.
Repetí con mucho cuidado las preguntas que
recordaba haber hecho, en el mismo orden: "¿Estoy haciendo lo correcto?
¿Estoy en el buen camino? ¿Qué debería hacer con mi vida?" Don Juan dijo
que las preguntas que yo había hecho eran sólo palabras; resultaba preferible
no pronunciarlas, sino hacerlas desde adentro. Dijo que el protector quiso
darme una lección, y para probar que quería darme una lección y no asustarme ni
ahuyentarme, dos veces se mostró como una luz.
Aún no podía yo comprender, dije, por qué
Mescalito me aterrorizó si me había aceptado. Recordé a don Juan que, de
acuerdo a sus postulados, ser aceptado por Mescalito implicaba que la forma del
protector era constante y no pasaba de la beatitud a la pesadilla. Don Juan
volvió a reírse de mí y dijo que, si pensaba en la pregunta que había tenido en
mi corazón al hablar con Mescalito, yo mismo entendería la lección.
Pensar en la pregunta que había tenido en mi
"corazón" era un problema difícil. Dije a don Juan haber tenido muchas
cosas en mente. Cuando pregunté si estaba en el buen camino, quise decir:
¿Tengo un pie en un mundo y otro en otro? ¿Qué mundo es el bueno? ¿Qué curso
debe seguir mi vida?
Don Juan escuchó mis explicaciones y concluyó
que yo no tenía una visión clara del mundo, y que el protector me había dado
una lección hermosamente clara.
‑Piensas que hay dos mundos para ti ‑dijo‑:
dos caminos. Pero nada más hay uno. El protector te enseñó esto con claridad
increíble. El único mundo a tu disposición es el mundo de los hombres, y de ese
mundo no te puedes salir. ¡Eres un hombre! El protector te enseñó el mundo de
la felicidad, donde no hay diferencias porque no hay nadie que pregunte por las
diferencias. Pero ése no es el mundo de los hombres. El protector te sacó de él
y te enseñó cómo piensa y lucha un hombre. ¡Ese es el mundo del hombre!
Y ser hombre es estar condenado a ese mundo. Eres vanidoso, crees que vives en
dos mundos, pero eso es pura vanidad. Hay un solo mundo para nosotros. Somos
hombres, y debemos estar conformes con el mundo de los hombres.
"Creo que ésa fue la lección."
IX
Don Juan me dio a entender que deseaba que yo
me familiarizara lo más posible con la yerba del diablo. Esta posición era
incongruente con su supuesto desagrado hacia la planta, pero él se explicó
diciendo que era indispensable desarrollar un mejor conocimiento del poder de
la yerba del diablo para entender el efecto del humito.
Sugirió repetidamente que al menos debía yo
probar la yerba del diablo una vez más con una brujería con las lagartijas. Di
vueltas largo tiempo a la idea. La urgencia de don Juan creció continuamente
hasta que me sentí obligado a tomar su demanda en serio. Y un día resolví
adivinar acerca de unos objetos robados.
Lunes, 28 de diciembre, 1964
El sábado 19 de diciembre corté la raíz de la
datura. Esperé a que estuviera bastante oscuro para bailar alrededor de la
planta. Preparé el extracto de raíz durante la noche y el domingo, a eso de las
6 a.m., fui al lugar de mi datura. Me senté frente a la planta. Había anotado
cuidadosamente las enseñanzas de don Juan relativas al procedimiento. Releyendo
mis notas, vi que no tenía que moler allí las semillas. De alguna manera, el
solo estar frente a la planta me producía un raro estado de estabilidad emocional,
una claridad de pensamiento o un poder de concentrarme en mis acciones del que
ordinariamente carezco.
Seguí minuciosamente todas las instrucciones,
calculando mi tiempo de modo que la pasta y la raíz estuvieran listas al
atardecer. A eso de las cinco, me hallaba ocupado en cazar un par de
lagartijas. Durante hora y media probé cuanto método se me ocurrió, pero
fracasé en cada intento. Sentado frente a la datura, trataba de descubrir un
modo expedito de lograr mi propósito cuando de pronto recordé que a las
lagartijas, según don Juan, había que hablarles. Al principio me sentí ridículo
hablando a las lagartijas. Era como avergonzarse de hablar frente a un público.
El sentimiento no tardó en desvanecerse, y seguí hablando. Era casi de noche.
Alcé una roca. Debajo había una lagartija. Parecía hallarse entumida. La
recogí. Y entonces vi otra lagartija, rígida debajo de otra roca. Ni siquiera
se retorcieron.
Coser el hocico y los ojos fue la tarea más
difícil. Noté que don Juan había impartido a mis actos un sentido de
irrevocabilidad. Su posición era que cuando uno empieza a actuar no hay modo de
detenerse. Sin embargo, si yo hubiera querido parar, no había nada que me lo
impidiese. La verdad era que no quería parar.
Dejé libre una lagartija, y tomó una dirección
más o menos hacia el noroeste: augurio de una experiencia buena, pero difícil.
Até a mi hombro la otra lagartija y me embarré las sienes según lo prescrito.
La lagartija estaba tiesa: por un momento pensé que había muerto, y don Juan
nunca me había dicho qué hacer si eso ocurría. Pero sólo se hallaba entumida.
Bebí la poción y esperé un rato. No sentí nada
fuera de lo ordinario. Empecé a untarme la pasta a las sienes. La apliqué
veinticinco veces. Luego, en forma enteramente mecánica, como distraído, la
extendí repetidas veces sobre mi frente. Advertí el error y me limpié
apresuradamente la pasta. Mi frente sudaba; me puse febril. Me aferraba una
angustia intensa, ya que don Juan me había aconsejado enfáticamente no untarme
la pasta en la frente. El miedo se convirtió en un sentimiento de soledad
absoluta, el sentimiento del juicio final. Me hallaba allí solo. Si algo malo
iba a pasarme, nadie había que me ayudara. Quise echar a correr. Tenía una
alarmante sensación de indecisión, de no saber qué hacer. Un torrente de
pensamientos irrumpió en mi mente, destellando con velocidad extraordinaria.
Noté que eran pensamientos más bien extraños; es decir, extraños en el sentido
de que parecían acudir en forma distinta de los pensamientos comunes. Conozco
la manera como pienso. Mis pensamientos tienen un orden definido que me es propio,
y cualquier desviación resulta perceptible.
Uno de los pensamientos ajenos versaba sobre
una aseveración hecha por un autor. Era, recuerdo vagamente, más como una voz,
o algo dicho al fondo, en alguna parte. Fue tan rápido que me sobresaltó. Hice
una pausa para examinarlo, pero se volvió un pensamiento común. Me hallaba
seguro de haber leído el aserto, pero no podía recordar el nombre del autor. De
pronto me acordé de que era Alfred Kroeber. Entonces otro pensamiento ajeno
brotó para "decir" que no era Kroeber, sino Georg Simmel, quien había
hecho la aseveración. Insistí en que era Kroeber, y sin saber cómo me vi
envuelto en una discusión conmigo mismo. Y olvidé mi sentimiento de perdición
total,
Los párpados me pesaban como si hubiera tomado
pastillas para dormir. Aunque nunca las he tomado, esa fue la imagen que
acudió a mi mente. Me estaba quedando dormido. Quise ir a mi coche a
acostarme, pero no podía moverme.
Entonces, con bastante brusquedad, desperté, o
mejor dicho, sentí claramente haber despertado. Mi primer pensamiento fue
sobre la hora del día. Miré en torno. No me hallaba enfrente de la datura.
Despreocupadamente acepté el hecho de que estaba viviendo otra experiencia
adivinatoria. Eran las 12:35 en un reloj por encima de mi cabeza. Yo sabía que
era de tarde.
Vi a un hombre joven con un rimero de papeles
en las manos. Yo estaba tan cerca de él que casi lo tocaba. Veía pulsar las
venas de su cuello y oía el latir rápido de su corazón. Absorto en lo que veía,
no había tomado conciencia, hasta el momento, de la calidad de mis
pensamientos. Entonces oí una "voz" en mi oído describiendo la
escena, y me di cuenta de que la "voz" era el pensamiento ajeno en mi
mente.
Me concentré tanto en escuchar que la escena
perdió para mí su interés visual. Oía la voz junto a mi oreja derecha, sobre el
hombro, Literalmente creaba la escena al describirla. Pero obedecía mi
voluntad, pues yo podía detenerla en cualquier momento y examinar a mi antojo
los detalles de lo que decía. "Oí‑vi" toda la secuencia de las
acciones del joven. La voz seguía explicándolas en detalle, pero de algún modo
la acción carecía de importancia. Lo extraordinario era la vocecita. Tres veces
durante el curso de la experiencia quise volverme para ver quién hablaba. Traté
de hacer girar mi cabeza totalmente hacia la derecha, o nada más de volverme
inesperadamente para ver si había alguien allí. Pero cada vez que lo hacía, se
nublaba mi visión. Pensé: "El motivo de que no pueda volverme es que la
escena no está en el terreno de la realidad ordinaria." Y ese pensamiento
era mío.
Desde ese momento concentré mi atención sólo en la
voz. Parecía venir de mi hombro. Era perfectamente clara, aunque pequeña. No
era, sin embargo, una voz de niño ni una voz en falsete, sino la voz de un
hombre en miniatura. Tampoco era mi voz. Supuse que hablaba en inglés. Cada
vez que me proponía atrapar a la voz, se apagaba por entero o se hacía vaga y
la escena palidecía. Pensé en un símil. La voz era como la imagen creada por
partículas de polvo en las pestañas, o por los vasos sanguíneos en la córnea
del ojo: una forma como gusano que puede verse mientras uno no la mira
directamente, pero en el momento en que tratamos de mirarla se desliza fuera
del panorama con el movimiento del ojo.
Me desinteresé por completo de la acción.
Conforme escuchaba, la voz se hacía más compleja. Lo que yo tomaba por voz era
más bien como algo que susurrara pensamientos a mi oído. Pero eso no era exacto.
Algo estaba pensando por mí. Los pensamientos estaban fuera de mí mismo.
Supe que era así porque podía retener al mismo tiempo mis propios pensamientos
y los pensamientos del "otro".
En cierto punto, la voz creaba escenas,
actuadas por el joven, que nada tenían que ver con mi pregunta original sobre
los objetos perdidos. El joven realizaba acciones muy complejas. La acción
nuevamente había cobrado importancia y ya no presté atención a la voz. Empecé a
perder la paciencia; quería detenerme. "¿Cómo puedo acabar con
esto?", pensé. La voz en mi oído dijo que debía volver a la cañada.
Pregunté cómo, y la voz respondió que pensara en mi planta.
Pensé en mi planta. Solía sentarme frente a
ella. Lo había hecho tantas veces que me fue bastante fácil visualizarlo. Creí
que verla, como la vi en ese momento, era otra alucinación, ¡pero la voz dijo
que yo había “vuelto”! Me esforcé por escuchar. Sólo había silencio: La datura
frente a mí parecía tan real como todo lo demás que yo había visto, pero podía
tocarla, podía moverme.
Me levanté y caminé hacia mi coche. El
esfuerzo me agotó; me senté cerrando los ojos. Estaba mareado y quería vomitar.
Tenía un zumbido en las orejas.
Algo resbaló sobre mi pecho. Era la lagartija.
Recordé la admonición de don Juan acerca de liberarla. Regresé a la planta y
desaté la lagartija. No quise ver si estaba muerta o viva. Rompí la olla de
barro que contenía la pasta y la cubrí de tierra con los pies. Subí en mi coche
y me quedé dormido.
Jueves, 24 de diciembre, 1964
Hoy narré toda la experiencia a don Juan.
Corno de costumbre, escuchó sin interrumpirme. Al final tuvimos el siguiente
diálogo.
‑No te fue bien porque hiciste algo muy malo.
‑Lo sé. Fue un error estúpido, un accidente.
‑Con la yerba del diablo no hay accidentes. Te
dije que la yerba te probaría hasta lo último. Una de dos: o eres muy fuerte, o
de veras la yerba te quiere. El centro de la frente es sólo para los grandes
brujos que saben manejar su poder.
‑¿Qué pasa cuando un hombre se pasa la pasta
en la frente, don Juan.
-A menos que el hombre sea un brujo de primera
nunca vuelve del viaje.
-¿Se ha frotado usted la pasta en la frente,
don Juan?
‑¡Jamás! Mi benefactor me dijo que muy pocas
personas vuelven de un viaje así. Uno podría quedarse ido meses enteros y
tener que ser atendido por otros. Mi benefactor decía que las lagartijas pueden
llevar a un hombre al fin del mundo y enseñarle los secretos más maravillosos,
si así lo pide.
‑¿Conoce usted a alguien que haya emprendido
ese viaje?
‑Sí, mi benefactor. Pero nunca me dijo cómo
volvió.
‑¿Es tan difícil volver, don Juan?
‑Sí. Por eso lo que tú hiciste de veras me
sorprende. No sabías el camino, y debemos seguir ciertos pasos, porque es en
los pasos donde el hombre halla fuerza. Sin ellos no somos nada.
Permanecimos horas en silencio. El parecía
sumergido en una meditación muy profunda.
Sábado, 26 de diciembre, 1964
Don Juan me preguntó si había buscado a las
lagartija. Le dije que sí, pero que no pude hallarlas. Le pregunté qué habría
pasado si una de las lagartijas hubiera muerto mientras yo la sostenía. Dijo
que la muerte de una lagartija era un suceso infortunado. Si la lagartija del
hocico cosido hubiera muerto en cualquier momento, no habría tenido objeto
proseguir con la brujería. La muerte de esa lagartija también significaría que
las lagartijas en general habían retirado su amistad, y yo tendría que
abandonar el aprendizaje de los secretos de la yerba del diablo durante un
buen tiempo.
‑¿Cuánto tiempo, don Juan? ‑pregunté.
‑Dos años o más.
‑¿Qué habría pasado si muere la otra
lagartija?
‑Si muere la segunda lagartija, estás en
verdadero peligro. Te quedas solo, sin guía. Si muere antes de que empieces
la brujería, puedes suspenderla, pero entonces también tienes que dejar para
siempre a la yerba del diablo. Si la lagartija muere estando en tu hombro, ya
empezada la brujería, tendrías que seguir adelante, y eso es de veras la
locura.
‑¿Por qué es la locura?
‑Porque en tales condiciones nada tiene
sentido. Estás solo, sin guía, viendo cosas aterradoras, sin sentido.
-¿Qué quiere usted decir con "cosas sin
sentido"?
‑Cosas que venos por nosotros mismos. Cosas
que vemos cuando no tenemos rumbo. Significa también que la yerba del diablo
está tratando de librarse de ti, empujándote al abismo.
‑¿Conoce usted a alguien que haya
experimentado eso?
‑Sí. A mi me pasó eso. Sin la sabiduría
de las lagartijas, me volví loco.
‑¿Qué vio usted, don Juan?
-Un montón de pendejadas. ¿Qué otra cosa
habría podido ver si no tenía rumbo?
Lunes, 28 de diciembre, 1964
-Me dijo usted, don Juan, que la yerba del
diablo prueba a los hombres. ¿A qué se refería usted?
‑La yerba del diablo es como una mujer, y como
mujer halaga a los hombres. Les pone trampas a cada vuelta. Te puso una trampa
forzándote a untarte la pasta en la frente. Y tratará de nuevo, y tú
probablemente caerás. Te lo advierto. No la tomes con pasión; la yerba del
diablo es sólo un camino a los secretos de un hombre de conocimiento, hay otros
caminos. Pero su trampa es hacerte creer que el único camino es el suyo. Yo
digo que es inútil desperdiciar la vida en un solo camino, sobre todo si ese
camino no tiene corazón.
‑Pero, ¿cómo sabe usted cuándo no tiene
corazón un camino, don Juan?
‑Antes de embarcarte en cualquier camino
tienes que hacer la pregunta: ¿tiene corazón este camino? Si la respuesta es
no, tú mismo lo sabrás, y deberás entonces escoger otro camino.
‑Pero ¿cómo sé de seguro si un camino tiene
corazón o no?
‑Cualquiera puede saber eso. El problema es
que nadie hace la pregunta, y cuando uno por fin se da cuenta de que ha tomado
un camino sin corazón, el camino está ya a punto de matarlo. En esas
circunstancias muy pocos hombres pueden pararse a considerar, y más pocos aún
pueden dejar el camino.
‑¿Cómo debo proceder para hacer la pregunta
apropiada, don Juan?
‑Pregunta nada más.
‑Lo que quiero decir es si hay un método
indicado para que yo no me mienta a mí mismo y crea que la respuesta es sí
cuando en realidad es no,
‑¿Por qué habrías de mentir?
‑Tal vez porque en el momento el camino es
agradable y me gusta.
‑Esas son tonterías. Un camino sin corazón
nunca es disfrutable. Hay que trabajar duro tan sólo para tomarlo. En cambio,
un camino con corazón es fácil: no te hace trabajar por tomarle gusto.
Don Juan cambió de pronto el rumbo de la
conversación y me enfrentó directamente con la idea de que me gustaba la yerba
del diablo. Tuve que admitir que al menos sentía cierta inclinación hacia ella.
Me preguntó cómo me sentía con respecto a su aliado, el humito, y tuve que
decirle que la sola idea de tener que usarlo me asustaba hasta hacerme perder
los sentidos.
‑Te he dicho que para escoger un camino debes
estar libre de miedo y de ambición. Pero el humito te ciega de miedo, y la
yerba del diablo te ciega de ambición.
Argüí que se necesitaba ambición para
emprender cualquier camino, y que su aseveración de que había que estar libre
de ambición carecía de sentido. Una persona tiene que tener ambición para poder
aprender.
‑El deseo de aprender no es ambición ‑dijo‑.
El querer saber, es nuestro destino como hombres, pero convidar a la yerba del
diablo es solicitar poder, y eso es ambición, porque no lo estás haciendo para
saber. No dejes que la yerba del diablo te ciegue. Ya te tiene enganchado.
Invita a los hombres y les da una sensación de poder; los hace sentirse capaces
de hacer cos" que ningún hombre común puede. Pero esa es su trampa. Y,
luego, el camino sin corazón se vuelve contra los hombres y los destruye. No se
necesita gran cosa para morir, y buscar la muerte es no buscar nada.
X
En el mes de diciembre, 1964, don Juan y yo
fuimos a recolectar las diversas plantas necesarias para hacer la mezcla de
fumar. Era el cuarto ciclo. Don Juan se limitó a supervisar mis acciones. Me
instaba a no precipitarme, a observar y deliberar antes de cortar cualquiera de
las plantas. En cuanto los ingredientes fueron reunidos y almacenados, me
sugirió que debía tener un nuevo encuentro con su aliado.
Jueves, 31 de diciembre, 1964
‑Ahora que sabes un poco más sobre la yerba
del diablo y el humito, puedes decir con más claridad a cuál de los dos
prefieres ‑dijo don Juan.
‑En serio, el humito me da terror, don Juan.
No sé exactamente por qué, pero no le tengo buen sentimiento.
‑Te gusta el halago, y la yerba del diablo te
halaga Igual que una mujer, te hace sentir bien. El humito, en cambio, es el
poder más noble, el que tiene el corazón más puro. Ni incita a los hombres ni
los aprisiona; ni ama ni odia, Todo lo que requiere es fuerza. La yerba del
diablo también requiere fuerza, pero distinta. Algo más parecido a ser ardiente
con las mujeres. En cambio, la fuerza que el humito requiere es la fuerza del
corazón. El no es como la yerba del diablo, llena de pasiones, celos y
violencias. El humito es constante. No tienes que preocuparte de que a lo mejor
se te olvidó algo y te va a llevar la chingada.
Miércoles, 27 de enero, 1965
El martes 19 de enero fumé nuevamente la
mezcla alucinógena. Le había dicho a don Juan que el humito me asustaba, y que
le tenía mucha aprensión. El dijo que yo debía probarlo de nuevo para evaluarlo
con justicia.
Entramos en su cuarto. Eran casi las dos de la
tarde. Sacó la pipa. Fui por las brasas y nos sentamos uno frente a otro. Dijo
que iba a calentar la pipa y a despertarla, y que si me fijaba bien la vería
relumbrar. Llevó la pipa a sus labios tres o cuatro veces y chupó a través de
ella. La frotó con ternura. De pronto me hizo un signo casi imperceptible con
la cabeza, indicándome que mirara el despertar de la pipa. Miré, pero no pude
verlo.
Me entregó la pipa. Llené el cuenco con mi
propia mezcla, y luego recogí una brasa usando unas tenazas que había hecho
con unas pinzas de madera para ropa y que había estado guardando para esta
ocasión. Don Juan miró mis tenazas y empezó a reír. Vacilé un momento, y el
carbón se pegó a las tenazas. No me atreví a golpearlas contra el cuenco de la
pipa, y tuve que escupir en la brasa para apagarla.
Don Juan volvió la cabeza y se cubrió el
rostro con el brazo. Su cuerpo se sacudía. Por un momento creí que lloraba,
pero estaba riendo en silencio.
La acción se interrumpió largo rato luego él
mismo recogió velozmente una brasa, la puso en el cuenco y me ordenó fumar. Se
requería todo un esfuerzo para chupar a través de la mezcla; parecía ser muy
compacta. Tras el primer intento ya tenía yo el fino polvo en la boca. La
adormeció al punto. Yo veía el resplandor en el cuenco, pero jamás sentí el
humo como se siente el humo de un cigarro. Sin embargo, tenía la sensación de
inhalar algo, algo que primero llenaba mis pulmones y luego se impulsaba hacia
abajo para llenar el resto de mi cuerpo.
Conté veinte inhalaciones, y después la cuenta
ya no importó. Empecé a sudar; don Juan me miró fijamente y me dijo que no
tuviera miedo e hiciese exactamente lo que él me indicara. Traté de responder
"bueno", pero en vez de ello produje un extraño sonido ululante.
Continuó resonando después de que hube cerrado la boca. El sonido sobresaltó a
don Juan, quien tuvo otro ataque de risa. Quise decir "sí" con la
cabeza, pero ésta no podía moverla.
Don Juan me abrió suavemente las manos y se llevó
la pipa. Me ordenó acostarme en el piso, pero sin dormirme. Pensé que tal vez
me ayudaría a acostarme, pero no lo hizo. Sólo me miraba sin interrupción. De
pronto vi girar el cuarto y me hallé mirando a don Juan desde una postura de
costado. A partir de ese punto, las imágenes se hicieron extrañamente borrosas,
como en un sueño. Puedo acordarme vagamente de haber oído a don Juan hablarme
mucho durante el tiempo que estuve inmovilizado.
No experimenté miedo, ni desagrado, durante el
estado en sí, ni me sentí mal al despertar el día siguiente. Lo único fuera de
lo común fue que no pude pensar con claridad por un largo rato después de
despertar. Luego, gradualmente, en un periodo de cuatro o cinco horas, volví a
ser yo mismo.
Miércoles, 20 de enero, 1965
Don Juan no habló de mi experiencia ,ni me
pidió que se la relatara. Solamente comentó que me había dormido demasiado
pronto.
‑La única forma de seguir despierto es
convertirse en pájaro o grillo o algo por el estilo ‑dijo.
‑¿Cómo se hace eso, don Juan?
‑Es lo que te estoy enseñando. ¿Te acuerdas de
lo que te dije ayer cuando estabas sin cuerpo?
‑No puedo recordar claramente.
Yo soy un cuervo. Te estoy enseñando a
convertirte en cuervo. Cuando aprendas eso, seguirás despierto y te moverás con
libertad; de otro modo siempre estarás pegado al suelo, dondequiera que caigas.
Domingo, 7 de febrero, 1965
Mi segunda prueba con el humito tuvo lugar a
eso del mediodía del domingo 31 de enero. Desperté al día siguiente, al
empezar la noche. Me sentía poseedor de un poder fuera de lo común para
recordar lo que don Juan me había dicho durante la experiencia. Sus palabras
estaban impresas en mi mente. Yo seguía oyéndolas con claridad y persistencia
extraordinarias. Durante esta prueba hubo otro hecho que se me hizo obvio: mi
cuerpo entero se había entumido poco después de que empecé a‑ tragar el polvo
fino que se, metía en mi boca cada vez que yo chupaba la pipa. De modo que, no
sólo inhalaba el humo, sino también ingería la mezcla.
Traté de narrar mi experiencia a don Juan; él
dijo que yo no había hecho nada importante. Dije que podía recordar cuanto
había ocurrido, pero él no quería saber de eso. Cada recuerdo era preciso e
inconfundible. El proceso de fumar había sido el mismo que en el intento
previo. Era casi como si ambas experiencias perfectamente pudieran yuxtaponerse,
y yo pudiese iniciar mi recuento desde el momento en que la primera
experiencia terminaba. Recordaba con claridad que desde el instante de caer de
costado sobre el piso estuve completamente privado de sentimiento y pensamiento.
Pero mi claridad no se menoscaba en modo alguno. Recuerdo haber tenido mi
último pensamiento más o menos en el momento en que el cuarto se convirtió en
un plano vertical: "Debí de golpearme la cabeza en el suelo, pero no
siento dolor."
Desde ese‑ momento sólo pude ver y ‑oír. Me
era posible repetir cada palabra que don Juan había dicho. Seguí una por una
todas sus indicaciones. Parecían claras, lógicas y fáciles. Dijo que mi cuerpo
estaba desapareciendo y sólo mi cabeza quedaría, y en tal circunstancia la
única manera de seguir despierto y moverse era convertirse en cuervo. Me ordenó
esforzarme por parpadear, añadiendo que cuando pudiese hacerlo estaría listo
para proceder. Luego me dijo que mi cuerpo se había desvanecido por entero y
que yo no tenía sino mi cabeza; dijo que la cabeza nunca desaparece porque es
lo que se transforma en cuervo.
Me ordenó parpadear. Sin duda repitió esta
orden, y todas las otras, incontables veces, pues yo podía acordarme de ellas
con claridad extraordinaria. Debí de parpadear, pues don Juan dijo que me
hallaba listo y me ordenó enderezar la cabeza y ponerla sobre la barbilla. Dijo
que en la barbilla estaban las patas de cuervo. Me instó a sentir las patas y a
observar que iban saliendo despacio. Luego dijo que yo no estaba sólido aún,
que debía crecerme una cola, y que la cola saldría de mi cuello. Me ordenó
extender la cola como un abanico y sentirla barrer el suelo.
Luego habló de las alas del cuervo, y dijo que
saldrían de mis pómulos. Dijo que era duro y doloroso. Me ordenó desplegarlas.
Dijo que habían de ser extremadamente largas, tanto como me fuera posible
extenderlas; de otro modo no podría yo volar. Me dijo que las alas estaban
saliendo y eran largas y hermosas, y que yo debía agitarlas hasta que fueran
alas de verdad.
Habló de la parte superior de mi cabeza y dijo
que aún era muy grande y pesada; su bulto me impediría el vuelo. La manera de
reducir su tamaño era parpadear; con cada parpadeo mi cabeza se achicaría más.
Me ordenó parpadear hasta que el peso de arriba hubiese desaparecido y yo pudiera
saltar libremente. Luego me dijo que había reducido mi cabeza al tamaño de un
cuervo, y que debía caminar y saltar hasta perder la tiesura.
Antes de poder volar, dijo, tenía yo que cambiar
una última cosa. Era el cambio más difícil, y para llevarlo a cabo debía ser
dócil y hacer exactamente lo que él me dijera. Tenía que aprender a ver corro
un cuervo. Dijo que mí boca y nariz iban a crecer entre mis ojos hasta dotarme
de un pico fuerte. Dijo que los cuervos ven directamente de lado, y me ordenó
volver la cabeza y mirarlo con un ojo. Dijo que si deseaba cambiar y mirar con
el otro ojo, sacudiera el pico hacia abajo, y que ese movimiento me haría
mirar con el otro ojo. Me ordenó alternar de uno a otro varias veces. Y
entonces dijo que yo estaba listo para volar, y que el único modo de volar era
que él me arrojase al aire.
No tuve la menor dificultad en despertar la
sensación correspondiente a cada una de sus órdenes. Percibí cómo me crecían
patas de ave, débiles y vacilantes al principio. Sentí una cola salir de mi
nuca y alas de mis pómulos. Las alas estaban profundamente plegadas. Las sentí
brotar por grados. El proceso era difícil pero no doloroso. Luego, parpadeando,
reduje mi cabeza al tamaño de un cuervo. Pero el efecto más asombroso se llevó
a cabo con mis ojos. ¡Mi vista de pájaro!
Cuando don Juan dirigió el crecimiento del
pico, tuve una molesta sensación de falta de aire. Entonces brotó un bulto,
creando un bloque frente a mí. Pero sólo cuando don Juan me indicó mirar
lateralmente fueron mis ojos capaces de tener en realidad un panorama completo
de lado. Podía yo cerrar un ojo y cambiar el enfoque al otro. Pero la visión
del cuarto y de todos los objetos que había en él no era una visión ordinaria.
Sin embargo, resultaba imposible decir en qué forma difería. Acaso estaba
ladeada, o quizá las cosas se hallasen fuera de foco. Don Juan se hizo muy
grande y resplandeciente. Algo en él era confortante y seguro. Luego las
imágenes se borraron; perdieron sus contornos y se volvieron nítidos diseños
abstractos que cintilaron un rato.
Domingo, 28 de marzo, 1965
El jueves 18 de marzo fumé de nuevo la mezcla
alucinógena; El procedimiento inicial varió en pequeños detalles. Tuve que
volver a llenar una vez el cuenco de la pipa. Cuando terminé la primera
dotación, don Juan me indicó limpiar el cuenco, pero él mismo virtió la mezcla,
pues yo carecía de coordinación muscular. Me costaba mucho esfuerzo mover los
brazos. Había en mi bolsa mezcla suficiente para una nueva carga. Don Juan miró
la bolsa y dijo que aquélla era mi última prueba con el humito hasta el año
siguiente, pues ya había agotado mis provisiones.
Volvió del revés la bolsita y sacudió el polvo
sobre el plato de las brasas. Ardió con un resplandor naranja, como si don Juan
hubiera puesto sobre los carbones una lámina de material transparente. La
lámina estalló en llamas, y luego se quebró en un intrincado diseño de líneas.
Algo describía zigzags dentro de las líneas, a gran velocidad. Don Juan me dijo
que mirara el. movimiento en las líneas. Vi algo que parecía una canica pequeña
rodando de un lado a otro en el área resplandeciente. El se agachó, metió la
mano en el resplandor, recogió la canica y la colocó en el cuenco de la pipa. Me
ordenó dar tina fumada. Tuve la clara impresión de que había puesto la pequeña
bola en la pipa para que yo la inhalase. En un momento el cuarto perdió su
posición horizontal. Experimenté un entumecimiento profundo, una sensación
pesada.
Al despertar, yacía de espaldas en el fondo de
una zanja de riego poca profunda, sumergido en agua hasta la barbilla. Alguien
sostenía mi cabeza. Era don Juan. Mi primer pensamiento fue que el agua en la
zanja tenía una calidad insólita: era fría y pesada. Me golpeaba suavemente, y
mis ideas se aclaraban a cada uno de sus movimientos. Al principio el agua
tenía un halo o fluorescencia verde brillante que pronto se disolvió, dejando
sólo una corriente de agua común.
Pregunté la hora a don Juan. Dijo que era
temprano, de mañana. Tras un rato, ya completamente despierto, salí del agua.
‑Debes decirme todo lo que viste -dijo don
Juan cuando llegamos a su casa. También dijo que había estado tratando de
"hacerme volver" durante tres días, y había tenido muchas
dificultades al hacerlo. Hice muchos intentos de describir lo que había visto,
pero no podía concentrarme. Más tarde, al anochecer, me sentí listo para hablar
con don Juan y empecé a contarle lo que recordaba desde el momento en que caí
de costado, pero él no quería oír de eso. Dijo que la única parte interesante
era lo que vi e hice después de que él "me echó al aire y yo salí
volando".
Todo cuanto recordaba era una serie de
imágenes o escenas oníricas. No tenían orden de secuencia. Tuve la impresión
de que cada una era como una burbuja aislada, que flotaba hasta quedar en foco
y luego se alejaba. Sin embargo, no eran simplemente escenas para mirar. Yo
estaba dentro de ellas. Tomaba parte en ellas. Cuando traté de evocarlas, tuve
al principio la sensación de que eran destellos vagos, difusos, pero
pensándolas me di cuenta de que cada una era extremadamente clara, aunque sin
relación alguna con mi forma ordinaria de ver las cosas, de allí la sensación
de vaguedad. Las imágenes eran pocas y sencillas.
Apenas don Juan mencionó haberme "echado
al aire", tuve un leve recuerdo de una escena absolutamente clara en la
cual yo lo miraba de lleno, desde alguna distancia. Miraba sólo su cara. Tenía
un tamaño monumental. Era plana, con un resplandor intenso. Su cabello era
amarillento y se movía. Cada parte de su rostro se movía por sí misma,
proyectando una especie de luz ámbar.
La siguiente imagen era una en que don Juan me
echaba realmente al aire, o me aventaba, en una dirección recta hacia adelante.
Recuerdo que “extendí mis alas y volé”. Me sentía solo, rasgando el aire,
avanzando derecho, penosamente. Era más como caminar que como volar. Cansaba
mi cuerpo. No había sentimiento de fluir libre, no había júbilo.
Entonces recordé un instante hallarme inmóvil,
mirando una masa de filos agudos, oscuros, en un área que tenía una luz opaca
y dolorosa; luego vi un campo con una variedad infinita de luces. Las luces se
movían y parpadeaban y cambiaban su luminosidad. Eran casi como colores. Su
intensidad me deslumbraba.
En otro momento, había un objeto casi contra
mi ojo. Era grueso y puntiagudo; tenía un definido brillo rosáceo. Sentí un
temblor súbito en alguna‑ parte del cuerpo y vi una multitud de formas rosadas
similares venir hacia mí. Todas se me acercaban. Me alejé de un salto.
La última escena que recordé fue de tres aves
plateadas. Irradiaban una luz metálica, lustrosa, casi como acero inoxidable
pero intensa y móvil y viva. Me gustaron. Volamos juntos.
Don Juan no hizo ningún comentario sobre mi
recuento.
Martes, 23 de marzo, 1965
La siguiente conversación tuvo lugar al otro
día, después del relato de mi experiencia. Don Juan dijo:
‑No se necesita gran cosa para volverse
cuervo. Lo hiciste y ahora siempre lo serás.
‑¿Qué pasó después de que me volví cuervo, don
Juan? ¿Volé durante tres días?
‑No; regresaste al caer la noche, como yo te
había dicho.
‑Pero, ¿cómo regresé?
‑Estabas muy cansado y te dormiste. Eso es
todo.
‑Quiero decir, ¿volé de regreso?
‑Ya te dije. Me obedeciste y regresaste a la
casa. Pero no te preocupes por ese asunto. No tiene importancia.
‑¿Qué es importante, entonces?
‑En todo tu viaje hubo una sola cosa de gran
valor: ¡los pájaros plateados!
‑¿Qué tenían de especial? Sólo eran pájaros,
‑No. Eran cuervos.
‑¿Eran cuervos blancos, don Juan?
‑Las plumas negras del cuervo son en realidad
plateadas. Los cuervos brillan tan fuerte que las demás aves no los molestan.
‑¿Por qué parecían plateadas sus plumas?
‑Porque estabas viendo como cuervo. Un ave que
nos parece oscura le parece blanca a un cuervo. Las palomas blancas, por
ejemplo, son rosas o azuladas para un cuervo; las gaviotas son amarillas.
Ahora, trata de recordar cómo te juntaste con ellos.
Pensé en eso, pero los cuervos eran una imagen
nebulosa, disociada, sin continuidad. Le dije que sólo podía recordar que
sentí haber volado con ellos. Preguntó si me les había unido en el aire o en la
tierra, pero yo no tenía modo de responder. Casi se enojó conmigo. Exigió que
pensara en eso. Dijo:
‑Todo esto vale pura madre, no es sino un
sueño de loco, a menos que recuerdes correctamente.
Me esforcé por hacer memoria, pero no pude.
Sábado, 3 de abril, 1965
Hoy pensé en otra imagen de mi
"sueño" sobre los cuervos plateados. Recordé haber visto una masa
oscura con miríadas de agujeros de alfiler. De hecho, la masa era un
conglomerado de agujeritos, Ignoro por qué pensé que era blanda. Cuando estaba
mirándola, tres aves volaron directamente hacia mi. Una de ellas hizo un
ruido; luego las tres se hallaban junto a mí, en tierra,
Describí la imagen a don Juan. Me preguntó de
que dirección habían venido las aves. Le dije que no me era posible
determinarlo. Se impacientó bastante y me acusó de ser rígido en mi
pensamiento. Dijo que muy bien podría recordar si trataba de hacerlo, y que en
realidad yo tenía miedo de volverme menos rígido. Dijo que yo estaba pensando
en términos de hombres y cuervos, y que no era ni hombre ni cuervo en el
momento del que deseaba acordarme.
Me pidió recordar lo que me había dicho el
cuervo. Traté de pensar en ello, pero mi mente jugaba con veintenas de cosas
ajenas al asunto. No podía concentrarme.
Domingo, 4 de abril, 1965
Hoy di una larga caminata. Ya había oscurecido
bastante cuando llegué a la casa de don Juan. Iba pensando en los cuervos
cuando de pronto un "pensamiento" muy extraño cruzó por mi mente. Era
como una impresión o sentimiento, más que pensamiento. El ave que había hecho
el ruido dijo que venían del norte e iban al sur, y cuando nos encontráramos
de nuevo vendrían por el mismo camino.
Conté a don Juan lo que había pensado, o quizá
recordado. El dijo:
‑No pienses si lo recordastes o lo
inventastes. Esos pensamientos pertenecen sólo a los hombres, no a los cuervos,
y menos aún a los cuervos que vistes, porque son los emisarios de tu destino.
Tú ya eres un cuervo. Nunca cambiarás eso. De ahora en adelante, los cuervos
te señalarán con su vuelo cada vuelta de tu destino. ¿Hacia dónde volaste con
ellos?
‑¡No podría saber eso, don Juan!
‑Si piensas como se debe, recordarás. Siéntate
en el suelo y dime en qué posición estabas cuando las aves volaron a ti.
Cierra los ojos y haz una raya en el suelo.
Seguí su indicación y determiné el punto.
‑¡No abras todavía los ojos! ‑prosiguió: ‑¿Para
dónde volaron todos en relación con ese punto?
Hice otra marca en el piso.
Tomando como referencia estos puntos de
orientación, don Juan interpretó las diferentes pautas de vuelo que los cuervos
observarían para predecir mi futuro personal o destino. Puse los cuatro puntos
cardinales como eje del vuelo de los cuervos.
Le pregunté si los cuervos siempre seguían los
puntos cardinal‑es para anunciar el destino de un hombre. Dijo que la
orientación era sólo mía; lo que los cuervos hicieron en mi primera reunión con
ellos tenía importancia crucial. Insistió en que recordara cada detalle, porque
el mensaje y la pauta de los "emisarios" eran un asunto individual,
personalizado.
Había una cosa más de la cual me instaba a
acordarme: la hora en que me dejaron los emisarios. Me pidió pensar en la
diferencia de la luz a mi alrededor entre la hora en que "empecé a
volar" y la hora en que las aves plateadas "volaron conmigo".
Cuando tuve inicialmente la sensación de vuelo penoso, estaba oscuro. Pero
cuando vi a las aves, todo se hallaba rojizo: rojo claro, o tal vez naranja.
‑Eso quiere decir que era casi el fin del día ‑dijo
don Juan‑; pero todavía no se había metido el sol. Cuando está todo oscuro, un
cuervo se ciega de blancura y no de oscuridad, como nosotros de noche. Esta
indicación de la hora quiere decir que tus emisarios finales vendrán al fin del
día. Te llamarán, y al volar sobre tu cabeza se volverán blancos plateados; los
verás brillar contra el cielo y eso querrá decir que llegó tu hora final.
Querrá decir que te vas a morir y a volverte cuervo por última vez.
‑¿Y si los veo de mañana?
‑¡No los verás de mañana!
‑Pero los cuervos vuelan todo el día.
‑¡Tus emisarios no, tonto!
‑¿Y sus emisarios, don Juan?
‑Los míos vendrán de mañana. También serán
tres. Mi benefactor me dijo que, si uno no quiere morir, puede volverlos negros
a gritos. Pero ahora sé que no vale la pena. Mi benefactor era dado a gritar, y
a todo el barullo y la violencia de la yerba del diablo. Yo sé que el humito es
diferente porque no tiene pasión. Es justo. Cuando tus emisarios plateados
lleguen por ti, no hay necesidad de gritarles. Vuela con ellos como ya lo
hiciste. Después de haberte recogido darán media vuelta, y los cuatro se irán
volando.
Sábado, 1° de abril, 1965
Había estado experimentando breves destellos
de disociación, o estados superficiales de realidad no ordinaria.
Un elemento de la experiencia alucinógena con
los hongos recurría sin cesar en mis pensamientos: la masa de agujeritos
blanda y oscura. Continué visualizándola como una burbuja de grasa o de aceite
que empezaba a tirar de mí hacia su centro. Era casi como si el centro fuera a
abrirse y a tragarme, y en momentos muy breves yo experimentaba algo
semejante a un estado de realidad no ordinaria. Como resultado, sufría
instantes de profunda agitación, angustia e incomodidad, y luchaba por poner
fin a las experiencias apenas comenzaban.
Hoy discutí esta condición con don Juan. Pedí
consejo.
El no pareció preocuparse, y me indicó
olvidarme de esas experiencias, porque carecían de significado o más bien de
valor. Dijo que las únicas experiencias dignas de mi esfuerzo y atención
serían aquéllas en los que viera un cuervo; cualquier otra clase de
"visión" no sería sino el producto de mis temores. Me recordó una
vez más que para usar el humito era necesario llevar una vida fuerte, calmada.
En lo personal, yo parecía haber alcanzado un umbral peligroso. Le dije que me
sentía incapaz de proseguir; había en los hongos algo verdaderamente aterrador.
Al repasar las imágenes evocadas de mi
experiencia alucinógena, yo había llegado a la conclusión inevitable de que
había visto el mundo en una forma estructuralmente distinta de la visión
ordinaria. En otros estados de realidad no ordinaria que había atravesado, las
formas y los diseños que visualizaba se hallaban siempre dentro de los confines
de mi concepción visual del mundo. Pero la sensación de ver bajo la influencia
de la mezcla alucinógena de fumar no era la misma. Todo lo que veía estaba
frente a mí en una línea directa de visión; nada había encima ni abajo de esa
línea de visión.
Cada imagen tenía una irritante planura, y sin
embargo, desconcertantemente, una gran profundidad. Acaso seria más exacto
decir que las imágenes eran un conglomerado de detalles increíblemente precisos
colocados dentro de campos de luz diferente; la luz se movía en los campos,
creando un efecto de rotación.
Después de aguijarme y esforzarme por
recordar, me hallé obligado a hacer una serie de analogías o símiles para
"entender" lo que había "visto". El rostro de don Juan, por
ejemplo, parecía como sumergido en el agua. El agua parecía moverse en un fluir
continuo sobre la cara y el cabello, Los amplificaba a tal grado que, cuando yo
enfocaba mi visión, podía ver cada poro de la piel o cada cabello de la cabeza.
Por otra parte, vi masas de materia planas y llenas de aristas, pero no se
movían porque no había fluctuación en la luz proveniente de ellas.
Pregunté a don Juan qué eran las cosas que vi.
Dijo que, siendo ésta la primera vez que yo veía como cuervo, las imágenes no
eran claras ni importantes, y que más tarde, con la práctica, me sería posible
reconocerlo todo.
Saqué a colación la diferencia que había
notado en el movimiento de la luz.
‑Las cosas que están vivas ‑dijo él‑ se mueven
por dentro, y tan cuervo puede ver con facilidad cuándo algo está muerto, o a
punto de morir, porque el movimiento ya se paró o se va parando. Un cuervo sabe
también cuando algo se mueve demasiado aprisa, y por lo mismo sabe cuando algo
se mueve al paso justo.
‑¿Qué significa cuando algo se mueve demasiado
aprisa, o al paso justo?
‑Significa que un cuervo sabe de hecho qué
evitar y qué buscar. Cuando algo se mueve demasiado aprisa por dentro, quiere
decir que está a punto de estallar con violencia, o de pegar el brinco, y un
cuervo lo evita. Cuando se mueve por dentro al paso justo, es una vista
placentera y un cuervo la busca.
‑¿Se mueven las rocas por dentro?
‑No, ni las rocas ni los animales muertos ni
los árboles muertos. Pero es hermoso mirarlos. Por eso los cuervos andan por
donde hay cadáveres. Les gusta mirarlos. Ninguna luz se mueve dentro de ellos.
‑Pero cuando la carne se pudre, ¿no cambia ni
se mueve?
‑Sí, pero ese movimiento es distinto. Lo que
el cuervo ve entonces son millones de cosas moviéndose dentro de la carne con
luz propia, y eso es lo que le gusta ver. Verdaderamente es una vista inolvidable.
‑¿La ha visto usted, don Juan?
‑Cualquiera que aprenda a volverse cuervo la
puede ver. Tú mismo la verás.
En este punto hice a don. Juan la pregunta
inevitable.
‑¿Me convertí realmente en cuervo? 0 mejor
dicho, ¿habría pensado cualquiera, al verme, que era yo un cuervo común?
‑No. No puedes pensar así cuando tratas con el
poder de los aliados. Esas preguntas no tienen sentido, y eso que volverse
cuervo es lo más simple que hay. Es casi como travesura; tiene poca utilidad.
Como ya te he dicho, el humito no es para los que buscan poded. Es sólo para
quienes anhelan ver. Yo aprendí a volverme cuervo porque son las aves más
efectivas de todas. Ninguna otra las molesta, a menos que sean águilas grandes
y hambrientas, pero los cuervos vuelan en parvadas y pueden defenderse. Tampoco
los hombres molestan a los cuervos, y eso es importante, Cualquiera puede
distinguir un águila grande, sobre todo un águila fuera de lo común, o
cualquier otra ave grande y fuera de lo común, pero, ¿a quién le interesa un
cuervo? Un cuervo está seguro. Es ideal en tamaño y en naturaleza. Puede
meterse donde sea sin llamar la atención. En cambio, volverse oso o león es
posible, pero sale bastante peligroso. Una criatura de ésas es demasiado grande;
se necesita demasiada energía para convertirse en ella. También puede uno
volverse grillo, o lagartija, o hasta hormiga, pero eso es todavía más
arriesgado, porque los animales grandes cazan a las criaturas pequeñas.
Señalé que, según lo que él decía, uno se
transformaba realmente en cuervo, o grillo, o cualquier otra cosa. Pero él
insistió en que yo entendía mal.
‑Se necesita mucho tiempo para aprender a ser
un cuervo cabal -dijo‑. Pero tú no cambiaste, ni dejaste de ser hombre. Es otra
cosa lo que pasa.
‑¿Puede usted decirme qué es la otra cosa, don
Juan? ‑A lo mejor a estas alturas ya tú mismo lo sabes. Quizá si no tuvieras
tanto miedo de volverte loco, o de perder tu cuerpo, entenderías este secreto
maravilloso. Pero a lo mejor debes esperar a perder tu miedo para entender lo
que quiero decir.
XI
El último hecho que registré en mis notas de
campo tuvo lugar en septiembre de 1965. Fue la última de las enseñanzas de don
Juan. Lo llamé "un estado especial de realidad no ordinaria" porque
no los produjo ninguna de las plantas que yo había usado con anterioridad. Al
parecer don Juan lo provocó por medio de una manipulación cuidadosa de
indicaciones acerca de si mismo; es decir, se portó frente a mi en una forma
tan hábil. que creó la impresión clara y sostenida de no ser realmente él
mismo, sino alguien que lo suplantaba. Como resultado, experimenté un profundo
sentido de conflicto; quería creer que se trataba de don Juan, y sin embargo
no podía estar seguro. La concomitante del conflicto fue un terror consciente
tan agudo que minó mi salud por varias semanas. Después pensé que habría sido
prudente poner fin entonces a mi aprendizaje. Desde aquel tiempo, nunca he sido
participante, pero don Juan no ha cesado de considerarme aprendiz. Ha visto
en mi retiro sólo un periodo necesario de recapitulación, otro paso de
aprendizaje, que puede durar indefinidamente. Sin embargo, desde entonces,
jamás me ha expuesto sus conocimientos.
Escribí la crónica detallada de mi última
experiencia casi un mes después de que ocurrió, aunque tenía ya copiosas notas
sobre sus puntos destacados, escritas al día siguiente, durante las horas de
gran agitación emotiva que precedieron al punto más intenso de mi terror.
Viernes, 29 de octubre, 1965
El jueves 30 de septiembre de 1965 fui a ver a
don Juan. Los estados breves y someros de realidad no ordinaria persistían a
pesar de mis deliberados intentos por ponerles fin, o sacudírmelos de encima
como don Juan había sugerido. Yo sentía que mi condición iba empeorando, pues
aumentaba la duración de tales estados. Tomé conciencia aguda del ruido de los
aeroplanos. El ruido de sus motores al pasar por encima captaba inexorablemente
mi atención y la fijaba, hasta el punto en que me parecía seguir al avión como
si fuera dentro de él o volara con él. Esta sensación era muy molesta. La
incapacidad de sacudírmela me producía una honda angustia.
Don Juan, tras escuchar atentamente todos los
detalles, concluyó que yo sufría de pérdida del alma. Le dije que tenía estas
alucinaciones desde la vez que fumé los hongos, pero él insistió en que eran
cosa nueva. Dijo que antes yo tenía miedo y "soñaba cosas sin
sentido", pero que ahora estaba en verdad embrujado. La prueba era que el
ruido de los aviones en vuelo podía arrastrarme. Por lo común, dijo, el ruido
de un arroyo o de un río puede atrapar a un embrujado que ha perdido el alma y
arrastrarlo a su muerte. Luego me pidió describir todas mis actividades durante
la época anterior a las alucinaciones. Enumeré todas las actividades que pude
recordar. Y de mi recuento, él dedujo el sitio donde yo había perdido el alma.
Don Juan parecía francamente preocupado, cosa
del todo insólita en él. Esto, como es natural, aumentó mi aprensión. Dijo que
no tenía idea definida de quién había atrapado mi alma, pero quienquiera que
fuese pretendía sin duda matarme o enfermarme de gravedad. Luego me dio
instrucciones precisas acerca de una "forma para pelear", una
posición corporal especifica que yo debería mantener, permaneciendo en mi sitio
benéfico. Tenía que conservar esta postura que él llamaba forma.
Le pregunté a qué venia todo eso y con quién
iba yo a pelear. Repuso que él iría a ver quién había tomado mi alma y si era
posible recuperarla. Mientras tanto, yo debía permanecer en mi sitio hasta su
regreso. La forma para pelear era en realidad una precaución, dijo, en caso de
que algo ocurriese durante su ausencia, y yo debía usarla si me atacaban.
Consistía en palmotear contra la pantorrilla y el muslo de mi pierna derecha y
dar de saltos con el pie izquierdo en una especie de danza que yo había de
ejecutar enfrentando al atacante.
Me advirtió que la forma debía adoptarse sólo
en momentos de crisis extrema; mientras no hubiera peligro a la vista, yo
podía estar simplemente sentado en mi sitio, con las piernas cruzadas. Pero en
circunstancias de peligro extremo, tenía el recurso de un último medio de
defensa: arrojar un objeto contra el enemigo. Me dijo que por lo común se
arroja un objeto de poder, pero como yo no tenía ninguno me era forzoso usar
cualquier piedra que cupiese en la palma de mi mano derecha, una piedra que yo
pudiera sostener apretada entre la palma y el pulgar. Dijo que tal técnica
debía usarse sólo si uno se hallaba indudablemente en peligro de perder la
vida. El lanzamiento del objeto tenía que acompañarse con un grito de guerra,
un alarido con la propiedad de dirigir el objeto a su blanco. Insistió en
recomendarme cuidado y deliberación con el gritó, y no emplearlo al azar, sino
sólo con "severas condiciones de seriedad".
Le pregunté qué quería decir con "severas
condiciones de seriedad". Dijo que el clamor, o grito de guerra, era algo
que se quedaba con un hombre toda la vida: por eso tenia que ser bueno desde el
principio. Y la única manera de empezarlo correctamente era retener el miedo y
la prisa naturales de uno hasta hallarse lleno por entero de‑poder, y entonces
el alarido brotaría con dirección y fuerza. Dijo que éstas eran las condiciones
de seriedad necesarias para soltar el grito.
Le pedí explicación sobre el poder que
supuestamente lo llenaba a uno antes del clamor. Dijo que era algo que corría a
través del cuerpo saliendo de la tierra donde uno estaba parado; era una
especie de poder emanado del sitio benéfico, para ser exactos. Era una fuerza
que empujaba el alarido para hacerlo salir. Si tal fuerza se manejaba debidamente,
el grito de batalla sería perfecto.
De nuevo le pregunté si pensaba que algo iba a
ocurrirme. Dijo no saber nada de eso y me advirtió dramáticamente quedarme
pegado a mi sitio cuanto fuese necesario, porque ésa era la única protección
que yo tenía contra cualquier cosa que pudiera pasar.
Empecé a asustarme; le supliqué ser más
explícito. Dijo que todo cuanto sabia era que yo no debía moverme en ninguna
circunstancia; no debía entrar en la casa ni ir al matorral. Sobre todo, dijo,
no debía hablar una sola palabra, ni siquiera a él. Dijo que si‑me daba mucho
miedo podía cantar mis canciones de Mescalito, y añadió que yo ya sabia
demasiado sobre estos asuntos para que fuera necesario señalarme, como a un
niño, la importancia de hacer todo correctamente.
Sus admoniciones me provocaron un estado de
angustia profunda. Estuve seguro de que él esperaba que algo ocurriese. Le
pregunté por qué me recomendaba cantar las canciones de Mescalito, y qué cosa
creía él que fuera a asustarme. Rió y dijo que tal vez me diese miedo de estar
solo. Entró en la casa y cerró la puerta tras de sí. Miré mi reloj. Eran las 7
p.m. Estuve sentado en calma un largo rato. No salían ruidos del cuarto de don
Juan. Todo estaba tranquilo, Hacía viento. Pensé en correr a mi coche a sacar
una mampara, pero no me atreví a actuar contra el consejo de don Juan. No tenía
sueño, sino cansancio; el viento frío me imposibilitaba descansar.
Cuatro horas después oía don Juan caminar en
torno a la casa. Pensé que podía haber salido por la parte trasera para orinar
en el matorral. Entonces me llamó con voz fuerte.
‑¡Oye muchacho! ¡Oye muchacho! Ven aquí ‑dijo.
Casi me levanté para ir con él. Era su voz,
pero no su tono, ni sus palabras de costumbre. Don Juan nunca me había dicho
"oye muchacho". De modo que seguí donde me hallaba. Un‑escalofrío
corrió a lo largo de mi espalda. El empezó a gritar de nuevo, usando la misma
frase o una similar.
Lo oí dar vuelta a la pared trasera de su
casa. Tropezó con una pila de leña como si no supiera que estaba allí. Luego
llegó al zaguán y se sentó junto a la puerta, con la espalda contra la pared.
Parecía más pesado que de costumbre. Sus movimientos no eran lentos ni torpes,
sólo más pesados. Se dejó caer a plomo en el suelo, en vez de deslizarse
ágilmente como solía. Además, ése no era su sitio, y don Juan nunca, en ninguna
circunstancia, se sentaba en ningún otro lugar.
Entonces volvió a hablarme. Preguntó por qué
me había yo negado a ir cuando él me necesitaba. Hablaba con voz fuerte. Yo no
quería mirarlo, y sin embargo experimentaba una urgencia compulsiva de
observarlo. Empezó a mecerse levemente de un lado a otro. Cambié de postura,
adopté la forma para pelear que él me enseñó, y me volvía encararlo. Mis
músculos estaban tiesos y extrañamente tensos. No sé qué me movió a adoptar la
forma dé pelea, acaso fue el creer que don Juan quería asustarme creando la
impresión de que, en realidad, la persona que yo estaba viendo no era él mismo.
Pensé que ponía mucho cuidado en hacer cosas fuera de costumbre, para implantar
la duda en mi mente. Tuve miedo, pero aun así me sentía por encuna de todo
aquello, porque de hecho me hallaba evaluando y analizando la secuencia
completa.
En ese punto, don Juan se levantó. Sus
movimientos fueron completamente desconocidos. Puso los brazos frente al
cuerpo y se empujó hacia arriba, alzando primero la espalda; luego asió la
puerta y enderezó la parte superior del cuerpo. Me asombró la honda
familiaridad que yo tenia con sus movimientos, y el sentimiento terrible que él
creaba al hacerme ver un don Juan que no se movía como don Juan.
Dio unos pasos hacia mí. Sostenía con ambas
manos la parte inferior de su espalda, como si tratara de enderezarse o
sufriera un dolor. Gemía y resoplaba. Parecía tener tapada la nariz. Dijo que
me iba a llevar, y me ordenó levantarme y seguirlo. Caminé hacia el lado oeste
de la casa. Cambié de posición para encararlo. Se volvió hacia mí. Yo no me
moví de mi sitio; estaba pegado a él.
-¡Oye muchacho! ‑vociferó‑. Te dije que vengas
conmigo. ¡Si no vienes te llevo a empujones!
Se me acercó. Empecé a golpearme la
pantorrilla y el muslo y a bailar aprisa. Don Juan llegó al filo del zaguán,
frente a mi, y casi me tocó. Frenéticamente dispuse mi cuerpo para adoptar la
posición de lanzamiento, pero él cambió de dirección y se alejó hacia los
matorrales a mi izquierda. En cierto momento, mientras se alejaba, se volvió de
pronto, pero yo le daba la cara.
Se perdió de vista. Conservé la postura de
pelea un rato más, pero como ya no lo vi me senté de nuevo con las piernas
cruzadas y la espalda contra la roca. A estas alturas me hallaba realmente
asustado. Quise huir corriendo, pero esa idea me aterraba más aún. Sentí que,
si él me atrapaba en el camino a mi coche, quedaría completamente a su merced.
Empecé a cantar las canciones de peyote que sabía. Pero sentía de algún modo
que allí eran impotentes. Sólo servían de pacificador, pero me serenaron. Las
canté una y otra vez.
A eso de las 2:45 a.m. oí un ruido dentro de
la casa. Inmediatamente cambié de postura. La puerta se abrió de golpe y don
Juan salió trastabillando. Boqueaba y se agarraba la garganta. Se arrodilló
frente a mí y gimió. Me pidió, en voz aguda y chillona, ir a ayudarlo. Luego
vociferó nuevamente y me ordenó ir. Hacía ruidos de gargarismo. Me suplicó ir
a ayudarlo, porque algo lo ahogaba. Se arrastró sobre las manos y las rodillas
hasta hallarse a poco más de un metro. Extendió las manos hacia mí.
‑¡Ven acá! ‑dijo. Entonces se levantó. Sus
brazos estaban extendidos en mi dirección. Parecía dispuesto a aferrarme.
Pateé el suelo y me di palmadas en la pantorrilla y el muslo. Estaba fuera de
mí.
Don Juan se detuvo y caminó hacia el costado
de la casa y se internó entre los matorrales. Cambié de postura para encararlo.
Luego volví a sentarme. Ya no quería cantar. Mi energía parecía desgastarse.
Todo el cuerpo me dolía; cada músculo estaba tieso y dolorosamente contraído.
No sabía qué pensar. No podía decidir si enojarme con don Juan o no. Pensé en
saltarle encima, pero de alguna manera supe que él me derribaría de golpe como
a un insecto. Tuve verdaderas ganas de llorar. Experimentaba una honda
desesperanza; la idea de que don Juan iba a tales extremos por asustarme
provocaba en mí una sensación de llanto. Me resultaba imposible hallar un
motivo para su tremendo despliegue histriónico; sus movimientos eran tan
habilidosos que me confundían. No era como si tratara de moverse como mujer;
era como si una mujer tratara de moverse igual que don Juan. Tuve la impresión
de que esa mujer intentaba en verdad caminar y moverse con la deliberación de
don Juan, pero era demasiado pesada y no tenía la ligereza de don Juan. Quien
estuviera frente a mí creaba la impresión de ser una mujer pesada, de menos
edad, tratando de imitar los movimientos lentos de un anciano ágil.
Estos pensamientos me arrojaron a un estado de
pánico. Un grillo empezó a clamar ruidosamente, muy cerca de mí. Noté la
riqueza de su tono; imaginé que tenía voz de barítono. El canto empezó a
disolverse. De pronto, todo mi cuerpo se contrajo. Volvía adoptar la forma de
lucha y encaré la dirección de donde había venido el canto del grillo.
El sonido me estaba atrapando; había empezado
a atraparme antes de que yo me diera cuenta de que solamente era como de
grillo. El sonido se acercó de nuevo. Se hizo terriblemente fuerte. Empecé a
cantar mis canciones de peyote, más y más alto. De pronto el grillo calló.
Inmediatamente‑ me senté, pero seguí cantando. Un momento después vi la
figura de un hombre correr hacia mí, viniendo de la dirección opuesta al
llamado del grillo. Palmotee sobre mi muslo y mi pantorrilla y pateé vigorosa,
frenéticamente. La figura pasó muy aprisa, casi tocándome. Parecía un perro.
Experimenté un miedo tan espantoso que quedé insensible. No recuerdo haber
sentido ni pensado nada más.
El rocío de la mañana fue refrescante. Me sentí
mejor. El fenómeno, fuera lo que fuese, parecía haberse retirado. Eran las 5:48
a.m. cuando don Juan abrió calladamente la puerta y salió. Estiró los brazos,
bostezando, y me miró. Dio dos pasos hacia mí, prolongando su bostezo. Vi sus
ojos mirar a través de párpados entornados. Me levanté de un salto; supe entonces que
quienquiera, o lo que fuera, que estuviese frente a mí, no era don Juan.
Recogí del suelo una piedra pequeña, con filos
agudos. Estaba junto a mi mano derecha. No la miré; únicamente la sostuve
apretándola con el pulgar contra los dedos extendidos‑ Adopté la forma que don
Juan me había enseñado. En cuestión de segundos, sentí que me llenaba un
extraño vigor. Entonces grité y arrojé la piedra. Me pareció un clamor
magnífico. En ese momento, no me importaba vivir ni morir. Sentí que el grito
era estremecedor en su potencia. Era penetrante y prolongado, y en verdad
dirigió mi puntería. La figura frente a mí osciló y chilló y trastabilló hacia
el costado de la casa, para internarse de nuevo en el matorral.
Tardé horas en calmarme. Ya no pude tomar
asiento; trotaba de continuo en el mismo sitio. Tenía que respirar por la boca
para recibir aire suficiente.
A las 11 a.m. don Juan volvió a salir. Yo iba a dar
un salto, pero los movimientos eran suyos. Fue derecho a su sitio y se
sentó como solía. Me miró y sonrió. ¡Era don Juan! Fui a él y, en vez de
enojarme, besé su mano. Creía realmente que él no había actuado para crear un
efecto dramático, sino que alguien lo había suplantado para hacerme daño o
matarme.
La conversación se inició con especulaciones
sobre la identidad de una persona femenina que supuestamente había
tomado mi alma. Luego don Juan me pidió contarle cada detalle de mi
experiencia.
Narré toda la secuencia de eventos en una
forma muy deliberada. El rió todo el tiempo, como si fuera un chiste. Cuando
terminé, dijo:
‑Te fue bien. Ganaste la batalla por tu alma.
Pero el asunto es más serio de lo que yo creía. Anoche tu vida no valía ni un
carajo. Tu buena suerte fue que sabías lo suficiente y te defendiste. De no
haber tenido un poco de preparación, ahorita estarías muerto, porque lo que te
visitó anoche traía ganas de acabar contigo.
‑¿Cómo es posible, don Juan, que alguien
tomara la forma de usted?
‑Muy sencillo. Lo que te visitó anoche es una
diablera y tiene un buen ayudante del otro lado. Pero no fue muy buena para
tomar mi apariencia, y tú diste con el truco.
‑¿Un ayudante del otro lado es lo mismo que un
aliado?
‑No, un ayudante es la ayuda de un diablero.
Un ayudante es un espíritu que vive del otro lado del mundo y ayuda al
diablero a causar enfermedad y dolor. Lo ayuda a matar.
‑¿Puede un diablero tener también un aliado,
don Juan?
‑Por supuesto, si son los diableros los que
tienen aliados, pero antes de que un diablero pueda domar a un aliado, el
diablero acostumbra tener un ayudante que lo auxilie en sus tareas.
‑¿Y la mujer que tomó su forma, don Juan?
¿Tiene sólo ayudante y no aliado?
‑No sé si tenga aliado o no. A algunas
personas no les gusta el poder de un aliado y prefieren un ayudante. Domar un
aliado es trabajo duro. Sale más fácil conseguir un ayudante del otro lado.
‑¿Piensa usted que yo podría conseguir un
ayudante?
‑Para saberlo, tienes que aprender mucho más.
Estamos otra vez al principio, casi como el primer día que viniste a pedirme
hablar de Mescalito, y yo no podía porque no me habrías entendido ni una
palabra. Ese otro lado es el mundo de los diableros. Creo que lo mejor será
decirte lo que yo creo y siento, como lo hizo mi benefactor. El era diablero y
guerrero; su vida se inclinaba hacia la fuerza y la violencia del mundo. Pero
yo no soy ninguna de las dos cosas. Esa. es mi naturaleza. Tú has visto mi
mundo desde el principio. En cuanto a enseñarte el camino de mi benefactor,
nada más puedo dejarte en la puerta, y tú tendrás que decidir solo; tendrás que
aprenderlo por tu propia cuenta. Debo reconocer ahora que cometí un error
contigo. Habría sido mucho mejor, ahora lo veo, empezar como yo mismo empecé.
Así es más fácil darse cuenta de cuán sencilla y a la vez cuán profunda es la
diferencia. Un diablero es un diablero y un guerrero es un guerrero. O se
puede ser las dos cosas. Hay bastante gente que es las dos cosas. Pero un
hombre que sólo recorre los caminos de la vida lo es todo. Hoy no soy ni
guerrero ni diablero. Para mí ya no hay nada de eso. Para mí sólo recorrer los
caminos que tienen corazón, cualquier camino que tenga corazón. Esos recorro, y
la única prueba que vale es atravesar todo su largo. Y esos recorro mirando,
mirando, sin aliento,
Hizo una pausa. Su rostro reflejaba un estado
de ánimo peculiar; parecía inusitadamente serio. Yo no sabía qué preguntar ni
qué decir.
Don Juan prosiguió:
‑La cosa que hay que aprender es cómo llegar a
la raja entre los mundos y cómo entrar en el otro mundo. Hay una raja entre los
dos mundos, el mundo de los diableros y el mundo de los hombres vivos. Hay un
lugar donde los dos mundos se montan el uno sobre el otro. La raja está allí.
Se abre y se cierra como una puerta con el viento. Para llegar allí, un hombre
debe ejercer su voluntad. Debe, diría yo, desarrollar un deseo indomable, una
dedicación total. Pero debe hacerlo sin ayuda de ningún poder ni de ningún
hombre. El hombre sólo debe reflexionar y desear hasta el momento en que su
cuerpo esté listo para emprender el viaje. Ese momento se anuncia con un
temblor prolongado de los miembros y vómitos violentos. Por lo general, el
hombre no puede dormir ni comer, y se va gastando.
Cuando las convulsiones ya no cesan, el hombre
está listo para partir, y la raja entre los mundos aparece enfrente de sus ojos
como una puerta monumental: una rendija que sube y baja. Cuando se abre, el
hombre tiene que‑colarse por ella. Del otro lado de esa frontera es difícil
distinguir. Hace viento, como polvareda. El viento se arremolina. El hombre
debe entonces caminar en cualquier dirección. El viaje será corto o largo,
según su fuerza de voluntad. Un hombre de voluntad fuerte hace viajes cortos.
Un hombre débil, indeciso, viaja largo y con dificultades. Después de este
viaje, el hombre llega a una especie de meseta. Se pueden distinguir con
claridad algunos de sus rasgos. Es un plano encima de la tierra. Se le reconoce
por el viento, que allí sopla todavía más fuerte: golpea, ruge por todo el
derredor. En la parte más alta de esa meseta está la entrada al otro mundo. Y
hay una especie de piel que separa los dos mundos; los muertos la atraviesan
sin ruido, pero nosotros tenemos que romperla con un grito. El viento reúne
fuerza, el mismo viento indómito que sopla en la meseta. Cuando el viento ha
juntado fuerza suficiente, el hombre tiene que gritar y el viento lo empuja al
otro lado. Aquí también su voluntad debe ser inflexible, para poder combatir al
viento. Todo lo que necesita es un empujón suave, y no que el viento lo mande
al fin del otro mundo. Una vez que está del otro lado, tiene que vagar por
allí. Su buena suerte sería encontrar un ayudante cerca, no muy lejos de la
entrada. El hombre tiene que pedirle ayuda. En sus propias palabras, tiene que
pedir al ayudante que lo instruya y lo haga diablero. Cuando el ayudante
acepta, mata al hombre allí mismo, y mientras está muerto le enseña. Cuando
hagas el viaje, a lo mejor encuentras a un gran diablero en el ayudante que te
mate y te enseñe; eso depende de tu suerte. Pero las más de las veces uno
encuentra brujos de mala muerte sin gran cosa que enseñar. Pero ni tú ni ellos
tienen el poder de negarse. El mejor de los casos es hallar un ayudante macho
para no caer en manos de una diablera que lo haga a uno sufrir en forma increíble.
Las mujeres siempre son así. Pero eso depende de la pura suerte, a no ser que
el benefactor de uno sea también un gran diablero, caso en el cual tendrá
muchos ayudantes en el otro mundo y puede mandarlo a uno a ver a un ayudante
en particular. Mi benefactor era uno de esos hombres.
"Me guió al encuentro de su espíritu
ayudante. Después de que regreses, ya no serás el mismo. Estás comprometido a
volver y a ver seguido a tu ayudante. Y estás comprometido a alejarte más y más
de la entrada, hasta que por fin un día irás demasiado lejos y no podrás regresar.
A veces un diablero pesca un alma y la empuja por la entrada y la deja a la
custodia de su ayudante mientras él le roba a la persona toda su voluntad. En
otros casos, el tuyo por ejemplo, el alma pertenece a una persona de voluntad
fuerte, y el diablero sólo puede guardarla en su morral, porque es demasiado
difícil llevársela al otro lado. En tales casos, como en el tuyo, una batalla
puede resolver el problema: una batalla en que el diablero se juega el todo por
el todo. Esta vez perdió el combate y tuvo que soltar tu alma. De haber ganado,
se la llevaba a su ayudante para que se quede con ella."
‑Pero ¿cómo le gané?
‑No te moviste de tu sitio. Si te hubieras
apartado un centímetro, te habría hecho polvo. La diablera escogió el momento
en que yo no estaba como la mejor hora para atacar, y lo hizo bien. Falló
porque no contaba con tu propia naturaleza, que es violenta, y también porque
no te saliste del sitio en el que eres invencible.
-¿Cómo me habría matado de haberme movido?
‑Te habría golpeado como un rayo. Pero sobre
todo se habría quedado con tu alma, y tú te habrías ido gastando.
‑¿Qué va a suceder ahora, don Juan?
-Nada. Recobraste tu alma. Fue una buena
batalla‑Anoche aprendiste muchas cosas.
Después nos pusimos a buscar la piedra que yo
había lanzado. Don Juan dijo que, de encontrarla, podríamos estar absolutamente
seguros de que el asunto había terminado. Buscamos durante casi tres horas. Yo
tenía el sentimiento de que la reconocería. Pero no pude.
Ese mismo día, empezando a anochecer, don Juan
me llevó a los cerros cerca de su casa. Allí me dio instrucciones largas y
detalladas sobre procedimientos específicos de pelea. En determinado momento,
mientras repetía ciertos pasos prescritos, me hallé solo. Había subido
corriendo una ladera y estaba sin aliento. Sudaba en abundancia, pero tenía
frío. Llamé varias veces a don Juan, pero no contestó, y empecé a experimentar
una aprensión extraña. Oí un crujir en el matorral, como si algo viniera hacia
mí. Escuché atentamente, pero el ruido cesó. Luego volvió a oírse, más fuerte y
más Cerca. En ese instante se me ocurrió que iban a repetirse los eventos de la
noche anterior. En cuestión de segundos, mi miedo creció fuera de toda
proporción. El crujir en las matas se acercó más, y mi fuerza menguó. Quería
gritar o llorar, correr o desmayarme, Mis rodillas se vencieron; caí por
tierra, chillando. Ni siquiera pude cerrar los ojos. Después de eso, sólo
recuerdo que don Juan encendió una hoguera y frotó los músculos agarrotados de
mis brazos y piernas.
Permanecí varias horas en un estado de
profunda zozobra. Más tarde, don Juan explicó mi reacción desproporcionada como
un hecho común. Me declaré incapaz de descubrir lógicamente qué había
ocasionado mi pánico; y él repuso que no fue el miedo de morir, sino más bien
el miedo a perder el alma, un temor común entre los hombres que no poseen una
intención indomable.
Esa experiencia fue la última enseñanza de don Juan. Desde entonces me
he abstenido de buscar sus lecciones. Y, aunque
don Juan no ha alterado su actitud de benefactor hacia mí, creo en verdad
haber sucumbido al primer enemigo de un hombre de conocimiento.
FIN
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Κατά τον δαίμονα εαυτού.