25.3.11

Fervor
Jaime Torres Bodet
 (1918)


HACIA HORIZONTES NUEVOS

Hacia horizontes nuevos, caminante,
vieja ilusión te guía
sobre el impulso móvil del instante
y bajo frondas de melancolía…

Sobre el agua que bebes en el hueco
de la mano, te miente
la nostalgia espejismos, y da el eco
de tu canto el dolor de un alma ausente.

En el naufragio de la noche grave
tu corazón espera
vibran las frondas y suspende un ave
a tu paso su afán de ala viajera.

Siempre en la soledad va tu camino
y te da cada instante
su luz más tenue y su mejor destino,
quieto refugio y manantial sedante.

Mas cuando llegue la hora del regreso,
al rehacer el viaje,
en vano buscará tu labio el beso
de una rosa olvidada en el ramaje.

Como troncos sin alma, desprendidos
por la injuria del viento,
verás las horas muertas y en sus nidos
reanimará una voz tu pensamiento.

Al umbral de la puerta abandonada,
sobre cada sendero,
hallará la inquietud de tu mirada
el cadáver un mudo compañero.

Comprenderás entonces que no ha sido
cierta la soledad en que partiste,
y al tornar en un crepúsculo de olvido
vibrará en tu emoción una ala triste.

¡Si lo hubiera sabido! ¡Si no hubiera
fingido tu ideal ir siempre a solas!
¡Decir que era un amor de primavera
quien dirigió tu esquife, entre las olas!

Empañará tus ojos, como nunca,
llanto reminiscente,
y en el destierro de la senda trunca
te sentirás tu mismo como ausente…


LAS ALAS ABIERTAS

HAY UN DON QUE ENNOBLECE

Hay un don que ennoblece mi esperanza
y con dócil afán lleva mi mano
por el mármol del símbolo en que avanzas
el cincel de un impulso cotidiano.

En la tarde que aviva el desaliento
y despoja las alas, se aproxima,
y adquiere un brillo claro y opulento
el oro dúctil y tenaz que lima.

En el mutismo de la noche inquieta
asombra mundos con centellas de oro
y su afán melancólico interpreta
la oculta voz y el lírico tesoro…

Por él me atrae el infinito ruego
de las divinas noches estelares
y el sol que clava su raíz de fuego
en el azul fecundo de los mares…

Lejos de mi dolor brilla su idea
como antorcha encendida, siempre en alto,
y me llena su voz de sobresalto
como crece el afán de la marea…

Los que regresan del festín risueño
con racimos de paz entre las manos
pueden pasar sin comprender mi sueño,
que yo tengo el amor de mis hermanos!

Como yo, inocularon en la vida
de la piedra sin alma sus congojas,
y el otoñal latido de las hojas
dejará su labor interrumpida.

Tristes si un viento de huracán destruye
la estatua infiel que prolongó su anhelo
y como la sangre de sus venas fluye
la sed de luz y la ambición de cielo,

pero felices si descubre un día
la futura avidez de la mirada
un abrazo de amor en la sombría
frialdad de la Venus mutilada.


ESTA TARDE NO HA SIDO…

Esta tarde no ha sido más que un beso en la sombra
y un amor de otros años que reanima el boscaje
pero pasos divinos han tocado la alfombra
y una mano invisible me tendió su homenaje.

Esta noche no ha sido más que un himno de fiesta
—insinuante lasciva de timbales de oro—
pero un eco distante perfumó la floresta
y esparció en el tumulto su milagro sonoro.

Yo no sé de qué parte me llegó este divino
sortilegio, esta noble caridad, este grave
y seguro presagio de no errar el camino,
este timón de ensueños que ha de regir mi nave,

pero siento que hay algo, fugitivo y eterno,
el afán de una nota que sólo yo he sentido:
una voz en los labios que no mata el olvido
y una rosa en el alma, que no mata el invierno.


CUANDO HAY ALGUIEN…

Cuando hay alguien que implora de mi labio un consejo,
yo le ofrezco mi amor;
¿qué pudiera decirle, yo que vivo perplejo
y de mí propio, espectador?

Ha de llegar un día en que mi boca sea
venero de piedad,
exigid para entonces que yo os brinde mi idea:
¡Hoy tan sólo sé amar!


MI ALEGRÍA ES LA NOBLE…

Mi alegría es la noble certidumbre
de que nadie ha sabido
como yo, recoger una cosecha
de amor y caridad en el olvido;

es la certeza de que nadie pudo
gozar de todo cuanto yo he gozado:
de la cándida flor de una esperanza
y de la rosa roja de un pecado;

es la certeza de que nadie nunca
sentirá como yo, de haber tenido
un jardín interior, un lago oculto
y un amor prohibido,

y es la seguridad de que yo he sido
único, impar, impenetrable y fuerte,
a pesar del ocaso de la vida,
de la noche futura y de la muerte.


DÍA A DÍA LA AURORA…

Día a día la aurora
ilumina mi huerto de esperanza,
mientras el disco de la luz avanza
sobre el viejo cuadrante de la hora.

Un invisible rayo me despierta
para morir un poco en cada día
y rompe un ala de melancolía
la oscura paz de la mansión desierta.

Tejiendo con sus manos inconscientes
la red sutil de un milagroso encanto,
el antiguo ideal pone en mi canto
un murmullo de efímeros ponientes.

Pero a veces la voz de un lejana
felicidad me atrae… y salgo… y busco
en la pendiente del abismo brusco
las huellas de la alegre caravana.

Entre las risas de los peregrinos
de un rápido momento, me acompaña
la grave soledad de la montaña
y del otoñal consejo de los pinos…

Mas al llegar la sombra del ocaso
sobre la tierra solitaria y muda,
frente al árbol desierto de la duda
interrumpo la senda de mi paso.

Y los dejo partir por el sendero…
Buscarán vanamente
la aurora eterna y la durable fuente,
el ala inmóvil y el amor sincero…

Y percibo, suspensa en el paisaje
—lago de plenilunio y de fragancia—
la leyenda pueril de la distancia
que fuera puerto remoto de viaje;

mientras inútilmente la mirada
torna al confín que idealizó el olvido
y brota el llanto del amor sin ruido
en la vieja ilusión abandonada!


JUVENTUD, ESTA TARDE…

Juventud, esta tarde no seguiré tu paso
hacia la viña estéril que me negó su fruto;
mi corazón presiente un imposible ocaso
y por almas que viven me he cubierto de luto.

Sobre un hueco sepulcro se arrodilla mi pena
esperando el regreso del viajero lejano,
y la plata de un lirio se deshoja en mi mano
por el beso infecundo de la brisa serena.

Hoy espera mi campo la más nueva semilla;
adiós, himno sin eco que lamenta el reproche,
alas del sueño errante que aprisionó la arcilla
y pupilas abiertas para siempre en la noche!

Una luz de presagio me acompaña en la vía
y una voz de tristeza me saluda de lejos
bajo el lloro sin ruido de los sauces viejos        [saúces]
que protegen el paso de la Melancolía…

Risa que desgarraste la piedad de mis labios,
hora de indiferencia que escuchaste un gemido,
no lloro tu partida pues mi alma es el nido
de alas más impetuosas y murmullos más sabios.


FRENTE A LA CARIDAD…

Frente a la caridad de la mañana
desnudo mi emoción
de la queja pueril, la nota vana
y la frivolidad de la canción.

La mentira de ayer no da a mi boca
su bálsamo de hiel,
falso licor en que bebí esta loca
esperanza venal de un dios infiel.

La mirada desliza en la pendiente
que miente la amplitud
de la mañana tibia y sonriente
en un mágico vértigo de luz.

Una sagrada juventud se eleva
de mi cuerpo feliz…
(Un diáfano placer de sangre nueva
brota la oculta y maternal raíz.)

El viento matinal de la campiña
llena mi corazón
con un ingenuo balbucir de niña
que prefiere al sentido la canción…

El alma olvida… En el arroyo pasa
un rumor de inquietud…
Y el aire pone su temblor de gasa
sobre la fiebre de mi juventud.


CUANDO MARCHITE OCTUBRE…

Cuando marchite octubre la púrpura del bosque
simbólico en que vibra la esperanza de los que
como yo desojaron su más puro laurel
sobre el mármol exangüe de una memoria infiel,
no seguiré la ruta que la Melancolía
me insinúa en la sombra. La cosecha tardía
no dejará en el hueco de mis manos ansiosas
la letárgica esencia que destilan las rosas
cogidas en el parque cuando sangra el poniente
y un efímero hechizo se desangra en la fuente…

Solo, frente al abismo de la ternura fatua
no animaré la estéril desnudez de una estatua
para mi amor; ni triste de fatigar la Vida
bajo el látigo indócil de una verdad temida
llegaré entre la noble gravedad del paisaje
a desatar las velas para un último viaje…

¡Oh! ¡No! Puesto que un viento de ilusión ha logrado
acercarse a mi alma, y romper el pecado
que sellaba mi vida, fatídico y eterno,
ya que un canto de amores interrumpe el invierno
y cada hora alberga un latido interior,
quiero hacer de mi boca un venero de amor
para cantar la sabia con que la Vida inunda
el fervor de la Tierra melódica y fecunda
en la hora en que al árbol pensativo y sonoro
las estrellas se enlazan como vínculos de oro!


IDILIO INCOMPLETO

LOS DOMINGOS DE AQUELLOS…

Los domingos de aquellos meses de vacaciones
pasados en la aldea monótona en que había
un invisible abrazo entre los corazones
que amaban el refugio de su melancolía…

Al recordar las tardes íntimas del colegio
glacial y solitario, cuando la lluvia fina
tendía en la vidrieras una leve cortina
sobre rostros inmóviles, como en un sortilegio,

en le fecundo vacío de los marcos sin vida
que encerraron la imagen de algún ser que partió,
surgía la silueta de su sombra perdida
y turbaba el silencio la inquietud de su voz…

La noche, que llegaba, unía a nuestras manos
las manos de personas que no vimos jamás
y que envolvió el incienso de un hora de paz
en el vago crepúsculo de los sitios lejanos.

Con un ritmo apagado, por la calle sonora,
bajo el cielo impasible se aproximaba un paso
conocido y temblaba el alma de la hora
en el filo del péndulo que doraba el ocaso…

El otoño… La noche… Y apenas un momento
las frentes se inclinaban por la ventana, a ver
pasar un silueta, en el atardecer,
confundía su sombra con nuestro pensamiento…


CUNADO ABRISTE LA PUERTA…

Cuando abriste la puesta, cayó sobre la alfombra,
en una franja roja la luz crepuscular
y se enlazó a la mía el alma de tu sombra
tendida oscuramente sobre la claridad.

¿Qué me dijiste entonces, al apoyar tu mano
en la mía? Una frase que hace tiempo murió
y que escuché en la tarde del otoño lejano
en que subió a tus labios un mágico perdón…

Háblame lentamente, como si destrenzaras
al hablar tus cabellos, más lentamente, mientras
en medio de la sombra callada en que te encuentras
las líneas de las cosas fingen rasgos de caras

llorosas, entrevistas en un grave minuto
detrás de las ventanas
en que cubre el invierno de las cabezas canas
la penumbra impalpable de un toca de luto.

Es el fin de un ocaso de indecisión… Te busco
a través de la sombra insegura, sin verte,
y apenas si el espejo que repite la muerte
del sol, me da tu imagen en un ademán brusco.

Oigo latir el alma del reloj, y te siento
en mí, como si oyera hablar tu pensamiento,
y cuando llega el claro de la luna, que imprime
a las cortinas tenues un temblor repentino,
mientras entre las hojas un viento helado gime,
en el silencio húmedo de la noche, adivino
tu silueta callada, esperando un destino…


EN LA VIEJA MANSIÓN…

En la vieja mansión abandonada
habitamos los dos
lejos uno del otro, y sin embargo
tan cerca tu esperanza y mi dolor.

Nuestras ventanas miran diferentes
paisajes en un lánguido sopor,
y hay en tus pupilas una aurora
en el reflejo agónico del sol.

Oigo una voz lejana que me nombra
con el frágil acento de u adiós,
y mi ideal la finge entre las brumas
de una playa sin puerto de ilusión…

Y sueño abrir al sol velas sonoras
y llevar el timón
de mi esquife de amor entre las olas,
hacia un faro invisible de fervor;

y no sé que mi mano, al extenderse,
tocaría la tuya, y mi dolor
repite inútilmente tu llamado
y pone un eco triste entre mi voz.

Si el viajero que pasa, solitario,
junto a nuestra mansión,
y detiene su marcha, en un minuto
de secreto rencor,

pudiera comprender esa distancia,
que separa tu fe de mi dolor,
y ese inútil lamento que él confunde
con un beso de eterna floración!…

Mas seguirá su ruta, siempre a solas,
evocando, en nostálgico rumor,
el júbilo indefenso de los nidos
que en nuestro parque efímero escuchó;

y en la vieja mansión abandonada
seguiremos los dos,
lejos uno del otro, y sin embargo
tan cerca tu esperanza y mi dolor…


LLEGAS CON EL CREPÚSCULO…

Llegas con el crepúsculo a la fuente
pasajera de un frívolo rumor,
y sin posar tu labio en la corriente,
te alejas con el sol.

Nunca he visto tus ojos. Es que miras
lo que no vi jamás,
y es tu voz el silencio de las liras
y tus manos son ánforas de paz.

Yo no sé por qué vienes, ni siquiera
en la fuente de un íntimo raudal
has hundido la urna, prisionera
de una frágil arcilla de ideal;

otras han de beber en áurea copa
el licor de mi vid…
¡Rosas que no pisó lírica tropa
de anhelos torpes de afán febril!

Otras tal vez, con mano irreverente
apagarán el fuego del altar
que a la Deidad benéfica y clemente
erigiera el amor de la vestal;

pero tú, que has llegado muda y triste
para luego partir,
más que todas, acaso, me exigiste
y el más íntegro don fue para ti…


HOY LLEGARÉ A LA PLAYA…

Hoy llegaré a la playa que ha fingido mi sueño.
A lo lejos, el sol
va dorando los mástiles del esquife risueño
que, más raudo que el mío, finalmente arribó.

Pero, ¿qué afán es éste, de proseguir el viaje
y de nuevo partir,
cuando el viento que gime, desgarrando el cordaje,
me conduce al escollo del más trágico fin?

¿Puede entonces el alma, desoyendo el presagio
olvidar el camino que olvidaba el timón,
o tal vez la esperanza de un futuro naufragio
fue el impulso más noble de esta barca de amor?…


TODOS, CON EL CREPÚSCULO…

Todos, con el crepúsculo cercano
piden fuego a mi lámpara y se van,
y el viento de la puerta que entreabren
esparce las cenizas del hogar;

tú, que nada pediste y que no veo,
y que nunca te vas,
algo esperas de mí, tal vez la dicha
de sentirme llorar!


ASÍ PUES, HOY TE ALEJAS…

Así pues, hoy te alejas para un nuevo destino,
sin libar, al partir,
en la copa profunda la miel áurea del vino
que prodiga tu vid.

Esta tarde, he llamado vanamente a tu puerta…
Sólo el atardecer
desliza mi sombra por la mansión desierta
de un póstumo desdén.

¿No te he ofrecido acaso la más dócil caricia
que tu fiebre soñó,
yo, que supe insinuarte la palabra propicia
para un canto mejor?

Cuando el beso más dulce florecía en mi boca
tu implorabas quizá
otra voz más ardiente, y otra fiebre más loca
y otro amor ideal!…

Que otros sigan el paso de versátil fortuna,
sin volverse a mirar,
como valle durmiendo bajo frondas de luna,
el poblado natal,

pero tú, que sabías como la queja
puede hallar eco fiel,
y que el arroyo miente al perfil que hoy refleja
la figura de ayer;

vuelve al parque fecundo de la pena de antaño,
que es inútil partir
cuando todas las rutas llevan al desengaño
de vivir y morir!


EL HILO DE ARIADNA

HE DE CANTAR, OH SOL…

L’aube exaltée ainsi qu’un peuple de colombes.
RIMBAUD

He de cantarte, ¡oh Sol! desde la cumbre
que eleva sobre el mar
la sed de la más alta mansedumbre
y el más firme ideal.

Todo lo miraré, desde la altura,
perdido en la quietud
de la noche recóndita y oscura
que no rasgas aún.

El antiguo fervor y el canto mudo
llegará hasta mí
a renovar el ímpetu que pudo
tantas veces morir.

Sentiré como suben, en la noche,
las rutas que pisé
para llegar a ti, que eres derroche
de una divina fe.

Y lleno del orgullo que la Vida
me ha sabido ordenar,
arrojaré la voz del alma herida
al corazón magnífico del mar.


ASÍ ES COMO EL ALMA TE SOÑÓ…

Así es como el alma te soñó, en la ternura
de un rapto de ímpetu feliz,
como el árbol más noble y la sabia más pura
que enriqueciera mi jardín.

A través de esta franca claridad matutina
mi corazón te hubo de hallar
caminando en la ruta que tu afán ilumina,
frente a la ronca inmensidad.

Sobre el fondo de un cielo como el de esta alborada,
en mis delirios, esbocé
la línea de tus amplias caderas, modelada
por una súbita avidez,

y de tu pecho núbil la comba presentida
espera en un íntimo afán
el sublime contacto que derrama en la vida
una armoniosa majestad!…


SI TOCASTE A MI HUERTO…

Si tocaste a mi huerto, fue con mano
de intimidad discreta y condolida,
sin el éxtasis vano,
sin la queja mentida…

Sobre el umbral, bajo la fronda triste
del haya que creció junto a la senda,
en silencio, pusiste
el vaso de tu ofrenda:

ánfora de ilusión que contenía
íntegro aroma de cosecha ansiada,
y sangre de alegría
y canción de alborada!

Tu voz fraterna descansó mi oído
de la frivolidad de la corriente
que pasa en un ruido
de amor indiferente;

y la rosa más alta, el mejor fruto
perfumaron mi amor cuando el paisaje
fue presagiado el luto
de tu próximo viaje.

Pueden todos pasar, porque desdeño
la ofrenda de tus manos, y no alcanza
a distraer mi sueño
la voz de tu esperanza.

Mientras tu amor proteja mi sonrisa,
y mi lira sea el eco de tu voz,
y en la ruta que pisa
mi sandalia, haya el sol

¿Qué me importa la brisa que pudiera
esparcir en el mar
el vuelo de esta frágil primavera
y el bajel que principia a naufragar?


Y TE SENTÍ LLEGAR…

Y te sentí llegar… Una remota
perspectiva de playas en quietud
bajo el cielo de un blanco de gaviota,
agrandaba mi pena… Entre la luz

el contorno ideal de tu silueta
era un mágico centro de fervor,
con los brazos erguidos, en inquieta
actitud de llamado… Tenue sol

dibujaba la línea de la costa,
y subiste de pronto a mi bajel
mientras la luz, como vereda angosta
iba muriendo en el atardecer!


BAJO EL CIELO FELIZ…

Bajo el cielo feliz, cerré los ojos;
la tarde en el vergel,
clareaba en las frondas frutos rojos
y húmedos de miel.

Una voz, en el ímpetu de un ala
conturbó la quietud
de mi largo amor en que resbala
el velo de la luz.

A través del silencio, el paso mudo
detuve, y aspiré
brote de sabia en mi dolor desnudo:
renovación de fe.

Como una clarinada intempestiva
incendió mi cantar
la actitud de la sombra pensativa
que agrandaba el pinar,

y en la paciencia inmóvil del minuto,
finalmente sentí
la madures recóndita del fruto,
adueñarse de mí.


PUESTO QUE LA CARICIA…

Le ciel est mort, vers toi j’accours donne o matière
l’oubli de l’Ideal cruel et du pechè
a ce martyr qui vient partager la litière
ou le bétail heureux des hommes est couché.
MALLARMÉ

Puesto que la caricia de la mañana toca
la avidez de mis labios y reaviva en mi boca
una vieja canción,
y el corazón se entrega al soplo que respira
y ha pasado la hora que colgara en la lira
un fúnebre crespón,

quiero hace que mi sangre divinamente vibre
al ritmo de las olas sobre la playa libre
y salte en el fugaz
ímpetu de la fuente, y suba en el fecundo
movimiento que rige los destinos del mundo,
hacia el Sol Inmortal.

No eres tú, la hora vana de tormentos herida,
que envenenas la fuente de piedad de la vida,
ni tampoco eres tú,
hora del plenilunio juvenil, que en discreta
melodía acompañas la canción del poeta
con un ala de luz.

Otro impulso más noble turba mi pensamiento
cuando escucho en tus cantos el silbido del viento
perfumado de miel,
y persigo tus pasos a través de una alfombra
de luminoso césped y tapices de sombra
bajo el mudo vergel.

Hora de los crepúsculos, que abres la perspectiva
de los nuevos paisajes hacia la fugitiva
majestad del confín,
abrázate a mi cuerpo y desgarra mi boca
con el beso lascivo que tu esperanza loca
aprendió en el festín.

Hacia el huerto fecundo de la carne dormida
tenderé en el silencio la oración de mi vida,
sin por esto olvidar
del crepúsculo próximo la jornada de angustia,
y de los senos fláccidos y de la boca mustia
el consejo mortal.

Solo, en la encrucijada de la Vida Futura,
miro cómo se alejan el instante de holgura
y la ingenua canción,
porque un verso más dúctil y un más íntegro anhelo
acercan la impetuosa libertad de su vuelo
hasta mi corazón! …


POR EL BESO EN DELIRIO…

Por el beso en delirio que ha deseado mi boca,
por la nueva inquietud
que enardece el cansancio de mis pies y que toca
las cuerdas del laúd;

por el ímpetu nuevo que a fuerza del ala
une su aspiración,
y por el ansia nunca satisfecha que exhala
esta sed de emoción.

¡Oh Vida! He de entregarte la voz de mi alegría,
soplo fecundo y noble fe,
que morirá tan sólo cuando decline el día
en que apagues mis ímpetus y corones mi sien!


LA VOZ SECRETA

¿QUIÉN ERES TÚ, QUE LLAMAS?

—¿Quién eres tú, que llamas a mi puerta?
—El más íntimo amor.
—No te he visto jamás. Un amor único
y no el tuyo, fatiga mi ilusión.

—¿Quién te envía a mi lado, Mensajero?
—Tu más hondo ideal.
—¡Oh no mientas!… ¿No ves que sólo es mío
lo que nunca vendrá?


A TRAVES DE LA NOCHE…

A través de la noche, en un extraño
viaje sin horizontes, bajo el peso
de un dolor inmortal, sigo la senda
que tapiza el silencio.

Mi dolor es mi bien. Es el tesoro
que mis manos acrecen en secreto
con el rubí de un ansia de lujuria
y la perla de un lírico embeleso.

Mi dolor es mi bien. No lo he entregado
al fugitivo amor de los viajeros,
y lo oculto en el fondo de mi vida
en las horas de un lúgubre misterio.

Mas cuando llegue el día de una grave
y última confesión, he de ponerlo
como un sello fatal sobre tu vida
corazón enigmático y fraterno!

Y en las noches sin luz, cuando interrumpa
esta sed de sufrir el sortilegio,
de la quietud que ahonda tus pupilas,
resbalará mi llanto entre tus dedos.

No sabrás qué dolor une tu vida
al dolor de mi muerte, qué consejo
de un instinto augural llora en tu sangre
y envenena tu amor con mi recuerdo.

A mi pasión eternamente unido,
entre mis manos tus impulsos presos,
seguirás como yo, sin un reproche,
el inútil destino del sendero.

Como tú sufrirás, yo habré sufrido
al sentir la quejumbre de un espectro
en la fatiga enferma de mi carne
y en la antorcha feliz que apaga el viento.

Es inútil llorar. Yo sé que nada
nos podrá desunir, que es vano el ruego,
y que, a pesar de todo, esta tristeza
que yo oculta guardé, te la reservo.

Y me alejo más triste a cada instante
al sentir más cercano ese momento
de un fatídico don inexorable…
¡Alma divina! ¡Corazón fraterno!


OH, VEN, HACE YA TIEMPO…

¡Oh! Ven; hace ya tiempo que mis ojos
ambicionan la paz
y el secreto interior, sin tintes rojos,
de este ocaso de un gris inmaterial,

hora de melancólica fragancia
y tímido rumor
de frondas de ideal en la distancia
y de fuentes en íntimo fervor!

Una mano falaz rompió las urnas
que guardaban la miel
aromada de rosas taciturnas
y del gajo glorioso del laurel,

y desató del tronco al que se unía
el abrazo lascivo de la vid,
por regar el licor de su alegría
en los vasos sonoros del festín.

Nada de lo que fue tímido canto
y besó sin rubor
hoy cosecha el afán con que levanto
la ofrenda que la vida desdeñó.

Nada de lo que fui… pudor de niño
y fuente de piedad,
y blanca pureza del armiño
y el fluir de emoción del manantial…

¿Desde cuándo morí? ¿Cuál fue el momento
que fundió en mi cantar
un ansia propia al ímpetu del viento
y mi queja al gemido universal?

¡Si lo hubiera sabido! Inútilmente
la dirección torcer,
y hacia un mar de naufragio y de poniente
conducir el bajel!

¡Oh! ¿qué playa de luz guarda mi puerto?
¿Cuál otoño mi vid?
Y ¿a través del sopor de qué desierto
duerme el oasis, bajo el sol feliz?


QUEJA DE UNA TARDE…

Queja de una tarde de romanticismo
—luna entre las ramas de las alamedas—
musitar de fuentes que fue a un tiempo mismo,
vuelo, entre las frondas, de palabras ledas.

Alas intangibles que alejó el poniente,
hora de plegarias y de avemarías
y del desaliento que dobla la frente
evocando un ritmo de fugaces días.

Temor de que llegue la hora en que el llanto
no turbe en mis ojos la visión inerte,
y sentir en mi alma subir el encanto
del naufragio lento de una lenta muerte…

Saber que mis manos que el placer reclama
y que recogieron el amargo fruto
del otoño estéril de cada minuto
guardarán el gesto que apagó la llama;

comprender que el ansia fatal de mi boca
que ha besado sólo un perfil de ensueño,
dormirá algún día, bajo inmóvil leño,
sin saciar el fuego de su fiebre loca.

¡Y decir que puede llegar el momento
en que duerma el lago de la vida en calma,
sin que el ala muda de un presentimiento
al volar conmueva la quietud del alma!


NADA HAY AQUÍ PARA TU SED…

Nada hay aquí para tu sed, hermano.
¿Porqué llamas así,
con voz paciente y anhelosa mano,
si no hay nada en mi vida para ti?

El haya de la fuente, sombra quieta
no tenderá a tus pies,
y para tus cansancios de poeta
no floreció mis parques el laurel.

He tratado de unirme a tu sonrisa
bajo el canto del sol,
y seguir los senderos en que pisa
la sandalia de un íntimo fervor;

mas no puedo salir de esa vedada
mansión de mi ideal
en que anidó la frívola bandada
que no vuelve jamás,

y sin llanto en los ojos, ni gemido
que penetre mi voz
oiré tu ilusión dejar el nido
hacia un viejo presagio de esplendor.


SI PUDIÉRAMOS, ALMA, RENACER

Si pudiéramos, Alma, rehacer
la antigua seda,
dar al minuto de hoy ansia de ayer;
vida y leyenda;

confundir el paisaje que partió
con el que hoy vemos,
y tornar al bajel del que un dolor
quebró los remos;

entreabrir la puerta del jardín
abandonado,
y desojar las rosas del festín
para el pasado;

pero que nunca mienta la emoción
de cada instante,
aunque un eco distinto, a cada voz
surja distante;

y que el trino del pájaro fugaz
que llegue al nido
ponga un nuevo murmullo en el cantar
interrumpido…


EL ADIÓS

HE LLEGADO POR FIN…

He llegado por fin. —Como un ejemplo
de virtud espectral, entre la noche,
alza sus torres místicas el templo.

Vibra en la sombra musical derroche
de cítaras de oro, y arde el fuego
como en eterno y último reproche.

Hasta el sentido inexorable llego,
y sobre el mármol mi dolor se humilla,
implora caridad, tiende su ruego,

y el orgullo de ayer, junto a la orilla
de un manantial de próvida frescura,
baja la frente y dobla la rodilla.

He sentido, a través de la espesura
una forma correr, y largamente
sella la noche mi pasión impura.

Con mano firme y corazón paciente
arranco el velo que vendó mi herida
y la corona que sangró mi frente.

¡La noche musical, sueña y olvida!
Sé que mañana volverá la ronda
y el amor de una tarde interrumpida,

y bañará mis pies, como una onda
que diluyera el mar sobre la playa
la lascivia de ayer, súbita y honda;

pero la humana aspiración ensaya
un ímpetu mejor para su vuelo,
el huracán sus cóleras acalla,

y tan sólo el dolor trunca el anhelo
de su doble inquietud, cuando la aurora
sangra el oro matinal del cielo.


QUIETA PLAYA DE AMOR…

Quieta playa de amor, cuando algún día
abandone tu mar,
si el ave de un gris melancolía
posa sobre mi esquife su cantar,

no será por el oro de tu cielo
que no turba el rumor
pasajero y fugaz de ningún vuelo,
ni por tu paz sin fuente de fervor…

No añoraré ni el jubiloso encanto
de una aurora de abril,
ni en el atardecer el leve canto
de sirenas de cuerpo de marfil.

La claridad de gruta submarina,
húmeda y tropical,
que difundió una luna vespertina
sobre la clara ondulación del mar.

nunca la evocará mi viaje, es nota
sin eco, que murió
en el alba de un blando de gaviota
o bajo un plenilunio de ilusión…

No, la lágrima muda que mis ojos
empañara, al partir,
no llorará el presagio de esos ocasos rojos
que detrás de tus mares yo miraba surgir;

lamentará tan sólo la posible aventura,
el milagro de amor
que, como nave abriendo dos alas de ternuras
no llegó a tus riveras, bajo el himno del sol,

y sufriré en el alma que de esa despedida
no haya dejado en mí
ni el futuro aleteo de una mano tendida
como mudo testigo de un instante feliz!…

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