1.8.11

Arato
FENÓMENOS


Desde Zeus comencemos, a quien los hombre nunca dejamos
sin ser nombrado. Están llenas de Zeus todas las calles,
también todas las plazas de los humanos; lleno está el mar
y los puertos; dondequiera necesitamos todos de Zeus.
Porque de él también somos hijos; y afable con los humanos
da señales propicias, despierta al pueblo para el trabajo
recordando el sustento; le dice cuándo es óptimo el campo
para el buey y la azada; le dice cuándo propicio es el tiempo
de transponer las plantas y de esparcir toda semilla.
En efecto, Zeus mismo fijó en el cielo dichas señales,
al haber distinguido constelaciones; vio las estrellas
que durante cada año muy definidos signos harían
de los tiempos al hombre, para que todo firme creciera.
Al principio y al fin, siempre, por ello danle homenaje.
¡Salve, padre, portento magno, para hombres magno recurso,
salve, tú y la anterior generación! ¡Salve, las Musas,
melifluas sumamente todas! A mí, que las estrellas
contar como se debe suplico, el canto todo enseñadme.
Éstas, muchas estando por todas partes, son igualmente
por el cielo arrastradas todos los día, siempre, continuas.
Pero el eje ni un poco se bambolea, y exactamente
firme está siempre, y tiene bien balanceada toda la tierra
en el centro, y al cielo mismo conduce, dándole vuelta.
Y rematan el eje, por una y otra parte, dos polos;
mas uno es invisible, mientras el otro de opone, al Norte
sobre el horizonte. Por ambos lados a él suejetado
corren dos Osas juntas, debido a eso llámense Carros.
Cierto, cada una tiene siempre la testa por los ijares
de la otra, y siempre van ellas a espaldas una de la otra,
inversamente vueltas hacia sus hombros. Si el mito es cierto,
desde Creta, las Osas, por el mandato del magno Zeus,
hasta el cielo ascendieron, porque cuando era niño pequeño,
en un Dicte fragante, cerca del monte del Ida en una
cueva depositaron, y alimentaron durante un año,
cuando a Cronos burlaron esos Curetes del monte Dicte.
Y llaman a una de ellas por sobrenombre la Cinosura,
a la otro llaman Hélice; por medio de Hélice puede el aqueo
en la mar deducir por dónde debe guiar sus navíos;
a su vez, los fenicios surcan los mares fiados de la otra.
Sin embargo, una de éstas es clara y fácil de ser marcada:
Hélice, ya que grande se mira desde que entra la noche;
la otra, cierto, es pequeña, pero más útil para el marino,
pues toda se da vueltas sobre un vuelta más reducida;
con ésta, los sidonios también navegan muy rectamente.
A través de una y otra, como si fuera trozo de río,
se retuerce un portento grande, Dragón que por doquiera
infinito se dobla; por cada lado de su amplio anillo
van las Osas cuidándose del mar Océano negro azulado.
Mas aquél, de su cola con el extremo se extiende a una
y con su anillo en torno separa a la otra: sin duda, el fin
de su cola concluye por la cabeza de la Osa Hélice,
y Cinosura el rostro tiene en su anillo que por la misma
cabeza se retuerce, llega después hasta la pata
y de nuevo tornando va para arriba. Sobre de aquella
cabeza no reluce sola y por sí misma una estrella,
sino dos en las sienes, dos en los ojos y una, debajo,
ocupa, del terrible monstruo la punta de la quijada.
Su rostro está sesgado, mucho parece que cabecea
hacia el fin de la cola de Hélice: están bien alineadas
su boca y sien derecha con el extremo de dicha cola.
Del Dragón la cabeza va por allí donde se mezclan
el principio y el fin de ortos y ocasos unos con otros.
Cercana a ella, símil a un hombre que arduo labora, rueda
una figura: nadie con certidumbre sabe nombrarla
ni de qué obra pendiente se encuentra aquél, mas simplemente
lo llaman “de rodillas”. A su vez, esa que de rodillas
trabaja es símil a alguien que se agazapa. Desde ambos hombros
se levantan sus manos, y éstas se tienen de un lado y de otro
cuando lo de una braza; y arriba, sobre media cabeza
del sinuoso Dragón tiene la punta del pie derecho.
Allí también da vueltas esa Corona la que, brillante,
puso Dionisio, para que un monumento fuera de Ariadne
muerta; va por la espalda de la figura que arduo trabaja.
La Corona se acerca, pues, a su espalda; mas, por la punta
de su testa, la testa del Serpentario mira, y desde ésta
demarcar tú podrías al Serpentario mismo, visible:
de tal modo esplendentes bajo su testa yendo los hombros
dejan mirarse; incluso bajo la luz de un plenilunio
ellos serían visibles. Pero sus manos no son iguales,
porque sobre una y otra va muy sutil un resplandor;
mas, no obstante, visibles son también ellas: no son endebles.
Ambas manos se afanan en la Serpiente, que por en medio
enreda al Serpentario; mas éste siempre bien firme estando
con sus pies, con los dos sobre una grande fiera presiona
sobre el Escorpión, estando en su ojo, y en su coraza
de pie. Mas en sus dos manos da vuelta esa Serpiente,
pequeña en la derecha; grande en la izquierda, yendo hacia arriba.
Sí, junto a la Corona se inclina el ápice de sus quijadas,
y abajo en su anillo busca las grandes pinzas —la Libra—;
sin embargo, carentes de luz son ellas, nada brillantes.
Detrás de Hélice va, dando el aspecto de alguien que arrea,
el Guardián de las Osas, a quien los hombres llaman Boyero,
pues parece que a la Osa mayor del Carro toca su mano.
Todo él es muy conspicuo; bajo su cinto, personalmente
gira Arturo, lucero muy destacado entre los otros.
Del Boyero debajo de los dos pies, mirar podrías
a la Virgen que lleva resplandeciente Espiga en la mano.
Ya sea que aquélla sea la hija de Astreo quien, según dicen
unos, antiguo padre fue de los astros, ya de algún otro,
¡que ella en calma camine! No obstante, otro relato corre
entre los hombres: que ella, sí, alguna vez, vivía en la tierra;
se dirigía a los hombres personalmente; no desdeñaba
la raza de varones ni de mujeres de antiguos tiempos,
y que, aun siendo inmortal, se sentaba ella, de ellos en medio.
Y le decían Justicia; y a los ancianos ella juntando,
ya en donde era la plaza, ya en una calle muy anchurosa,
apremiando cantaba divinas normas dignas del pueblo.
Del funesto combate, nada sabían aún, entonces,
ni de desavenencia, que insulta, ni del ruido de guerra,
simplemente vivían. El rudo mar lejos estaba,
y el sustento, las naves aún no traían desde lejos,
mas los bueyes y arados y misma ella, reina de pueblos,
Justicia, que da justas cosas, surtía todo a raudales;
estaba entonces, mientras nutría la tierra la raza de oro.
Pero, con la de plata, poco y ya no presta del todo
convivía, pues costumbres de antiguos pueblos ella añoraba.
Mas, no obstante, con esa raza de plata todavía estaba;
de los montes sonoros ella venía ya muy de tarde,
solitaria, y a nadie se dirigía dulce en palabras,
mas, una vez que había llenado de hombres grandes colonias,
entonces, sus maldades recriminando, los amagaba
y decía que, visible, ya no iría a ellos, si la llamaban:
“¡qué raza tras de sí dejaron vuestros padres dorados:
una inferior! Y ustedes van a engendrar una más mala.
Y ciertamente, guerras; cierto, también crimen monstruoso
habrá entre hombres, y el duelo por sus desgracias los seguirá”.
Dichas estas palabras, buscó los montes y ella, los pueblos
todos, que aún la miraban atentamente, desamparaba.
Empero, cuando aquéllos también murieron y hombres nacieron,
la raza de Bronce, más perniciosos que sus ancestros,
y que, como primeros, forjaron dagas malefactoras
del camino, y comieron, como primeros, yuntas de bueyes,
entonces, la Justicia, la raza de esos hombres odiando,
tendió en vuelo a los cielos y habitó, pues, dicho lugar
donde en la noche aún visible es ella para los hombres
como Virgen, estando junto al Boyero, que es muy notable.
Arriba de ambos hombros de la Justicia gira un lucero
[en el ala derecha: lleva por nombre Vendimiador]
de tanta magnitud, y de esplendor tal revestido,
como el que puede verse bajo la cola de la gran Osa.
Porque aquésta, terrible es y terribles son sus luceros
cercanos a ella; viéndolos, ya no haría falta que dedujeras:
cuán hermoso y cuán grande, ante las patas de ella se mueve
uno ante las de su hombro, y uno ante las que caen del ijar,
y otro so sus rodillas, las posteriores; todos, no obstante,
solos, por un lado unos, otros por otro, van sin un nombre.
Bajo su cara, Géminis; bajo su panza, yace el Cangrejo,
y bajo de sus patas de atrás, hermoso brilla el León.
Allí se encuentran, cierto, del Sol las rutas más calurosas;
por doquiera, los campos se ven vacíos de sus espigas,
cuando el Sol con el León, por vez primera llega a juntarse.
Entonces, en el ancho mar, los ruidosos vientos etesios
caen copiosamente; la travesía guiada por remos
ya no es del tiempo; entonces, me gustarían anchos navíos,
y tuviera hacia el viento sus gobernalles todo piloto.
Pero, si tú al Auriga más las estrellas de dicho Auriga
quisieras observar, y te llegó el rumor de la Cabra
misma y de los Cabritos, los cuales sobre la mar purpúrea
a menudo observaron a hombres dispersos por los naufragios,
hallarás al Auriga todo grandioso, de los Gemelos
inclinado a la izquierda; su alta cabeza, de Hélice enfrente
versa. Encima de su hombro del lado izquierdo, yace forjada
esa sagrada Cabra que ofreció en pecho, dicen, a Zeus:
los profetas de Zeus la denominan Cabra olenea.
Ahora bien, ella es grande, y es esplendente; mas los Cabritos,
esos que del Auriga van por el puño, brillan sutiles.
Tú, a los pies del Auriga, a un extendido Toro encornado
busca con diligencia. Sus signos yacen muy evidentes:
de tal modo la testa se le distingue; nadie, por otro
signo deducirá del buey la cara: ¡cómo, las mismas
estrellas, que por ambos lados girando van, la modelan!
De éstas el nombre mucho suele decirse: no simplemente
no son desconocidas las Hyades. Sobre toda la frente
del Toro están tendidas; tanto la punta del cuerno izquierdo,
así como al derecho pie del Auriga, que es adyacente,
los ocupa una estrella, forjados juntos ellos se mueven;
no obstante, siempre, el Toro más adelante va que el Auriga
al bajar al Poniente, pese a que sale cual compañero.
Ni la infausta familia de aquel Cefeo, hijo de Jasio,
quedará simplemente sin ser nombrada; no, más de aquellos
el nombre llegó al cielo, ya que parientes eran de Zeus.
Detrás de aquella Osa de Cinosura situando el mismo
Cefeo, semeja a alguien que las dos manos tiene tendidas.
Se extiende igual distancia desde la punta del rabo a sendos
pies de Cefeo, es como la que se tiende de pie a pie.
Pero podrías un poco voltear tus ojos desde su cinto,
si la primera curva del gran Dragón ver tú quisieras.
Pues bien, delante de él rueda la trágica Casïopea,
que no se ve muy grande durante noches de plenilunio,
porque no la engalanan unos copiosos y sucesivos
luceros que le esculpan distintamente toda su forma.
Cual llave con la cual, cuando golpean una gran puerta
de doble hoja y que yace firme por dentro, botan las barras,
así dejan mirarse de una por una, como trasfondo,
sus estrellas. Y desde sus tan pequeños hombros se extiende
una braza. Podrías decir que tiene pena por su hija.
Porque allí mismo rueda también aquella terrible imagen
de Andrómeda estelada, bajo su madre. No creo que tengas
que escudriñar la noche, para mirarla luego, del todo:
de tal modo es su testa; de tal manera, por ambos lados,
sus hombros, y sus pies, en el extremo; todo sus cinto.
Mas, abriendo los brazos, ella está tensa justo allí mismo,
y también en el cielo tiene cadenas, y se levantan
allí mismo sus manos bien desplegadas todos los días.
Mas, cierto, en su cabeza yace forjado el monstruo Caballo
por el vientre inferior: común, sobre ambos luce una estrella
en el ombligo de éste, y de ella, en la punta de la cabeza.
Los otros tres luceros, sobre los flancos y hombros del mismo
Caballo, muestran unos pletros que están equidistantes;
son hermosos y grandes. Pero su testa no es semejante,
ni su cuello, aunque es largo; mas el lucero que está al final
de su ardiente quijada, también un digno rival sería
de los cuatro anteriores que, muy notables siendo, lo forman.
Pero éste no es cuadrúpedo, pues a partir del superno ombligo,
de la mitad carente, cumple el Caballo sacro, su giro.
También se dice que éste, desde el excelso monte Helicón
produjo la hermosa agua de la Hipocrene, fuente muy fértil.
La cima de Helicón aún no goteaba con manantiales,
mas la cascó el Caballo, y al punto el agua copiosamente
brotó por el golpazo del pie anterior; y los pastores
cual primeros nombraron esa bebida, la de Hipocrene.
Pero ella fluye desde la piedra, y nunca tú esa bebida
verás estando lejos de los tespieos; mas el Caballo
gira en casa de Zeus, y allí se encuentra para ser visto.
Allí también están las velocísimas vías del Carnero
que, apresurado en torno de los circuitos más espaciosos,
para nada más lento corre que la Osa de Cinosura.
Él mismo es sin estrellas y débil como para mirarse
bajo la Luna, pero lo indicarás tú por el cinto
de Andrómeda: un poquito debajo de éste, fijo se encuentra.
Él trilla el cielo inmenso por la mitad, por do las puntas
de las Pinzas y el cinto del gran Orión cumplen su giro.
Cierto, además hay otra figura cerca y bien definida
por debajo de Andrómeda; va delineada mediante tres
laterales: Deltoton, que es evidente por la igualdad
de dos de ellas, y la otra no es tan extensa, pero muy fácil
de encontrar, porque más que las restantes es estelada.
Un poquito hacia el sur de éstas, las luces van del Carnero.
Más adelante aún, aún en los pórticos del Noto de hallan
los Peces; pero el uno siempre está más alto que el otro
y siente más al bóreas cuando éste, nuevo, baja del Norte.
A partir de cada uno de ellos se extienden como cadenas,
que van continuamente desde ambas colas a un mismo punto.
Ese punto lo ocupa sólo un lucero grande y hermoso,
al cual, por eso, algunos también lo llaman Nudo celeste.
Que de Andrómeda el hombro del lado izquierdo sea la señal
del Pez de más al Norte, ya que se encuentra muy cerca de él.
Y los dos pies de Andrómeda te darán señas de su consorte
Perseo, pues ellos siempre sobre los hombros de éste se mueven.
Sin embargo, Perseo, más grande que otros, va por el Norte.
Y su mano derecha, cierto, se tiende rumbo al asiento
del sillón de su suegra; mas con los pies —cual quien persigue—,
su huella alarga echando polvo en la casa de Zeus su padre.
Cerca del muslo izquierdo de este Perseo, todas en masa
las Pléyades se mueven; pero, conjuntas, un no muy grande
lugar las tiene, y ellas, una por una, débiles vence.
Como “de siete sendas” son celebradas entre los hombres,
a pesar de que sólo seis son visibles para los ojos.
Una estrella, del Cielo no se ha ido a ocultas, de ningún modo
a partir de que oímos de su principio, y exactamente
se dice, y ellas siete, distintamente, son las nombradas:
Alcione; luego, Mérope; luego, Celeno; luego va Electra,
y Estérope y Taigete, sexta, y al fin, Maya la regia.
Ellas son igualmente chicas y tenues, pero, famosas,
por el Oriente giran, y al Occidente, gracias a Zeus
quien a ellas, el inicio de los veranos y los inviernos
les consintió marcar, y la llegada de hacer las siembras.
La tortuga también es chica; incluso junto a su cuna
la ahuecó Hermes y dijo que Lira fuera ella llamada.
La puso abajo, enfrente de la figura desconocida
al llevarla a los cielos. Ésta, encogida sobre sus piernas,
con la rodilla izquierda se le aproxima; la alta cabeza
del Ave gira al otro lado, y en medio de la cabeza
de aquesta Ave y de aquella rodilla, fija yace la Lira.
Porque, realmente, un Ave de vario tono va junto a Zeus;
brumosa en partes, y otras partes sobre ella son tachonadas
de estrellas no muy grandes, mas ciertamente nada confusas.
Y ella, dando el aspecto de ave tranquila durante el vuelo,
bonancible se mueve rumbo al Poniente, sobre la diestra
de Cefeo tendiendo siempre, de su ala diestra las puntas;
el trote del Caballo se inclina cerca de su ala izquierda.
Los dos Peces circundan aquel Caballo que cabriolea
en medio de ellos. Luego, por la cabeza de éste, la diestra
del Aguador se tiende; y éste, detrás del Capricornio
vuelve. Por otra parte, más adelante y más por abajo
se inclina Capricornio, do el Sol potente dase la vuelta.
Que durante aquel mes, no estés rodeado de aguas marinas
haciendo uso del vasto piélago. Nunca, durante el día
harías un gran trayecto, pues rapidísimos son esos días,
ni de noche, tú estando lleno de miedo, pronta la aurora
se acercaría, aunque fuerte, mucho gritaras. Los pesarosos
vientos del Sur irrumpen entonces, cuando con Capricornio
se junta el Sol; y entonces, el frío que baja del Cielo se hace
más cruel para el marino, yerto de frío. Pero, no obstante,
incluso todo el año, bajo las quillas, el mar purpúreo
se encrespa y, semejantes a las gaviotas que se zambullen,
muchas veces, en torno mirando el piélago desde las naves,
estamos, vueltos hacia las playas; pero, lejos aun éstas
se bañan, y la muerte, sólo un madero exiguo detiene.
Y si incluso un mes antes tú navegaste sufriendo mucho,
cuando el Sol tanto al arco como al Arquífero quema, ojalá
desembarques de tarde, ya no confiando más en la noche.
Para ti, de esos tiempos y de ese mes, un signo sea
el Escorpión surgente mientras la noche llega a su fin.
Porque, realmente, cerca del aguijón tiende su grande
arco el Arquero; un poco más delante de éste se encuentra
el Escorpión surgente, pero aquél sale luego, del todo.
Entonces, empezando la noche, el frente de Cinosura
va muy en las alturas; antes del alba se nos oculta
todo Orión, y Cefeo, de la mano hasta las posaderas.
Y está más adelante del Arquero otra Flecha tendida,
que está sola, sin arco: al lado de ella se extiende el Ave,
más vecina del Bóreas, y cerca de ella se agiliza otra
no tan grande, mas ruda, cuando se yergue desde la mar
al marcharse la noche; por ello, Águila suelen nombrarla.
El Delfín, no muy grande, va por encima de Capricornio;
nebuloso es de en medio, pero le yacen en torno cuatro
joyas, que paralelas dos a dos siempre se extienden.
Estas constelaciones, pues, entre el Bóreas y el recorrido
del Sol se esparcen; pero más hacia abajo vuelven las otras
muchas, que están en medio del Noto y de esa ruta del Sol.
Sesgado, bajo el torso del encornado Toro se inclina
Orión mismo. Quienquiera que en una noche clara, tal signo
extendido en la altura pase por alto, que él no confíe
en mirar otra cosa más excelente, viendo hacia el cielo.
Tal, y como guardián, bajo su espalda sobrevolante
mírase el Can estando sobre una y otra pata apoyado,
matizado él, empero, no todo lúcido, mas por su mismo
vientre viéndose obscuro cumple su giro; la extremidad
del hocico está herida por un terrible lucero que harto
punzante arde cual cirio: de ahí los hombres lo denominan
Sirio. Al tiempo en que sale él con el Sol, ya no lo engañan
los huertos y viñedos, hojas echando pálidamente:
fácil, él los distingue yendo punzante por sus hileras,
y fortifica algunos, y de otros daña todo el follaje.
El ocaso de Sirio también sentimos. Las otras luces
más leves circunyacen, para que signo sean de los miembros.
En la parte inferior de los dos pies de Orión, la Liebre
sin tregua se apresura todos los días; no obstante, siempre
Sirio se mueve atrás, dando el aspecto de quien persigue;
y surge después de ella, la avista incluso cuando se mete.
Y cerca de la cola del Can Mayor, es arrastrada
Argo desde la popa; tiene una ruta nada ortodoxa,
mas, volteada, de atrás se mueve justo como las mismas
naves, cuando a la popa ya le dan vuelta los marineros
entrando al puerto; luego, todos unidos lanzan de golpe
su nave que, en reversa crujiendo, en tierra firme de fija.
Así es arrastrada Argo, la de Jasón: desde la popa.
Obscura y sin estrellas siendo en las partes que hay de la popa
hasta su mástil mismo, va, y en las otras, toda esplendente.
Y para ella, el timón, que ya está suelto, fijo se encuentra
bajo los pies traseros del Can que enfrente va caminando.
Aunque incluso no poco lejos de ahí yace extendida
Andrómeda, la hostiga llegando ahí la grande Ballena.
Aquélla, ciertamente, por el soplido del bóreas tracio,
inclinada se mueve, mientras el noto le lleva, horrenda
a la Ballena quien, son los dos Peces y so el Carnero,
está tendida, un poco sobre el Río lleno de estrellas.
Pues solo, de los dioses so los pies fluye también aquello
que quedó del Erídano, río de las muchas lágrimas de ámbar.
Él, ciertamente, abajo del pie siniestro de Orión se tiende;
las cadenas celestes, con que al extremo se hallan los Peces,
ambas, una con otra van cuando bajan desde sus colas,
y detrás de la nuca de la Ballena mezcladas pasan
llegando a un solo punto: rematan ellas en un lucero
que se encuentra en la vértebra primera de esa grande Ballena.
Con breve tamaño otros, con esplendor breve yaciendo,
en medio del timón y la Ballena giran, estando
extendidos debajo de los costados de la gris Liebre,
sin nombre: para nada se encuentran ellos, como si fueran
partes de una figura bien definida, como a menudo
unos, en serie y en orden, recorren rutas que son las mismas
al volverse los años; a ésos, un hombre que ya no existe
notó, y él se propuso llamar a todos con algún nombre,
tras darles forma plena: no habría podido, de todos ellos
distinguidos aparte, decir el nombre ni conocerlos,
porque doquier son muchos, y de otros muchos son semejantes
su tamaño y su color, cuando ellos todos giran en su órbita.
Por ello, parecióle que era adecuado formar en grupos
a los luceros, porque puestos en orden uno con otro,
demarcan figuras. Y ya enseguida fueron nombrables
los astros, y hoy ninguno de los luceros vuelve y nos pasma,
sino que unos, en claras figuras yendo bien adheridos,
aparecen, y aquellos, los so la Liebre que se apresura,
todos muy nebulosos y sin un nombre, van por el cielo.
De Capricornio al fondo, bajo el austral soplo del viento,
cuelga un Pez que está vuelto con rumbo al signo de la Ballena;
distinto de los de antes, y Pez austral lo denominan.
Otras estrellas, sueltas yaciendo abajo del Aguador,
volitan —del austrino Pez y de aquélla Ballena etérea
en medio— siendo endebles y sin un nombre; cerca de aquéstas,
desde la mano diestra del Aguador siempre brillante,
como un pequeño flujo de agua que está de un lado y de otro
desparramada, giran las que son a una claras y exiguas.
Entre aquéstas se mueven, siendo de aspecto más luminoso,
dos estrellas que están no muy distantes, no muy cercanas:
la una, grande y hermosa, va por debajo de los dos pies
del Aguador, y la otra, bajo la cola de la Ballena
azul obscura; a todas, Agua les dicen. Otras escasas,
al fondo del Arquero, bajo sus patas, las delanteras,
torneadas en un círculo, como un anillo, giran en lo alto.
Luego, so el aguijón ardiente de ese monstruo espacioso
del Escorpión, y cerca del viento noto, cuelga el Altar.
Sin duda, que éste un tiempo breve se encuentra por las alturas
notarás; sobrevuela tiempos opuestos a los de Arturo.
Ciertamente, para éste, las rutas yacen muy elevadas
(para Arturo), y el otro rápido se hunde so el mar Oeste.
Bien, pero incluso en torno de aquel Altar, la antigua Noche,
llorando por las penas de los humanos, puso un gran signo
de tormentas marinas, puesto que a ella las destrozadas
naves le desagradan, y hace que brillen por varias partes
unos signos, porque ella deplora al hombre preso en las olas.
Por ello tú, en el piélago, nunca supliques que de otras nubes
circundando aquel astro se haga visible en medio del cielo;
él mismo esplendoroso y sin nubes, como a menudo
unas se agolpan, cuando de otoño el bóreas las aglomera.
Porque, a menudo, al noto también confiere dicha señal
la Noche misma, siendo graciosa al nauta desventurado.
Si en la que hace estas señas tan oportunas ellos confían
y al punto ven que todo, de acuerdo al caso, listo se encuentre,
luego el trabajo suyo se hace más fácil; mas, si a la nave
una terrible racha de aire se lanza de las alturas,
simplemente imprevista, que su velamen todo resuelve,
unas veces navegan ellos del todo bajo las aguas;
otras veces, si acaso logran que Zeus vaya en su ayuda,
suplicantes, y al lado del viento bóreas relampaguea,
a pesar de que sufren muy mucho, vuelven ellos a verse
mutuamente en su nave. Con este signo, vientos del noto
teme, hasta que tú veas que el viento bóreas relampaguea.
Si el hombro del Centauro distara tanto del mar Oeste
cuanto del otro (del Este); si algo de bruma lo circundara
a él mismo, y evidentes signos atrás confeccionara
la noche en el Altar fúlgido, entonces, no es muy forzoso
que tú mires el Sur, sino que aceches el viento Oriente.
Hallarás aquel astro yaciendo debajo de otros dos astros:
de él, ciertamente, aquello que hombre parece yace debajo
del Escorpión; las Pinzas tienen bajo ellas la parte equina.
Y él se parece a alguien que siempre tiende la mano diestra
frente al Altar torneado, y en ese punto, fija con él,
está bien constreñida por esa mano, ya muerta otra
Fiera: los hombres de antes, de esta manera la nominaron.
Mas desde el otro lado se arrastra aun otra constelación:
Hidra le dicen. Ella, dando el aspecto de algo viviente,
se retuerce a lo largo de sí; su testa va hasta debajo
del centro del Cangrejo; del León so el cuerpo, pasa su anillo,
y su cola se encuentra colgada sobre mismo el Centauro.
Sobre su anillo medio yace la Copa; sobre el extremo,
la figura del Cuervo, cual picoteando contra el anillo.
Sí, e incluso Proción, so los Gemelos hermoso brilla.
Al correr de los años mirar podrías dichas figuras
que regresan con orden; éstas, y todas muy justamente,
cual joyas de la noche que marcha, al cielo van adheridas.
Las otras cinco estrellas, entremezcladas, nada parejas
versan por todas partes, entre los doce Signos zodiacos.
Ni siquiera mirando tú hacia las otras idiciarías
dónde se encuentran ellas, puesto que todas son vagabundas.
Y luengos son los años de sus extrañas revoluciones;
luengos, yacen los signos de que, de lejos, llegan a un punto.
Ni siquiera me atrevo yo con aquéstas; ¡fuerza tuviera
a cantar los etéreos signos, y círculos de las no errantes!
Ciertamente se encuentran igual a ciertas piezas torneadas
los cuatro, de los cuales habrá deseo grande, y provecho
para quien examina, del año en curso las mediaciones.
Distintamente, en torno de todos yacen unas señales,
muchas, y totalmente de cerca todas concatenadas.
Y estos círculos tenues son, y están firmes unos con otros
todos; no obstante, casan dos frente a dos, por su tamaño.
Si una vez, siendo clara la noche, cuando todos brillantes
sus luceros la Noche, diosa del cielo, muestra a los hombres
y ninguno se vuelve tenue, debido a que hay novilunio,
sino que ardientes todos en las tinieblas diáfanos brillaban;
si una vez, a esas horas, algo estupendo te inunda el alma,
al mirar, por un ancho círculo hendido completamente
el cielo, o si algún otro que esté a tu lado te señalara
aquel aro suntuoso, pleno de gemas (Leche lo llaman):
ciertamente, como ése, visto el color, no hay otro círculo
que verse, pero, siendo cuatro, como éste son de tamaño
dos, mas los otros dos giran en mucho más reducidos.
De estos círculos, uno cercano está del bóreas que baja.
A su altura se mueven ambas cabezas de los Gemelos;
a su altura se encuentran, del firme Auriga sendas rodillas;
y sobre de él, izquierdos, la pierna y hombro va de Perseo;
él, de Andrómeda el brazo derecho tiene por la mitad,
la de arriba del codo; la mano de ella yace en la altura,
más vecina del Bóreas; se inclina el codo rumbo hacia el Noto.
Del Caballo los cascos, del Ave el cuello con la cabeza
en el extremo y, luego, los bellos hombros del Serpentario
versan yendo forjados en torno de ese círculo mismo.
Un poco más al sur —y no lo toca— camina en calma
la Virgen, mas lo tocan tanto el León como el Cangrejo;
ambos, uno tras otro yacen tendidos, mas dicho círculo,
al primero, so el tórax y so el abdomen hasta las ingles
corta, y al otro corta justo a lo largo bajo la concha
(al Cangrejo), allí donde más tú lo miras biseccionado
en línea, donde un ojo se mueve a cada lado del círculo.
Dividido éste en ocho partes iguales en lo posible,
cinco en el día dan vuelta por las regiones supraterrestres;
tres, al contrario. En él, se da el solsticio cada verano.
Así, en torno al Cangrejo fijo este círculo yace en el Norte.
En el opuesto Sur hay otro círculo que corta a medio
Capricornio y los pies del Aguador y, del Cetáceo
la cola. Allí, la Liebre; cierto, no grande parte del Perro
toma, mas cuando ocupa con sus dos patas; allí yace Argo
y grande, del Centauro la espalada; allí va el aguijón
del Escorpión, y allí va del Arquero brillante, el arco.
A este círculo al último, yendo del claro Norte con rumbo
al Sur, se mueve el Sol; cierto, allí mismo dase la vuelta
en el invierno. Y cumplen su giro en lo alto las tres posiciones
de las ocho, mas versan las otras cinco bajo la tierra.
Entre ambos, grande como la Leche gris, da vuelta un círculo
debajo de la tierra dando el aspecto de bipartirse;
allí, los días iguales son a las noches, en ambos tiempos,
terminando el verano, y al instaurarse la primavera.
El Carnero y las rótulas del Toro yacen sobre él cual signo;
y del Toro, la curva va de sus patas, harto visible.
Allí se encuentra el cinto de Orión que yace bien fulgurante,
y la curva de la Hidra ferviente; allí yace la leve
Copa; allí yace el Curvo; allí, luceros no muy copiosos
de las Pinzas, y allí van las rodillas del Serpentario.
Ciertamente, del Águila no está privado, sino que cerca
revolotea este grande nuncio de Zeus. Sobre del mismo
círculo giran tanto la testa equina, como su cuello.
Paralelos y en ángulo recto, estos círculos conduce el eje,
que en medio tiene a todos; no obstante, el cuarto se circunscribe
sesgado entre esos dos que lo mantienen de cada lado,
frente a frente: los trópicos; y el Ecuador lo corta en medio.
De Atenea en las artes perito un hombre de ningún modo
adaptaría en distinta forma unos aros que van rodando,
tales y tantos, todos ciñendo en torno como en esfera;
así, ésos en el éter, formes con dicho círculo oblicuo,
de la aurora a la noche son impulsados todos los días.
Y unos círculos, tres, surgen y abajo, luego se ocultan,
todos equidistantes; tiene cada uno de ellos un mismo
descender y ascender, uno tras otro, por cada lado.
Pero el otro atraviesa por tantas aguas del mar Océano,
cuantas ondulan justo de la salida de Capricornio
hasta donde se asoma nuestro Cangrejo: tantas del todo
él abarca surgiendo, cuantas hundiéndose del otro lado.
Lo que se extiende el rayo de una mirada del ojo humano,
pero cada uno, igual medido, incluye dos de los Signos.
Círculo del Zodiaco, por sobrenombre, lo denominan.
En él está el Cangrejo; después, el León, y debajo de éste,
la Virgen; después de ésta, yacen la Pinzas y el Escorpión
mismo; luego, el Arquero va, y Capricornio; tras Capricornio
el Aguador; sobre éste, van los dos Peces llenos de estrellas.
El Carnero, tras éstos, y después de éste, Toro y Gemelos.
Por todos éstos doce Signos, el Sol hace su curso
al dirigir al año todo, y al ir dando la vuelta
a este círculo, todas las estaciones se hinchan de frutos.
De este círculo, se hunde abajo el Océano cóncavo tanto
cuanto sobre la tierra se mueve, y cada noche, por eso,
seis duodécimas partes de dicho círculo siempre se ponen
y surgen otras tantas. Y cada noche siempre se alarga
por espacio tan grande como el espacio que medio círculo
vuela sobre la tierra, desde que cada noche comienza.
No sería desdeñable para el que aguarda la madrugada
estudiar cuándo surge cada una de esas doce figuras,
porque siempre tan sólo con una de ellas álzase el mismo
Sol. Tú registrarías harto mejor esas figuras
mirando hacia ellas mismas; mas, si por nubes, ellas obscuras
estuvieran, o acaso surgen ocultas tras algún monte,
entonces, marca signos que yacen firmes con las que llegan.
Copiosamente, a éstas desde ambos cuernos te dará el mismo
Océano; a ellas, muchas, él se las ciñe como corona
sobre sí, cuando trae cada una de éstas desde el abismo.
Para el Océano, cuando surge el Cangrejo, no las más tenues
estrellas circunyacen, y van girando por ambos lados,
ocultándose algunas, y otras del otro lado saliendo.
Se oculta la Corona, y se oculta el Pez hasta su espina.
En el cielo aún verías una mitad de esa Corona
que se mete, ya la otra mitad se encuentra so el horizonte.
Pero el vuelto hacia atrás, no va en la noche con sus restantes
miembros —incluido el vientre bajo—, mas sólo con los de arriba.
El Cangrejo sumerge de las rodillas hasta los hombros
al esforzado Ofiuco, y hunde a las Sierpe casi hasta el cuello.
Ni el Guardián de las Osas sería tan grande por ambos lados:
es menor por la parte visible, el resto ya es invisible.
Al Boyero que baja, pues, juntamente con cuatro Signos
da acogida el Océano, y cuando aquél se harta de luz,
en desuncir sus bueyes más de una media noche se ocupa,
en esos meses cuando, cayendo el Sol, él se sumerge.
Pero él, aquellas “noches del que se pone tarde” se llaman.
Así se ponen éstos; mas al contrario, no desdoroso,
sino muy esplendente tanto en su cinto como en los hombros
ambos, confiado Orión en la potencia de su charrasca,
llevando a todo el Río, ya se despliega por el Oriente.
Llegando el León, se bajan todos aquellos que se ponían
al surgir el Cangrejo; también el Águila. Cierto, el que yace
de rodillas da vuelta a sus otras partes bajo el Océano
rizado de olas, pero aún no a su izquierdo pie, ni rodilla.
Y surge la cabeza de la Hidra y, de ojos claros, la Liebre
y Proción y las patas, las delanteras, del Perro ardiente.
Cierto, no a pocos mete bajo los lindes de nuestra tierra
la Virgen al surgir. La Lira entonces, la de Cilene,
y el Delfín y la Flecha, bien esculpida, se hunden completos.
Con éstos, las primeras plumas del Ave y hasta su misma
cola, y los bordes últimos del Río en las sombras desaparecen.
La testa del Caballo se hunde, y también se hunde su cuello.
Pero surge en gran parte la Hidra —hasta donde yace la misma
Copa— y, adelantando, levanta el Perro sus otras patas,
arrastrando tras él la popa de Argo llena de estrellas.
Sobre la tierra va ésta, partida justo cabe su mástil,
cuando ya desde el otro lado aparece toda la Virgen.
Ni las Pinzas que llegan, aunque sutiles ellas cintilan,
se irán inadvertidas: como su grande signo, el Boyero
se levanta del todo, bien distinguido mediante Arturo.
Argo completamente toda ya encuentrase sobre la tierra;
mas la Hidra, que en cielo se nos esparce muy ampliamente,
carecerá de cola. Las Pizas traen únicamente
la pierna, la derecha, justo hasta el muslo mismo de aquel
que siempre yace hincado, siempre extendido junto a la Lira,
ese que, ignoto en medio de las figuras que hay bajo el cielo,
dos veces contemplamos frecuentemente la misma noche:
poniéndose y saliendo del otro lado. De aqueste signo,
con la salida de ambas Pinzas, se mira sólo su pierna,
y él, de algún modo vuelto del otro lado rumbo a su testa
aún esperan que surjan el Escorpión y el Sagitario;
porque ellos lo conducen: aquél, su parte de en medio y todo
lo demás; luego, el arco lleva su mano izquierda y la testa.
Éste así, todo en tres es conducido parte por parte;
y las Pinzas incluso conducen media Corona y misma
la punta de la cola de aquel Centauro, cuando ellas salen.
Entonces, tras la testa, que se ha marchado, se hunde el Caballo
y, atraída es del Ave, que está adelante, toda su cola.
Y de Andrómeda se hunde la testa; pero, grande amenaza
le lleva el nebuloso noto: al Cetáceo; mas, al contrario
desde el Bóreas, Cefeo mismo lo espanta con su gran mano.
El Cetáceo, que vuelto va hacia su nuca, se hunde hasta misma
la nuca, mas Cefeo se hunde con su hombro, mano y cabeza.
Y las curvas del Río, incluso luego, tras la llegada
del Escorpión, caerán en el Océano de bellos flujos,
y cuando aquéste llega, el gran Orión dase a la fuga.
¡Que sea propicia Artemis! Un viejo mito: decían que a ella
le jaló sus vestidos el fuerte Orión, cuando éste en Quíos
con su robusta maza mataba a golpes todas las fieras,
al buscar con la caza para Enopión ser complaciente;
sin embargo, ella, a otra fiera al instante le contrapuso,
—las colinas centrales de la isla habiendo roto en dos partes—:
a un escorpión que a él, siendo más grande, hiere y remata
mostrándose más fuerte, porque ultrajo misma a Artemisa.
Por ello, también dicen que, desde el otro lado saliendo
el Escorpión, Orión se fuga en torno del fin del mundo.
De Andrómeda y de Ceto tantas estrellas cuantas quedaban
no ignoran la salida del Escorpión, mas incluso ellas
huyen muy presurosas. Cefeo, entonces, mediante el cinto
roza la tierra, asaz todas sus partes hasta la testa
hundiendo en el Océano; mas él no debe sumir las otras,
pies, rodillas e ijares, a quien las mismas Osas lo impiden.
Y se apresura atrás de la figura de su hija, incluso
la infeliz Casiopea: ya para nada decentemente
se ven desde la silla sus pies y, arriba, sus dos rodillas,
sino que con la testa por adelante se hunde cual buzo
expiando las penurias de su destino, pues no debía
con Dóride y con Pánope competir ella, sin gran castigo.
Ella, pues, va al Poniente; mas, a otros signos desde el abismo
trae al contrario el cielo: la otra curveante de la Corona
y el extremo de la Hidra; conduce incluso, del gran Centauro
el cuerpo y la cabeza; trae a la Fiera, la que en la mano
diestra tiene el Centauro. Cierto, las patas, las delanteras,
de la bestia-jinete, do están esperan que llegue el arco.
Y cuando el arco llega, tanto el anillo de la Serpiente
como el cuerpo de Ofiuco surgen; sus testas conduce el mismo
Escorpión al surgir, que alza las mismas manos de Ofiuco
y la primera parte de la Serpiente llena de estrellas.
Del que va de rodillas (ya que volteado constantemente
surge), entonces allende se movilizan sus otras partes:
las piernas, la cintura, todo el tórax y también su hombro
con la mano derecha; mas su cabeza con la otra mano,
éstas salen al tiempo en que surge el arco con el Arquero.
Junto con ellos, tanto la Lira de Hermes como Cefeo,
hasta el pecho, se elevan desde el Océano, del matutino,
entonces, cuando incluso, del Can Mayor todos los brillos
se ocultan, y de Orión van hacia abajo todas sus partes,
y todas, ciertamente, las de la Liebre siempre seguida.
Pero ni los Cabritos ni la olenea Cabra en seguida
se le hunden al Auriga: por su gran mano, dichas figuras
lucen, y de otros miembros se le distinguen a causa de que
excitan las borrascas, cuando ellas juntas van con el Sol.
En efecto, unas partes (la testa y la otra mano y el tronco)
las baja Capricornio que sale, y todas sus partes bajas
se meten juntamente con el Arquero. Ya ni Perseo
espera, ni los altos corimbos de Argo, llena de estrellas,
sino que, ciertamente, Perseo, exceptuando rodilla y pie
derecho, se hunde, y hasta la curvatura se hunde la popa;
todo el navío se mete con la salida del Capricornio,
cuando incluso Proción se hunde, y ya salen otras figuras:
tanto el Ave y el Águila, como los signos de la emplumada
Flecha y el sacro sitio de nuestro Altar puesto en el Noto.
El Caballo, si empieza a cumplir su giro medio Aguador,
con los pies y la testa gira en la altura. Frente al Caballo,
atrae la estrellada Noche al Centauro, desde la cola;
sin embargo, no puede contener ella, ni la cabeza
ni los extensos hombros con su coraza; pero, de la Hidra
ardiente baja toda la testa y ese anillo del cuello.
También atrás, gran parte de la Hidra queda; mas también a ésta
con el Centauro mismo, cuando los Peces surgen, la Noche
se la lleva del todo. Mas, con los Peces yérguese el Pez
que abajo del obscuro Capricornudo mismo se encuentra,
no totalmente: un poco del Pez, al otro doceavo espera.
Así incluso las tristes manos, rodillas y hombros de Andrómeda
totalmente en dos partes, delante algunas y otras detrás,
se tienden cuando apenas desde el Océano van hacia arriba
ambos Peces: a aquello que a la derecha va de su mano
lo atraen ellos mismos; lo que a la izquierda, lo trae del fondo
el Carnero al salir. Cuando éste empieza a cumplir su giro,
el Altar al Poniente ver tú podrías y, al otro lado,
sólo la testa y hombros del gran Perseo que se levanta.
Incluso discutible sería si el cinto mismo es visible
con el Carnero —éste, ya bien salido—, o con el Toro
con el cual gira a los alto muy presuroso. Ni, cuando el Toro
surge; queda el Auriga detrás, pues éste muy firme estando
con él hace su curso; pero, no obstante, con este Signo
él no surge completo, mas los Gemelos lo traen entero.
Mas la planta del zurdo pie y los Cabritos con la gran Cabra
se mueven con el Toro, cuando la nuca y también la cola
de la Ballena etérea surgen del otro lado hacia el éter.
El Guardián de las Osas ya se hunde entonces con la primera
constelación de aquellas cuatro que lo hacen bajar, sin mano
izquierda; ésta allí mismo vuelve debajo de la Gran Osa.
Que, para ti, los pies del Serpentario que se sumerge
hasta las mismas rótulas un signo sean de los Gemelos
que al otro lado salen. Entonces, nada de la Ballena
se arrastra en ambos lados, y ya podrías verla completa.
Ya del Río la primavera curva que brota desde los mares
en un piélago claro mirar podrían los navegantes
esperando a Orión mismo, si quizá algún signo para ellos
anuncia la medida ya de la noche, ya de su viaje;
pues, por doquier, los dioses dicen al hombre muchos de aquellos.
¿Acaso no ves? Cuando con sus dos cuernos, breve la Luna
aparece del lado del Occidente, muestra que crece
el mes, cuando de allí, un primer brillo se desparrama
capaz de proyectar sombras, al día cuarto marchando;
al ocho, cuando media, y al medio mes, con todo el rostro.
Inclinando su frente ya por un lado ya por el otro,
dice constantemente cuál día del mes cumple su giro.
Al declarar los términos, sí, de las noches, aquellas doce
partes son suficientes; mas, lo que al gran año compete
—el tiempo para arar campos, y el tiempo para plantar—,
todo, por todas partes, por Zeus se encuentra ya revelado.
Y uno, incluso en el barco, una tormenta multisonante
ha notado atendiendo, ya la terrible estrella de Arturo
ya alguna de las otras: unas que emergen desde el Océano
al despuntar la aurora, y otras, aún tierna siendo la noche.
Porque, en verdad, a todas ellas se cambia durante el año
el Sol al ir trazando su grande surco: por tiempos, a ellas
se lanza, algunas veces, al salir, y otras luego, al ponerse;
las estrellas contemplan unos días unas, otros las otras.
También tú sabes estos datos: ahora, los diecinueve
ciclos del esplendente Sol armonizan conjuntamente
todo cuanto la noche pone a versar, de la cintura
hasta los pies de Orión, y hasta el osado Perro de Orión,
y también los luceros que, contemplados en Posidón
o en Zeus mismo, señales bien definidas hacen al hombre.
Así, afánate en éstos; si alguna vez crees en un barco,
que descubrir te importe cuantas señales yacen predichas
para invernales vientos o bien, del pronto, para huracanes.
El trabajo, pequeño; mas luego, enorme, mucha ventaja
de la prudencia surge para el varón siempre avisado.
Primeramente, él mismo va más seguro; e incluso a otro
aconsejando ayuda, si una borrasca se alza de cerca.
Pues, con frecuencia, alguien incluso en una noche calmada
cubre su nao temiendo la mar que habrá por la mañana;
y sobreviene a veces el tercer día; otras, el quinto,
y otras veces lo malo llega imprevisto. Pues aún no todos
los designios de Zeus saben los hombres, sino que muchos
están ocultos; a ellos nos los dará pronto, si quiere
Zeus, ya que beneficia potentemente al género humano,
por doquiera visible él, y doquiera señas mostrando.
Unas de éstas, la Luna te las dirá, bien siendo media
al crecer y al menguar ella, bien luego, cuando se llena;
otras, al advierte ya cuando sale ya anocheciendo,
el Sol. Y podrás señas —unas desde unas y otras desde otras—
marcar tú mismo tanto de alguna noche, como de un día.
Para empezar, desde ambos cuernos observa bien e a la Luna.
Unas tardes las tiñen de un esplendor, otras con otro;
encuernan a la Luna, ora unas formas ora las otras
ya cuando crece: algunas, al tercer día, y otras, al cuarto;
desde éstas tú podrías saber acerca del mes que empieza.
Sutil y clara siendo por el tercer día de su curso
una Luna, buen tiempo traerá; sutil siendo y muy roja,
traerá los vientos; siendo más dilatada y torpe de cuernos,
inconsistente luz cuarta teniendo tras la tercera,
la Luna se entorpece, o por el noto o de agua cercana.
Si, a partir de ambos cuernos, cuando ella ronda su tercer día,
ni cabecea hacia el frente ni recostada deja mirarse,
sino que dichos cuernos curvean parejos de cada lado,
entonces habrá vientos occidentales tras esa noche.
Y si así de pareja lleva inclusive su cuarto día,
ella te enseña, cierto, que una tormenta se conglomera;
pero, si de sus cuernos el alto al frente claro se inclina,
vientos del Norte espera; cuando se acuesta, vientos del Sur.
Mas si, cuando es tercera, la ciñe en torno su disco entero,
rojo del todo, entonces ella será muy tormentosa;
con más grande tormenta, más encendida purpuraría.
Obsérvala si el llena, y cuando es media de un lado y de otro:
ora siendo creciente, ora de nuevo llenado a sus cuernos.
Y por su rostro, cada fase del mes tú pronostica:
si es totalmente claro, haz un pronóstico de muy buen tiempo;
mas, si se ruboriza del todo, espera rutas del viento,
y si se torna negro variadamente, lluvias espera.
Pero no para todos los días son válidos todos los signos:
cuanto ha lugar siendo ella tercera y cuarta, vale hasta cuando
ella se bisecciona; cuanto en la media, cierto, hasta el mismo
medio mes señaliza; sí, nuevamente, del medio mes
hasta media menguante; le sigue luego, ya el cuarto día
del mes que finaliza, y a éste, el tercero del que comienza.
Mas, si en torno de toda la Luna, algunos halos circuyen,
ora tres ora dos, circunyacentes, ora uno solo,
entonces, viento y calma, con uno solo, tú esperarás:
el viento, si está roto él, y la calma, si se vanece;
dos halos a la Luna circundarían por la tormenta,
a una mayor tormenta traería un halo de triple giro,
y más, siendo él obscuro; y más aún, si él está roto.
Bien, acerca del mes, esto sabrías tú, de la Luna.
Presta atención al Sol, cuando camina por cada extremo;
en el Sol yacen señas —que son incluso más evidentes—,
ya se ponga, ya salga del más allá: por ambos lados.
¡Que al lanzar sus primeros rayos al campo no se matice
su disco, cuando te urge, por lo que sea, que haya buen tiempo;
que no lleve ninguna marca, y se mire todo sencillo!
Y si, igualmente, la hora de desuncir claro lo tiene,
y sin nubes oculta su esplendor suave, ya muy de tarde,
también un día apacible vería, cuando llegue la aurora.
Mas no así, cuando cóncavo apareciendo cumple su giro,
ni cuando, de sus rayos, unos al Noto y otros al Bóreas
alanzan divididos, y más que nada brilla su centro:
más bien por entonces pasa ya por la lluvia ya por el viento.
Observa, si los rayos del Sol acaso te lo permiten,
al Sol mismo —en efecto, su observación es excelente—,
por ver si o va sobre él un color rojo, como a menudo
unos lo ruborizan en partes, cuando pasan las nubes,
o si se pone obscuro: y esto te sea, de agua inminente
una señal, y lo otro —todos los rojos—, signo del viento.
Pero si él juntamente se colorea de un modo y de otro,
quizá traiga las aguas y se traslade bajo los vientos.
Y si, ya cuando sale, ya cuando él, luego se pone,
se le juntan sus rayos, y éstos se hacinan sobre uno solo,
o si acaso por nubes él apretando, ya hacia la aurora
marcha desde la noche, ya de la aurora sobre la noche,
con el agua que baja caminaría por esos días.
Cuando le surge una pequeña niebla por adelante
y carente de rayos se levanta él mismo tras ella,
no olvides tú la lluvia. Pero, si entorno de él, un gran disco,
dando el aspecto de algo que se derrite, se le amplifica
cuando empieza a salir, y nuevamente se le reduce,
él irá con buen tiempo; lo mismo pasa, cuando en invierno
palidece al bajar. Mas, cuando el agua durante el día
ha caído, examina tú, tras el caso, todas la nubes,
volteándote hacia el Sol, en los momentos en que se oculta.
Si dando aspecto de algo que se ennegrece sombreara alguna
nube al Sol y, por ambas partes de aquélla, de un lado y de otro
los rayos, en el centro, yendo al ocaso se dividieran,
cierto, requerirán aún de un abrigo por la mañana.
Mas, si se hunde en el flujo del Occidente, limpio de nubes,
y las nubes que yacen, mientras se mete y cuando se ha ido,
próximas se mantienen enrojecidas, no es muy forzoso
que tiembles por la lluvia, ni de la noche ni de la mañana;
mas sí, cuando del Sol, símiles a algo que se vanece,
los rayos desde el cielo súbitamente se le distienden,
como se desvanecen cuando la Luna los ensombrece,
al encontrarse en línea justo entre el Sol y nuestra Tierra.
Cuando al Sol que se tarda para brillar ante la aurora
le aparecen en varias partes, abajo, nubes rojizas,
no quedarán los campos sin ser regados en ese día.
Del mismo modo, allende yaciendo aún, cuando antepuestos
sus rayos aparecen ensombrecidos ante la aurora,
no te olvides del agua ni de los vientos que han de bajarse;
y, si en una mayor obscuridad fueran aquellos
rayos, tanto mayores señas del agua te brindarían;
mas, si una turbiedad tenue se expande sobre los rayos
—cual la que suaves nubes suelen causar muy a menudo—,
cierto, entonces se enturbian éstos debido al viento que llega.
Y unos halos obscuros cerca del Sol no significan
buen tiempo; más vecinos ellos y obscuros continuamente,
serán más tempestuosos, y aún más rudos, si fueran dos.
Mira, ya cuando sale, ya cuando él, luego se pone,
si esas que son llamadas como parhelias, de entre las nubes,
en el Sur o en el Norte se le enrojecen, o en ambos lados,
y haz esta observación no así ligera, sin consistencia.
Pues cuando simultáneas, por ambos lados tienen en medio
al Sol aquellas nubes, estando cerca del horizonte,
ya no existe demora: la tempestad viene de Zeus;
y sí, en el lado Norte, se viera púrpura sólo una nube
traerá soplos del Norte, y una suriana, soplos del Sur,
o tal vez inclusive sobrevendrán gotas de lluvia.
Vuelve sobre éstos signos, y más sobre ésos del Occidente:
del Oeste las señas son igualmente siempre infalibles.
También mira al Pesebre. Dando el aspecto de una pequeña
bruma, conduce tiempos él, por el Norte, bajo el Cangrejo.
En su entorno se mueven, siendo brillantes con sutileza,
dos luceros que están no muy distantes, no muy cercanos,
sino cuanto es bastante a pensar un codo, muy al tanteo:
en el Norte, uno de ellos camina, el otro va por el Sur.
Son llamados como Asnos; lo que está en medio, como Pesebre.
Si éste incluso de pronto, cuando está el cielo todo sereno,
invisible se vuelve por completo, y esos luceros que andan
por ambos lados dejan mirarse, el uno cerca del otro,
entonces, con enorme tempestad báñanse todos los campos.
Y si el Pesebre, negro se pone y, luego, son evidentes
aquellos dos luceros, ellos harían señas del agua.
Y si el Asno que al Norte camina brilla sin consecuencia,
sutilmente obscurando, pero el del Sur es esplendente,
vientos del Sur espera; mas, los del Norte es muy preciso
esperar, si el obscuro sutil y el brillo van a la inversa.
Que incluso la encrespada mar, para ti, seña del viento
llegue a ser, y las playas, si éstas resuenan muy a lo lejos,
y los riscos marinos cuando, buen tiempo habiendo, sonoros
llegan a ser, y la alta cima del monte, si ésta resuena.
E incluso cuando a tierra seca, la garza viene en desorden
desde la mar, gritando con sus sonidos innumerables,
es traída por viento ya que se excita sobre los mares.
Y a veces los petreles, cuando buen tiempo habiendo volitan,
en partidas se mueven frente a los vientos amenazantes.
Muchas veces, los patos salvajes o esas undiversantes
gaviotas, con sus alas bajando a tierra firme se agitan,
o una niebla se extiende sobre las cumbres de la montaña.
Ya inclusive los papos, del blanco cardo viejo vilano,
fueron señal del viento, cuando abundantes sobre las ondas
del mar silente flotan delante algunos y otros detrás.
Y de donde en verano vengan los truenos y los relámpagos,
desde esa dirección acecharás los vientos que llegan.
Y cuando en negra noche se precipitan unos luceros
frecuentes, y detrás de ellos franquean unas estelas,
esperarás que el viento venga por ese mismo camino
con aquéllos; mas si otros contrariamente se precipitan,
y otros desde otras partes, sin duda, entonces debes cuidarte
de unos vientos de todas partes, los cuales son muy confusos,
soplan confusamente para los hombres, para indiciarlos.
Mas cuando desde el Euro relampaguea, y desde el Noto,
y otras veces del Céfiro, y algunas veces, del Bóreas,
sin duda, en tales casos, un marinero teme en el piélago
que el piélago lo atrape de un lado, y de otro, lluvia de Zeus;
en efecto, con lluvia muévense en torno tantos relámpagos.
Muchas veces, delante de aguas que vienen, algunas nubes
dejan mirarse siendo muy parecidas a los vellones,
o bien un arco iris doble, al extenso cielo circunda,
o quizás una estrellas tiene algún halo que se ennegrece.
Muchas veces las aves, ora lacustres ora marinas,
insaciables se bañan entremetiéndose dentro del agua;
o asaz se precipitan en torno de un lago las golondrinas
golpeando con sus pechos el agua de ese modo ondulada;
o los muy infelices batracios, vianda de las culebras
acuáticas y padres de renacuajos, croan en el agua;
o un ololygon solo susurra cuando llega la aurora;
o quizás, clamorosa, junto a una playa sobresaliente,
la corneja se agacha, cuando alguna ola viene a la tierra,
o quizás en un río se sumerge ella, desde la testa
hasta junto a sus hombros, o se zambulle toda completa,
o graznando grosera, da muchas vueltas junto a las aguas.
Sí, ya antes de que el agua venga de día, también los bueyes
hacia el cielo elevando la vista inhalan algo del éter,
y las hormigas todos sus huevecillos del cóncavo hoyo
rápidamente sacan, y se ven juntos los cientopiés
trepando por los muros, y andan inquietos esos gusanos
que, de la tierra negra, los intestinos suelen llamarse.
Y las aves domésticas, las que del gallo son descendencia,
con ardor se despiojan y harto cloquean con un sonido
tal como suena el agua que gota a gota cae sobre el agua.
A veces, de los cuervos razas y el género de los granjuelos
sin duda también son seña de que agua viene de Zeus,
mirándose en bandadas y, semejantes a los halcones,
graznando. Y de algún modo, a las celestes gotas de los cuervos
imitan con sus voces, exacto cuando viene la lluvia;
o a veces, también dando dobles graznidos con voz profunda,
harto estruendosos se oyen al agitar sus alas batientes.
Y los patos domésticos y los granjuelos que bajo el techo
residen, con sus alas se agitan ellos yendo a su alero;
o la garza entre agudos gritos se lanza sobre las olas.
Que de estos signos, ni uno sea desdeñable, cuando la lluvia
te preocupe, y tampoco, si se da el caso de que más que antes
piquen los moscos, y éstos ardientemente busquen la sangre;
o en torno de la mecha de los candiles se junten hongos
en las húmedas noches; ni si es el caso de que en invierno
unas veces la luz de los candiles se alce espigada,
y otras veces, las flamas broten desde ella como ligeras
burbujas; ni tampoco si justo allí mismo destellan
los rayos, ni si, estando muy desplegado el tiempo de estío,
en ringleras continuas, aves isleñas rasgan el cielo.
Y tampoco de la olla tú, ni del trípode sobre la lumbre
te olvides cuando más, en torno de ellos saltan las chispas,
ni del carbón ardiente, cuando delante de su ceniza
aquí y allá relucen motitas como granos de mijo,
mas también estas cosas atiende cuando aceches la lluvia.
Empero, si a partir de un elevado monte, brumosa
una niebla se tiende ladera abajo y altas, las cumbres
se ven claras, entonces tendrás un día muy apacible.
Y tendrás un buen tiempo, cuando del amplio mar sobre el llano
aparece una niebla baja, y no se halla por las alturas,
mas allí, cual peñasco liso y extenso, yace oprimida.
Observa más, si hay tiempo bueno, las señas de la tormenta,
y en la tormenta, aquellas que hay de la calma. Es muy forzoso
que uno mire el Pesebre —Cáncer lo lleva girando en su órbita—
tan pronto como queda limpio de toda fosca, de abajo:
en efecto, éste queda limpio, si el mal tiempo termina.
Y las flamas tranquilas de los candiles y la nocturna
lechuza cuando canta tranquila, seña sea de que el tiempo
malo se desvanece; también sea seña si la corneja
con tranquilos acordes, al caer la noche grazna polífona,
y los cuervos que, solos, aisladamente lanzan un doble
graznido y, después de esto, hacen estrépito constantemente;
o muchos, en bandadas, luego que piensan en su descanso,
están llenos de tonos; uno creería que ellos se alegran:
cómo gritan algunas voces afines a los heraldos,
y, al redor del follaje, muchas, y a veces en el mismo árbol
donde van a dormir y, en sus ramales, andan ruidosos.
Quizá también las grullas, ante la suave calma del cielo
sabiamente despliegan un solo curso todas en masa,
y con tiempo apacible, no van y vienen al ir volando.
Mas, cuando se entorpezca la clara luz de las estrellas
y por ningún lugar se opongan nubes apretujadas
y por ningún lugar, ninguna bruma corra, ni la Luna,
mas, así, de repente van aquellas, inconsistentes,
entonces, estas cosas ya no te sean seña de calma,
mas espera mal tiempo; justo eso atiende cuando unas nubes
en el mismo lugar estén, pero otras, próximas a éstas
sobrevengan, algunas aventajándolas, y otras detrás.
Y estruendosos, los gansos, si presurosos van tras su pábulo,
son gran signo de mal tiempo, y la nueve veces más vieja
corneja, si de noche canta, y si gritan tarde, los grajos,
y el pinzón, si en la aurora trina; y también todas las aves,
si desde el piélago huyen, y reyezuelos o petirrojos,
si a sus sinuosas grutas entran, y el género de los granjuelos,
si a su nido tardío van desde el campo pingüe de césped.
Cuando alguna tormenta grande viene se viene, ni las zumbantes
abejas, su jornada de cera cumplen yendo a lo lejos,
mas allí mismo rondan muy laboriosas su obra meliflua;
ni allá en la altura, hileras largas de grullas la misma ruta
tienden, y para atrás ellas retornan dando la vuelta.
Cuando la telaraña sutil se mueva sin que haya viento,
y, vaneciendo, suaves ondeen las flamas de los candiles,
o, en un tiempo apacible, con problema ardan fuego y candiles,
desconfía del mal tiempo. ¿Cómo te cuento tantas señales
que se dan a los hombres? Pues hasta en una pobre ceniza,
que do está se endurece, tendrías indicios de una nevada,
y de nieve, en las lámparas, cuando doquiera tienen señales
en torno, como mijos, junto a sus mechas incandescentes,
y del granizo, en unos vivos carbones, cuando lucientes
ellos dejan mirarse, pero en su centro se hace visible
como sutil neblina situada en medio del rojo ardiente.
A su vez, las encinas plenas de frutos y los obscuros
lentiscos son expertos, y por doquier el diestro labriego
siempre ve que el estío no se le escape de entre las manos.
De bellotas continuas justa medida habiendo la encina
hablará de un invierno de mucha más larga potencia;
mas, que no se recargue por todas partes muy en exceso,
y los campos coespiguen muy alejados de la sequá.
Los lentiscos, tres veces quedan preñados, y tres aumentos
hay de su fruto, y señas, cada uno de ellos lleva con orden
para efectuar las siembras, porque a la época de siembra en tres
tiempos dividen: uno, medio, y los otros dos son extremos.
Ciertamente, el primer fruto, la siembra primera anuncia;
el de en medio, la media, y el postrimero de ellos, la extrema:
el fruto que el lentisco fecundo logre más bellamente,
ése tendrá una siembra, más que las otras, rica de trigo;
el más raquítico, una pobre, y el medio, una mediana.
El tallo de la escila también tres veces se hincha de flores,
para marcar los signos de la cosecha correspondiente;
cuanto indicio el labriego notó en el fruto de los lentiscos,
tanto también deduce por la flor blanca de las escilas.
Mas cuando las avispas, en el otoño, muy numerosas
por doquiera molesten, inclusive antes de que se oculten
las Pléyades, entonces, alguien dirá que llega el invierno:
¡qué torbellino viene girando luego con las avispas!
Las ovejas, las puercas e igual las cabras, cada vez que éstas
vuelvan al apareo y, por sus machos ya en cuento a todo
satisfechas, de nuevo se apareen ellas, otra y más veces,
dirán un gran invierno, del mismo modo que las avispas.
Mas si tardíamente se juntan cabras, puercas y ovejas,
se alegra el hombre pobre, porque para él, poco abrigado,
un año de buen tiempo señalan cuando dejan cubrirse.
El labrador exacto se alegra en esos grupos de grullas
que exactamente llegan, y en los más tardos, el inexacto;
pues los inviernos vienen del mismo modo como las grullas:
cuando temprano llegan éstas formando grandes parvadas,
temprano; pero cuando, viéndose tardas y no en bandadas,
vienen durante tiempos más prolongados, y no de a muchas,
por la invernal demora se benefician obras tardías.
Si los bueyes y ovejas, tras un otoño sobrecargado
de fruto, el suelo escarban y frente al viento bóreas sus testas
tienden, en ese caso, mismas las Pléyades, muy tormentoso
invierno habrán de traer, cuando se ponen de madrugada.
Ojalá que no escarben mucho, pues fuerte con desmesura
el invierno, amigable no es con las plantas ni con las siembras,
sino que haya abundante nieve en los grandes campos, encima
de los brotes pequeños, de los que aún no se distinguen,
para que en bienestar se alegren hombres que han esperado.
Ojalá que en las alturas haya luceros siempre evidentes,
ni uno solo ni dos ni muchos de ellos con cabellera,
pues, ante un año seco, muchos luceros se hacen cometas.
Y tampoco se alegra con unos grupos de aves el hombre
de tierra firme, cuando desde las islas, muchas invaden
los campos, si el verano llega; y él teme terriblemente
por su cosecha, que ésta vacía y pajosa venga, apenada
por la sequía. No obstante, quizás se alegra el hombre cabrero
con esas mismas aves, cuando con justa medida vienen,
ya que espera, después, un abundante tiempo de leche.
Así, tristes e inestables unos por esto y otros por lo otro
vivimos los humanos, mas todos prestos a descubrir
los signos que doquier hay y a marcarlos para el futuro.
Mal tiempo, los pastores pronosticaron por la ovejas,
cuando más presurosas que otrora corren a su pastura,
y unos, fuera del grupo, carneros y unos aún corderos
en el camino juegan topando entre ellos sus cornamentas;
o cuando, con sus patas, aquí y allá brincan golpeando
con las cuatro, los ágiles, y los cuernudos sólo con dos;
o si excita el pastor a unos renuentes fuera del grupo,
tarde, al ir a encerrarlos, y ellos por todas partes la hierba
mordisquean apurados por incesantes tiros de piedras.
De los bueyes aprenden agricultores y hombres boyeros,
que se excita un mal tiempo: cuando los bueyes a lengüetazos
lamiscan las pezuñas, las de sus patas bajo los hombros,
o en su descenso se echan sobre sus flancos de la derecha,
espera el labrador viejo, de siembras una demora.
Y cuando ya se juntan muy desbordadas en el mugido
las terneras a la hora de desuncir, yendo al establo
desde el prado y el pasto, desanimadas, dichas becerras
pronostican que, luego, bajo el mal tiempo van a saciarse.
Ni la cabra que mucho se afana en torno de hojas de encinas
ni las cerdas furiosas sobre la paja son de buen tiempo.
Incluso cuando aúlle mucho algún lobo, lobo señero,
o cuando, descuidado del labrador, baje a sus siembras
asemejándose a alguien que ávidamente busca un abrigo
cerca de los humanos, para que allí tenga su lecho,
tú espera malos tiempos mientras tres giros cumple la Aurora.
Del mismo modo, incluso por las señales antes citadas
pronostica los vientos o las tormentas o aguas que vienen
el mismo día, después de éste o, incluso, ya en el tercero.
Pero ni los ratones, si es que chillando más de la cuenta
en buen tiempo dan brinco precisamente como en las danzas,
pasaron ignorados antiguamente por los humanos,
ni los perros, supuesto que el perro escarba con una y otra
pata, cuando él espera que ha de llegar una tormenta,
y los ratones, vates de la tormenta se hacen entonces.
Sí, e incluso el cangrejo, del agua a la tierra viene si algunas
tormentas amenazan en disparase por su camino.
Y el ratón con las patas su nido hurgando durante el día
su descanso desea, cuando aparecen signos de lluvia.
Nada de esto desprecies. Es algo hermoso signo tras signo
observar, y si dos de ellos apuntan hacia lo mismo,
hay mayor esperanza; con un tercero, ten la confianza.
Constantemente tú, del año en curso lleva la cuenta
de los signos, probando si es que de veras con una estrellas
que surge o que se oculta, tal día aparece precisamente
como el signo lo dice. Resultaría superseguro
el notar de los meses, del que termina y del que comienza,
una tétrada y otra, ya que ellas tienen conjuntamente
las puntas de dos meses que se unen, cuando más vacilante
es el aire ocho noches, faltando Luna de ojos radiantes.
Si estudias juntamente todos los signos durante el año,
nunca, a partir del éter harás pronóstico a la ligera.






COORDINACIÓN DE HUMANIDADES
PROGRAMA EDITORIAL
Introducción, traducción y notas de
PEDRO C. TAPIA ZÚÑIGA
UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO
México, 2000
(Primera edición)
[Fenómenos de Arato, edición terminada el 15 de diciembre de 2000].
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[versión personal]

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