Ovidio
Los Amores
ELEGÍA DUODÉCIMA. — ARGUMENTO
Su gozo por haber obtenido, al fin, los favores de Corina.
Venid
a ceñir mi frente, laureles de la victoria. Yo soy vencedor. ¡Ya está
en mis brazos esta Corina a quien un marido, a quien un guardián, a
quien una puerta de roble, a quien tantas murallas ponían al amparo de
una sorpresa! La victoria que antes que todas las demás merece los
honores del triunfo, es, seguramente, la que no está manchada con la
sangre del vencido. No son humildes murallas, no son plazas rodeadas de
estrechos fosos; es una bella, la que he logrado alcanzar por asalto.
Cuando
tras diez años de guerra cayó Pérgamo, ¿qué parte de honor, entre
tantos asaltantes, cupo al hijo de Atreo? Mi gloria es personalmente
mía; ningún soldado puede venir a reclamarme su parte en ella; nadie
tiene título alguno para pretenderlo. Como jefe y como soldado he
logrado mi propósito; yo mismo he sido a la vez jinete, infante,
abanderado, y el azar no ha entrado para nada en mi éxito. Mío es, pues,
el triunfo, premio de mis desvelos.
Tampoco
seré yo causa de una nueva guerra. Sin el rapto de la hija de Tíndaro,
la paz de Europa y Asia no habría sido turbada. Fue una mujer, la que,
con el vino, armó vergonzosamente, unos contra otros, a los salvajes
lapitas y a la raza monstruosa de los centauros. Una mujer quien, en tu
reino, precisamente latino, forzó a los troyanos a renovar guerras
desastrosas. Una mujer quien, en los primeros tiempos de Roma, fue causa
del sangriento combate en que los romanos tuvieron que defenderse
contra sus suegros. Yo he visto luchar dos toros por una blanca ternera
que, espectadora de la lucha, enardecía su valor. Yo también soy uno de
los numerosos soldados del Amor, pero él me hace seguir sus banderas sin
efusión de sangre.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Κατά τον δαίμονα εαυτού.