26.6.11


Hölderlin
Obra Completa en Poesía
Tomo II
Edición Bilingüe
Libros Río Nuevo
Traducción: Federico Gorbea
Segunda Edición: junio, 1978
España

VI, Los Últimos Himnos
1800-1803
(p.p. 131 a 173)

El Único
Patmos
Esbozo de un himno a la Virgen
Mas queda todavía algo por decir…
El Ister
El Águila




El Único

¿Qué es esto que me encadena
a las divinas costas de la antigüedad
y me las hace amar
más que a mi patria misma?
Pues me siento vendido
en un celeste tráfico de esclavos,
allá donde Apolo posaba
como un rey, y donde Zeus
condescendía con cándidos mancebos
y por un santo misterio el Supremo
engendra hijos e hijas,
mezclándose con los humanos.

Pues elevados pensamientos
nacían a raudales
del cerebro del Padre
y así ha enviado grandes almas
a los hombres.
A menudo me hablaron
de la Elide y de Olimpia;
y he subido las cimas del Parnaso
las montañas del Istmo,
y he subido hasta Esmirna
y paseado después junto al Efeso.

He contemplado muchas bellezas
y canté la imagen de Dios
que vive entre los hombres.
Pero ¡oh, dioses antiguos!
¡y vosotros, valerosos hijos de los dioses!
hay todavía Uno que busco
entre vosotros, al que más adoro,
al último de la estirpe,
alhaja de la casa, que ocultáis
a vuestro huésped extranjero.

¡Maestro y Señor mío!
¡Oh, mi Guía!
¿Por qué permanecías
tan lejos de mí?
Y cuando preguntaba por ti
a los antiguos, héroes o dioses,
¿por qué me rehuías?
Y ahora mi alma
está llena de pena,
porque sospecho, ¡!oh inmortales!,
que os complacéis al ver,
que cuando sirvo a uno, otro me falte.

¡Reconozco que la falta es mía!
Porque te pertenezco
demasiado, ¡oh Cristo!,
aunque seas hermano de Heracles;
y, me atrevo a declararlo,
también hermano de Dionisios,
el que uncía tigres a su carro,
y hasta en las costas del Indo
instituía un culto jubiloso:
plantaba la vid
y domeñaba la ira de los pueblos.

Mas un pudor recóndito
me impide compararte a los profanos.
Aunque sin duda, lo sé,
tu Padre es el mismo que…
.       .       .       .       .       .       .       .       .
Pues jamás reina sólo
y no es omnisciente. Algo se interpone
siempre entre los hombre y Él.
Y sólo gradualmente
el Celestial desciende hasta nosotros.

Pero mi amor pertenece al Único.
Esta vez el canto
brotó demasiado del corazón.
Repararé enseguida la falta,
cantando a otros dioses.
Jamás doy con la medida justa.
Pero un Dios sabe cuándo
vendrá el bien supremo que deseo.
Porque cuando el Maestro
anduvo por esta tierra,

un águila cautiva,
muchos de aquellos
que la veían tuvieron miedo,
mientras que su Padre conseguía
que su mejor esencia obrara
con eficacia entre los hombres.
Y también el Hijo
vivió en aflicción hasta el día
en que subió por los aires al cielo.
Como él vive cautiva
el alma de los héroes. Y los poetas,
aunque espirituales,
también deben ser mundanos.

Hubo una versión posterior de este mismo poema, cuyos cincuenta/sesenta primeros versos son muy semejantes a los de la redacción inicial. En nuestra traducción, el nuevo texto debe ser leído a partir del verso cincuenta y seis:
Y Cristo, porque Dios lo quiso,
también se quedó solo
bajo el visible cielo y las estrellas,
visible a Quien dispone
libremente de lo establecido;
sólo al ver los pecados del mundo,
y la oscuridad de los conocimientos,
cuando la agitación humana ahoga lo eterno,
y la valentía de los astros
brillaba muy encima de él.
Pues la vida universal intenta
en su alegría exuberante,
escaparse de la tierra, dejarla despojada,
a menos que la actividad humana
la retenga. Mas toda palabra deja un indicio,
para el hombre que sabe percibirlo.
Ahora bien, ese lugar era el desierto.
Así, aquellos tres son semejantes.
¡Y esto es alegría! Trío espléndido,
hoja de verde trébol. Lástima sería
que se nos impidiera decir que son héroes.
Visión compleja. Los espíritus celestes
y los mortales son vecinos
a lo largo del tiempo. Aun en el cielo,
un gran hombre aspira
a reunirse con su par de la tierra.
Cierto es que el mundo
vive siempre de manera total. Sin embargo,
suele ocurrir que un gran hombre
no se entiende con sus pares.
Siempre están, vecinos, al borde de un abismo.
Pero aquellos tres
están bajo el sol
como cazadores cazando, o

como un labrador que cobrando aliento
en medio del trabajo, se quita el sombrero
o como los mendigos.
Los otros héroes no son así.
Pero el problema que me tienta,
es que, siendo hijos de Dios, llevan
la marca de la necesidad. Pues aún más
hizo el dios tonante con su sabiduría.
El Cristo sólo es signo de sí mismo.
Hércules se parece a los príncipes.
Baco, es el alma unánime.
Pero Cristo es el término. Sin duda,
tiene otra naturaleza. Pero cumplió
lo que faltó a los otros en presencia divina.




Patmos

Al landgrave de Homburg.

Cercano está el dios
y difícil es captarlo.
Pero donde hay peligro
crece lo que nos salva.
En las tinieblas viven las águilas
e intrépidos los hijos de los Alpes
franquean el abismo
sobre frágiles puentes.
Y, como en turno, se acumulan
las cumbres del tiempo
y cerca viven los amados
languideciendo sobre montañas
muy separadas,
¡oh, dadnos tu agua inocente!;
dadnos el ala
con el sentido más fiel,
para cruzar allá y volver de nuevo!

Así hablaba
cuando de pronto, más rápido
de lo que yo supusiera
un Genio me arrebató de mi propia
casa, más lejos que nunca.
Mientras me alejaba
en el crepúsculo brillaban
el bosque umbroso, los anhelados
arroyos de mi tierra.
Nunca había visto esos países;
pronto, sin embargo,
brillante frescura misteriosa
creciendo con el sol,
en una humarada de oro florecía
exhalando el perfume de mil cimas,

el Asia ante mis ojos. Deslumbrado
busqué algo que yo conociera,
extranjero en esas calles anchurosas,
donde baja del Tmolas
el Pactolo adornado de oro
y el Taurus su alza con el Messogis,
y los jardines llenos de flores;
un fuego tranquilo. Pero en la luz,
alta florece la nieve plateada
y, signo de inmortal vida,
la antigua hiedra crece
en el muro inaccesible,
y sustentados por pilares vivos
de cedro y de laurel,
los majestuosos palacios
construidos por los dioses.

Mas entorno a las puertas del Asia,
parten las rumorosas
calles sin sombra, aquí y allá,
por la incierta llanera del mar.
Pero el barquero conoce las islas,
y en cuanto oí
que una de las más cercanas
era Patmos,
tuve muchas ganas
de bajar y aproximarme
a la gruta oscura.
Pues distinta de Chipre,
rica en fuentes,
o de otra cualquiera de las islas,
Patmos vive sin fasto,

pero es hospitalaria
en las casa más pobres,
y cuando por un naufragio
o llorando a su patria
o al amigo que perdió,
llega un forastero,
ella lo escucha complaciente;
y sus hijos, los rumores
de la cálida floresta
y donde cae la arena y se hiende
la superficie de los campos
todos escuchan al hombre
y a sus cuitas hacen tierno eco.
Así cuidó ella un día
al Vidente amado de Dios,
que en su venturosa juventud

acompañado, inseparable,
al Hijo del Altísimo,
pues al que mueve el trueno
le gustaba el candor del discípulo,
y el hombre había observado
con atención el rostro de Dios,
cuando, para el misterio de la Viña
juntos se sentaron a la hora de la Cena,
y presintiéndola en su alma sublime
el Señor anunció su muerte
y su amor postrero, pues nunca
halló en esos momentos palabras suficientes
para hablarles del Bien
y aplacar la ira del mundo, que veía.
Porque todo es bueno. Y murió.
Mucho podría decirse. Y al más Dichoso
contemplaron sus amigos,
cuando de nuevo los miró triunfante.

Sin embargo, tristes quedáronse
al caer la tarde, y perplejos;
porque en sus almas guardaban
un grave propósito. Pero les gustaba
vivir bajo el sol y no querían
apartarse de la patria
ni de la vista del Señor. Y como el fuego
en el hierro, quedó esto grabado,
y a su lado iba la sombra del Amado.
Por eso envióles el Espíritu.
Y la casa tembló
y las tormentas divinas abundaron lejos,
tronando sobre las cabezas
conmovidas por los presentimientos,
en aquél día cuando
estando reunidos, pensativos y graves,
los héroes de la muerte,

antes de desaparecer
una vez más se les apareció.
Entonces extinguióse
la Luz solar, la Luz regia,
y por sí mismo quebró
el cetro de rayos rectilíneos,
desgarrado de dolor divino.
Sin duda, todo debería
volver a su tiempo.
No hubiese sido bueno, más tarde,
interrumpir la obra del hombre
y con deslealtad la obra del hombre.
Y en adelante fue gozoso
habitar en la amorosa Noche y guardar
inalterables en cándida mirada,
abismos de sabiduría.
Y en lo hondo
de las montañas también florecen
imágenes vivientes.

Pero es terrible ver
cómo dispersa Dios lo vivo
por todas partes. Ya es muy duro
perder de vista el rostro
de los amigos más queridos
e irse sólo más allá de los montes,
donde el Espíritu divino,
dos veces revelado,
habla sin embargo con una sola voz;
y esto no fue profetizado,
y sintiéronse cogidos de los pelos,
como por una presencia,
cuando alejándose con premura
el Dios volvió a mirarlos, repentino,
y para retenerlo, nombrando el Mal
y jurando que allí quedaría
atado como con cuerdas de oro,
ellos se estrecharon las manos.

Pero que luego muera,
Aquél que concentraba la belleza,
cuya forma era un milagro
señalándolo también los Celestiales,
que no pueden entenderse unos a otros,
eterno enigma para todos
los que vivían en el mismo recuerdo,
y no sólo los sauces o la arena
sino también los templos arranque;
y que la gloria
del semidiós y de los suyos
desaparezca y hasta el Altísimo
desvíe su rostro
para que nunca más un inmortal
apareciera en el cielo
o en la tierra que verdece…
¿qué significa esto?

Tal es el ademán del sembrador,
cuando en la pala recoge
las semillas arrojándolas sobre la era.
A sus pies cae la cáscara
pero el grano llega.
Pero no es dañoso
si algunas se pierden y el sonido
de las palabras se apaga,
pues la obra divina
se asemeja a la nuestra. Y el Altísimo
no quiere todo de una vez.
Pues así como la mina contiene hierro
e incandescentes resinas el Etna,
así hallaría en mí mucha riqueza
si plasmase una imagen que mostrara
a Cristo tal y como ha sido.

Mas si alguno, con gran esfuerzo
y mostrándome tristeza, acometiera en camino,
hallándome sin defensa,
me sorprendería que un mercenario
quisiera imitar la imagen de Dios.
He visto un día, patentemente,
enfurecidos a los señores del cielo,
no porque pretendiera yo ser algo,
sino sólo para instruirme.
Son bondadosos. Pero lo que más odian
mientras reinan, es lo falso,
pues entonces lo humano
carece de valor entre los hombres.
Aunque no reinan Ellos,
sino el Destino inmortal,
y su obra marcha sola y a su término
se precipita.
Y cuando un celestial cortejo
asciende triunfalmente
el radiante Hijo del Altísimo
es aclamado por los fuertes,
como el sol,

un santo y seña, y aquí el canto
baja la batuta,
pues nada es inferior. Él despierta
a los muertos, a los que todavía
no son cautivos de la materia.
Pero una legión de ojos tímidos
esperan ver la luz. Prefieren
no florecer bajo el rayo deslumbrante,
riendas de oro que contienen sin embargo
su intrepidez. Mas si olvidada
por las frentes altaneras del mundo,
una dulce fuerza luminosa
emana de la Escritura ante sus ojos,
pueden, gozando de esta gracia,
serenamente
ejercitarse en la contemplación.

Y si, como creo,
ahora me aman los Celestiales
¡cuánto más a ti!
Porque una cosa sé y es
que la voluntad del Padre eterno
mucho te concierne.
Su signo brilla inmóvil
en el cielo que truena.
Y Uno se yergue allí,
bajo ese signo, perdurable,
pues Cristo vive todavía.
Pero los héroes, sus hijos,
han llegado,
y las sagradas escrituras
hablan de Él, y las hazañas de la tierra
explican hasta hoy el rayo
como un ciclo sin fin.
Y Él está presente, pues conoce
desde siempre todas sus obras.

Hace ya mucho, demasiado,
que la gloria de los celestiales
sigue invisible. Pues casi tienen
que guiarnos los dedos;
y una violencia infame
nos arranca el corazón. Los celestiales
exigen sacrificios,
y descuidar siquiera uno
nada bueno acarreó nunca.
Hemos venerado a la Madre Tierra
y recientemente la luz del Sol
por ignorancia. Mas lo que quiere
el Padre, que rige sobre todo,
es la observancia de la letra inmutable
y que se interprete
como es debido lo permanente.
A ello se atiene la poesía alemana.





Esbozo de un himno a la Virgen

Mucho he sufrido
a causa tuya y de tu hijo, ¡oh virgen!
desde que en mi tierna juventud
de Él me hablaron.
Porque no solo el Hijo,
sino también sus servidores
tienen un destino
.       .       .       .       .       .       .       .
Y más de un himno
que quise cantar en alabanza
del Padre Altísimo,
me ha sido devorado
por la melancolía.

Sin embargo, oh Celestial
quiero celebrarte y no temo
que tu poder bendito
disipe su sentido. Velaré
como la sagrada lámpara, custodiada
por obedientes servidores,
alegría en el templo, desde que…
… y ha regido
sobre los hombres, en vez de otra deidad,
el amor que todo lo perdona…
.       .       .       .       .       .       .       .
Formado en tu seno
el Infante divino y cerca de Él,
el hijo de tu amiga, llamado Juan
por su padre mudo,
el audaz al que le fuera dada
la potencia del verbo
para interpretar…
.       .       .       .       .       .       .       .
Y el terror de los pueblos
y la sequía
y el aguacero del Señor.

Pues las leyes son buenas,
pero cercenan y matan la vida
como los dientes del Dragón,
cuando la ira de un villano
o de un rey les saca filo.
Pero Dios da a quienes ama
la constancia. Después
los dos murieron… Tú los viste
morir y tu alma grande
llenose de un divino luto.
.       .       .       .       .       .       .       .
…y cuando en la sagrada
noche pensamos en el porvenir,
nos inquietamos
por los que duermen sin inquietud,
los frescos niños en flor,
tú llegas, risueña, y preguntas
qué se puede temer
ya que tu eres la reina…

Pues nunca has envidiado
los días que germinan,
y desde siempre quisiste que los hijos
crecieran más que la madre. Nunca
te agradó que el mayor
despectivo se burle del más joven.
A quien no le place
pensar en los amados padres
y recordar
sus hazañas…

…mas si lo temerario consumóse
y los ingratos
causaron el escándalo…
entonces…
y timorato ante la acción
un remordimiento eterno, y la vejez
aborrece a los niños.

Protege, entonces,
¡oh Celestial!
a estas jóvenes plantas, y cuando llegue
el viento norte frío
o el vaho letal del rocío…

…que demasiado dure la sequía.
Y cuando florecientes y abundantes
caigan bajo el excesivo filo
de la guadaña,
¡consédanos una nueva cosecha!
Y sobre todo, que nunca vea
agotarse la fuerza
en débiles ramas, en vanos intentos,
y pueda en cambio
tener la fuerza de escoger
lo mejor entre lo mucho.

El mal es nada. Como el águila
su presa, alguien debiera
encarnar esta verdad. Y otros también,
temerosos de confundir a la nodriza,
Madre del día,
apegándose locamente al terruño
obstinándose, no obstante su peso
a quedarse siempre
sobre las rodillas de su madre.
Porque grande es aquél
de quien heredarán la riqueza.

Ante todo, que se cuide
lo salvaje, cultivado por los dioses
según una ley pura,
atributo de hijos de dioses
que por allí se placen en pasear,
entre las rocas, y florecen
praderas purpurinas
y umbrosas fuentes.

¡Respetémoslo, oh Virgen,
por ti y por tu Hijo
y también por los otros,
para que los dioses no les quiten
sus bienes como a mercenarios.

Allá en los límites se alza
el Knochemberg, así llamado
hoy, aunque en lengua entigua
es Ossa; Teutoburgo
está bien para este lugar
y alrededor, con espirituales aguas,
se extiende esta tierra
donde los Celestiales
erigiéronse templos…
Un artesano…
Pero a nosotros
que…
¡Y no temáis demasiado al miedo!
Pues tu no, adorable…
…empero
hay una raza tenebrosa
que no se siente a gusto
cuando habla un semidiós
ni tampoco cuando entre los hombres
un Celestial se manifiesta,
o, sin forma, en las ondas;
no venera el rostro del Puro,
del dios próximo y omnipresente.

Pero aunque los impíos
…en muchedumbre
    e insolentes…

¡Qué te importa, oh canto puro!
yo moriré, pero tú
sigues otra senda, y en vano
la envidia tratará de impedirlo.

Cuando en el tiempo venidero
encuentres a un hombre bueno,
salúdalo, y él pensará
que nuestros días estuvieron
llenos de felicidad, llenos de dolor.





Mas queda todavía algo por decir...

Mas queda todavía
algo por decir. Pues casi
demasiado súbita vino hasta mí
esta felicidad, lo solitario,
y yo, sin comprender mi riqueza,
me volví hacia una sombra.
Y ya que a los mortales
has enviado, para tentarlos,
una aparición divina,
¿para qué una palabra? Y casi
la melancolía
mató en mis labios
al canto.
Sin duda, desde siempre,
los poetas han sugerido
que ellos fueron
quienes arrebataron la fuerza divina,
pero nosotros arrebatamos
a la desdicha sus despojos
para ofrecerlos al dios de la victoria,
el que libera. Por eso
nos rodeaste de enigmas.
Los dioses radiantes
son sagrados, mas cuando los Celestiales
se muestran diariamente
y el milagro se vuelve común,
y cuando los Titanes se apoderan,
como raptando,
de los dones de su Madre,
Uno superior acudiría en su ayuda.





El Ister

¡Ven, fuego!
Estamos ávidos
de contemplar el día,
y en cuanto la prueba,
cumplióse a través de las rodillas,
se percibe el rumor del bosque.
Pero nosotros
cantamos, desde el Indo,
venidos desde muy lejos,
y del Alfeo.
Largo tiempo hemos buscado
nuestro destino. Y nadie,
sin alas,
puede alcanzar directamente
lo próximo,
y arribar a la otra orilla.
Pero queremos instalarnos aquí.
Pues los ríos consagran esta tierra
y vienen hasta sus orillas
a beber los animales, en verano,
también vienen los hombres.

A éste, aunque lo llaman Ister.
Hermosa es su morada. Y el follaje
en sus columnas, arde,
y se agitan. Salvajes, allí, se alzan
una detrás de otra; y por encima
como un segundo frontón, el techo
de las rocas. Y no me maravilla
que su fulgor haya invitado a Hércules,
su resplandor lejano,
cuando llegó buscando sombra
al pie del Olimpo,
tras remontar el tórrido Istmo,
pues allá están todos
llenos de valor; pero también frescura
necesitan los espíritus.
Por eso prefirió venir
a estas fuentes y amarillas riberas
que, en lo alto,
a estas alturas perfumadas, negras de pinos,
donde el cazador
vagabundo gozoso, al medio día,
mientras se oye crecer
los resinosos árboles del Ister.

Pero casi parece
remontar a la fuente, y pienso
que llega del Este.
Mucho habría que decir
al respecto. ¿Por qué se aferra
a esas montañas? Aquel otro,
el Rin, se ha distanciado.
No en vano
los ríos fluyen por lo seco.
¿Cómo? Un signo es necesario,
no más, un signo claro y neto
y que contenga
sol y luna, inseparables,
mientras avanzan
noche y día; y que los Celestiales
se sientan, en esa calidez,
el uno junto al otro. Por eso son
la alegría del Altísimo. ¿Pues cómo
descendería Él, aquí?
Y verdes como Hertha,
ellos son los hijos del Cielo.
Pero éste
demasiado plácido me parece,
no libre, casi una irrisión. Y cuando

despunta el día, en su juventud,
y él prepárase a crecer,
ya otro despliega
en lo alto su esplendo,
y, como los potros
tasca el freno y en la distancia
los aires recogen sus fatigas;
y va, satisfecho.
Mas la roca necesita del pico
y la tierra del surco,
de lo contrario sería inhabitable,
sin respiro. Pero lo que hace
este río,
eso nadie lo sabe.





El Águila

Mi padre descendió del Gotardo,
donde nacen los ríos,
hacia Etruria, dando un rodeo,
y después por camino recto,
a través de las nieves,
al Hemos y al Olimpo
donde el Atos arroja su sombra,
hasta las grutas de Lemmos.
Pero en los comienzos
mis antepasados vinieron
de las olorosas florestas del Indo.
Y el primero de todos,
franqueó el mar volando, caviloso,
y su real cabeza dorada
se maravillaba del misterio
de las aguas, cuando las nubes
estiraban su armadura roja
sobre la nave, y los animales
se miraban mudos, deseosos de alimento.
Pero las montañas
se alzan inmóviles. ¿En dónde
podremos establecernos?
. . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . .
La roca es buena para pastoreo
y lo seco, para beber.
Lo húmedo, nuestro alimento.
Si quieres habitar aquí
que sea en los repechos
y donde una casita cuelgue.
Detente al borde del agua.
Sólo necesitas
recobrar aliento.
Porque si alguien lo perdió
en los extremos, de día,
de nuevo lo recobrará en el sueño.
Allí has de encontrarlo,
donde están los ojos cubiertos
y los pies atados.
. . . . . . . . .

DESINTOXICACIÓN INTEGRAL: EQUILIBRIO Y TRANSFORMACIÓN

«Estoy tratando de establecer o encontrar el equilibrio entre mi conciencia y voluntad. Deseo someterme a un proceso de desintoxicación físi...